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Nuestra identidad laical

La esperanza del renacer del laicado3.

El Cardenal Arzobispo de Bruselas, Godfries Danneels, con motivo de la celebración de los 30 años de la promulgación de la constitución conciliar “Gaudium et Spes”, haciendo un balance de lo sucedido en estos años señalaba, hace poco, uno de los aspectos más importantes “El redescubrimiento de la dimensión santificadora de la vida laical. “Hace cincuenta años, decía, los cristianos tal vez no visualizaban tanto como hoy el matrimonio y la vida matrimonial como camino de santidad. Todavía creían que la santidad se encontraba más en la vida religiosa o sacerdotal, y que no era para ellos (...) Hoy día es casi evidente, proseguía, que no es necesario ser sacerdote para ser santo y que se ha abierto un nuevo camino.

Creo que esto es muy claro (...) En la vida familiar y matrimonial, en la vida de trabajo, en el ejercicio profesional, en la política y en la economía, en el campo de la ciencia y de las universidades, el laico visualiza hoy claramente un camino de santificación. Es su participación en la construcción del reino de Dios, que no solo es obra de la palabra divina y de los sacramentos, sino también del compromiso, de la diaconía del cristiano en el mundo, en la política, el comercio y en todos los ámbitos. Se ha producido en esto, sin duda, un gran cambio. Existe una santidad laica...que ha llegado a ser realmente una evidencia” (Diario El Mercurio, Santiago de Chile, Cuerpo E, Domingo 7 de Enero, 1996, 8-9). En América Latina esta realidad es un signo de los tiempos, acompañado y fecundado con la sangre de muchos mártires desde hace ya varias décadas.

Es un hecho que desde el Concilio Vaticano II la Iglesia ha venido insistiendo en que ella es comunidad y que nuestra pertenencia a ella está fundada en lazos de COMUNION Y PARTICIPACION en una misión común. Por ello, para definirse asó misma, la Iglesia no recurre tanto a definir roles sino que más bien nos confirma en que somos un pueblo, donde todos estamos llamados a la santidad y participamos de una vocación y de una misión común. De ahí que nuestra identidad laical se sitúe no tanto en el horizonte de funciones y tareas a cumplir sino en el horizonte de una vocación común a la santidad. Una de las grandes innovaciones del Concilio es insistir, precisamente, en que la santidad no es patrimonio de nadie en la Iglesia y que es vocación de todos. Los Laicos estamos llamados a un seguimiento de Cristo y a una radicalidad en la santidad como una religiosa de clausura o como cualquier sacerdote o religioso.

Por ello los laicos podemos reconocernos Iglesia en el más pleno sentido de la palabra como lo afirmara unos 20 años antes del Concilio el Papa Pío XII: “los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia" (AAS 38, 1946, 149).

La distancia entre Jerarquía y base, entre sacerdotes y laicos, entre sacerdotes y obispos se ha ido achicando. Gracias a ello, tanto la calidad como la expresividad de la vida comunitaria de la Iglesia se ha enriquecido. Poco a poco hemos redescubierto valores que eran fundamentales en los orígenes de la comunidad creyente. El nacimiento y la expansión de las comunidades cristianas de base, la confrontación de la vida diaria y corriente con la Palabra del Señor y con el ejemplo de Jesús, la celebración eucarística que recoge el dolor y la alegría de cada día, las tensiones y esperanzas concretas en memorial y celebración, todo ello nos ha abierto perspectivas nuevas y promisorias.

Como Laicos entonces estamos llamados a vivir las manifestaciones del espíritu en la Iglesia la cual es |madre y maestra en el quehacer del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con el prójimo y con Dios.


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  1. López Fernández Francisco, Amenábar Dolores; Cristianos Laicos testigos del Señor. Colección tercer milenio. 1997.regresar


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