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Autor: | Editorial:



En Barcelona... las misiones populares

15.- En Barcelona hablaba yo en los Talleres Vulcano.
Estaba hablando de la Historicidad de los Evangelios.
Y se me ocurrió una cosa que me salió muy bien.
Yo hablaba un martes, y el domingo anterior habían jugado EL ESPAÑOL y el BARCELONA, los dos rivales en Primera División.
Creo que había ganado el BARCELONA por 3-2.
Les digo a los obreros:
- Si yo publico en el periódico la crónica del partido del domingo diciendo cómo el ESPAÑOL le metió 5-0 al BARCELONA...
Y me callo.
Lo que salió de aquella masa de mil obreros fue un rugido.
Cada uno hizo un comentario, pero aquello sonó como un rugido.
-¿Qué ha dicho el Padre? Si ganó el BARCELONA 3-2.
- Si yo estuve en el partido.
- Si yo lo oí por la radio.
Cada uno dijo una cosa, pero el murmullo general fue un auténtico rugido.
Y yo dije:
-Basta. ¿Habéis visto cómo no se puede engañar a los testigos de un acontecimiento?
Pues los Evangelios se escribieron cuando todavía vivían quienes habían conocido a Jesucristo y habían oído sus palabras.
Si no hubieran reflejado la verdad, hubieran protestado, como habéis protestado vosotros cuando os he cambiado el resultado del partido del domingo.
Pues no hay ni un sólo documento que rechace los relatos evangélicos.
Por el contrario hay muchísimos manuscritos de los que los copiaban a mano (entonces no había imprenta) y los guardaban como oro en paño, trasmitiéndolos de generación en generación. Pues veían en los relatos evangélicos fielmente relatado lo que ellos habían conocido.


16.- También en Barcelona hablé a los cargadores de muelle en el puerto.
Fue durante la misión de Barcelona.
El acierto de los organizadores fue el siguiente:
Los cargadores se reunían todos los días, a las ocho de la mañana, en un sitio determinado, donde iban los capataces a contratar los que necesitaban ese día.
Acordaron ir a contratar a las nueve en lugar de a las ocho.
Como los obreros estaban allí a las ocho, yo les hablaba de ocho a nueve. Ellos estaban formando corros. Muchos de espaldas. Pero todos en silencio escuchando.

He de decir, que según me dijeron, muchos de ellos llevaban el carnet del partido comunista entonces clandestino.
Y es que el hombre tiene, esencialmente, interés por lo religioso.
Este interés puede estar reprimido por motivos políticos, económicos o sexuales; pero ningún hombre normal puede prescindir de alguna inquietud por lo religioso.

Un día vino al muelle el Obispo Auxiliar, que entonces era Mons Narciso Jubany.
Quedó tan impresionado que me encargó las palabras finales de la misión de Barcelona.
Fue en la puerta de la Catedral, delante del Cristo de Lepanto y las autoridades eclesiásticas, civiles y militares.
La multitud llegó a las cien mil personas. Nunca he tenido delante tanta gente.
Mis palabras fueron breves pero contundentes.
Ésta fueron las ideas que expuse:
- La misión ha terminado.
- Los misioneros nos vamos.
- Pero la Verdad que os hemos predicado es eterna.
- No lo olvidéis.
- Adiós.


17.- Las MISIONES POPULARES han sido uno de mis principales apostolados.
He participado en más de cien MISIONES POPULARES.
He misionado con grandes misioneros como el P. Eduardo Rodríguez, el P. Enrique Huelin, el P. Vicente Gijón, etc.
La misiones más notables han sido la de Buenos Aires (dos mil misioneros), la de Barcelona (ochocientos misioneros) y la de Sevilla (quinientos misioneros).
A veces he sido alojado en casas señoriales, pero también he vivido en casas muy pobres. Recuerdo un pueblo donde las funciones del cuarto de baño tenía que hacerlas en el corral, entre las gallinas.


18.- Es de pena la tremenda ignorancia religiosa que hay sobre el valor de la Santa Misa.
Muchos dicen que no van a Misa porque no sienten nada.
Están en un error.
El cristianismo no es cuestión de emociones, sino de valores.
Los valores están por encima de las emociones y prescinden de ellas.
Una madre prescinde de si tiene o no ganas de cuidar a su hijo, pues su hijo es para ella un valor.
Quien sabe lo que vale una Misa, prescinde de si tiene ganas o no. Procura no perder ninguna, y va de buena voluntad.
La voluntad no coincide siempre con el tener ganas. Tú vas al dentista voluntariamente, porque comprendes que tienes que ir; pero puede que no tengas ningunas ganas de ir.

Algunos dicen que no van a Misa porque para ellos eso no tiene sentido. ¿Cómo va a tener sentido si tienen una lamentable ignorancia religiosa?
A nadie puede convencerle lo que no conoce. A quien carece de cultura, tampoco le dice nada un museo.
Pero una joya no pierde valor porque haya personas que no saben apreciarla. Hay que saber descubrir el valor que tienen las cosas para poder apreciarlas.

Otros dicen que no van a Misa porque no les apetece, y para ir de mala gana, es preferible no ir.
Si la Misa fuera una diversión, sería lógico ir sólo cuando apetece.
Pero las cosas obligatorias hay que hacerlas con ganas y sin ganas.
No todo el mundo va a clase o al trabajo porque le apetece. A veces hay que ir sin ganas, porque tenemos obligación de ir.
Que uno fume o deje de fumar, según las ganas que tenga, pase. Pero el ir a trabajar no puede depender de tener o no ganas.
Lo mismo pasa con la Misa.
El cumplimiento de las obligaciones no se limita a cuando se tienen ganas. Lo sensato es poner buena voluntad en hacer lo que se debe.

Muchos cristianos no caen en la cuenta del valor incomparable de la Santa Misa.
En la misión de Torrevieja (Alicante), los misioneros nos alojábamos en un Hotel.
Yo hablaba en el casino a la juventud mayor de dieciséis años.
El P. Enrique Pardo a los bachilleres del Instituto.
Durante la comida nos dijo el P. Pardo:
-Hoy les he dicho a los estudiantes una cosa que les ha hecho impacto.
- ¿Qué?
-Hablando del valor de la misa les he dicho que si a mí me dieran un millón de pesetas para que dejara la Misa, dejaría el millón, no la Misa.
¡Pusieron unas caras de admiración!
Y yo le dije:
- ¡Magnífica idea! Yo haría lo mismo
Unos días después al decir yo esto en unas conferencias que estaba dando en Écija, el millón me pareció poco, y dije: diez, cincuenta, cien, mil millones, ni por todo el oro del mundo dejaría yo de decir una sola Misa.
Repartiendo mil millones de pesetas yo podría hacer mucho bien: pues ayudo más a la humanidad diciendo una Misa; pues los mil millones de pesetas tienen un valor finito, y la Santa Misa es de valor infinito.

Cuando sabes lo que vale una Misa, no te importan los sacrificios que tengas que hacer por no perderla.
En una ocasión viajaba yo de Barcelona a Sevilla en el tren expreso que en Barcelona llamaban «el sevillano» y en Sevilla «el catalán».
Salimos de Barcelona a las once de la noche.
Se llegaba a Sevilla a las seis de la tarde del día siguiente.
Por la mañana la gente del departamento sacaba sus bocadillos para desayunar.
Yo con mi libro, sin levantar cabeza.
Llegó el mediodía y la gente volvió a sacar sus bocadillos.
Y yo nada.
Al ver la gente que yo no tomaba nada, me ofrecían:
-Padre, ¿Quiere un bocadillo?
- No. Muchas gracias.
- Pero si no ha tomado nada desde que salimos de Barcelona.
Es que al llegar a Sevilla quiero decir Misa.
En aquel tiempo el ayuno eucarístico había que guardarlo desde las doce de la noche anterior. No se podía tomar ni un vaso de agua antes de la Misa.
Los del departamento se quedaron admirados.
Pero yo prefería no tomar nada y poder decir Misa al llegar.
En Sevilla, mientras llegué a mi casa, me duché y dije Misa, me dieron la nueve de la noche. Entonces desayuné, comí y cené, todo junto.
Me sacrifiqué un poco, pero dije Misa que vale mucho más.


19.- La misión más importante en la que he participado ha sido la misión de Buenos Aires.
La dirigió el jesuita malagueño P. Enrique Huelin.
Fuimos desde España dos mil misioneros en varios barcos.
Yo embarqué en Cádiz en el buque CABO SAN ROQUE de la Compañía Ybarra.
Me hice amigo del capitán.
Como la navegación duró quince días organizamos conferencias para la tripulación y los pasajeros en distintos sitios.
El haber hablado a los pasajeros me proporcionó amistades entre los pasajeros argentinos que después me ayudaron mucho durante la misión en Buenos Aires.
De esta navegación tengo una anécdota que he contado muchas veces.
Un día se oye por los altavoces:
«Señores pasajeros, acudan a sus camarotes, pónganse los chalecos salvavidas y reúnanse en el lugar allí indicado».
Detrás de la puerta del camarote había un cartel que ponía:
«En caso de emergencia, los pasajeros de este camarote subirán por la escalera nº TAL, saldrán a la cubierta TAL, y se reunirán en el punto TAL».
Efectivamente, al poco rato estábamos todos con nuestros chalecos salvavidas puestos, y reunidos en el punto indicado.
Las mujeres nerviosas y los niños llorando; pues aunque nos habían avisado que se trataba de un entrenamiento, el espectáculo era impresionante.

Yo suelo contar esta anécdota para decir que conviene entrenarse antes del momento de peligro, para que si éste se presenta, sepamos hacer las cosas bien.
Esto lo aplico al acto de contrición.
Conviene hacerlo con frecuencia para que nos salga bien si tenemos que hacerlo en un momento de peligro.


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