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Autor: | Editorial:



Conclusión
Desde el principio de este artículo quise subrayar la importancia de llevar el evangelio al mundo del trabajo para poder responder a la pregunta que hace muchos años me dirigió mi padre: ¿Qué pueden hacer los laicos en la Iglesia?

Sin embargo, además de una respuesta a una pregunta que pudo ser puramente académica y de curiosidad, no puedo dejar de señalar varios motivos por los que hoy esta tarea es más urgente que nunca: Una gran parte de la humanidad trabaja en el mundo y no puede seguir percibiendo que su trabajo es el resultado de la maldición del pecado original y no puede seguir percibiendo que su acción como cristiano se limita al ámbito de la parroquia. Pero, además, los cristianos dedican la mayor parte de su tiempo al trabajo y éste tiene una influencia importantísima sobre la vida, costumbres y comportamientos de las personas. Lo que se gana en la Iglesia se pierde en la fábrica y no pueden los pastores solidificar virtudes y aprecio por la religión cuando todo lo que reciben los cristianos como estímulos e influencia no tiene nada que ver con la vida del espíritu. Si no somos capaces de evangelizar el mundo del trabajo, seguiremos viendo cómo el mundo urbano se aleja de la fe y se paganiza cada vez más.

Aunque la tarea parece imposible, esa deshumanización del trabajo por falta de sentido trascendente está dejando a las sociedades vacías y sedientas de absoluto. Cada vez se percibe más el deseo de sentido. Los retos son verdaderas oportunidades. La mies está allí y se necesitan trabajadores. En el pasado se pensó que los trabajadores del evangelio serían los pastores o los consagrados; hoy, en esta mies, se necesitan fieles laicos que se dejen guiar por el Espíritu y lleven a la práctica los anhelos de la Iglesia, que no son otros que los anhelos de Cristo.
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