Autor: | Editorial:
Don Carlo Gnocchi y la pedagogía del dolor inocente
Id, Capellán, ayudad a nuestros hijos
De capellán castrense a Padre dei Mutilatini
Nació Don Carlo Gnocchi en San Colombano al Lambro el 25 de Octubre de 1902. Siendo muy pequeño, apenas cinco años, Carlo perdió a su padre y se trasladó a Milán con su madre y sus dos hermanos, Andrea y Mario, quienes poco después murieron víctimas de la tuberculosis. Apenas unos años más tarde, ingresó al seminario del Cardenal Andrea Ferrari y en 1925 fue ordenado sacerdote del Arzobispo de Milán, Eugenio Tosi.
En 1936 el Cardenal Ildefonso Schuster lo nombró director espiritual de la escuela del prestigioso Instituto Gonzaga de los Fratelli delle Scuole Cristiane. Allí, Don Carlo se dedicó profundamente a estudiar y escribir sobre pedagogía, una de sus más grandes preocupaciones. Hacia fines de esa década, el Cardenal Schuster le encomendó la asistencia espiritual de los estudiantes de la Universidad Católica de Milán y en ese puesto lo encontró el inicio de la II Guerra Mundial, hacia la que partieron muchos de sus jóvenes universitarios. Por ello, sin dubitaciones, el P. Gnocchi se enroló como capellán voluntario del batallón alpino Val Tagliamento con el que fue destinado al frente greco albanés. Una vez terminada la Campaña de los Balcanes, Don Carlo partió nuevamente al frente, esta vez a la Rusia desangrada por los rojos, junto a los alpinos de la División Tridentina. Allí comenzó su peregrinar por el dolor y el horror y, al mismo tiempo, su más grande aventura evangélica.
Una oscura y helada noche de enero de 1943 encontró a Don Carlo marchando junto a sus soldados en la dramática retirada del contingente italiano, poco después de ser derrotados por los comunistas. Mientras marchaba daba ánimo a los heridos y ateridos milites hasta que, extenuado por el dolor y vencido por el frío, se dejó caer junto a un grupo de agotados soldados a la vera del helado camino ruso. Poco después, un médico amigo pretendió recogerlo pero él, casi agonizante, se negó a dejar a sus soldados. Mas éstos le dijeron una y otra vez: "Id, Capellán, ayudad a nuestros hijos, amparad a nuestros huérfanos". Estremecido por el pedido, Don Carlo aceptó ser trasladado a un hospital de campaña en el que se recuperó de las heridas del cuerpo. Allí terminó la guerra para él.
Una vez retornado a Italia, comenzó el P. Gnocchi su peregrinación por el Valle Alpino buscando a los huérfanos, en cumplimiento de la palabra empeñada a sus alpinos en Rusia.
En 1945 fue nombrado director del Istituto Grandi Invalidi de Arosio donde acogió a los primeros huérfanos de guerra y niños mutilados. De ahí en más, una maravillosa obra coronaría los esfuerzos de nuestro sacerdote. En 1949 obtuvo su primer reconocimiento: el permiso para la fundación de la Federazione Pro Infanzia Mutilata. A partir de ese momento comenzó a fundar colegios para los niños mutilados y para los acuciados por la terrible poliomielitis. Sin embargo, al poco tiempo, víctima de un tumor maligno incurable, Don Carlo Gnocchi partió a la Casa del Padre el 28 de febrero de 1956 en Milán. Italia entera se dispuso entonces a darle el último aDios al "padre dei mutilatini".
Treinta años después de su muerte, el Cardenal Carlo María Martini instituyó el Proceso de Beatificación, cuya fase diocesana concluyó en 1991. El 20 de diciembre de 2002, Juan Pablo II lo declaró Venerable. Pocos días antes, el entrañable Papa polaco había dicho de él:
El amor fue el secreto de toda su vida. En cada persona que sufría veía a Cristo crucificado, especialmente cuando se trataba de personas frágiles, pequeñas e indefensas. Comprendió que la luz capaz de dar sentido al dolor inocente de los niños viene del misterio de la cruz. Cada niño mutilado era para él ´una pequeña reliquia de la redención cristiana y un signo que anticipa la gloria pascual´.31
La Teología del dolor
La obra del P. Gnocchi es impresionante pero poco habría de estimársela si no se comprende su sentido último. Ciertamente no fue filantropía lo que lo movió a ocuparse de los niños sufrientes pues para ello hubiese bastado con la acción de las muchas logias masónicas que asolaban, y asolan, a Italia. Providencialmente, nuestro sacerdote no padeció la tara ideológica del progresismo clerical que considera a la Iglesia de Cristo una mera ´agencia social´ y, justamente por ello, pudo dar testimonio del valor del dolor de los niños. Testimonio indeleble unido a la Tradición de la Iglesia para ejemplo del mundo.
Y para que no hubiese confusiones respecto de su obra el P. Gnocchi escribió un libro precioso en el que magistralmente conjuga sus dos amores primeros: la enseñanza y la atención de los niños dolientes. De ese modo, el breve "Pedagogía del dolor inocente" resulta ser su obra magna, en la que retoma la Tradición inefable y el Magisterio Auténtico para presentar las razones que deben mover a respetar y, en cierta medida, venerar el carácter salvífico del dolor de los niños. En ese sentido, esta pequeña gran obra es un antecedente de la magnífica Carta Apostólica Salvifici Doloris de Juan Pablo II, en tanto magnífica exposición de la ´teología del dolor´.
Señala Don Gnocchi que la comprensión del dolor de los pequeños es la clave para comprender cualquier dolor y, puesto en esa tarea aprehensiva, concibe el sufrimiento humano en general como parte de una arcana solidaridad que "actúa en sentido vertical y en sentido horizontal, vincula a los miembros con la Cabeza y a todos los miembros entre sí"32 . Del mismo modo, el Santo Padre, en la Carta citada dice que "aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión (en forma individual), contiene en sí un singular desafío a la comunión y a la solidaridad"33 .
Dos fuentes tiene entonces el dolor de niño: sufre en primer término por su condición de hombre, responsable en esencia del pecado original y "por consiguiente implicado en su secular expiación34 . He allí su solidaridad vertical.
Pero el niño sufre también, y esta es la base de la solidaridad horizontal, por los pecados y abominaciones cometidas por todos los hombres. Razón ésta, dice Don Carlo, que "debería servir de freno al hombre cada vez que se siente tentado a pecar" . Porque lo cierto es que todo está anudado en la vida y "en el cuerpo social, si hay una circulación ´arterial´ de la verdad y el bien, de la que todos los hombres se benefician, y con frecuencia sin merecerlo, hay también una circulación ´venosa´ del error y del mal, de la que ninguno, por inocente que sea, puede pretender sustraerse"35 .
Para la primera fuente de sufrimiento, el "remedio" es el óleo y el crisma del Santísimo Sacramento del Bautismo. Para el segundo, vale la reiteración, que los hombres se guarden de pecar convirtiéndose al Bien, la Verdad y la Belleza en tanto aceptación del llamado de Cristo.
Sin embargo, y pese a esta explicación, el hombre se pregunta: "¿Por qué sufre este inocente? ¿Por qué se abaten sobre él las iniquidades de los esbirros del Mal?" ¿Por qué, Señor, no he de ser yo, pecador miserable, quien sufra en vez de esta criatura pura? En la base de estos interrogantes se encuentra el argumento que, como dijera en su día Gilson, más conquistas ha propiciado al ateísmo: "si Dios existe, ¿por qué el mal?" o bien, "si Dios es todo Bondad, ¿por qué permite el sufrimiento inocente?36 .
No se trata aquí de ensayar una explicación personal sino de plantear en primer término una reductio ad mysterium, esto es, un abandonarse al Misterio en la certeza de que no podemos comprenderlo, no porque sea oscuro sino porque su luz, como decía el P. Alberto Ezcurra, es demasiado deslumbrante para nosotros. Vale decir entonces que el, para nosotros, inextricable misterio de la iniquidad responde a la Divina Providencia y se encuentra lejos de nuestra comprensión mas allá de la fe.
Pero, en obligado segundo término, es preciso decir con Lewis que suele confundirse el amor de Dios con la pura benevolencia. En ese sentido, "deseamos no tanto un padre en los cielos, sino más bien un abuelito; una benevolencia senil (...) cuyo plan para el universo consistiera simplemente en que, al final de cada día, pudiera decirse ´todos lo pasaron bien´"38 .
Así como nosotros sólo podemos exigir felicidad a cualquier precio para aquellas personas que no nos importan demasiado pero a los que amamos preferimos verlos sufrir que ser felices de un modo deleznable; así también el Amor de Dios, el más profundo, trágico e inexorable, conlleva la dura prueba del sufrimiento, del dolor que tiene el premio de la Visión Beatífica39 .
No obstante, la respuesta definitiva nos la brinda el Apóstol de los Gentiles cuando dice: "Cumplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo" (Col 1, 24). En efecto, la comprensión del dolor inocente se completa y plenifica al advertir que el Cordero de Dios es el arquetipo del sufriente puro e inocentísimo. Alzando nuestra mirada al Varón de Dolores, como proféticamente lo llamara Isaías, nos acercamos al misterio inefable que permite aprehender el porqué del dolor de los niños.
Según señala Santo Tomas, para la remisión total de los pecados del mundo era necesaria tal pureza en la víctima que sólo Dios podía poseerla y por ello envió a su propio Hijo sobre la tierra a morir en la Cruz. Pero para completar el sufrir del Ungido, como enseña San Pablo, es necesaria la más alta contribución que el hombre puede brindar: el ofrecimiento de las almas que sufren sin el peso de las propias culpas personales, al modo de Nuestro Señor.
En este sentido, el sufrimiento de los niños es análogo al de Cristo en tanto ellos sufren "por la purificación y la salvación de sus hermanos y no en relación y en proporción con las culpas personales propias (...) ni tampoco en la proporción de su corresponsabilidad social, de acuerdo a la Ley de Adán, sino en relación y proporción con la capacidad y pureza de su sacrificio, a los fines de la redención humana, según la sublime Ley de Cristo" .
El niño doliente - dice el P. Gnocchi - es un pequeño cordero que purifica y redime41 .
Es por ello, como dijera Pío XII en su hora, "un sacrificio viviente de la humanidad inocente por la humanidad pecadora". Cada niño mancillado es, en virtud del inefable Misterio, un precioso intercesor y mediador de gracias.
La Pedagogía del dolor inocente
El P. Gnocchi llega al núcleo de su obra cuando advierte que los educadores cristianos, es decir los padres, los sacerdotes y los maestros, deben conocer y aplicar los principios de la "pedagogía sobrenatural del dolor". Tienen el deber de procurar, en cada niño sufriente, la conciencia y el sentido del valor de su dolor. El pequeño ha de reconocer así que el fin último de su pesar es Cristo crucificado que sufre con él y por él por la remisión de los pecados del mundo. Sin esta conciencia debidamente inspirada por los educadores cristianos se produce un "enloquecedor derroche" pues el niño no sabe por qué sufre (una razón más, vale agregar, para resistir el avance destructivo del laicismo anticristiano en nuestras escuelas). Si los pequeños no alcanzan esta conciencia, nos dice Don Carlo, "se priva a Cristo y a la Iglesia del tesoro insustituible y precioso del dolor infantil". En efecto, de toda esa masa de dolor inocente, "¿qué parte ha ido a Cristo y a la humanidad? ¿Y qué parte se ha perdido, porque ninguno se preocupó de encauzarla adecuadamente hacia su meta natural, que es Cristo" 42 .
Por ello, una de las tragedias del pensamiento moderno, y de la pedagogía en él impregnada, es la pretensión de erradicar el dolor43 lo cual, atento a la explicación que hasta aquí propiciamos, redunda en un virtual anticristianismo en tanto es la negación de compartir el dolor sufrido por el Ungido.
En el mismo sentido, esta pedagogía del dolor se encuentra en las antípodas del prejuicio iluminista acerca de la educación, cuyo prototipo es el Emilio de Rosseau, que sostiene que los niños no están preparados para comprender y vivir estas verdades delicadas de la vida sobrenatural. Por el contrario, el cristiano sabe que la infancia es la edad de "la relación directa con Dios, de ´experiencia´ de lo sobrenatural (...) la edad en la que las más altas verdades de la comunión de los Santos son intuidas, creídas y practicadas casi por instinto"44 . Es lo que bellamente enseña Anzoátegui al expresar que "nada está tan cerca de la divinidad como la niñez, que es la humanidad recién salida de la divinidad"45 .
Pero, la casi siempre impertérrita desatención hacia las "cosas del Cielo" suele impedir a los hombres advertir el enorme valor de tesoros espirituales como éste, escondido en las almas de los inocentes. Frente a este descreimiento, la pedagogía cristiana del dolor "tiende sobre todo a enseñar prácticamente a los niños que no se debe conservar el dolor para sí, sino que hay que ofrecerlo a los otros, que el dolor tiene gran poder sobre el corazón de Dios y que es necesario aprovecharlo para beneficio de muchos"46 .
Y, finalmente, el culmen de la comprensión de dolor inocente adquiere su sentido más profundo y pleno en el Sacrifio eucarístico. "En la Misa diaria - dice Don Gnocchi - el Río de la Sangre Divina se enriquece por la confluencia del dolor humano y es en el río divino donde cada gota de sufrimiento y de llanto adquiere valor sobrenatural de redención y de gracia"47 .
Es cierto que nuestro sacerdote, testigo inmediato de la orfandad, enfermedad y mutilación de los niños, dedica poca atención al sufrimiento moral de los mismos. Pero es verdad también que vivió en una época signada por la guerra y en la que todavía no se vislumbraban los oscuros contornos de la Cultura de la Muerte. Hoy, el "dolor del alma" de los pequeños es cosa cotidiana, asediados como están por quienes con escarnio e irrisión los hacen objeto de las más terribles atrocidades. Don Gnocchi no llegó a conocer la prostitución infantil institucionalizada, el aborto considerado como derecho humano, la difundida condición de huérfanos de padres vivos48 o de hijos de padres separados, la ideología de género embebiendo toda perversa educación sexual. No alcanzó a ver, ¡feliz de él!, la retorcida pretensión destructiva de los "defensores de los derechos de los niños" que ocupan sitiales de honor en los organismos internacionales, ni escuchó los argumentos a favor de la eutanasia de los niños enfermos, bajo pretexto de "no hacerlos sufrir". Valga esto de excusa suficiente para algunas omisiones, que hoy en día resultarían del todo inadmisibles.
El Buen Combate por los niños dolientes
Gran error se comete si de lo antedicho se colige la pasividad ante el sufrimiento de los niños. La necesidad de adquirir el sentido de la sublime teología del dolor y su consecuente pedagogía, no invalida en absoluto el hecho de combatir la iniquidad del "mundo" hacia los que sufren, especialmente contra los débiles e inocentes.
Lo sostiene con vigor el Santo Padre al advertir que "el Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento"49 . Nada puede, ni debe, abolir nuestra pena cuando asistimos a la visión de un niño mancillado en su pureza, vulnerado en su inocencia.
Y lo ha dicho el Señor a los justos que piadosamente acunaron a los párvulos: "Todo lo que hiciereis a uno de mis pequeños, a Mi me lo hacéis" (Mt 10,42). Pero también sentenció a los impíos que los avasallaron: "En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45).
Ante esto, lo primero es saber que estamos obligados por la fe a reconocer el dolor en todas sus formas en un medio social que falazmente lo oculta. En efecto, el Mundo se esfuerza por ocultar la realidad del dolor con la promesa de un mundo indolente lo cual redunda en una concreta insensibilidad en la conciencia para atender el dolor real50 . Por el contrario, el cristiano se reconoce "ciudadano del Cielo" (Flp 3,20) y "extranjero" en el mundo (1 Pe 2, 11), y sabe que la muerte es el paso a la Vida por lo que no cae en el desespero por el dolor mundano.
Por eso, supuesto el reconocimiento ineludible de la existencia del dolor, es menester revestirse de la verdadera com - pasión que no es ya el dolerse con el otro sino el dolerse por el otro de forma tal que pueda reflejarse al menos en parte el Amor misericordioso de Cristo, quien sufrió la pena que el hombre debería sufrir y no sufre51 .
Pero nada de esto obsta para el apremio del combate contra los que infligen el dolor físico y moral a niños. Son sus enemigos, y por ello lo son de la Iglesia y de Cristo mismo. Esto se patentiza en la imagen que nos presenta la beata Ana Catalina Emmerick en su visión de los padecimientos del Niño Jesús: "He visto en el seno de María una gloria y en ella un Niño resplandeciente. Vi crecer al niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. ¡Que triste y horrible espectáculo! Yo lloraba y suspiraba en voz alta. Lo vi golpeado, coronado de espinas, puesto y clavado en la cruz, herido en su costado, vi toda la Pasión de Cristo en el Niño"52 .
Ante esto, debemos reconocer que el Buen Combate que ha de librarse es ante todo interior, para evitar que los párvulos sufran por la remisión de nuestras miserias. Pero es también exterior pues se trata, como dice Juan Pablo II, de "la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal que nos presenta el mundo contemporáneo"53 . Por ello, y se nos disculpará lo atrevido de la afirmación, restaurar los verdaderos derechos (naturales y sobrenaturales) de los niños es restaurar los derechos de Cristo Rey. Es, en definitiva, iniciar el tránsito por el arduo pero providencial sendero hacia la Restauración de Cristo en todas las cosas.
¿Cómo comenzar? Hagamos lo que nos ordena el P. Gnocchi: todas las mañanas besemos el corazón de nuestros pequeños para reconocer allí la Santísima Trinidad presente y operante.
Preguntas y comentarios al autor
De capellán castrense a Padre dei Mutilatini
Nació Don Carlo Gnocchi en San Colombano al Lambro el 25 de Octubre de 1902. Siendo muy pequeño, apenas cinco años, Carlo perdió a su padre y se trasladó a Milán con su madre y sus dos hermanos, Andrea y Mario, quienes poco después murieron víctimas de la tuberculosis. Apenas unos años más tarde, ingresó al seminario del Cardenal Andrea Ferrari y en 1925 fue ordenado sacerdote del Arzobispo de Milán, Eugenio Tosi.
En 1936 el Cardenal Ildefonso Schuster lo nombró director espiritual de la escuela del prestigioso Instituto Gonzaga de los Fratelli delle Scuole Cristiane. Allí, Don Carlo se dedicó profundamente a estudiar y escribir sobre pedagogía, una de sus más grandes preocupaciones. Hacia fines de esa década, el Cardenal Schuster le encomendó la asistencia espiritual de los estudiantes de la Universidad Católica de Milán y en ese puesto lo encontró el inicio de la II Guerra Mundial, hacia la que partieron muchos de sus jóvenes universitarios. Por ello, sin dubitaciones, el P. Gnocchi se enroló como capellán voluntario del batallón alpino Val Tagliamento con el que fue destinado al frente greco albanés. Una vez terminada la Campaña de los Balcanes, Don Carlo partió nuevamente al frente, esta vez a la Rusia desangrada por los rojos, junto a los alpinos de la División Tridentina. Allí comenzó su peregrinar por el dolor y el horror y, al mismo tiempo, su más grande aventura evangélica.
Una oscura y helada noche de enero de 1943 encontró a Don Carlo marchando junto a sus soldados en la dramática retirada del contingente italiano, poco después de ser derrotados por los comunistas. Mientras marchaba daba ánimo a los heridos y ateridos milites hasta que, extenuado por el dolor y vencido por el frío, se dejó caer junto a un grupo de agotados soldados a la vera del helado camino ruso. Poco después, un médico amigo pretendió recogerlo pero él, casi agonizante, se negó a dejar a sus soldados. Mas éstos le dijeron una y otra vez: "Id, Capellán, ayudad a nuestros hijos, amparad a nuestros huérfanos". Estremecido por el pedido, Don Carlo aceptó ser trasladado a un hospital de campaña en el que se recuperó de las heridas del cuerpo. Allí terminó la guerra para él.
Una vez retornado a Italia, comenzó el P. Gnocchi su peregrinación por el Valle Alpino buscando a los huérfanos, en cumplimiento de la palabra empeñada a sus alpinos en Rusia.
En 1945 fue nombrado director del Istituto Grandi Invalidi de Arosio donde acogió a los primeros huérfanos de guerra y niños mutilados. De ahí en más, una maravillosa obra coronaría los esfuerzos de nuestro sacerdote. En 1949 obtuvo su primer reconocimiento: el permiso para la fundación de la Federazione Pro Infanzia Mutilata. A partir de ese momento comenzó a fundar colegios para los niños mutilados y para los acuciados por la terrible poliomielitis. Sin embargo, al poco tiempo, víctima de un tumor maligno incurable, Don Carlo Gnocchi partió a la Casa del Padre el 28 de febrero de 1956 en Milán. Italia entera se dispuso entonces a darle el último aDios al "padre dei mutilatini".
Treinta años después de su muerte, el Cardenal Carlo María Martini instituyó el Proceso de Beatificación, cuya fase diocesana concluyó en 1991. El 20 de diciembre de 2002, Juan Pablo II lo declaró Venerable. Pocos días antes, el entrañable Papa polaco había dicho de él:
La Teología del dolor
La obra del P. Gnocchi es impresionante pero poco habría de estimársela si no se comprende su sentido último. Ciertamente no fue filantropía lo que lo movió a ocuparse de los niños sufrientes pues para ello hubiese bastado con la acción de las muchas logias masónicas que asolaban, y asolan, a Italia. Providencialmente, nuestro sacerdote no padeció la tara ideológica del progresismo clerical que considera a la Iglesia de Cristo una mera ´agencia social´ y, justamente por ello, pudo dar testimonio del valor del dolor de los niños. Testimonio indeleble unido a la Tradición de la Iglesia para ejemplo del mundo.
Y para que no hubiese confusiones respecto de su obra el P. Gnocchi escribió un libro precioso en el que magistralmente conjuga sus dos amores primeros: la enseñanza y la atención de los niños dolientes. De ese modo, el breve "Pedagogía del dolor inocente" resulta ser su obra magna, en la que retoma la Tradición inefable y el Magisterio Auténtico para presentar las razones que deben mover a respetar y, en cierta medida, venerar el carácter salvífico del dolor de los niños. En ese sentido, esta pequeña gran obra es un antecedente de la magnífica Carta Apostólica Salvifici Doloris de Juan Pablo II, en tanto magnífica exposición de la ´teología del dolor´.
Señala Don Gnocchi que la comprensión del dolor de los pequeños es la clave para comprender cualquier dolor y, puesto en esa tarea aprehensiva, concibe el sufrimiento humano en general como parte de una arcana solidaridad que "actúa en sentido vertical y en sentido horizontal, vincula a los miembros con la Cabeza y a todos los miembros entre sí"32 . Del mismo modo, el Santo Padre, en la Carta citada dice que "aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión (en forma individual), contiene en sí un singular desafío a la comunión y a la solidaridad"33 .
Dos fuentes tiene entonces el dolor de niño: sufre en primer término por su condición de hombre, responsable en esencia del pecado original y "por consiguiente implicado en su secular expiación34 . He allí su solidaridad vertical.
Pero el niño sufre también, y esta es la base de la solidaridad horizontal, por los pecados y abominaciones cometidas por todos los hombres. Razón ésta, dice Don Carlo, que "debería servir de freno al hombre cada vez que se siente tentado a pecar" . Porque lo cierto es que todo está anudado en la vida y "en el cuerpo social, si hay una circulación ´arterial´ de la verdad y el bien, de la que todos los hombres se benefician, y con frecuencia sin merecerlo, hay también una circulación ´venosa´ del error y del mal, de la que ninguno, por inocente que sea, puede pretender sustraerse"35 .
Para la primera fuente de sufrimiento, el "remedio" es el óleo y el crisma del Santísimo Sacramento del Bautismo. Para el segundo, vale la reiteración, que los hombres se guarden de pecar convirtiéndose al Bien, la Verdad y la Belleza en tanto aceptación del llamado de Cristo.
Sin embargo, y pese a esta explicación, el hombre se pregunta: "¿Por qué sufre este inocente? ¿Por qué se abaten sobre él las iniquidades de los esbirros del Mal?" ¿Por qué, Señor, no he de ser yo, pecador miserable, quien sufra en vez de esta criatura pura? En la base de estos interrogantes se encuentra el argumento que, como dijera en su día Gilson, más conquistas ha propiciado al ateísmo: "si Dios existe, ¿por qué el mal?" o bien, "si Dios es todo Bondad, ¿por qué permite el sufrimiento inocente?36 .
No se trata aquí de ensayar una explicación personal sino de plantear en primer término una reductio ad mysterium, esto es, un abandonarse al Misterio en la certeza de que no podemos comprenderlo, no porque sea oscuro sino porque su luz, como decía el P. Alberto Ezcurra, es demasiado deslumbrante para nosotros. Vale decir entonces que el, para nosotros, inextricable misterio de la iniquidad responde a la Divina Providencia y se encuentra lejos de nuestra comprensión mas allá de la fe.
Pero, en obligado segundo término, es preciso decir con Lewis que suele confundirse el amor de Dios con la pura benevolencia. En ese sentido, "deseamos no tanto un padre en los cielos, sino más bien un abuelito; una benevolencia senil (...) cuyo plan para el universo consistiera simplemente en que, al final de cada día, pudiera decirse ´todos lo pasaron bien´"38 .
Así como nosotros sólo podemos exigir felicidad a cualquier precio para aquellas personas que no nos importan demasiado pero a los que amamos preferimos verlos sufrir que ser felices de un modo deleznable; así también el Amor de Dios, el más profundo, trágico e inexorable, conlleva la dura prueba del sufrimiento, del dolor que tiene el premio de la Visión Beatífica39 .
No obstante, la respuesta definitiva nos la brinda el Apóstol de los Gentiles cuando dice: "Cumplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo" (Col 1, 24). En efecto, la comprensión del dolor inocente se completa y plenifica al advertir que el Cordero de Dios es el arquetipo del sufriente puro e inocentísimo. Alzando nuestra mirada al Varón de Dolores, como proféticamente lo llamara Isaías, nos acercamos al misterio inefable que permite aprehender el porqué del dolor de los niños.
Según señala Santo Tomas, para la remisión total de los pecados del mundo era necesaria tal pureza en la víctima que sólo Dios podía poseerla y por ello envió a su propio Hijo sobre la tierra a morir en la Cruz. Pero para completar el sufrir del Ungido, como enseña San Pablo, es necesaria la más alta contribución que el hombre puede brindar: el ofrecimiento de las almas que sufren sin el peso de las propias culpas personales, al modo de Nuestro Señor.
En este sentido, el sufrimiento de los niños es análogo al de Cristo en tanto ellos sufren "por la purificación y la salvación de sus hermanos y no en relación y en proporción con las culpas personales propias (...) ni tampoco en la proporción de su corresponsabilidad social, de acuerdo a la Ley de Adán, sino en relación y proporción con la capacidad y pureza de su sacrificio, a los fines de la redención humana, según la sublime Ley de Cristo" .
Es por ello, como dijera Pío XII en su hora, "un sacrificio viviente de la humanidad inocente por la humanidad pecadora". Cada niño mancillado es, en virtud del inefable Misterio, un precioso intercesor y mediador de gracias.
La Pedagogía del dolor inocente
El P. Gnocchi llega al núcleo de su obra cuando advierte que los educadores cristianos, es decir los padres, los sacerdotes y los maestros, deben conocer y aplicar los principios de la "pedagogía sobrenatural del dolor". Tienen el deber de procurar, en cada niño sufriente, la conciencia y el sentido del valor de su dolor. El pequeño ha de reconocer así que el fin último de su pesar es Cristo crucificado que sufre con él y por él por la remisión de los pecados del mundo. Sin esta conciencia debidamente inspirada por los educadores cristianos se produce un "enloquecedor derroche" pues el niño no sabe por qué sufre (una razón más, vale agregar, para resistir el avance destructivo del laicismo anticristiano en nuestras escuelas). Si los pequeños no alcanzan esta conciencia, nos dice Don Carlo, "se priva a Cristo y a la Iglesia del tesoro insustituible y precioso del dolor infantil". En efecto, de toda esa masa de dolor inocente, "¿qué parte ha ido a Cristo y a la humanidad? ¿Y qué parte se ha perdido, porque ninguno se preocupó de encauzarla adecuadamente hacia su meta natural, que es Cristo" 42 .
Por ello, una de las tragedias del pensamiento moderno, y de la pedagogía en él impregnada, es la pretensión de erradicar el dolor43 lo cual, atento a la explicación que hasta aquí propiciamos, redunda en un virtual anticristianismo en tanto es la negación de compartir el dolor sufrido por el Ungido.
En el mismo sentido, esta pedagogía del dolor se encuentra en las antípodas del prejuicio iluminista acerca de la educación, cuyo prototipo es el Emilio de Rosseau, que sostiene que los niños no están preparados para comprender y vivir estas verdades delicadas de la vida sobrenatural. Por el contrario, el cristiano sabe que la infancia es la edad de "la relación directa con Dios, de ´experiencia´ de lo sobrenatural (...) la edad en la que las más altas verdades de la comunión de los Santos son intuidas, creídas y practicadas casi por instinto"44 . Es lo que bellamente enseña Anzoátegui al expresar que "nada está tan cerca de la divinidad como la niñez, que es la humanidad recién salida de la divinidad"45 .
Pero, la casi siempre impertérrita desatención hacia las "cosas del Cielo" suele impedir a los hombres advertir el enorme valor de tesoros espirituales como éste, escondido en las almas de los inocentes. Frente a este descreimiento, la pedagogía cristiana del dolor "tiende sobre todo a enseñar prácticamente a los niños que no se debe conservar el dolor para sí, sino que hay que ofrecerlo a los otros, que el dolor tiene gran poder sobre el corazón de Dios y que es necesario aprovecharlo para beneficio de muchos"46 .
Y, finalmente, el culmen de la comprensión de dolor inocente adquiere su sentido más profundo y pleno en el Sacrifio eucarístico. "En la Misa diaria - dice Don Gnocchi - el Río de la Sangre Divina se enriquece por la confluencia del dolor humano y es en el río divino donde cada gota de sufrimiento y de llanto adquiere valor sobrenatural de redención y de gracia"47 .
Es cierto que nuestro sacerdote, testigo inmediato de la orfandad, enfermedad y mutilación de los niños, dedica poca atención al sufrimiento moral de los mismos. Pero es verdad también que vivió en una época signada por la guerra y en la que todavía no se vislumbraban los oscuros contornos de la Cultura de la Muerte. Hoy, el "dolor del alma" de los pequeños es cosa cotidiana, asediados como están por quienes con escarnio e irrisión los hacen objeto de las más terribles atrocidades. Don Gnocchi no llegó a conocer la prostitución infantil institucionalizada, el aborto considerado como derecho humano, la difundida condición de huérfanos de padres vivos48 o de hijos de padres separados, la ideología de género embebiendo toda perversa educación sexual. No alcanzó a ver, ¡feliz de él!, la retorcida pretensión destructiva de los "defensores de los derechos de los niños" que ocupan sitiales de honor en los organismos internacionales, ni escuchó los argumentos a favor de la eutanasia de los niños enfermos, bajo pretexto de "no hacerlos sufrir". Valga esto de excusa suficiente para algunas omisiones, que hoy en día resultarían del todo inadmisibles.
El Buen Combate por los niños dolientes
Gran error se comete si de lo antedicho se colige la pasividad ante el sufrimiento de los niños. La necesidad de adquirir el sentido de la sublime teología del dolor y su consecuente pedagogía, no invalida en absoluto el hecho de combatir la iniquidad del "mundo" hacia los que sufren, especialmente contra los débiles e inocentes.
Lo sostiene con vigor el Santo Padre al advertir que "el Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento"49 . Nada puede, ni debe, abolir nuestra pena cuando asistimos a la visión de un niño mancillado en su pureza, vulnerado en su inocencia.
Y lo ha dicho el Señor a los justos que piadosamente acunaron a los párvulos: "Todo lo que hiciereis a uno de mis pequeños, a Mi me lo hacéis" (Mt 10,42). Pero también sentenció a los impíos que los avasallaron: "En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45).
Ante esto, lo primero es saber que estamos obligados por la fe a reconocer el dolor en todas sus formas en un medio social que falazmente lo oculta. En efecto, el Mundo se esfuerza por ocultar la realidad del dolor con la promesa de un mundo indolente lo cual redunda en una concreta insensibilidad en la conciencia para atender el dolor real50 . Por el contrario, el cristiano se reconoce "ciudadano del Cielo" (Flp 3,20) y "extranjero" en el mundo (1 Pe 2, 11), y sabe que la muerte es el paso a la Vida por lo que no cae en el desespero por el dolor mundano.
Por eso, supuesto el reconocimiento ineludible de la existencia del dolor, es menester revestirse de la verdadera com - pasión que no es ya el dolerse con el otro sino el dolerse por el otro de forma tal que pueda reflejarse al menos en parte el Amor misericordioso de Cristo, quien sufrió la pena que el hombre debería sufrir y no sufre51 .
Pero nada de esto obsta para el apremio del combate contra los que infligen el dolor físico y moral a niños. Son sus enemigos, y por ello lo son de la Iglesia y de Cristo mismo. Esto se patentiza en la imagen que nos presenta la beata Ana Catalina Emmerick en su visión de los padecimientos del Niño Jesús: "He visto en el seno de María una gloria y en ella un Niño resplandeciente. Vi crecer al niño y que se consumaban en Él todos los tormentos de la crucifixión. ¡Que triste y horrible espectáculo! Yo lloraba y suspiraba en voz alta. Lo vi golpeado, coronado de espinas, puesto y clavado en la cruz, herido en su costado, vi toda la Pasión de Cristo en el Niño"52 .
Ante esto, debemos reconocer que el Buen Combate que ha de librarse es ante todo interior, para evitar que los párvulos sufran por la remisión de nuestras miserias. Pero es también exterior pues se trata, como dice Juan Pablo II, de "la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal que nos presenta el mundo contemporáneo"53 . Por ello, y se nos disculpará lo atrevido de la afirmación, restaurar los verdaderos derechos (naturales y sobrenaturales) de los niños es restaurar los derechos de Cristo Rey. Es, en definitiva, iniciar el tránsito por el arduo pero providencial sendero hacia la Restauración de Cristo en todas las cosas.
¿Cómo comenzar? Hagamos lo que nos ordena el P. Gnocchi: todas las mañanas besemos el corazón de nuestros pequeños para reconocer allí la Santísima Trinidad presente y operante.


