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Madre María de Jesús de Ágreda


La Madre María de Jesús (1602-1665), llamada en el mundo María Coronel y Arana, nació en la ciudad de Ágreda (Soria), en España. Allí entró en el convento de las Madres concepcionistas a los 18 años. Llegó a ser Superiora del monasterio y allí vivió hasta su muerte. Desde los primeros tiempos de su vida en el convento, empezó a tener éxtasis y fenómenos extraordinarios. Su deseo de salvar almas era muy intenso.

En la relación que ella misma hace al padre Pedro Manero le dice así: Esto de que se condenasen las criaturas de Dios y mis hermanos los prójimos, desde muy pequeña me ha dividido de dolor el alma; y lo que me ha pasado acerca de esto no es posible ponderarlo. Y en este tiempo me sucedió que el Señor me prevenía algunas veces que quería trabajase por las criaturas y el bien de las almas; y las grandes enfermedades y dolores que tenía me ordenaba su Majestad se lo ofreciese por una causa de su agrado y por la conversión de algunas almas.

Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró su Majestad todo el mundo y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universalidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de las criaturas y almas que había y entre ellas cuán pocas que profesasen lo puro de la fe y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio que son muchos los llamados y pocos los escogidos. A todos crió el Altísimo para que le conociesen, sirviesen y amasen y son muy pocos los que profesan la fe conforme los muchos gentiles, idólatras, moros y herejes que hay.

Para dar salida a su incontenible deseo de salvar almas, Dios le concedió el don bilocación. Así pudo convertir a un moro de Pamplona, un musulmán encarcelado, a quien fue a catequizar en bilocación y consiguió su conversión, siendo bautizado en su misma ciudad de Ágreda el 28 de noviembre de 1626, como consta en el libro de bautismos de la parroquia de Ágreda. Veamos los hechos.

Había un musulmán encarcelado en el castillo de Pamplona y debían llevarlo a Madrid. Un caballero que residía en Ágreda con el cargo de gobernador de armas, antes de cumplir este encargo, les habló a las religiosas de este musulmán, tratándolo de perro por haber huido de la justicia. Sor María, que escuchaba estas palabras, no pudo ocultar la pena que le causaba oír tratar así a una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios; y pidió al caballero que le trajese el esclavo por Ágreda antes de llevarlo a Madrid. Llegó a Pamplona este señor y, al disponerse a conducir con toda cautela al famoso moro, le manifiesta éste, cómo ya estaba catequizado por una religiosa que visiblemente había estado con él dos veces en el castillo y postrada de rodillas le había rogado que se hiciese cristiano, instruyéndole en los misterios de la fe, y él se había determinado a recibir el bautismo en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de la villa de Ágreda y tomar el nombre de Francisco como la religiosa le había prescrito.

Y lleno de gozo, el señor gobernador se presenta con el moro en la villa. Señalan el día del bautismo y acompañado de las personas más distinguidas de la población y de casi todos los vecinos, entra el moro en la parroquia y en ella, con edificación y contento de los presentes, es bautizado solemnemente. Presuponiendo que la monja que se le había aparecido y convertido a la fe había sido Sor María de Jesús, suplicó el moro a los superiores del monasterio se dignasen comprobar del modo más conveniente el suceso; y, al efecto, presentes en el convento de la Concepción los padres Juan Bautista del Campo, guardián de San Julián de esta villa, fray Antonio Vicente y fray Juan Ruiz, vicario y procurador de las religiosas respectivamente; el mencionado caballero, el notario Don Lucas Pérez Planillo y varios señores y señoras que, atraídos por la fama del prodigio allí habían acudido, pusieron al moro junto a la puerta reglar, para que, al pasar cerca de él tres religiosas con velo levantado, dijera cuál le había visitado e instruido en el castillo de Pamplona.

Pasó la primera y dijo: ésta no es, aunque iba vestida como ésta; pasó la segunda y repitió lo mismo; mas al ver a la tercera, que era Sor María de Jesús, exclamó: ésta es, ésta es. Pero no contentos los superiores con solo este experimento, obligaron a pasar otra vez del mismo modo a todas las religiosas de la Comunidad, y a medida que iban pasando, decía el moro: ésta no es, ésta no es..., hasta que conocida la última, exclamó: ésta es la que me ha convertido. Señores, esta es la monja que se me apareció en Pamplona y me ha convertido. Y el notario, que había presenciado todo, y a quien Sor María de Jesús le era bien conocida, levantó público testimonio de lo sucedido .

Pero lo más hermoso de la vida de Sor María de Jesús fue la capacidad que Dios le dio con el don de bilocación para ir a tierras lejanas a evangelizar. No es el único caso, pero sí el más sobresaliente de la historia de la Iglesia.

De la beata Sor Ana de la Ángeles y Monteagudo, religiosa de Arequipa, Perú, se cuenta que, a veces, iba en bilocación a visitar a los indios de las alturas de Arequipa y les explicaba la doctrina cristiana. San Martín de Porres, según el testigo fray Antonio José de Pastrana, estuvo por casos que se averiguaron (en bilocación) en Bayona de Francia en un hospital que hay en dicha ciudad, y dispuso y fundó otro en Berbería para los cristianos cautivos y estuvo en el Japón consolando a los nuevamente convertidos . Esto mismo afirmó en las Actas del proceso de beatificación, el testigo fray Jacome de Acuña. Por supuesto que, al ir a visitar estos lugares no sólo consolaba a los enfermos y animaba a cautivos o a los recién convertidos, sino que también les hablaba de Dios y de nuestra fe católica. Otro caso interesante de evangelización en bilocación es el de Sor Ana de san José. Dice en su Autobiografía:

Algunas veces, me hace nuestro Señor merced, después de haberle recibido sacramentado, de llevarme a algunas ciudades y reinos... Y siento que me lleva en sí mismo en espíritu y otras veces siento que me lleva el corazón; y cuando me lleva el corazón primero, me dice acabándole de recibir: “Pídanme todos que estoy en el corazón de Ana. Pídanme mercedes todos que aquí me dejaré rendir”.

Algunas veces, me dice: “Ahora vamos al Japón, que tengo allá muchos amigos que trabajan en la conversión de las almas y los debemos visitar y fortalecer...” Otras veces, me daba a entender infinidad de cosas acerca de los errores de los indios y del fruto que hace la presencia de nuestro Dios, las tinieblas que destierra de aquellos ciegos y el espíritu que infunde a los que trabajan... Otras veces, me sentía llevar sin saber de quién... Me ha sucedido muchas veces ir por el aire como volando y, algunas veces, me hallo entre multitud de indios de diversas naciones con la “Doctrina cristiana” en la mano y ellos están de rodillas oyéndola... Otras veces, después de la comunión, me sucede ser llevada y llevo el Santísimo Sacramento en el pecho; y, entonces, veo que muchísimos lo adoran; y también en estas ocasiones hace muy grandes favores .

Pero veamos ahora más en concreto el caso excepcional de la Madre María de Jesús.





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