Autor: | Editorial:
Epílogo: "Si no os hacéis como niños"
¡Levanta tu mano, Divino Niño,
y bendice a estos pequeños amigos tuyos,
bendice a los niños de toda la tierra!
Juan Pablo II
La niñez en las edades de la vida
Nada de lo antedicho impide cuidarse bien de aquella visión deformada y preñada de ideologismo que ve a los niños como seres revestidos de pureza, absolutamente buenos e incorruptos. Tal perspectiva puede resultar aceptable para un rosseauniano, pero nunca para un católico.
En efecto, uno de los postulados principales del naturalismo es el que afirma la existencia de la "inocencia" absoluta del niño, lo que implica desconocer la esencia del hombre, al negar el hecho de la culpa, negar el pecado original, negar también la libertad y la responsabilidad y, en última instancia, la propia realidad de la redención y de la gracia. Ya hemos visto, al tratar la obra del P. Gnocchi, que por la solidaridad vertical el niño comparte las consecuencias del pecado de Adán y además, en tanto persona, es también capaz de pecar.
La verdadera sabiduría antigua y actual no desconoce la proclividad al pecado presente en los niños. Vale, por caso, recordar una de las obras más importantes de C.S. Lewis, Las crónicas de Narnia, en la que descuella la figura de Edmundo, el niño descreído y petulante, tan lamentablemente inclinado al pecado de la soberbia y la traición. Pero, como en todo hombre, en este niño se vislumbra también la tensión hacia el bien, bajo la forma del arrepentimiento y la consiguiente remisión de los pecados, por mortales que hayan sido118 .
Sin embargo, aún en algunos pensadores cristianos, se vislumbra el error naturalista que insiste en negar la propia noción de culpa. Es el caso de Jean Guitton, quien al hablar de un catecismo para niños de su autoría no duda en afirmar que "no hay que dar al niño la idea de lo prohibido. Desde la infancia, el niño vive en el ´no debes´. Eso es dramático. Y, además se le suma el pecado. ¿Cómo quiere usted que el niño sienta interés por este modo de concebir la vida? En mi Catecismo, no verá jamás la noción de pecado, sino siempre la noción de progreso"119 . Lamentablemente, expresiones espiritualmente miopes como ésta suelen abonar los programas de la catequesis que los niños reciben, y que agudizan la posibilidad del desvío moral y espiritual pues, ¿cómo salirse de la esclavitud del pecado sin creer que éste existe? ¿Cómo han de propiciar el Buen Combate los pequeños formados en la laxa tibieza de un progresismo vacío de las nociones centrales del mal, del pecado y del propio infierno?
Muy por el contrario, la recta doctrina reconoce que los niños tienen un cúmulo de deberes que no les es lícito eludir, especialmente en cuanto se refiere a sus padres. Así, el amor, la obediencia, la veracidad, la sinceridad y la reverencia son parte de las exigencias de la niñez y representan el polo opuesto de los derechos que críticamente mentáramos al iniciar este opúsculo. Nada nuevo decimos, pues todo está prefigurado en el cuarto precepto: "honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos días sobre la tierra" y en la propia niñez del Paradigma, que estaba sujeto a sus padres, aún siendo el Hijo de Dios120 .
Así las cosas, dejamos aclarado que cada vez que nos referimos a la inocencia de la niñez no lo hacemos en el sentido naturalista de negación de la culpa pero sí en el de la diafanidad prístina propia de la infancia. Es lo que enseña San Agustín: "...lo que es inocente en los niños es la debilidad de los miembros infantiles, no el alma de los mismos (...) ¿Dónde, te suplico, Dios mío, dónde, Señor, yo tu siervo, dónde o cuándo fui inocente?" 121 .
Más, sin perder esto de vista, lo cierto es que la infancia es una edad cardinal y que el cristiano sabe, como enseña Caponnetto, que es "mucho más que un estadio psicoevolutivo o una etapa cronológica. Es el estado en que Dios mejor nos quiere y en el que más próximos a El nos encontramos. Es pues, más una cuestión ontológica que cronológica, preciso de cultivar y de amar"122 .
Ontología y cronología éstas que coinciden en el niño y de ahí el especial cuidado que en toda circunstancia nos merecen. Bellamente nos lo recuerda León Bloy al decir que "en nuestra ignorancia absoluta de los designios de Dios sobre cada una de las criaturas humanas, me parece que el más débil y el más tierno de los niños debe inspirarnos un temor respetuoso, una especie de veneración sin límites..."123 .
Muy por el contrario, el pensamiento moderno, en tanto expresión de la negación de la persona y sus religaciones esenciales, ve en la niñez una etapa biológica y psíquica que no se explica ni vale en sí misma más que como preparación para la futura adultez. Por ello, los corifeos de la negación (¡hay tantos!), propician a cada paso un asesinato de la inocencia, puestos de lleno en la odiosa tarea de adelantar la adultez de los infantes. Y el producto no es otro que el de hombres sin infancia que reniegan de lo mejor que han tenido, su primera antigüedad, como decía Unamuno.
Sin embargo, la niñez es siempre una edad en la que la persona se ve envuelta, ya para negarla, ya para reinvindicarla, pues constantemente "atraerá al hombre como un tiempo entrañable en el que vivimos con toda intensidad y lozanía de nuestro lejano origen; pero será también el tiempo en el que la vivencia directa, a menudo amarga o dolorosa, de lo real desgastó rápidamente nuestra sensibilidad primera, cubierta para siempre por un sistema de protección conceptual"124 .
En efecto, el hombre, al crecer, suele sumergirse en una especie de caparazón con el fin de preservarse de lo que Gambra llama "la herida de lo real", pero mal camino toma si ese caparazón le obnubila razón y corazón y le impide distinguir las esencias, el mal del bien, los seres buenos de los execrables, tal como puede hacerlo un niño, descarnadamente atento y asombrado ante lo real.
Si es cierto que el niño, por su mera condición creatural, no es ajeno a la culpa, no lo es menos el hecho de su vinculación con las más altas virtudes, teologales y cardinales. Así, a lo largo de la historia se verifican multitud de casos en los que los niños, precisamente por su inocencia, se convierten en adalides de la Palabra, en férreos testigos de la Fe, en indelebles milites a las órdenes del Señor. Vivamente nos lo recuerda Juan Pablo II al traer el recuerdo constante de un puñado de niños, santos y mártires, cuyo ejemplo esplende en la historia del hombre sobre la tierra.
¿Cómo no recordar - dice el gran Papa polaco - los niños y niñas santos que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Agueda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes de entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. 125
Mas, por gracia de Dios, el recuerdo de estos pequeños testigos se enriquece y plenifica día a día con la heroicidad y santidad de otros niños, a quienes el Señor regala el don precioso de la entrega por el otro, en pos de la Vida en el Otro. Vale entonces traer a colación el caso del pequeño Joshua Heldreth, un niño de diez años que fue arrestado en Estados Unidos por intentar dar de beber a Terri Schlinder - Schiavo, aquella infortunada joven condenada por los jueces de la cultura de la muerte, bajo la excusa de una contra - piedad diabólica, a perecer de hambre y sed. Meses después del infausto acontecimiento, Joshua fue obligado, ardides judiciales mediante, a brindar una disculpa pública por su "intromisión" en el sanatorio para ayudar a la enferma Terri. Pero la carta de excusa del agraciado niño, a contrario de lo que esperaban sus tristes detractores, bien vale conservarse como modelo catequético para dar a conocer a los hombres los efectos de la gracia santificante. Allí, el pequeño mártir nos dice:
Fui arrestado en Viernes Santo por ingresar al hospicio. No darle a la Sra. Schiavo ni comida ni agua estuvo mal. La razón que tuve para entrar en su propiedad es que Jesús habría hecho lo mismo. Me puso triste que estuviera tan sedienta y eso también entristeció a Jesús. Sabía que (Terri) moriría sin agua y yo estoy llamado por Jesús a defender a los indefensos. Así que entré en su propiedad para darle algo de tomar (...) Siento que eso no les haya gustado y que no me hayan permitido ayudar a salvar su vida. Un día ustedes tendrán que decirle a Dios por qué. No podré ayudarlos entonces como traté de ayudarla a ella. Rezaré por ustedes ese día126 .
Como ha dicho Chesterton, traducido en forma inigualable por nuestro Castellani, "sacrilegios hay uno tan sólo: hacerse grandes. Matar, igual que Herodes, al Niño Dios en mí..."127 . Y matar a nuestro niño interior es rechazar la Gracia y, con ello, la posibilidad de ser santos, testigos heroicos de la Verdad, tanto como lo ha sido Joshua.
Por eso, es importante tener presente la recomendación de Bernanos: "No olvidéis nunca que este mundo odioso se mantiene en pie por la complicidad - siempre combatida, siempre renaciente - de los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Sed fieles a los niños! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores! "128 .
La niñez y la vida angélica
Si el ministerio angélico, es decir la misión de algunos ángeles como instrumentos del Señor para el bien de los hombres, es una verdad de fe, no lo es menos la existencia de los ángeles custodios, asignados a cada hombre para su especial cuidado.
Es un error común, de todas las épocas, atribuir los ángeles custodios exclusivamente a los niños o a los hombres débiles por la enfermedad u otra contingencia.
El Angel - dice D´ Ors en su peculiar tratado de angelología - dijérase cosa de niños y para niños. La mayor parte de las Cofradías del Angel Custodio que, en mis viajes he encontrado (...) excluyen prácticamente a los adultos129 .
De ser cierto esto, los otros hombres, los adultos, no necesitarían de la presencia angélica pues les bastaría con el libre albedrío y el conocimiento nato de la ley natural. Contra esto responde el Aquinate que "es evidente que en las cosas prácticas el conocimiento y el afecto del hombre pueden variar mucho y apartarse del bien; y por tanto ha sido necesario que los ángeles fueran destinados a la guarda de los hombres, para que por ellos se regularan y movieran al bien"130 .
De lo que se deduce, con el Doctor Angélico, que a cada hombre se le destina un ángel guardián y que la tal custodia "es la ejecución de la Divina Providencia respecto de los hombres"131 pues, mientras el hombre es viator, peregrino, ha de recibir el auxilio de un ángel del Señor en el duro camino hacia la Patria, hasta que llegue al fin de la jornada, cuando ya no tenga custodio "sino que tendrá en el Reino un ángel consorte o en el Orco un demonio verdugo"132 .
El ministerio del ángel guardián adquiere aún mayor significación cuando se contempla su solícita intervención para alejarnos del escándalo pues, como dice el Salmista: "te llevarán en sus manos para que no tropiece tu pie en piedra alguna" (Sal 90, 12).
Nos sostienen en sus manos como un preciado tesoro que Dios les ha encomendado - expresa Fernández Carvajal -. Como los hermanos mayores cuidan de los pequeños, así los ángeles nos asisten a nosotros hasta introducirnos felizmente en la casa paterna. Entonces habrán cumplido su misión.133
No obstante, y sin negar nada de lo anterior, resulta claro que el ángel custodio está especialmente cerca de los niños pues, como dice Anzoátegui, "nadie sabe respetar a la niñez. Nadie sino el Angel de la Guarda. Sólo él sabe galoparle al lado y adelantársele cuando es necesario (que es el único sistema de educación realmente educativo). Sólo él conoce los derechos del recién nacido. Es que todos nosotros hemos olvidado la realidad de la niñez y su misterio... "134 .
En efecto, si el Angel ésta más cerca de los niños es porque los adultos hemos abjurado de la niñez, perdiéndonos muchas veces en los oscuros laberintos del pecado. Y, bellamente aunque no sin tristeza, lo expresa Mons. Toth, al decir que "si un hombre adulto mira los ojos de un niño, su rostro se serena; pero si un niño mira los ojos de un adulto, se pone serio. ¿Cuál es la causa? Es que el adulto, en estas ocasiones, recuerda por un instante el paraíso que perdió; y, en cambio, el niño contempla el mundo triste y pecador que le espera" 135 .
Y lo propio expresa Guardini al indicar que cuando el Señor dice "guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los Cielos"(Mt. 18,10) señala una profunda comunión: la del niño que puede decir "mi ángel" y la del ángel que dice "mi niño a mí confiado"136 .
Y, finalmente, es menester recordar que el Angel Guardián tiene también la sacra misión de acompañar al niño que es llamado a la Casa del Padre, cobijarlo en su seno durante el tránsito a la vida Eterna, depositarlo suavemente en el Umbral Celestial, de modo que, gracias a su obra, dice el precitado Anzoátegui, "el infierno está prácticamente en quiebra"137 . Esta labor angélica, la de acompañar en el último tramo de viaje, resulta excelsamente descrita por José Selgas en singular poema:
Vio el niño a los ángeles
De su cuna en torno
Y, agitando los brazos, les dijo:
"¡Me voy con vosotros!"
Batieron los ángeles
Sus alas de oro,
Suspendieron al niño en sus brazos,
Y se fueron todos.138
La Virgen María y los niños
María es Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, nuestro primer pensamiento hacia Ella debe estar nutrido de amor filial por cuanto es Madre espiritual y Madre adornada de todas las virtudes. Ese amor reverencial es uno de los tres actos esenciales del culto de hyperdulía que debemos a nuestra Señora. Los otros dos son la invocación y reverencia y la invocación y confianza139 .
Al ver cómo María prodiga sus cuidados al pequeño Niño Dios - dice el P. García Vieyra - pensamos que también cuidará de nosotros. Jesús no tuvo más que nacer. Nosotros debemos morir primero al hombre viejo, y, después, renacer en Cristo. 140
La Maternidad de María es arquetipo de la maternidad, pues en Ella han de reflejarse las madres en busca de consuelo y ayuda. Y si nos acercamos a Ella es por Cristo pues "cuanto más pensemos en Él más pensaremos en Ella; cuanto más adoremos Su Divinidad, más veneraremos la Maternidad de Ella; cuanto menos adoremos Su Divinidad, menos motivos tendremos para reverenciar y venerarla a Ella. (...) los que rechazan la devoción a María son los que niegan la Divinidad de Cristo"141 .
En un libro esencial, Alberto Caturelli indica que la corrupción de lo sobrenatural en el mundo mundano se verifica en la negación de María en tanto Madre de Dios y de los hombres (como así también en la negación del magisterio petrino y el olvido de Satanás y su presencia real)142 . En efecto, la objeción a la Maternidad de María tiene por fin el alejamiento de los fieles respecto de Cristo pues "mediante el culto de María es mejor conocido y amado su Hijo"143 .
Entonces, si los fieles se alejan de Cristo en su negación de María, han también de alejarse de la protección de la Señora, que los ampara y aboga por ellos como amorosa intercesora ante el Padre. Por ello, la devoción a la Virgen resulta esencial para la salvación de la almas. Es lo que enseña Grignion de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción, al explicar que María es la defensora y protectora de sus hijos, capaz de enviar "legiones de millones de ángeles en socorro de uno sólo de ellos144 . Nada puede hacer la serpiente, pues "donde está María de conductora, no entra ni el espíritu maligno con sus ilusiones, ni los herejes con sus astucias"145 .
Es evidente la predilección de la Virgen por los niños y, como enseña Juan Pablo II, "ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños". Prueba de ello, nos dice el Papa, es santa Bernardita de Lourdes, los niños de La Salette y, ya en este siglo, Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima146 , sin olvidar a la pequeña Mariette Beco, a quien la Señora se le apareció en el pueblo belga de Banneux durante el año 1933.
Describiendo el misterio inefable de Fátima, el P. Ramiro Sáenz explica cómo los tres niños fueron transformados a partir de las apariciones del Ángel (que anunció a María) y de la Virgen. Pronto se mostraron fuertes y prudentes, caritativos y acérrimos enemigos del pecado, sedientos de oración y sacrificio147 .
Es claro que hablamos de niños especialmente agraciados pero, ¿acaso no puede serlo cada niño? Porque lo cierto es que esta verdadera metanoia, operada en los pequeños que ya eran buenos y piadosos, ha de poder manifestarse en todo niño veramente devoto de María. Por ello es tan esencial que reciban de los padres el hábito de la oración, especialmente del Rosario de la Madre de Dios.
La Virgen, como poéticamente apunta Laurence Housman es "un Huerto Cerrado en flores florecido" que "creció a la espera de la Mano Divina. Un huerto jamás tocado por mano humana utilizó Dios para su venida". Pero, al mismo tiempo, ese Huerto es nuestro cobijo y amparo, nuestro asilo de peregrinos y la morada desde la cual asistiremos, por la Gracia de Dios, a la Visión Beatífica.
Nuestra Señora, la Corredentora, es quien toma al Señor en sus brazos para huir hacia Egipto ante la amenaza que se cierne sobre Él. Y la iniquidad se abate entonces contra los niños por orden de Herodes. Pero, como dice el P. Biestro, "los extraños caminos de la Providencia hacen que esa ruina desemboque en gozo, pues los Mártires Inocentes son las primicias de los redimidos. La muerte se trueca en victoria ya que el sacrificio de los niños constituye un testimonio en favor del Señor, que muchos de su pueblo no quieren dar148 .
En fin, la Virgen María, auxilio de los cristianos como enseñan las letanías lauretanas desde la victoria de Lepanto, es el escudo invisible de los pequeños que soportan en el mundo la maldad de los hijos de las tinieblas. Eso es lo que magníficamente demuestra el P. Castellani en versos inolvidables:
Porque Ella es Reina y Madre todo junto,
Del poder del amor vivo prasunto,
Y como Reina tiene sus cuarteles.
Como una flota camuflada en flores
Y como Madre tiene sus furores
Cuando le tocan sus hijitos fieles149 .
Nuestro Señor y la salvación por la infancia espiritual
Ya hemos señalado que cuando el Señor nos habla de la niñez no se refiere sólo a los niños, en tanto condición etaria, sino a todos aquellos que creen en El, a los que con la sencillez del ojo y del corazón se desenvuelven en la capacidad de mirar lo manifiesto, de sentir lo esencial y de abrazarlo sin cálculos 150 . Por ello, una cosa es la infancia espiritual y otra muy distinta el cristiano niño, aquél de la fe inmadura, de la sequedad espiritual y del constante alejamiento de Dios. Es lo que advierte San Pablo Apóstol cuando nos dice: no seáis niños en inteligencia; sed, sí, niños en la malicia; mas en la inteligencia sed hombres acabados (I Cor.14, 20).
"¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos?"- pregunta Juan Pablo II en su hermosa Carta a los niños y continua: "En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los Cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios151 .
En efecto, por misteriosa paradoja el Señor nos enseña que es necesario "hacernos como niños" para ser cristianos adultos, es decir, para llegar al culmen de nuestra edad espiritual. ¡Ay! ¡Qué abismo entre la Palabra y el programa moderno que declama, desde Kant, que la mayoría de edad del hombre llega cuando abandona la fe y se sumerge en la escarpa de la Razón endiosada! ¡Cuantos monstruos producen esos sueños racionalistas!
Muy por el contrario, la infancia espiritual es la actitud interior que se corresponde con la enseñanza evangélica: "si no os hacéis como niños... "(Mt 18, 3), y su camino está señalado por ciertos hitos espirituales que es menester anotar aquí aunque sea someramente. En efecto, esta especialísima infancia evangélica implica humildad, abandono, confianza en Dios y docilidad para acoger su palabra.
La infancia cristiana supera a la de los hombres - dice San Máximo de Turín en su Homilía 58 - Mientras ésta ignora el pecado, aquélla lo detesta. Esta debe su inocencia a la debilidad, aquélla a la virtud. La infancia del cristiano es digna de los mayores elogios, porque su odio al mal proviene de la voluntad, no de la impotencia.
Quizás una de las voces más autorizadas para tratar este tema sea la de Santa Teresa de Lisieux, la Doctora de la Iglesia que insiste en buscar "la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo", el de la infancia espiritual. No hay otra manera de llegar a la Patria.
Para Santa Teresa la infancia espiritual es "permanecer niño delante de Dios (...) es esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna"152 .
Y, por su parte, Juan Pablo II señala que "´convertirse´ en pequeños y ´acoger´ a los pequeños son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo. Sólo aquél que se hace ´pequeño´ es capaz de acoger con amor a los hermanos más ´pequeños ´"153 .
Vivimos, según nos enseña el P. Bojorge, en medio de la tristeza de la sociedad sin Padre 154 y, por lo tanto, sin conciencia filial. No es extraño entonces que esta carencia redunde en el desprecio de la infancia, en su doble carácter ontológico y cronológico, pues, ¿cómo ha de ser buen padre quien reniega del Padre? ¿Cómo ha de resguardar a sus pequeños una sociedad que blasona de parricida?
Por ello, en estos tiempos de abundantes defecciones y tibiezas, la infancia espiritual se presenta como remedio eficaz contra ese voluntarismo pelagiano que parece impregnarlo todo. Así, supuesta la libertad del hombre, necesitamos la gracia de Cristo, y a ella nos abandonamos incondicionalmente "con toda docilidad y confianza, sin miedo alguno, sin otro miedo que el de fallar por el pecado a la acción divina en nosotros155 , como hijos amorosos y obedientes que temen deshonrar al Padre.
Porque la infancia espiritual, tal como enseña el Papa Benedicto XVI, es justamente lo opuesto a "la tentación del soberbio que quiere ser como Dios, árbitro del bien y del mal, (y por ello) es decididamente rechazada por el orante, el cual opta por la confianza humilde y espontánea en el único Señor156 .
De ese modo, mientras peregrinamos por este Valle de Lagrimas, sintiéndonos hijos amparados por el Hijo, podemos enfrentarnos a todo mal porque el Señor nos enseña que "un alma en gracia no tiene que temer a los demonios, que son tan cobardes que huyen ante la mirada de un niño157 .
San León Magno, en su homilía in Epiphania Domini, nos enseña que "Cristo ama la infancia, que Él mismo ha vivido al principio en su alma y en su cuerpo. Cristo ama la infancia, maestra de humildad, regla de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama la infancia; hacia ella orienta las costumbres de los mayores, hacia ella conduce a la ancianidad. A los que eleva al reino eterno los atrae a su propio ejemplo".
Y el propio Guitton, a quien críticamente citamos arriba, señala bellamente que "la alegría que experimentamos al revivir la infancia no es una alegría retrospectiva, es una alegría prospectiva (...) la mirada sobre la infancia es para la vejez la aproximación a la respuesta de una pregunta que cada uno se ha planteado un día u otro de su juventud: ´¿pero quién es este Jesús, del que se dice que ha resucitado?´. El momento de la respuesta está cercano a mí y espero, con los ojos confiados de los niños, el instante en que estaré con Aquél en quien todo se ordena y se recapitula al fin" .
Por todo lo dicho, es claro que el caminito de la infancia espiritual es que el recorrieron los pensadores aquí evocados. Wast, haciéndose tan pequeño como un embrión, en la certeza de que su alma ya no podrá aumentar en tamaño pero sí en amor de caridad. Gnocchi, empequeñeciéndose con los pequeños cristos mutilados. Castellani, inmolándose como Sócrates en una Argentina que prefiere el cocinero al médico y sacrifica a sus hijos en el trámite. Y Chesterton, batiéndose en lid poética contra la civilización negadora del Padre.
Todos supieron, con Campoamor, que "¡en el Cielo hay niños!" y que de ellos será el Reino de los Cielos. De ellos, y de los que sepan hacerse como niños... salvando a los niños. Porque es el Buen Combate contra los escandalizadores lo que mitigará la gravedad de nuestras claudicaciones y miserias cuando nos presentemos ante el Señor de la Justicia. Lancémonos gustosos entonces a dar esa pelea, para estar seguros de que en el Reino, "que consta de muchas moradas, tendremos un lugar reservado en la de los pequeñitos"159 .
Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae
Preguntas y comentarios al autor
y bendice a estos pequeños amigos tuyos,
bendice a los niños de toda la tierra!
Juan Pablo II
La niñez en las edades de la vida
Nada de lo antedicho impide cuidarse bien de aquella visión deformada y preñada de ideologismo que ve a los niños como seres revestidos de pureza, absolutamente buenos e incorruptos. Tal perspectiva puede resultar aceptable para un rosseauniano, pero nunca para un católico.
En efecto, uno de los postulados principales del naturalismo es el que afirma la existencia de la "inocencia" absoluta del niño, lo que implica desconocer la esencia del hombre, al negar el hecho de la culpa, negar el pecado original, negar también la libertad y la responsabilidad y, en última instancia, la propia realidad de la redención y de la gracia. Ya hemos visto, al tratar la obra del P. Gnocchi, que por la solidaridad vertical el niño comparte las consecuencias del pecado de Adán y además, en tanto persona, es también capaz de pecar.
La verdadera sabiduría antigua y actual no desconoce la proclividad al pecado presente en los niños. Vale, por caso, recordar una de las obras más importantes de C.S. Lewis, Las crónicas de Narnia, en la que descuella la figura de Edmundo, el niño descreído y petulante, tan lamentablemente inclinado al pecado de la soberbia y la traición. Pero, como en todo hombre, en este niño se vislumbra también la tensión hacia el bien, bajo la forma del arrepentimiento y la consiguiente remisión de los pecados, por mortales que hayan sido118 .
Sin embargo, aún en algunos pensadores cristianos, se vislumbra el error naturalista que insiste en negar la propia noción de culpa. Es el caso de Jean Guitton, quien al hablar de un catecismo para niños de su autoría no duda en afirmar que "no hay que dar al niño la idea de lo prohibido. Desde la infancia, el niño vive en el ´no debes´. Eso es dramático. Y, además se le suma el pecado. ¿Cómo quiere usted que el niño sienta interés por este modo de concebir la vida? En mi Catecismo, no verá jamás la noción de pecado, sino siempre la noción de progreso"119 . Lamentablemente, expresiones espiritualmente miopes como ésta suelen abonar los programas de la catequesis que los niños reciben, y que agudizan la posibilidad del desvío moral y espiritual pues, ¿cómo salirse de la esclavitud del pecado sin creer que éste existe? ¿Cómo han de propiciar el Buen Combate los pequeños formados en la laxa tibieza de un progresismo vacío de las nociones centrales del mal, del pecado y del propio infierno?
Muy por el contrario, la recta doctrina reconoce que los niños tienen un cúmulo de deberes que no les es lícito eludir, especialmente en cuanto se refiere a sus padres. Así, el amor, la obediencia, la veracidad, la sinceridad y la reverencia son parte de las exigencias de la niñez y representan el polo opuesto de los derechos que críticamente mentáramos al iniciar este opúsculo. Nada nuevo decimos, pues todo está prefigurado en el cuarto precepto: "honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos días sobre la tierra" y en la propia niñez del Paradigma, que estaba sujeto a sus padres, aún siendo el Hijo de Dios120 .
Así las cosas, dejamos aclarado que cada vez que nos referimos a la inocencia de la niñez no lo hacemos en el sentido naturalista de negación de la culpa pero sí en el de la diafanidad prístina propia de la infancia. Es lo que enseña San Agustín: "...lo que es inocente en los niños es la debilidad de los miembros infantiles, no el alma de los mismos (...) ¿Dónde, te suplico, Dios mío, dónde, Señor, yo tu siervo, dónde o cuándo fui inocente?" 121 .
Más, sin perder esto de vista, lo cierto es que la infancia es una edad cardinal y que el cristiano sabe, como enseña Caponnetto, que es "mucho más que un estadio psicoevolutivo o una etapa cronológica. Es el estado en que Dios mejor nos quiere y en el que más próximos a El nos encontramos. Es pues, más una cuestión ontológica que cronológica, preciso de cultivar y de amar"122 .
Ontología y cronología éstas que coinciden en el niño y de ahí el especial cuidado que en toda circunstancia nos merecen. Bellamente nos lo recuerda León Bloy al decir que "en nuestra ignorancia absoluta de los designios de Dios sobre cada una de las criaturas humanas, me parece que el más débil y el más tierno de los niños debe inspirarnos un temor respetuoso, una especie de veneración sin límites..."123 .
Muy por el contrario, el pensamiento moderno, en tanto expresión de la negación de la persona y sus religaciones esenciales, ve en la niñez una etapa biológica y psíquica que no se explica ni vale en sí misma más que como preparación para la futura adultez. Por ello, los corifeos de la negación (¡hay tantos!), propician a cada paso un asesinato de la inocencia, puestos de lleno en la odiosa tarea de adelantar la adultez de los infantes. Y el producto no es otro que el de hombres sin infancia que reniegan de lo mejor que han tenido, su primera antigüedad, como decía Unamuno.
Sin embargo, la niñez es siempre una edad en la que la persona se ve envuelta, ya para negarla, ya para reinvindicarla, pues constantemente "atraerá al hombre como un tiempo entrañable en el que vivimos con toda intensidad y lozanía de nuestro lejano origen; pero será también el tiempo en el que la vivencia directa, a menudo amarga o dolorosa, de lo real desgastó rápidamente nuestra sensibilidad primera, cubierta para siempre por un sistema de protección conceptual"124 .
En efecto, el hombre, al crecer, suele sumergirse en una especie de caparazón con el fin de preservarse de lo que Gambra llama "la herida de lo real", pero mal camino toma si ese caparazón le obnubila razón y corazón y le impide distinguir las esencias, el mal del bien, los seres buenos de los execrables, tal como puede hacerlo un niño, descarnadamente atento y asombrado ante lo real.
Si es cierto que el niño, por su mera condición creatural, no es ajeno a la culpa, no lo es menos el hecho de su vinculación con las más altas virtudes, teologales y cardinales. Así, a lo largo de la historia se verifican multitud de casos en los que los niños, precisamente por su inocencia, se convierten en adalides de la Palabra, en férreos testigos de la Fe, en indelebles milites a las órdenes del Señor. Vivamente nos lo recuerda Juan Pablo II al traer el recuerdo constante de un puñado de niños, santos y mártires, cuyo ejemplo esplende en la historia del hombre sobre la tierra.
Mas, por gracia de Dios, el recuerdo de estos pequeños testigos se enriquece y plenifica día a día con la heroicidad y santidad de otros niños, a quienes el Señor regala el don precioso de la entrega por el otro, en pos de la Vida en el Otro. Vale entonces traer a colación el caso del pequeño Joshua Heldreth, un niño de diez años que fue arrestado en Estados Unidos por intentar dar de beber a Terri Schlinder - Schiavo, aquella infortunada joven condenada por los jueces de la cultura de la muerte, bajo la excusa de una contra - piedad diabólica, a perecer de hambre y sed. Meses después del infausto acontecimiento, Joshua fue obligado, ardides judiciales mediante, a brindar una disculpa pública por su "intromisión" en el sanatorio para ayudar a la enferma Terri. Pero la carta de excusa del agraciado niño, a contrario de lo que esperaban sus tristes detractores, bien vale conservarse como modelo catequético para dar a conocer a los hombres los efectos de la gracia santificante. Allí, el pequeño mártir nos dice:
Como ha dicho Chesterton, traducido en forma inigualable por nuestro Castellani, "sacrilegios hay uno tan sólo: hacerse grandes. Matar, igual que Herodes, al Niño Dios en mí..."127 . Y matar a nuestro niño interior es rechazar la Gracia y, con ello, la posibilidad de ser santos, testigos heroicos de la Verdad, tanto como lo ha sido Joshua.
Por eso, es importante tener presente la recomendación de Bernanos: "No olvidéis nunca que este mundo odioso se mantiene en pie por la complicidad - siempre combatida, siempre renaciente - de los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Sed fieles a los niños! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores! "128 .
La niñez y la vida angélica
Si el ministerio angélico, es decir la misión de algunos ángeles como instrumentos del Señor para el bien de los hombres, es una verdad de fe, no lo es menos la existencia de los ángeles custodios, asignados a cada hombre para su especial cuidado.
Es un error común, de todas las épocas, atribuir los ángeles custodios exclusivamente a los niños o a los hombres débiles por la enfermedad u otra contingencia.
De ser cierto esto, los otros hombres, los adultos, no necesitarían de la presencia angélica pues les bastaría con el libre albedrío y el conocimiento nato de la ley natural. Contra esto responde el Aquinate que "es evidente que en las cosas prácticas el conocimiento y el afecto del hombre pueden variar mucho y apartarse del bien; y por tanto ha sido necesario que los ángeles fueran destinados a la guarda de los hombres, para que por ellos se regularan y movieran al bien"130 .
De lo que se deduce, con el Doctor Angélico, que a cada hombre se le destina un ángel guardián y que la tal custodia "es la ejecución de la Divina Providencia respecto de los hombres"131 pues, mientras el hombre es viator, peregrino, ha de recibir el auxilio de un ángel del Señor en el duro camino hacia la Patria, hasta que llegue al fin de la jornada, cuando ya no tenga custodio "sino que tendrá en el Reino un ángel consorte o en el Orco un demonio verdugo"132 .
El ministerio del ángel guardián adquiere aún mayor significación cuando se contempla su solícita intervención para alejarnos del escándalo pues, como dice el Salmista: "te llevarán en sus manos para que no tropiece tu pie en piedra alguna" (Sal 90, 12).
No obstante, y sin negar nada de lo anterior, resulta claro que el ángel custodio está especialmente cerca de los niños pues, como dice Anzoátegui, "nadie sabe respetar a la niñez. Nadie sino el Angel de la Guarda. Sólo él sabe galoparle al lado y adelantársele cuando es necesario (que es el único sistema de educación realmente educativo). Sólo él conoce los derechos del recién nacido. Es que todos nosotros hemos olvidado la realidad de la niñez y su misterio... "134 .
En efecto, si el Angel ésta más cerca de los niños es porque los adultos hemos abjurado de la niñez, perdiéndonos muchas veces en los oscuros laberintos del pecado. Y, bellamente aunque no sin tristeza, lo expresa Mons. Toth, al decir que "si un hombre adulto mira los ojos de un niño, su rostro se serena; pero si un niño mira los ojos de un adulto, se pone serio. ¿Cuál es la causa? Es que el adulto, en estas ocasiones, recuerda por un instante el paraíso que perdió; y, en cambio, el niño contempla el mundo triste y pecador que le espera" 135 .
Y lo propio expresa Guardini al indicar que cuando el Señor dice "guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los Cielos"(Mt. 18,10) señala una profunda comunión: la del niño que puede decir "mi ángel" y la del ángel que dice "mi niño a mí confiado"136 .
Y, finalmente, es menester recordar que el Angel Guardián tiene también la sacra misión de acompañar al niño que es llamado a la Casa del Padre, cobijarlo en su seno durante el tránsito a la vida Eterna, depositarlo suavemente en el Umbral Celestial, de modo que, gracias a su obra, dice el precitado Anzoátegui, "el infierno está prácticamente en quiebra"137 . Esta labor angélica, la de acompañar en el último tramo de viaje, resulta excelsamente descrita por José Selgas en singular poema:
De su cuna en torno
Y, agitando los brazos, les dijo:
"¡Me voy con vosotros!"
Batieron los ángeles
Sus alas de oro,
Suspendieron al niño en sus brazos,
Y se fueron todos.138
La Virgen María y los niños
María es Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, nuestro primer pensamiento hacia Ella debe estar nutrido de amor filial por cuanto es Madre espiritual y Madre adornada de todas las virtudes. Ese amor reverencial es uno de los tres actos esenciales del culto de hyperdulía que debemos a nuestra Señora. Los otros dos son la invocación y reverencia y la invocación y confianza139 .
La Maternidad de María es arquetipo de la maternidad, pues en Ella han de reflejarse las madres en busca de consuelo y ayuda. Y si nos acercamos a Ella es por Cristo pues "cuanto más pensemos en Él más pensaremos en Ella; cuanto más adoremos Su Divinidad, más veneraremos la Maternidad de Ella; cuanto menos adoremos Su Divinidad, menos motivos tendremos para reverenciar y venerarla a Ella. (...) los que rechazan la devoción a María son los que niegan la Divinidad de Cristo"141 .
En un libro esencial, Alberto Caturelli indica que la corrupción de lo sobrenatural en el mundo mundano se verifica en la negación de María en tanto Madre de Dios y de los hombres (como así también en la negación del magisterio petrino y el olvido de Satanás y su presencia real)142 . En efecto, la objeción a la Maternidad de María tiene por fin el alejamiento de los fieles respecto de Cristo pues "mediante el culto de María es mejor conocido y amado su Hijo"143 .
Entonces, si los fieles se alejan de Cristo en su negación de María, han también de alejarse de la protección de la Señora, que los ampara y aboga por ellos como amorosa intercesora ante el Padre. Por ello, la devoción a la Virgen resulta esencial para la salvación de la almas. Es lo que enseña Grignion de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción, al explicar que María es la defensora y protectora de sus hijos, capaz de enviar "legiones de millones de ángeles en socorro de uno sólo de ellos144 . Nada puede hacer la serpiente, pues "donde está María de conductora, no entra ni el espíritu maligno con sus ilusiones, ni los herejes con sus astucias"145 .
Es evidente la predilección de la Virgen por los niños y, como enseña Juan Pablo II, "ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños". Prueba de ello, nos dice el Papa, es santa Bernardita de Lourdes, los niños de La Salette y, ya en este siglo, Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima146 , sin olvidar a la pequeña Mariette Beco, a quien la Señora se le apareció en el pueblo belga de Banneux durante el año 1933.
Describiendo el misterio inefable de Fátima, el P. Ramiro Sáenz explica cómo los tres niños fueron transformados a partir de las apariciones del Ángel (que anunció a María) y de la Virgen. Pronto se mostraron fuertes y prudentes, caritativos y acérrimos enemigos del pecado, sedientos de oración y sacrificio147 .
Es claro que hablamos de niños especialmente agraciados pero, ¿acaso no puede serlo cada niño? Porque lo cierto es que esta verdadera metanoia, operada en los pequeños que ya eran buenos y piadosos, ha de poder manifestarse en todo niño veramente devoto de María. Por ello es tan esencial que reciban de los padres el hábito de la oración, especialmente del Rosario de la Madre de Dios.
La Virgen, como poéticamente apunta Laurence Housman es "un Huerto Cerrado en flores florecido" que "creció a la espera de la Mano Divina. Un huerto jamás tocado por mano humana utilizó Dios para su venida". Pero, al mismo tiempo, ese Huerto es nuestro cobijo y amparo, nuestro asilo de peregrinos y la morada desde la cual asistiremos, por la Gracia de Dios, a la Visión Beatífica.
Nuestra Señora, la Corredentora, es quien toma al Señor en sus brazos para huir hacia Egipto ante la amenaza que se cierne sobre Él. Y la iniquidad se abate entonces contra los niños por orden de Herodes. Pero, como dice el P. Biestro, "los extraños caminos de la Providencia hacen que esa ruina desemboque en gozo, pues los Mártires Inocentes son las primicias de los redimidos. La muerte se trueca en victoria ya que el sacrificio de los niños constituye un testimonio en favor del Señor, que muchos de su pueblo no quieren dar148 .
En fin, la Virgen María, auxilio de los cristianos como enseñan las letanías lauretanas desde la victoria de Lepanto, es el escudo invisible de los pequeños que soportan en el mundo la maldad de los hijos de las tinieblas. Eso es lo que magníficamente demuestra el P. Castellani en versos inolvidables:
Del poder del amor vivo prasunto,
Y como Reina tiene sus cuarteles.
Como una flota camuflada en flores
Y como Madre tiene sus furores
Cuando le tocan sus hijitos fieles149 .
Nuestro Señor y la salvación por la infancia espiritual
Ya hemos señalado que cuando el Señor nos habla de la niñez no se refiere sólo a los niños, en tanto condición etaria, sino a todos aquellos que creen en El, a los que con la sencillez del ojo y del corazón se desenvuelven en la capacidad de mirar lo manifiesto, de sentir lo esencial y de abrazarlo sin cálculos 150 . Por ello, una cosa es la infancia espiritual y otra muy distinta el cristiano niño, aquél de la fe inmadura, de la sequedad espiritual y del constante alejamiento de Dios. Es lo que advierte San Pablo Apóstol cuando nos dice: no seáis niños en inteligencia; sed, sí, niños en la malicia; mas en la inteligencia sed hombres acabados (I Cor.14, 20).
"¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos?"- pregunta Juan Pablo II en su hermosa Carta a los niños y continua: "En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los Cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios151 .
En efecto, por misteriosa paradoja el Señor nos enseña que es necesario "hacernos como niños" para ser cristianos adultos, es decir, para llegar al culmen de nuestra edad espiritual. ¡Ay! ¡Qué abismo entre la Palabra y el programa moderno que declama, desde Kant, que la mayoría de edad del hombre llega cuando abandona la fe y se sumerge en la escarpa de la Razón endiosada! ¡Cuantos monstruos producen esos sueños racionalistas!
Muy por el contrario, la infancia espiritual es la actitud interior que se corresponde con la enseñanza evangélica: "si no os hacéis como niños... "(Mt 18, 3), y su camino está señalado por ciertos hitos espirituales que es menester anotar aquí aunque sea someramente. En efecto, esta especialísima infancia evangélica implica humildad, abandono, confianza en Dios y docilidad para acoger su palabra.
Quizás una de las voces más autorizadas para tratar este tema sea la de Santa Teresa de Lisieux, la Doctora de la Iglesia que insiste en buscar "la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo", el de la infancia espiritual. No hay otra manera de llegar a la Patria.
Para Santa Teresa la infancia espiritual es "permanecer niño delante de Dios (...) es esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna"152 .
Y, por su parte, Juan Pablo II señala que "´convertirse´ en pequeños y ´acoger´ a los pequeños son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo. Sólo aquél que se hace ´pequeño´ es capaz de acoger con amor a los hermanos más ´pequeños ´"153 .
Vivimos, según nos enseña el P. Bojorge, en medio de la tristeza de la sociedad sin Padre 154 y, por lo tanto, sin conciencia filial. No es extraño entonces que esta carencia redunde en el desprecio de la infancia, en su doble carácter ontológico y cronológico, pues, ¿cómo ha de ser buen padre quien reniega del Padre? ¿Cómo ha de resguardar a sus pequeños una sociedad que blasona de parricida?
Por ello, en estos tiempos de abundantes defecciones y tibiezas, la infancia espiritual se presenta como remedio eficaz contra ese voluntarismo pelagiano que parece impregnarlo todo. Así, supuesta la libertad del hombre, necesitamos la gracia de Cristo, y a ella nos abandonamos incondicionalmente "con toda docilidad y confianza, sin miedo alguno, sin otro miedo que el de fallar por el pecado a la acción divina en nosotros155 , como hijos amorosos y obedientes que temen deshonrar al Padre.
Porque la infancia espiritual, tal como enseña el Papa Benedicto XVI, es justamente lo opuesto a "la tentación del soberbio que quiere ser como Dios, árbitro del bien y del mal, (y por ello) es decididamente rechazada por el orante, el cual opta por la confianza humilde y espontánea en el único Señor156 .
De ese modo, mientras peregrinamos por este Valle de Lagrimas, sintiéndonos hijos amparados por el Hijo, podemos enfrentarnos a todo mal porque el Señor nos enseña que "un alma en gracia no tiene que temer a los demonios, que son tan cobardes que huyen ante la mirada de un niño157 .
San León Magno, en su homilía in Epiphania Domini, nos enseña que "Cristo ama la infancia, que Él mismo ha vivido al principio en su alma y en su cuerpo. Cristo ama la infancia, maestra de humildad, regla de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama la infancia; hacia ella orienta las costumbres de los mayores, hacia ella conduce a la ancianidad. A los que eleva al reino eterno los atrae a su propio ejemplo".
Y el propio Guitton, a quien críticamente citamos arriba, señala bellamente que "la alegría que experimentamos al revivir la infancia no es una alegría retrospectiva, es una alegría prospectiva (...) la mirada sobre la infancia es para la vejez la aproximación a la respuesta de una pregunta que cada uno se ha planteado un día u otro de su juventud: ´¿pero quién es este Jesús, del que se dice que ha resucitado?´. El momento de la respuesta está cercano a mí y espero, con los ojos confiados de los niños, el instante en que estaré con Aquél en quien todo se ordena y se recapitula al fin" .
Por todo lo dicho, es claro que el caminito de la infancia espiritual es que el recorrieron los pensadores aquí evocados. Wast, haciéndose tan pequeño como un embrión, en la certeza de que su alma ya no podrá aumentar en tamaño pero sí en amor de caridad. Gnocchi, empequeñeciéndose con los pequeños cristos mutilados. Castellani, inmolándose como Sócrates en una Argentina que prefiere el cocinero al médico y sacrifica a sus hijos en el trámite. Y Chesterton, batiéndose en lid poética contra la civilización negadora del Padre.
Todos supieron, con Campoamor, que "¡en el Cielo hay niños!" y que de ellos será el Reino de los Cielos. De ellos, y de los que sepan hacerse como niños... salvando a los niños. Porque es el Buen Combate contra los escandalizadores lo que mitigará la gravedad de nuestras claudicaciones y miserias cuando nos presentemos ante el Señor de la Justicia. Lancémonos gustosos entonces a dar esa pelea, para estar seguros de que en el Reino, "que consta de muchas moradas, tendremos un lugar reservado en la de los pequeñitos"159 .
Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae


