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Milagros en las factorías
12.- Hablando en la factoría CALVO SOTELO de Puertollano me ocurrió algo insólito.
El día anterior yo había hablado de los milagros de Jesucristo.
Cuando llego a la factoría, al día siguiente, un obrero me dice si le dejo hablar antes a él.
De momento dudé. Pensé que era un agitador.
Y le pregunté:
-¿De qué quieres hablar?
- Porque ayer Vd. habló de los milagros de Cristo, y a mí Cristo me ha hecho un milagro.
Cambié de opinión y pensé que era un lunático. Pero me parecía un hombre normal.
Le digo:
- Bien, sube y habla.
Empieza aquel obrero:
- Compañeros, ayer el Padre os hablaba de los milagros de Cristo. Pues Cristo a mí me ha hecho un milagro.
Yo miraba a sus compañeros por si advertía señales de burla.
Pero todos atendían con enorme interés.
Debía ser un obrero muy estimado por sus compañeros.
Y sigue él:
- Yo era leproso, y no lo sabía.
Los médicos me peloteaban de un sitio para otro, pero nadie me curaba.
Pero cuando me llevaron a Guadalajara y yo vi que todos los que allí estaban eran leprosos, comprendí lo que tenía.
Yo no quería que mis hijos me vieran como yo veía a aquellos enfermos.
Por la noche, cuando nadie me veía, me iba a la capilla y de rodillas le pedía al Señor:
- Señor, Tú puedes curarme. ¡Cúrame!
Un día al salir de la capilla, vi que habían desaparecido las manchas que yo tenía en los brazos.
Y enseñaba los brazos limpios.
Esta curación instantánea no parece deberse a la medicación, sino a la oración.
13.- Hablando de milagros, voy a contar otro.
Evidentemente que uso la palabra «milagro» en plan familiar.
En estas cosas, la última palabra la tiene la Iglesia, que es la encargada de declarar oficialmente si un hecho es realmente milagroso o no.
Uno de los días en que yo estaba en la factoría naval de Matagorda ocurrió un grave accidente de trabajo.
Se cayó de una grúa una pieza, y cogió debajo a dos hombres.
A uno lo mató, y al otro lo dejó gravemente herido.
¡Qué casualidad! ¡Eran hermanos!
Yo iba a visitar al herido a la clínica de San Rafael, en Cádiz.
Un día estaba yo haciendo consideraciones sobre la muerte del hermano, soltero, y el herido casado.
Estaban allí la mujer del herido y su suegra.
Yo les animaba a dar gracias a Dios de haber conservado la vida del herido. Y me dice la suegra:
- Padre, nosotros tenemos mucha fe, porque a mí la Virgen me curó los ojos.
Honradamente quiero decir que yo no esperaba oír nada excepcional.
Más por educación y por caridad, por aquello de que a todo el mundo le gusta contar su caso, le pregunté:
- ¿Qué le pasó?
A las pocas palabras me quedé de piedra. Me dice la mujer:
- Mire, Padre, nosotros vivíamos en un cortijo en la carretera de EL PORTAL en EL PUERTO DE SANTA MARÍA.
Allí, entonces, no había luz eléctrica, y nos alumbrábamos con candiles de carburo. Un día me reventó en la manos el candil y me quemó los ojos. Me quedé ciega.
Me llevaban a curarme al Hospital de la Seguridad Social de Cádiz.
Me atendía el Dr. Pérez Llorca.
Un día le dice mi hija:
-Dígame si lo de mi madre tiene solución, pues estamos gastando en taxis un dinero que no tenemos, y si no tiene solución, lo dejamos y no venimos más.
- Siento decirle que lo de su madre no tiene solución. Esta ceguera es irreversible.
En frase de la familia tenía los ojos «como los de una pescadilla frita».
Y me dice la mujer:
- Mire, Padre, cuando yo le oí decir al médico que nunca más podría ver a mis hijos, me entro una pena y un dolor que yo no tenía consuelo.
La meten en un taxi y se la llevan a casa.
Y sigue la mujer:
- Estando yo en la cama, me acordé de la Virgen de Fátima, que entonces estaba recorriendo España, haciendo milagros. Y le dije con toda mi alma: «Madre mía Santísima, tú que eres tan milagrosa, que yo pueda volver a ver».
Al decir aquello sentí como un fuego que se me subía a la cabeza, como un fuego que se me salía por los ojos, y grité a mi hija: «¡Que yo veo! ¡Que veo luz!».
Viene la hija, le quita los esparadrapos, y tiene los ojos como nosotros.
Cogen un taxi y se van a ver al médico.
Cuando el Dr. Pérez Llorca ve entrar, a las tres de tarde, a aquella mujer con los ojos curados, que él, a las doce, había diagnosticado como ceguera irreversible, repetía:
- Esto no tiene explicación. Esto no tiene explicación.
La curación fue tan perfecta que ya no tuvo que emplear más las gafas que antes usaba.
Delante de mí, mientras la leía el relato de los hechos para que me diera su aprobación, ella estaba cosiendo y la vi enhebrar una aguja sin las gafas.
Me pareció que esto era un caso tan extraordinario que merecía la pena hacer un acta notarial para que conste en la historia.
Como habían pasado muchos años, empecé a localizar testigos por Paterna, Puerto Real, Puerto de Santa María, Jerez, etc.: hijos, hijas, nueras, yernos, vecinos etc. Reuní a dieciocho y los llevé ante un notario de El Puerto de Santa María.
Por cierto, que Dios me trajo también al Dr. Pérez Llorca, que entonces vivía en Madrid, pero que aquellos días había ido a ver a su familia residente en Cádiz.
Cuando le propuse ir a firmar, ante notario, la curación de aquella mujer, a la que él recordaba perfectamente, me dijo:
- Con mucho gusto firmo que soy testigo de aquella curación de una ceguera que yo había diagnosticado irreversible y que de ninguna manera se debió a la terapéutica empleada.
Cuando él firmó ante el notario, yo le dije a éste que añadiera la personalidad del doctor: Miembro de la Real Academia de Medicina Española, Presidente de la Sociedad Oftalmológica Española, treinta años catedrático de Oftalmología, y Medalla Arruga, que la tienen muy pocos oftalmólogos.
Este acta notarial se la llevé personalmente al Obispo de Fátima, con una peregrinación que fuimos desde Cádiz, para que conste en los archivos de los favores y milagros que Dios ha hecho por medio de la Virgen de Fátima.
Por cierto, que este relato lo publiqué en el DIARIO DE CÁDIZ, y al día siguiente de la publicación vino a verme un hombre que me dijo:
- Yo soy el taxista que hacía los servicios a la ciega.
Le pedí que también fuera él a firmar ante el notario, y así lo hizo.
A partir de este momento, Manuela Cortés Colmillo, que así se llamaba la mujer protagonista de este relato, continuó su vida normal hasta que le sobrevino la muerte el día 16 de julio de 1974.
14.- Y hablando de actas notariales de milagros, voy a contar otra anécdota.
Estaba yo en Zaragoza dando conferencias en la parroquia de Santa Engracia.
Un día se me ocurrió:
- Ya que estoy en Zaragoza me voy a acercar al Ayuntamiento a ver el acta notarial del milagro del cojo de Calanda.
En mis conferencias muchas veces relaté el milagro del cojo de Calanda, y siempre decía que en el despacho del alcalde de Zaragoza se encuentra el acta notarial de este milagro.
Así lo había yo leído en los libros, pero no había visto el acta.
Un día me voy al Ayuntamiento y el secretario del alcalde, muy amable, no sólo me enseñó el acta sino que me regaló una edición facsímil que guardo en mi poder.
El acta está en una vitrina en un rincón del despacho del alcalde.
Está firmada por veinticinco testigos.
El relato es el siguiente:
Miguel Juan Pellicer, veintitrés años, labriego de profesión.
Un día al volver del campo se cae del carro y una rueda le pasa sobre una pierna. Se la tienen que cortar y la entierran.
Le ponen una «pata de palo». Entonces no había la ortopedia que hoy tenemos.
Con la «pata de palo» no puede ir a trabajar al campo y se pone a pedir limosna en la puerta de la Basílica del Pilar en Zaragoza.
Así está dos años y medio.
Todo Zaragoza le conoce como «el cojo de Calanda». Calanda era su pueblo.
Pero el muchacho no quería ser mendigo toda su vida, y le pide a la Virgen del Pilar que él quiere trabajar.
Un día pasa por su casa un soldado. Como son pobres y no tienen cuarto de huéspedes acuestan al soldado en la cama de Miguel y a él le ponen un jergón a los pies de la cama de matrimonio de sus padres.
Miguel está cansado y se va a dormir el primero.
Cuando su madre se va a acostar da un grito.
Viene su marido.
Debajo de la manta que tapaba a su hijo, en lugar de una pierna, ve dos piernas.
Despiertan al muchacho.
- ¿Por qué me despertáis? Estaba soñando con la Virgen del Pilar.
- ¡Chiquillo, que tienes dos piernas!
- ¿Que tengo dos piernas?
Se pone de pie y tiene dos piernas.
Y todo Zaragoza que le había visto antes con la pierna cortada y la «pata de palo» le ve ahora con las dos piernas.
Y van al sitio donde habían enterrado la pierna cortada, y allí no hay nada.
Y la pierna que le ha crecido tiene la cicatriz de una mordedura de perro de cuando él era pequeño.
Todo esto consta en el acta notarial firmada por médicos, enfermeros, vecinos, etc. En total veinticinco firmas.
Cuando yo cuento este milagro suelo terminar así:
Los que no creen en Dios que me expliquen cómo a un muchacho le puede crecer, en una noche, una pierna que le cortaron hace dos años y medio.
Para los que creemos en Dios la solución es clara: se trata de un milagro.
Pero los que no creen en Dios sólo tienen la salida de negar el hecho.
Y yo les digo:
- Si no aceptas este hecho del cual tenemos acta notarial, tienes que reconocerte un ignorante total de historia.
¿Con qué derecho aceptas otros relatos de la historia de los que no tenemos documentación tan fidedigna como un acta notarial?


