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Autor: | Editorial:



La madurez integral
a. Madurez humana y cristiana

Quien, como Cristo, logra realizar en su vida los valores según la debida jerarquía es
una persona madura. El hombre maduro guía su conducta por la razón y los criterios de
fe; orienta su voluntad hacia el bien; sabe relacionarse con los demás en modo altruista
y generoso. Posee un claro proyecto de vida y se entrega con decisión, a ejemplo de
Cristo, a su realización; un hombre que sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo; un
hombre que ha dado a su vida un sentido trascendente y que la concibe como una misión;
un hombre que persigue un ideal verdadero y que se esfuerza por alcanzarlo sin
vacilaciones ni subterfugios; un hombre de principios claros, seguros y firmes; un hombre
que es coherente y fiel a sus propias convicciones, que usa su libertad en modo responsable;
un hombre reflexivo, rico en interioridad y sabiduría.

Una persona madura se reconoce por la perfecta armonía que reina en sus facultades.
La madurez humana da como resultado lo que llamamos el hombre cabal. Quienes han
logrado armonizar los diversos aspectos que componen su personalidad nos sorprenden
y maravillan por ese señorío que poseen sobre sí mismos, por la sencillez con que se
dan a los demás y por su coherencia de vida. Han sabido encauzar todas las fuerzas de
su ser hacia un ideal superior. Son personas ardientemente apasionadas que han sabido
poner toda su riqueza emotiva y afectiva al servicio del bien y de la verdad, y que por lo
tanto ejercen al máximo su capacidad de libre albedrío. El hombre maduro es, como
dice la popular canción italiana, l’impero dell’armonia («el imperio de la armonía»), un
ser que desprende paz, serenidad, energía, plenitud, gozo y entusiasmo por la vida, el
bien y la verdad. Un hombre así ha construido su vida sobre roca. Es claro, sin embargo,
que la madurez no es sinónimo de total perfección, lo cual es imposible en esta tierra. El
hombre maduro no carece de límites, pero los acepta, procurando siempre superarlos en
la medida de sus posibilidades.

El cristiano maduro es aquél que, sobre la base de los valores humanos, vive los valores
evangélicos. San Pablo llama a este tipo de hombre, regenerado por la gracia de
Cristo, el hombre nuevo (Ef 4, 24). Este hombre, que nace de nuevo en el Espíritu Santo
(Jn 3, 5) es plenamente maduro porque vive según Cristo, el hombre perfecto, revistiéndose
de Él en su ser y en sus obras, de tal modo que puede repetir con san Pablo: «Ya no
soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El hombre nuevo vive de la fe (Rm 3,
26) y de la esperanza; goza de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (R 8, 21), se nutre
de la verdad del Evangelio, y tiene por máxima ley la caridad (Rm 13, 8). El cristiano
maduro es el santo que sigue a Cristo por el sendero de la cruz para llegar, junto con Él,
a la gloria de la resurrección. La madurez cristiana tampoco está exenta totalmente del
pecado y de la imperfección, pero el cristiano maduro, lejos de hacer un pacto con el
mal que todavía puede dominar en él, procura vivir en actitud de vigilancia y de combate
espiritual, aprovechando con humildad sus faltas para confiar más en Dios y en la acción
de la gracia en su alma.

En contraposición al hombre maduro se encuentra el hombre superficial, que carece
de principios, que simplemente vive al día, sin un proyecto de vida y sin ideal, que no
sabe ni por qué ni para qué vive. La norma de su actuar no es la convicción, sino la conveniencia,
el placer del momento o la emoción más fuerte. Este tipo de hombre se guía
por un pensamiento débil, donde todo es verdad y mentira al mismo tiempo, todo es relativo.

Nada hay absoluto: ni normas morales, ni principios, ni convicciones. Todo le es
permitido con tal que satisfaga a sus tendencias. Es un hombre dominado por la búsqueda
constante de nuevas sensaciones, del placer y del sexo a toda costa, por la fuga de la
realidad y del compromiso moral y espiritual; pero vacío por dentro, sin valores sólidos,
sin sentido en la vida. Es un ser amorfo, que vive de flor en flor: ha construido su vida
sobre arena movediza.

Igualmente el cristiano inmaduro es quien vive en la inconsciencia o en la indiferencia
el precioso tesoro de su fe y todas las riquezas que se derivan de su ser cristiano.
Muchos son por desgracia los cristianos que lo son sólo de nombre, por el hecho de haber
sido un día bautizados, pero que no han penetrado en las riquezas inmensas de lo
que ello implica para su vida y que viven en la miseria espiritual cuando tendrían todas
las posibilidades para ser inmensamente ricos gracias a la acción santificante del Espíritu
Santo y a su inserción en la vida de Cristo y de su Iglesia.

b. La formación de la conciencia

Parte imprescindible de la madurez integral de la persona es la formación de la conciencia,
ese sagrario donde el hombre se encuentra a solas consigo mismo y con Dios, y
donde descubre la ley imperiosa de realizar el bien y de evitar el mal. La conciencia se
ha de formar según los principios de la recta razón y de la fe. Esta formación asume en
nuestros días una importancia especial porque la cultura relativista que penetra por doquier,
sobre todo a través de los medios de comunicación social, hace más difícil el juicio
moral recto y objetivo. En el confusionismo de valores morales en que vivimos, es
más que nunca necesario iluminarla con los criterios del Evangelio, del Magisterio de la
Iglesia, de las personas prudentes para poder emitir juicios morales acertados.
La conciencia se forma siendo continuamente fieles a sus dictámenes, sin permitir
pequeñas concesiones que vayan poco a poco debilitando la fuerza de su voz hasta hacerla
desaparecer. El hombre coherente y auténtico es fiel a la voz de su conciencia y,
cuando por debilidad no lo es, sabe reconocer con humildad su error y corregir la ruta.

La conciencia bien formada asegura el verdadero ejercicio de la libertad. El hombre es
más libre cuando con mayor fuerza se adhiere al bien y a la verdad, y supera la tentación
del egoísmo o de la mentira. La verdad nos hace libres (Jn 8, 32). Una libertad gobernada
por la verdad y el bien es una libertad abierta al valor moral, abierta a la dignidad de
la persona humana, abierta a Dios en última instancia.

La tarea de la formación de la conciencia es particularmente importante hoy día en
el campo de la ética familiar, social y profesional. En estos ámbitos, las pasiones humanas
o las situaciones complejas hacen a veces difícil un juicio moral certero. El Magisterio
de la Iglesia, a través de importantes documentos pontificios, ha estado iluminando
la conciencia de los fieles cristianos y de los hombres de buena voluntad. Les aconsejo
que lean y estudien atentamente estos escritos para que puedan formar criterios morales
seguros en su actuar matrimonial, familiar, profesional y social. Naturalmente que existen
casos concretos en los que no es fácil emitir un juicio de conciencia. En estas situaciones
habrá que recurrir al ejercicio de la virtud de la prudencia, al consejo de personas
competentes, llenas de sabiduría humana y cristiana y a la oración humilde y confiada al
Espíritu Santo.

Un ejemplo elocuente de madurez integral lo encontramos en la persona del Papa
Juan Pablo II. Todos aquellos que han tenido la gracia de un contacto directo con él,
quedan admirados por su personalidad tan completa e integrada. Es un hombre sumamente cordial; de una gran empatía afectiva; se intuye en él un carácter recio y sólido;
de una alta formación intelectual; de un juicio moral seguro, acertado y sereno; amante
del ejercicio físico; de una extraordinaria capacidad de relación; gran comunicador; un
hombre que se da al interlocutor, que se le ve dominado por un ideal que lo trasciende;
con un fuerte sentido de la responsabilidad que, lejos de agobiarlo, lo libera y lo lanza a
la conquista de nuevas metas. Es un líder humano, intelectual, social. Alguien que atrae,
que invita a la imitación. Todo esto no es fruto del azar ni de la improvisación. Es el resultado
de un largo esfuerzo; de alguien que se ha propuesto seriamente en la vida alcanzar
una madurez humana. Pero esta madurez ha sido la base sobre la cual el Espíritu
Santo ha levantado esa otra madurez cristiana. Así el Santo Padre se nos presenta como
un hombre seguro de su fe, que sabe confiar en Dios por encima de cualquier cosa, un
hombre de caridad, que vive profundamente el espíritu de las bienaventuranzas y toda la
rica gama de los valores evangélicos. No cabe duda de que es un auténtico líder humano,
pero por encima de todo es un líder moral y espiritual que profesa sin temores y con
íntima convicción su fe en Cristo, Redentor del hombre.
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