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Autor: | Editorial:



Chesterton y lo que está mal en el mundo
Con el rojo pelo de una chiquilla, yo incendiaré la Civilización Moderna
G.K. Chesterton

¿Presentando a Chesterton?
Y es que Chesterton no necesita ser presentado o, al menos, no merece la pobre exposición que de su vida y obra podríamos hacer. Por ello, omitidas las referencias biográficas, fácilmente asequibles a quien desee informarse, recurrimos a voces autorizadas que nos brindan una imagen acerca de quien fue Chesterton.

Sabemos que Inglaterra fue la patria de nuestro autor y que él, al igual que nuestro Castellani, sufrió por su causa y combatió lo peor de ella. En ese sentido, como señala Allegri, no trepidó en oponerse a la Inglaterra Imperialista en favor de la nación inglesa. Es lo que tanto se vislumbra en su férrea resistencia a la destrucción de Irlanda (cuya cristiana insurrección considera fundada en la razón y en la justicia54 y de la colonización británica durante la Guerra de los Boérs44 , como en su permanente oposición a la farisaica moral victoriana. Y pudo hacerlo, según él mismo nos lo dice, merced a su conversión a la Iglesia Católica "que es la única que salva al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de su época"56 .

Sabemos además que Chesterton jamás pasó por la Universidad, de lo que podría deducirse, sino su genialidad, al menos la temprana manifestación de la misma, al estar liberado su espíritu de las muchas trabas que suele poner la ideologizada educación formal. Mas pocos como él resultaron tan auténtica y vastamentemente doctos, en una época en la que prima el espíritu de lo que Ortega atinadamente denominó la "barbarie del especialismo".

Y sabemos también que, por obra y gracia de la divina paradoja, no tuvo hijos con su amada Frances. Él, que supo reclamar a los hombres que aún habiendo "descubierto el secreto de los ángeles, lo mejor y más útil que hacer podría sería volver aquí a jugar con chiquillos"57 . Él, que le robaba horas al día para jugar con los niños como uno más, no tuvo el don de la paternidad. Quizás el Señor lo hizo carecer de ese bien precioso para utilizarlo como instrumento poderoso contra los escandalizadores, para que nosotros pudiéramos comprender la naturaleza y las consecuencias del escándalo a través de sus páginas. Porque Chesterton fue, entre sus muchas virtudes, un caballero montado en defensa de los débiles y, especialmente, de los niños.

En un bello libro, Miguel Ayuso distingue algunas de las cualidades que hicieron de Chesterton un caballero andante: gusto por la lucha, cultivo de los bienes no racionalizables, amor a la gratuidad de la vida, gusto por el misterio, piedad, amor al débil, fidelidad a la palabra empeñada58 .

En efecto, Chesterton explicita el estro caballeresco en cada página y se hace por ello acreedor de la magistral imagen que Ercilla estampó en su cantar de gesta: "en él se resumió la guerra". Porque su vida, fiel a la sentencia de Job, fue verdadera milicia.

"La espada proporciona belleza a las cosas - dice nuestro autor en El Napoleón de Notting Hill -; es la espada la que ha hecho novelesco al universo". Pues siempre hay causas por la que se debe desenvainar la espada. Y justamente encarnando ese caballeresco ideal, nuestro autor combatió solo, aún cuando tuviera compañía. Su arrojo e intrepidez se impusieron en la lucha cuerpo a cuerpo con el auxilio de la tizona hecha palabra, la armadura de la paradoja y el pendón de la Verdad. Y todo con la proximidad, siempre preservada, de camaradas de armas de la envergadura del también insigne Hilaire Belloc.

Como la emboscada no es admisible para el caballero, por deshonrosa, Chesterton siempre combatió de frente, con la alegría señera que le permitió cosechar respeto aún entre los enemigos. Y, por lo mismo, es evidente que no cayó en la trampa fácil de los cristianos mistongos, la de creer que "amar al enemigo" es ceder en la claudicación constante del Buen Combate. El verdadero enemigo, el hostis, es el que impide nuestra salvación, el que busca la condenación de las almas, especialmente de las más inocentes. Por eso, amar a los enemigos en tanto que enemigos resulta un absurdo insostenible, pues se debe amar al hombre que existe en el enemigo, al ser capax Dei que se esconde detrás de los vicios y los ataques a los débiles, pero no porque es un enemigo. Al enemigo, en tanto que enemigo, es deber supremo combatirlo.

Pocos como Chesterton - dice Caponnetto - han hecho la radiografía exacta del pacifista y de la sociedad enferma de falsa moderación, que considera perturbadores y locos a los que están dispuestos a combatir los únicos combates legítimos: los que se libran por Dios y la Patria, por los altares y los hogares, por la sagrada tradición y los dogmas incontrovertibles, por los misterios que están más allá de la razón y las realidades celestes que hacen inteligibles y dignas las terrenas 59 .


Asimismo, y como cuadra a todo pensador católico, el rasgo principal de Chesterton fue su realismo. Es lo que señala Allegri en el precioso libro que venimos citando al decir que "el primer y gran martirio de GKCh fue precisamente dar testimonio de la existencia"60 . Y si lo hizo fue sobre todo con el recurso de la paradoja que es, según el propio Chesterton, "la verdad puesta cabeza abajo para llamar la atención".

Hacer pequeñas las cosas grandes y gigantes las pequeñas cosas, tal parece ser la consigna rectora de nuestro autor. Porque Chesterton supo que Dios es grande en lo pequeño, Deus in minimus maximus. Es claro que entendemos aquí la pequeñez, "no como resultado de una comparación (con un supuesto más o menos grande) sino como adelanto en un desapego de lo que no es Dios. Es, en suma, ser hijo, totalmente hijo, en el Único Hijo, Jesucristo, recibiendo su Vida por el Espíritu Santo”61 .

Tempranamente comprendió esto nuestro autor y se dispuso a enseñar al hombre común la grandeza de las cosas pequeñas. Para él, como señala Allegri, "la sola existencia de las cosas acentúa el misterio, y el conocimiento de las cosas - con su trasfondo misterioso - produce el asombro, el deslumbramiento" 62 .

Chesterton nos enseña que es necesario ver la Creación como algo pequeño, para ver las cosas al modo de Dios. Pero, al mismo tiempo, exige que lo pequeño, lo cotidiano y aparentemente insignificante, sea visto como fantástico y enorme. “Todo pasará, - nos dice- sólo quedará el asombro y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas”. Es lo que Syme, que es decir Chesterton, perentoriamente le enseña al pseudopoeta anarquista en El Hombre que fue jueves, cuando le dice "guárdese usted su Byron, que conmemora las derrotas de los hombres, que yo derramaré lágrimas de orgullo leyendo el horario de los ferrocarriles" 63 . Esta noción chestertoniana, resulta tan central que, si de todo este trabajo fuese lo único que quedara en claro, bien por satisfechos nos daríamos, sobre todo porque resulta difícil no hacer un paralelismo con los niños, esas "cosas" pequeñas que se nos ponen delante y que, mirados con los ojos del alma, resultan más grandes que la galaxia entera.

A la hora de terminar esta breve "introducción" a Chesterton viene en nuestro auxilio el P. Castellani al decir que "fue todo un hombre, tuvo por junto todo lo que es del hombre: la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combativa del joven, la petulancia del muchacho, la risa y la juguetonía del niño, y encima, como dije antes, la mirada asombrada y seria, definiendo todas las cosas, del bebé. La mirada ontológica del recién nacido, de quien dice Santo Tomás que lo primero que intelectualmente ve es el Ser"64 . Así, mediante el pensar rector de nuestro egregio jesuita, nos aproximamos al corazón de la ´catequesis´ chestertoniana: el hacer nuevas todas las cosas, al modo del Divino Maestro.


La educación que escandaliza
Al plantear la importancia de la escuela en general y de la escuela católica en particular, Chesterton demuestra que todo el problema escolar se limita a la creación de una atmósfera católica, que lo impregne todo sin excepción, de modo que "hasta el alfabeto pueda ser aprendido de un modo católico”65 .

En otros términos, pero afirmando lo mismo, el P. Sáenz ha señalado que la escuela tiene dos caminos, o abrirse al orden sobrenatural o cerrarse sobre sí misma . Si elige el segundo, ha de tornarse un antro de perdición para los niños y jóvenes que la frecuenten, pero si opta por el primero, es decir, por ser una escuela católica, no puede menos que evangelizar en cada materia, en cada disciplina que allí se dicte. En tal sentido, puede decirse con el P. Sáenz, que todas las materias "constituyen una especie de preparación evangélica, ya que el auténtico desarrollo de la naturaleza es una especie de preparación para la gracia”67 .

Sin embargo, muy otro es el cuadro que presenta hoy la escuela en general y, lamentablemente mucho más, la escuela católica. Refiriéndonos al tema en otro lugar nos ocupamos de la influencia del pecado de la acedia en el educador católico y los males que de ello resultan68 . A partir de allí, y bien miradas las cosas, resulta claro que la caída en la acedia comporta la pérdida de la atmósfera católica que Chesterton reclama.

En efecto, el pecado capital de la acedia promueve el escándalo de la verdad porque el acédico aborrece el testimonio y se sumerge por ello en el lodazal de lo pedagógicamente correcto. Y, por lo mismo, la patología espiritual que es la acedia, está asociada a la persecución pues escarnece al testigo, a aquél que testimonia la Verdad. Del mismo modo, se evidencia la falta de caridad, pues no otra cosa es el negar la Verdad al otro, el "condenarlo" a vivir en el error. Y también la destrucción del silencio por el ruido, la pasión por la "novedad" y la tantas veces señalada ruina del ocio contemplativo69 . Pero quizás la mayor manifestación de la corrupción del templo que es la escuela, sea la pérdida del sentido del rito y de la Ciudad, esto es, la disolución del sentido de la Iglesia y de la Patria y de la familia, en tanto religaciones esenciales de la persona. Es que, roto este triple vínculo filial, sólo queda el derrumbe.

Por eso, es menester obligado el restaurar estas realidades en las que la devoción de los hombres a los padres, la Iglesia y la Patria se haga efectiva. Hay que ambicionar un mundo no mundano en el que esté presente el misterio constante, aquél que produce horror en los modernos.

La peor y más miserable especie de idiota es aquel que cree haberlo creado y contenerlo todo. El hombre es un ser viviente; toda su felicidad consiste en esto; o, como la Voz Suprema nos manda, en convertirnos en un chiquillo. Todo su goce consiste en recibir un regalo o presente que él, chiquillo, valora con profunda comprensión porque es una "sorpresa". Pero sorpresa impropia, algo que procede de fuera de nosotros; y gratitud, lo que viene de alguien ajeno a nosotros mismos .


Es necesario entonces sentirse contenidos (contentos) por todo lo que es más grande que nosotros, todo aquello a lo que nos debemos. Sólo Aquel que nos creó puede darnos la humildad para apacentarnos en El y, por ello, la verdadera enseñanza es aquella en la que el niño aprende a reconocer el misterio de ser hijo. Así, al llegar a la edad de la vida en la que poseerá la doble condición de hijo y padre, podrá exclamar aquellas palabras que Chesterton alegremente enseña: "El olor de mi hijo es como el olor de un campo que el Señor ha bendecido”71 .

La educación contemporánea resulta diametralmente opuesta a tal expectativa de modo tal que, en vez de reconocerse como hijo, al alumno de hoy se le enseña a mirarse a sí mismo, en un proceso de "mismificación" inacabable que lo pone como única referencia. Como resultado de esta educación ultrasubjetivista, se pierde la noción de una normativa objetiva y, por ende, del Orden Superior al que todo hombre debe ajustarse. Es ésta una educación en la que el maestro omite la transmisión de la verdad y se convierte, y aquí citamos a Lewis, en un programador o condicionador dedicado a colaborar en la mera adaptación del niño o joven al entorno72 .

Y, muy a propósito, aparece en todo su esplendor el realismo chestertoniano, cuando nuestro autor indica que [la] "educación debiera ser un proyecto que se da a un hombre para explorarlo todo, pero en especial las cosas más distantes de él mismo". Sin embargo, la educación actual "tiende a ser una luz concentrada que ilumina sólo al hombre mismo. Puede lograrse algún progreso si volvemos concentradas, igualmente eficaces y tal vez vulgares, sobre un gran número de personas. Pero la única cura final es apagar las luces y dejar que el hombre descubra las estrellas"73 .


"Lo que está mal en el mundo"
En "Lo que está mal en el mundo" Chesterton trata el tema de la familia en tanto fundamento de la sociedad que es, por tanto, un solo ayuntamiento de familias. En esa obra magnífica, nuestro autor desentraña los errores modernos acerca de la familia dividiéndolos del siguiente modo: el imperialismo o el error acerca del hombre; el feminismo, o el error acerca de la mujer y la Educación, o el error acerca del niño.

Como señala Alberto Lago Freire, el tema de la infancia en Chesterton nunca fue una referencia de ocasión, ni un "ademán intelectual para cosechar fáciles simpatías"74 . La fascinación de Chesterton por los niños se centra en la capacidad de éstos de vivir en perplejidad pues "el niño no necesita de innovaciones (...) no se cansa de lo que lo rodea, de lo que es, porque siempre está dispuesto a situarse al comienzo de todo. Repite sus juegos y en su voz se reitera permanentemente su ´otra vez´"75 .

¿Qué es entonces, desde esta singular perspectiva chestertoniana, "lo que está mal en el mundo”? Es esencial comprender que Chesterton, al señalar lo que está mal, no se deshace en abstrusos retruécanos ideológicos. No. Lo que está mal es la concepción acerca de lo que el hombre es y esto es así porque se sufren las consecuencias del gran Error ontológico: aquél que niega la condición creatural del hombre, lo reduce a pura animalidad y lo condena a vivir como si Dios no existiera. En ese sentido, en estas páginas chestertonianas se reproduce el fulgor de la famosa frase de Dostoievsky: "Si Dios no existe, ¡todo está permitido!". Ante eso, lo que está mal en el mundo, dice Chesterton, es "que no nos preguntamos en qué consiste el Bien".

Porque la victoria del enemigo, efímera pero no por ello menos cierta, es que ha logrado trocar el sentido de lo que "está bien". Es lo que enseña el Evangelio al afirmar que "los hijos de las tinieblas son más astutos en su trato con los otros que los hijos de la luz " (Lc. 16,8).

Ante ello, y en lo que a la niñez respecta, ¿en qué consiste el bien para el mundo? En plan de breve repaso basta dar una ojeada a lo que hoy proponen los cultores del escándalo como summun de lo que el niño "necesita". La des - ligación con Dios y la Iglesia como una "opción". La pérdida del sentido de la Patria. La precocidad exasperada y estulta. La sexualidad infantil y adolescente, mientras exista "sexo seguro". La ruptura con toda forma de autoridad. La anulación de la responsabilidad del niño. Que un niño sea adoptado por homosexuales aparejados. Que se declamen los derechos del niño y se los convierta en declamadores insensatos de los mismos. Que los niños pierdan el sentido del misterio, que lo sepan todo, que se les asesine la inocencia.

Ante este cuadro tremebundo, ¿que padre de hoy no siente el corazón estrujado por lo que el mundo ofrece a sus pequeños? ¿Qué padre no recuerda entonces aquellos diamantinos versos de Bernárdez, dirigidos al Niño y, por lo tanto, a cada niño?:

Al pensar en los años
Que te esperan, Dios mío,
Con dos leños cruzados
Al final del camino,
Tengo miedo del tiempo,
Y quiero interrumpirlo,
Con ansias de que seas
Eternamente niño 76


Del mismo modo, Chesterton, que no vio todo esto pero que supo profetizarlo, enseña que "hay más de un modo de cometer infanticidios y uno de ellos es asesinar a la infancia sin asesinar al infante" . Y, sin exageraciones, habida cuenta de la situación que aquí someramente presentamos, hoy somos estupefactos testigos de un infanticidio sin precedentes.
Todo esto es posible merced a la inversión del orden natural que, con sus horrísonas consecuencias, sienta sus bases en la revolución, la Sublevación que tanto despreció nuestro autor. Y lo ratifica una vez más en El hombre que fue jueves:

¿Y que hay de poético en la sublevación? Ya podía usted decir que es muy poético estar mareado. La enfermedad es una sublevación. Enfermar o sublevarse puede ser la única salida en situaciones desesperadas; pero que me cuelguen si es cosa poética. En principio, la sublevación verdaderamente subleva, y no es más que un vómito78 .


La Revolución es obra del Primer Rebelde, del que ha vociferado el non serviam y se empeña en evitar la salvación de los hombres. Bien sabe Satán, puesto que de él hablamos, que la destrucción del hombre empieza por la destrucción de la familia y que, después de eso, sólo resta echar a andar la maquinaria. Como dice Chesterton, el vínculo entre padre, madre e hijo es indestructible pero puede destruir a las Ciudades que lo menosprecien79 .

Vale concluir este escrito con unas palabras de Chesterton sobre los niños, de altísima belleza, que explicitan bien lo que aquí hemos querido decir:

Hace poco algunos doctores, a quienes la ley permite dictar órdenes a sus más andrajosos conciudadanos, expidieron un decreto acerca de que debía cortarse el pelo a todas las niñas pobres. Alegaban que los padres viven amontonados de tal modo que no se puede permitir que las niñas tengan el pelo largo por temor a los piojos. Por consiguiente, los doctores propusieron abolir el pelo; nunca se les ocurrió abolir los piojos (...) Ahora bien, el objeto y propósito de éstas últimas páginas es proclamar que debemos comenzar completamente de nuevo y por el otro extremo. Yo comienzo con el pelo de una niña. Todo lo demás puede ser malo, pero sé que esto cuando menos, es bueno. Lo que se oponga a ello debe derrumbarse. Si el propietario y la ley y la ciencia están en contra del pelo de la niña, el propietario y la ley y la ciencia deben derrumbarse.

Con el rojo pelo de una chiquilla del arroyo yo incendiaré la civilización moderna (...) nadie mutilará ni tocará a esa rapazuela (...) no, todos los reinos de la tierra serán hendidos y rajados en su bien. Las columnas de la sociedad se estremecerán y los techos seculares vendrán abajo en ruinas y a la niña no se le tocará un cabello de su cabeza80 .



Y no queremos, ni podemos, terminar sin antes adherir a la promesa chestertoniana, a cada palabra, a cada advertencia, y comprometer nuestro humilde empeño de combatir en toda ocasión, oportuna o no, la abominación del escándalo de la niñez. A ello nos consagramos, junto a Chesterton, que reza este poema junto al Niño para interceder por nosotros:

Andemos humildemente; los cielos son humildes
Y la Estrella es baja, grande y ardiente;
El pesebre está tan cerca
Que podríamos extraviarnos lejos de él.

¡Oid! La risa despierta como un león
Y ruge sobre la llanura que resuena;
el cielo entero grita y se estremece,
porque Dios mismo ha nacido de nuevo,
y nosotros somos niños que andan
A través de la nieve y de la lluvia.




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