Autor: | Editorial:
Dios nos habla. Jesús nos habla
DIOS NOS HABLA
Dios nos quiere tanto que nos ha querido escribir una carta de amor en la Biblia para enseñarnos el camino del bien y que no dudemos de su amor. Allí nos dice: Como un Padre tiene ternura con sus hijos, así el Señor tiene ternura con sus fieles (Sal 103,13). Y quiere que nos dirijamos a Él con total confianza y le llamemos papá. Porque hemos recibido el espíritu de adopción por el que aclamamos Abba, papá Somos hijos de Dios y, si hijos, también coherederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rom 8,15.17).
Él es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 145,9). Y nos mima como un buen padre: Cuando Israel era un niño yo lo amé Lo levanté en mis brazos. Fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer (Os 11,1-4). ¡Cuánto nos ama nuestro Padre!
Él, como un Padre providente hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libra a los presos, abre los ojos del ciego..., guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda (Sal 146,7-9).
Por eso, Señor, todos esperan de ti que les des alimento a su tiempo. Tú se lo das y ellos lo toman; abres tu mano y se sacian de bienes (Sal 104,27-28). Ciertamente, a los que buscan a Dios no les falta bien alguno (Sal 34,11). Por ello, podemos decir llenos de confianza con el Salmo 23:
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de Su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú (Señor) vas conmigo,
tu vara y tu cayado me sosiegan.
¡Qué hermoso es saber que, aun en los momentos más difíciles de la vida, cuando todo es oscuridad y tiniebla a nuestro alrededor, nuestro Padre Dios vela por nosotros! No importa, si somos importantes o sencillos, Dios nos ama a todos por igual. Dios ha hecho al pequeño y al grande, e igualmente cuida de todos (Sab 6,7).
Y ¡qué bello es leer el Salmo 91, que es un canto a la providencia de Dios!:
Tú, que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en Ti.
Él te librará de la red del cazador, de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás.
Su brazo es escudo y armadura.
No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a medio día
A sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos,
te llevarán en sus palmas
para que tu pie no tropiece en la piedra,
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.
Se puso junto a mí: lo libraré, lo protegeré,
porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días
y le haré ver mi salvación. .
¡Que hermoso es saber que el Padre Dios me ama y cuida de mí!
Por eso, confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que pida tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y Él actuará (Sal 37,3-5). Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3,5). ¡Qué pena, cuando un hombre sólo confía en sus propias fuerzas y se olvida de Dios! Él mismo se fabrica su ruina y su propia infelicidad, porque sin Dios nadie puede ser feliz. De ahí que podamos decir con Jeremías: Maldito el hombre que confía en otro hombre, alejando su corazón de Dios Pero dichoso el hombre que confía en Dios y pone en Él su confianza (Jer 17,5.7).
Dios guía nuestros caminos, aunque sean incomprensibles para nosotros. Nada ocurre por azar o casualidad. Vemos en el Antiguo Testamento el caso de José, virrey de Egipto. Sus hermanos lo habían vendido como esclavo y él les dice: Vosotros creíais hacerme un mal, pero Dios ha hecho de él un bien, cumpliendo lo que hoy sucede; poder conservar la vida de un pueblo numeroso (Gén 50,20). Cuando Abraham era viejo y Sara no podía tener hijos, Dios le dijo: Sarai, tu mujer, no se llamará ya Sarai, sino Sara, pues la bendeciré y te daré de ella un hijo, a quien bendeciré y engendrará pueblos y saldrán de él reyes (Gén 17,15). Cuando Abraham va a sacrificar a su hijo Isaac por orden de Dios, y no tiene nada para el holocausto, le dice Dios proveerá la res para el holocausto, hijo mío (Gén 22,8) y así fue. Moisés era tartamudo y Dios lo escoge para ser el jefe de su pueblo y liberarlo de los egipcios. Dios le dijo: Vete, yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto (Ex 3,10). Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir (Ex 4,12). Y, cuando los israelitas están en el desierto y no tienen que comer, Dios les manda el maná y Moisés les dice: Éste es el pan que os da Dios para alimento. Mirad que Dios ha mandado a cada uno de vosotros la cantidad que necesita para alimentarse (Ex 16,15-18).
Dios pensaba en ellos y los cuidaba como a hijos queridos. Por eso, debemos confiar en Él sin condiciones y no acumular bienes con avaricia, pensando en el mañana, porque el mañana está en las manos de Dios. Más bien, debemos saber compartir nuestros bienes con los necesitados para conseguir así un tesoro en el cielo. Recordando siempre que Dios proveerá (Gén 22,8 y Fil 4,19).
JESÚS NOS HABLA
En la vida de Jesús podemos observar con claridad el amor de Dios en acción. Jesús, el Dios encarnado, el Dios humano, el hombre Dios, nos manifiesta, en cada paso de su vida, su amor infinito por los hombres. Perdona a los pecadores, sana a los enfermos, bendice a los niños y predica a todos el camino del amor y de la salvación. Y llegó hasta tal punto su amor que, para salvarnos, no dudó en hacerse en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Toda su vida es una manifestación clara del amor y de la providencia de Dios. Él nos dice:
No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis ni qué beberéis ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, no siembran ni almacenan ni siegan y vuestro Padre celestial las alimenta ¿No valéis vosotros más que ellas? No os preocupéis, diciendo: ¡qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos! Los gentiles se afanan por todo eso, pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad primero el reino de Dios y su justicia No os inquietéis, pues, por el mañana (Mt 6,25-34).
¿No se venden dos pajaritos por unos céntimos? Sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre. Cuanto a vosotros, hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo, pues valéis más que muchos pajarillos (Mt 10,29-31).
Mirad los cuervos que ni hacen sementera ni cosecha, que no tienen despensa ni granero y Dios los alimenta Mirad los lirios cómo crecen; ni trabajan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al fuego, así la viste Dios, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No andéis buscando qué comeréis y qué beberéis y no andéis ansiosos, porque todas estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de ellas. Vosotros buscad primero el reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura. No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino (Lc 12,24-32).
Dios nos quiere tanto que nos ha querido escribir una carta de amor en la Biblia para enseñarnos el camino del bien y que no dudemos de su amor. Allí nos dice: Como un Padre tiene ternura con sus hijos, así el Señor tiene ternura con sus fieles (Sal 103,13). Y quiere que nos dirijamos a Él con total confianza y le llamemos papá. Porque hemos recibido el espíritu de adopción por el que aclamamos Abba, papá Somos hijos de Dios y, si hijos, también coherederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rom 8,15.17).
Él es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 145,9). Y nos mima como un buen padre: Cuando Israel era un niño yo lo amé Lo levanté en mis brazos. Fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer (Os 11,1-4). ¡Cuánto nos ama nuestro Padre!
Él, como un Padre providente hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libra a los presos, abre los ojos del ciego..., guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda (Sal 146,7-9).
Por eso, Señor, todos esperan de ti que les des alimento a su tiempo. Tú se lo das y ellos lo toman; abres tu mano y se sacian de bienes (Sal 104,27-28). Ciertamente, a los que buscan a Dios no les falta bien alguno (Sal 34,11). Por ello, podemos decir llenos de confianza con el Salmo 23:
en verdes praderas me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de Su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú (Señor) vas conmigo,
tu vara y tu cayado me sosiegan.
¡Qué hermoso es saber que, aun en los momentos más difíciles de la vida, cuando todo es oscuridad y tiniebla a nuestro alrededor, nuestro Padre Dios vela por nosotros! No importa, si somos importantes o sencillos, Dios nos ama a todos por igual. Dios ha hecho al pequeño y al grande, e igualmente cuida de todos (Sab 6,7).
Y ¡qué bello es leer el Salmo 91, que es un canto a la providencia de Dios!:
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en Ti.
Él te librará de la red del cazador, de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás.
Su brazo es escudo y armadura.
No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a medio día
A sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos,
te llevarán en sus palmas
para que tu pie no tropiece en la piedra,
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.
Se puso junto a mí: lo libraré, lo protegeré,
porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días
y le haré ver mi salvación. .
¡Que hermoso es saber que el Padre Dios me ama y cuida de mí!
Por eso, confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que pida tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y Él actuará (Sal 37,3-5). Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3,5). ¡Qué pena, cuando un hombre sólo confía en sus propias fuerzas y se olvida de Dios! Él mismo se fabrica su ruina y su propia infelicidad, porque sin Dios nadie puede ser feliz. De ahí que podamos decir con Jeremías: Maldito el hombre que confía en otro hombre, alejando su corazón de Dios Pero dichoso el hombre que confía en Dios y pone en Él su confianza (Jer 17,5.7).
Dios guía nuestros caminos, aunque sean incomprensibles para nosotros. Nada ocurre por azar o casualidad. Vemos en el Antiguo Testamento el caso de José, virrey de Egipto. Sus hermanos lo habían vendido como esclavo y él les dice: Vosotros creíais hacerme un mal, pero Dios ha hecho de él un bien, cumpliendo lo que hoy sucede; poder conservar la vida de un pueblo numeroso (Gén 50,20). Cuando Abraham era viejo y Sara no podía tener hijos, Dios le dijo: Sarai, tu mujer, no se llamará ya Sarai, sino Sara, pues la bendeciré y te daré de ella un hijo, a quien bendeciré y engendrará pueblos y saldrán de él reyes (Gén 17,15). Cuando Abraham va a sacrificar a su hijo Isaac por orden de Dios, y no tiene nada para el holocausto, le dice Dios proveerá la res para el holocausto, hijo mío (Gén 22,8) y así fue. Moisés era tartamudo y Dios lo escoge para ser el jefe de su pueblo y liberarlo de los egipcios. Dios le dijo: Vete, yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto (Ex 3,10). Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir (Ex 4,12). Y, cuando los israelitas están en el desierto y no tienen que comer, Dios les manda el maná y Moisés les dice: Éste es el pan que os da Dios para alimento. Mirad que Dios ha mandado a cada uno de vosotros la cantidad que necesita para alimentarse (Ex 16,15-18).
Dios pensaba en ellos y los cuidaba como a hijos queridos. Por eso, debemos confiar en Él sin condiciones y no acumular bienes con avaricia, pensando en el mañana, porque el mañana está en las manos de Dios. Más bien, debemos saber compartir nuestros bienes con los necesitados para conseguir así un tesoro en el cielo. Recordando siempre que Dios proveerá (Gén 22,8 y Fil 4,19).
JESÚS NOS HABLA
En la vida de Jesús podemos observar con claridad el amor de Dios en acción. Jesús, el Dios encarnado, el Dios humano, el hombre Dios, nos manifiesta, en cada paso de su vida, su amor infinito por los hombres. Perdona a los pecadores, sana a los enfermos, bendice a los niños y predica a todos el camino del amor y de la salvación. Y llegó hasta tal punto su amor que, para salvarnos, no dudó en hacerse en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Toda su vida es una manifestación clara del amor y de la providencia de Dios. Él nos dice:
No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis ni qué beberéis ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, no siembran ni almacenan ni siegan y vuestro Padre celestial las alimenta ¿No valéis vosotros más que ellas? No os preocupéis, diciendo: ¡qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos! Los gentiles se afanan por todo eso, pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad primero el reino de Dios y su justicia No os inquietéis, pues, por el mañana (Mt 6,25-34).
¿No se venden dos pajaritos por unos céntimos? Sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre. Cuanto a vosotros, hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo, pues valéis más que muchos pajarillos (Mt 10,29-31).
Mirad los cuervos que ni hacen sementera ni cosecha, que no tienen despensa ni granero y Dios los alimenta Mirad los lirios cómo crecen; ni trabajan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al fuego, así la viste Dios, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No andéis buscando qué comeréis y qué beberéis y no andéis ansiosos, porque todas estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de ellas. Vosotros buscad primero el reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura. No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino (Lc 12,24-32).


