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Autor: | Editorial:



Juventud y Vocación

1.- La afición de mi padre a la aviación le hacía meternos a toda la familia en un trimotor, todos los años, para llevarnos a veranear a Barcelona.
El hecho era tan insólito que salíamos en los periódicos.

El ABC de Madrid publicó una foto en la que estábamos delante de un «Junker» mis padres, una institutriz inglesa y todos los niños. La más pequeña en brazos el «ama». Yo, que era el mayor, tendría entonces diez años. Y más pequeños que yo, siete más.

Debajo de la foto ponía: «El conocido constructor de aviones, D. Jorge Loring, se desplaza a Barcelona, en avión, con toda su familia».


2.- De los vuelos en mi niñez recuerdo que cuando tuve la tosferina me curé volando sobre el Guadarrama.
Iba con el piloto de pruebas de la fábrica. El avión era abierto y yo de pie sobre el asiento, pues era muy pequeño y si no, no veía nada.

A la vuelta íbamos a saludar a su novia que vivía en el último piso de una casa de la calle Alfonso XII.
Enfilábamos la casa volando sobre el Retiro, a ras de los árboles. Cuando estábamos muy cerca, de repente, subíamos casi verticalmente. Si un día calcula mal, nos metemos en casa de su novia por el balcón.

Yo pasaba mucho miedo, pero no decía nada porque me daba vergüenza de parecer miedoso.
Hoy comprendo que tener miedo ante un peligro real no es ser cobarde sino prudente.

El que no tiene miedo ante un peligro real es un inconsciente.
El cobarde es el que tiene miedo sin tener motivo real.


3.- Estudié seis años en el Colegio de Ntra. Sra. del Pilar, de los marianistas de Madrid: desde la llegada de la República hasta nuestra guerra del 36.

De mis tiempos de colegio lo más notable que recuerdo es cuando Fernando Rein Loring hizo el vuelo Madrid-Manila en un avión fabricado por mi padre.
Fue una proeza nacional, pues ese vuelo en aquel tiempo era peligrosísimo.
Todos en el colegio hablaban de él.
Habían puesto un gran mapa con la ruta, y cada día se señalaba con una banderita la etapa realizada.


4.- Me hago de los Scouts Hispanos con otros compañeros del colegio. Allí recibo una formación patriótica y cristiana.

Para humillarme diré que me gustaba presumir ante las chicas con aquel flamante uniforme de sombrero canadiense, botas de clavos y cintas de colores colgando del hombro.
Para un adolescente, aquel flamante uniforme era motivo de presunción.

Todos los domingos íbamos a la sierra.
A mí me entusiasmaban aquellas marchas cantando al ritmo de los pasos, aquellos juegos de rastreo en el monte, aquellas manualidades donde aprendías a hacer toda clase de nudos, para distintas necesidades. Etc.

Allí aprendí el amor a la disciplina, al compañerismo y a la servicialidad.


5.- Una de las cosas que nos inculcaban era la de hacer una BUENA OBRA CADA DÍA.
Movido por este propósito, un día me encuentro por la calle un chico de mi edad, de unos doce años, empujando un carrito por una cuesta muy empinada.
Se me ocurre ayudarle, pero me da vergüenza pues él iba con un «mono» y yo iba bien vestido.

Pero acordándome de la BUENA OBRA DIARIA, me vencí y me puse a empujar con él. Nunca olvidaré la mirada de gratitud que me dirigió.


6.- En verano asistía al campamento y tenía que hacer turnos de guardia por la noche, con la ronda por todo el campamento. Al principio pasé bastante miedo pensando en los lobos, pero me acostumbré a vencerlo para cumplir con mi deber.


7.- Una de las cosas que más agradezco a los «Scouts Hispanos» es los buenos amigos que allí encontré.
Es cosa sabida los funestos efectos de los malos amigos en la juventud.

Yo suelo decir esto:
«¡Qué mala suerte! ¡Todo lo malo se pega!».
Una mano limpia y otra sucia se estrechan y las dos salen sucias, no limpias.
Un enfermo le pega su enfermedad a un sano, pero el sano no le pega su salud al enfermo .
Una manzana podrida pudre a una sana, pero la sana no cura a la podrida.
¡Y es que todo lo malo se pega!


8.- En el verano de 1936, durante nuestra guerra civil, asesinan a mi padre en Madrid.
Tenía 46 años. Mi madre quedó viuda a los 36 años con ocho niños y arruinada: nos quitaron todo.

Aunque yo sólo tenía 14 años, como era muy alto, varias veces estuve a punto de que me enviaran al frente para defender Madrid. Incluso, en una ocasión, de que me fusilaran.


9.- Un día se presenta en mi casa un señor, que no conocíamos de nada, y le dice a mi madre:
- Su hijo Jorge corre peligro en Madrid. Si Vd. quiere yo la paso a la zona nacional.

Mi madre estuvo dudando de dejarme ir solo con 14 años, pero ante el peligro mayor que tenía en Madrid, me dejó marchar.
Me fui a Valencia, allí me embarqué a Marsella, y en tren a Hendaya. De allí pasé a Irún, y en tren, por Mérida y Sevilla llegué a Málaga a casa de unos primos.

A la doncella que me abrió la puerta le dije que era Jorge Loring, sin caer en la cuenta de que en aquella familia había otro Jorge Loring, primo mío, que había desaparecido en Madrid en los primeros días de la guerra.

Mi tía, al oír el nombre del que había llegado, creyó que era su hijo.
Al verme, se quedó contrariada pues esperaba ver a su hijo; pero enseguida reaccionó y me recibió como a su propio hijo.

Como yo estaba en 4º del bachillerato, quiso meterme en el Colegio de los jesuitas de EL PALO, donde estaban otros hijos suyos.

Llamó por teléfono al rector, que entonces era el P. Cuenca, y le explicó la situación.
El P. Cuenca le contestó que era imposible.
Pero nada más colgar el teléfono volvió a llamar y dijo:
- Mándemelo Vd.
Esta determinación fue decisiva para mi vocación de jesuita.

El P. Cuenca repetía muchas veces:
- Al colgar el teléfono después de mi negativa, me entró un remordimiento que tuve que rectificar enseguida.


10.- En el Colegio de EL PALO hice 5º, 6º y 7º del bachillerato.
En 7º curso tuve de profesor al P. José Antonio de Sobrino.
Con los recuerdos de este curso escribió BUSCANDO SU VIDA.
Fue una novela muy leída por la juventud de los años 40.

Terminado el bachillerato, me fui a Madrid para estudiar ingeniero del I.C.A.I.


11.- Como después de la guerra mi madre quedó arruinada, para llevarle ALGÚN DINERO, en las vacaciones de verano, me metí en un negocio de exportación de pescado.

Por la mañana temprano me iba al muelle pesquero de Málaga para mandar pescado a un asentador de Madrid.
Como a mucha pesca le sacaban las vísceras, que estaban amontonadas en el suelo, aquello olía tan mal que ese olor me hizo aborrecer el pescado para siempre.

Fue un trabajo muy desagradable para mí, pero lo hacía con gusto, sintiéndome cabeza de familia de mis siete hermanos pequeños.


12.- Durante unas vacaciones del verano hice EJERCICIOS ESPIRITUALES en Torremolinos con el P. Granero, que había sido mi Padre Espiritual durante los últimos años del bachillerato que estudié en el Colegio de EL PALO de Málaga.
Salí convencido de que Dios me quería jesuita.

Las razones en que fundamenté mi vocación son éstas:
- La felicidad del hombre está en servir al prójimo.
- Si yo levanto la fábrica podré dar trabajo a varios centenares de hombres.
- Pero si me hago jesuita ayudaré a más hombres a salvar sus almas, lo cual es muchísimo mejor.
- Lo más grande que puedo hacer en la vida es colaborar con Cristo a la salvación de las almas.

Pero no me atrevía a decírselo a mi madre, pues después de la guerra quedamos arruinados. La fábrica quedó destruida con la guerra. Y yo era su esperanza. Éramos ocho hijos, yo el mayor, después seis niñas y mi hermano tenía nueve años.

Lo natural es que mi madre me hubiera dicho:
- ¿Cómo me vas dejar en estas circunstancias?
Sin embargo ella contestó:
- Jorge, si Dios te llama, vete; que a mí Dios no me abandona.
Y así fue.

El gerente de la fábrica de mi padre, que se llamaba Antonino Pita, era gallego y la guerra le cogió en Galicia. Como no habíamos sabido nada de él, pensábamos que habría muerto en el frente, pues era militar.

En el verano del 42 se presenta en mi casa y le dice a mi madre:
- La fábrica hay que levantarla de nuevo. Yo me encargo de ello.
Y la levantó antes y mejor de lo que yo hubiera podido hacer; pues él sabía muy bien la maquinaria que hacía falta y los obreros necesarios.

Mi madre siempre pensó que la aparición de este señor fue el premio de Dios por dejarme marchar.

Al estallar la guerra civil, en julio del 36, en la fábrica se estaban construyendo cien avionetas GP1, de Gil-Pazó, para la Aviación Militar.
Al aproximarse sobre Madrid las tropas de Franco, el Gobierno de la República mandó desmantelar la fábrica y trasladarla a Alicante.

Después de la guerra, Antonino Pita la levantó de nuevo formando una sociedad llamada Aeronáutica Industrial (AISA).
Empezó construyendo el camión AVIA y después se dedicó a reparar los Saboya 79 que habían volado durante la guerra civil.

También se fabricaron en serie aviones de prototipos propios, como las HM, diseñadas por el ingeniero Huarte Mendicoa, de las que se hicieron diez tipos distintos, y las I-115, de Iberavia, que dio muy buen resultado y de la que se construyeron varios centenares de aparatos.

Más adelante se han construido también nuevas modalidades de autogiro. Ha sido una continuación de los primeros autogiros que construyó mi padre para Juan de la Cierva, su amigo y compañero de estudios.


13.- En los años sucesivos de mi marcha al noviciado, se fueron marchando religiosas cinco de mis hermanas, y el último mi hermano Jaime, que también es jesuita.
Somos siete hermanos religiosos.
Sólo se casó la más pequeña, Carmina, que se quedó con mi madre.


14.- En el cielo hay muchos santos anónimos, que no están en los altares.
Yo considero que entre ellos estará mi madre, pues su generosidad para con Dios fue heroica.
En la vida pasó por momentos muy difíciles, pero siempre puso su confianza en que Dios la ayudaría.
Y así fue.

Aunque murió con más de noventa años, con las limitaciones que lleva consigo una edad avanzada, siempre tenía la voluntad de Dios como el supremo de los valores, y esa fe la transmitió a sus hijos.
Yo creo que la fe que ella nos inculcó tuvo mucha parte en la llamada de Dios que después recibimos sus hijos.

Y esa fe hacía que hasta última hora su principal, preocupación era que nosotros fuéramos buenos religiosos.


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