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Autor: | Editorial:



Los sacramentos y la oración, escuela de auténticos valores
Quizás pudiera dar la impresión de que en todo lo que hemos dicho hasta ahora, la
tarea y la responsabilidad principales en la conquista de los valores humanos y cristianos
recae sobre el esfuerzo del hombre. Pero, no es así. El cristiano ha de esforzarse por
construir su vida sobre roca sólida. Mas nunca ha de olvidar que «si el Señor no construye
la casa en vano se cansan los albañiles» (Sal 126, 1). El cristiano necesita de la
gracia de Dios para edificar su vida sobre los auténticos valores. Por ello ha de acudir a
las fuentes de donde mana la gracia: los sacramentos y la oración.

Los sacramentos son la fuente ordinaria donde se nutre la vida de gracia del cristiano.

Quien se une al misterio pascual de Cristo a través de los sacramentos recibe la gracia
para asemejarse más perfectamente a Cristo.

Esta identificación con Él posibilita la
vivencia más perfecta de aquellos valores, humanos y evangélicos, que Cristo mismo vivió.

Sólo unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, podremos dar frutos de vida eterna
(Jn 15, 8). De modo especial el sacramento de la Penitencia, al reconciliar al pecador
con Cristo y con la Iglesia, da al hombre herido por el pecado la gracia para proseguir
con renovadas fuerzas esa ardua conquista de los valores, por encima de las debilidades
y de las faltas personales. La Eucaristía, por su parte, que contiene al mismo Cristo bajo
las especies del pan y del vino, deja el alma inundada de su gracia, favorece la donación
de sí en la caridad hacia nuestros hermanos, los hombres, y es prenda de los bienes de la
gloria futura.

El otro gran manantial de la vida de gracia es la oración. En ella descubrimos a Dios
como fuente suprema de todos los valores y nuestra dignidad como hijos suyos. En ella
se nos va revelando la voluntad divina, obtenemos fuerzas para vivir las exigencias del
ideal, jerarquizamos en modo adecuado todos los valores en función de Dios, valor supremo
y fundamental, ganamos las gracias necesarias para vivir generosamente nuestros
compromisos como hombres y como bautizados, cargamos el alma de celo para convertirnos
en difusores del Evangelio.

La oración es la respiración del alma.
Quien no respira, muere por asfixia. Quien no
ora, muere espiritualmente. Quien no ora, pierde la necesaria tensión moral y espiritual,
se dispersa en medio de muchas cosas accidentales, faltándole el anclaje en la eternidad de Dios. Por ello, el cristiano verdaderamente maduro acude a la oración, porque se reconoce
creatura necesitada de Dios, porque se reconoce pecador que busca el perdón,
porque quiere agradecerle a Él el don magnífico y misterioso de la vida, porque quiere
alabarlo por su bondad y su misericordia.

Den la importancia que merece a la oración en su vida de creyentes. A ella hemos de
dedicar lo mejor de nuestro tiempo porque Dios es el valor supremo que merece lo mejor
de nosotros mismos. Cuando crean que les faltan las fuerzas, cuando perciban que el
vigor de su ideal viene a menos, cuando se desdibuje el sentido de su vida, cuando no
sientan la urgencia de la misión, acudan a la oración a respirar ese aire nuevo del espíritu
que procede del mismo Dios. ¡Qué oportunidad tan grande y maravillosa, la de poder
ponernos en contacto directo con Él, y hablar con Él como un amigo habla con su amigo,
de contarle nuestras penas y alegrías, nuestros sufrimientos y fracasos, nuestras perplejidades
y esperanzas, nuestros deseos de realizar grandes empresas por Él! Por eso, el
valor de la oración es incalculable. En ella se aprende el secreto de vivir y el secreto de
morir; en ella se ve todo bajo la perspectiva de la eternidad, bajo el signo de la misión,
bajo el poder de la mano amorosa de Dios.
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