Autor: | Editorial:
Algunos valores: generosidad, audacia, constancia
Muy variada es la rica gama de los valores sobre los que se cimienta la vida humana
y la existencia cristiana. En la imposibilidad de detenerme en todos ellos, quisiera hacerlo
brevemente en algunos que pueden ayudarnos especialmente a cumplir con mayor
perfección la misión que el Señor ha querido confiarnos. Me refiero a la generosidad, a
la audacia y espíritu de iniciativa, y a la constancia.
a. La generosidad
Generoso es el hombre que está en todo momento dispuesto a dar, más aún a darse a
sí mismo en aras de un ideal. Un primer grado de generosidad es compartir con los
demás aquello que es nuestro: poner a disposición de los demás nuestras pertenencias,
ayudar económicamente a una persona necesitada, etc. En este sentido, la generosidad
está emparentada con el desprendimiento.
Pero el hombre verdaderamente generoso va
más allá de la donación de las cosas: llega hasta la donación de sí mismo, de su tiempo,
de sus facultades, de su persona. Solamente el hombre generoso puede vencer la fuerza
centrípeta del egoísmo, que busca todo para sí.
El hombre generoso sabe realizar aquel don sincero de sí que constituye la quintaesencia
de la madurez. Es maduro quien no sólo recibe, sino da, quien se da a sí mismo.
Por eso para llegar a la verdadera madurez es necesario pasar por la generosidad. En mis
ya largos años de vida, me he encontrado con hombres generosos y con hombres egoístas;
con hombres y mujeres que se han entregado en cuerpo y alma a su ideal y con otros
que han preferido protegerse bajo un caparazón de excusas para retener para sí los dones
que Dios les había concedido. Aunque los egoístas podrían parecer tener más oportunidades
de gozar de la vida, he visto sin embargo que son personas profundamente amargadas,
llenas de temor por el futuro, de perder sus posesiones o su felicidad. Los generosos,
en cambio, son más felices cuanto más dan.
Cuando se quedan sin nada es cuando
más gozan. Y es que es verdad que hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35) y
que el Señor ama a quien da con alegría (cf. 2 Co 9, 7). Los generosos son personas
abiertas, olvidadas de sí, serviciales, llenos de optimismo y de buen espíritu. No tienen miedo de perder ni de perderse, porque saben que cuanto más dan, mas reciben; cuanto
más se pierden, más se encuentran, cuanto más generosos son, mayor grado de felicidad
alcanzan.
Les recomiendo muy especialmente que vivan la generosidad para con Dios. A veces
el demonio nos inculca cierto, recelo de Dios, una especie de miedo inexplicable a lo
que Él nos pueda pedir, a esas exigencias suyas que nos parecen intolerables. Nada más
irracional que este miedo, porque Dios es amor que se dona y si nos pide algo es porque
antes nos ha dado la gracia de responderle.
Generoso fue Abraham con Dios, cuando
dejó su tierra para ir hacia aquella otra que le indicaba el Señor. Generosa fue María con
su sí incondicional a la propuesta del ángel. Generoso fue Cristo que en la cruz murió
completamente desnudo de todo lo humano, porque nos lo había dado absolutamente
todo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Generosos son los laicos que cooperan
con medios materiales y con su tiempo a la construcción de la Iglesia. Generoso
quien perdona y olvida las ofensas recibidas. Generoso es quien sabe perderse a sí mismo
para encontrarse en Dios.
De modo especial me impresiona la generosidad de todos esos jóvenes, chicos y chicas,
que abandonan sus proyectos de vida, sus ilusiones, la posibilidad de fundar una familia,
de formar un hogar, de disfrutar los bienes materiales, para seguir la voz de Cristo
que susurra en sus conciencias esta invitación dulce y fuerte: Sígueme. Ellos ofrecen a
Cristo todo lo que son y lo que poseen, poniéndolo al servicio del Reino de Dios. La
grandeza de este acto de generosidad consiste en que ellos se donan a sí mismos totalmente
por amor, renunciando a otros bienes para dedicarse con exclusividad a seguir a
Cristo por los caminos que Él los quiera conducir. Sé que ustedes aprecian este acto de
generosidad que se esconde detrás de cada hombre o mujer que se consagra a Dios.
Ojalá que, siempre que les sea posible, ayuden a otras personas a valorar este acto de
generosidad para crear un ambiente positivo en torno a aquellos que sientan en su alma
la llamada de Dios. En muchas ocasiones, a la dificultad de la renuncia total se añade la
de un ambiente hostil que no comprende la vocación sacerdotal y religiosa, haciendo todavía
más difícil una opción que de suyo ya lo es mucho. Tengo también en mucho
aprecio el acto de generosidad de los padres de aquellos a quienes Dios llama a su servicio.
Ellos ofrecen a Dios lo que más aman en este mundo que son sus hijos con un acto,
a veces incluso heroico de desprendimiento, sumamente meritorio a los ojos de Dios.
Ojalá que ustedes sostengan con sus oraciones y apoyo moral la generosidad de los
llamados. Y si a alguno de ustedes, jóvenes, Dios le pidiera este acto de generosidad, no
dude ni un solo instante en dejar sobre la orilla de su vida todos esos planes personales
que se puedan oponer al llamado de Cristo y, lo siga con decisión, como un día lo hicieron
Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mt 4, 22) y tantos otros hombres y mujeres que, a
lo largo de la historia, han comprendido, como María de Betania, que Él es «lo único
necesario» (Lc 10, 42).
b. La valentía y la audacia
Algunos identifican la persona madura con el prudente que arriesga lo menos posible
por temor a perder lo que tiene. Cierto que el hombre maduro ha de ser prudente,
pero también ha de ser valiente y audaz. No hay que arriesgar en modo innecesario e
irracional, sin embargo, en la vida, que es una lucha (Jb 7, 1), es preciso correr ciertos
riesgos y para ello es necesario una buena dosis de valor. Hemos señalado que la vida
humana es un proyecto, una misión en cuya realización se encuentra el pleno sentido al
vivir. Ahora bien, todo proyecto implica cierto riesgo, aventura e imprevisto. Hay que
prever y programar, pero es imposible hacerlo en modo absoluto. Quien estuviera esperando
una programación perfecta sin ningún tipo de riesgo jamás podría actuar.
La audacia y la valentía no son sólo valores humanos. Son también valores cristianos.
El mismo proyecto de la Encarnación, manifiesta, de la parte de Dios, una especie
de audacia a lo divino. Cristo aceptó con valentía los tormentos de su pasión y en diversas
ocasiones pidió a sus discípulos que superasen el miedo que los atenazaba. El cristiano
también ha de ser valiente y audaz para emprender grandes obras en favor de la
Iglesia y de la difusión de la fe. Numerosas son los cristianos que han defendido a lo largo
de la historia con valentía su fe en Cristo. Basta mencionar el ejemplo de los mártires
que, a lo largo de los siglos, han llenado de coronas la vida de la Iglesia. Hombres y mujeres
que no han tenido miedo a proclamar su fe y su amor a Cristo con riesgo de sus vidas.
Y no son ejemplos que pertenecen al pasado. En nuestros días, muchos cristianos
siguen sufriendo valientemente la prisión, la cárcel y la tortura a causa de su fe, en las
misiones o en países no cristianos. Pero también se requiere hoy día un gran valor para
ser cristiano en medio de nuestras sociedades occidentales en las que priva un modelo
de vida neopagano. El cristiano tiene que ser valiente para no dejarse arrastrar por esa
forma de vida, para proclamar sin miedos su fe en Cristo, para sufrir la calumnia, las
burlas y las incomprensiones de un ambiente lleno de hedonismo, de consumismo y de
permisivismo. Este es otro tipo de persecución moral, no cruenta, pero no por ello menos
demoledora, que es preciso afrontar con la audacia de la fe, de quien cree en las palabras
de Cristo: «Confiad. Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
El cristiano ha de ser valiente también para rechazar todo tipo de mal, especialmente
el pecado. Cuánta fuerza de espíritu se requiere para rechazar las insidias del mal que
brotan por todas partes. Sólo si, como Cristo, se afrontan con la oración y con una voluntad
decidida, se podrán superar. Pero la tarea del cristiano no es sólo la de rechazar al
mal. Él debe «vencer al mal con el bien» (Rm 12, 21). Y para hacer el bien hay que ser
muy audaz, valiente y decidido. ¡Cuántos dejan de hacer obras buenas en favor de la
Iglesia y de la humanidad por falta de valentía y de audacia, por respeto humano, por
miedo! ¡Cuántos proyectos buenos arrumbados, que se quedan sólo en papel, porque no
se han encontrado hombres y mujeres valientes, decididos a ejecutarlos! ¡Cuántas obras
de evangelización abandonadas porque falta quien tenga el valor de secundarlas y de
comprometer su vida en ellas!
El Santo Padre nos ha dado en numerosas ocasiones durante su pontificado un gran
ejemplo de hombre de valor que no tiene miedo a la critica ni a la posible contestación.
Él, como Cristo, sabe que debe proclamar la verdad sin detenerse a considerar si esta
será aceptada o rechazada, si el Evangelio será acogido o no por la cultura laica, si gustará
o no a los poderosos del mundo. No tiene miedo a proclamar la sacralidad de la
vida desde el primer momento de la concepción hasta el fin natural de la misma, a presentar
ante el mundo el esplendor de la verdad sobre Dios, de la verdad sobre el hombre,
de esos derechos inalienables que le son debidos a su dignidad de hijo de Dios. Él expone
sin ambages los valores de la familia, la ética cristiana sobre la sexualidad, la verdadera
fe católica. Predica con valor, oportuna e importunamente, las enseñanzas del
Evangelio, porque lo que importa en el fondo no es agradar a los hombres, sino cumplir
en todo y por encima de todo la misión de servicio a la verdad y al hombre que Cristo le
ha confiado.
Un valor unido al de la audacia es el del espíritu de iniciativa y la capacidad de emprender
obras grandes. Este gran país de América se ha distinguido desde su fundación
por haber contado con hombres y mujeres de una gran capacidad para proyectar y lanzar
nuevas obras, para mirar siempre al futuro, para pensar en grande. Estos son valores
muy importantes que es preciso mantener y cultivar. Cada uno construye con su iniciativa
personal, esa vida que recibe como don. No se nos da todo hecho. Debemos trabajar
y ser colaboradores con Dios en su obra creadora. Es, por lo tanto, imprescindible poseer
estos valores si queremos triunfar en la vida, cumpliendo con la misión que Dios
nos confía.
El hombre está llamado a progresar, a proponerse continuamente nuevos objetivos, a
realizar nuevas empresas. No hay espacio al conformismo. Conformarse con lo ya alcanzado,
tanto en la vida personal como en la vida familiar, profesional y social es retroceder.
La perfección a que somos llamados como hombres y cristianos tiene un límite
muy elevado: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,
48). El crecimiento es la ley de la vida humana y espiritual. No es aceptable una vida estancada
siempre en la misma posición. O se progresa o se retrocede. Esto es válido para
todos los campos de la vida humana. Lo saben muy bien los ejecutivos, los hombres de
negocios, los economistas, Esta ley humana tiene su traducción cristiana en la búsqueda
y consecución de nuevas metas en la santidad, en la puesta en marcha en nuevas formas
de apostolado y de nuevas obras apostólicas. El hombre maduro es, en este sentido, un
hombre inquieto que siempre busca mayor rendimiento y eficacia, puesto que él se rige
no por la ley del mínimo esfuerzo, sino por la ley del amor que busca siempre mayor
perfección en la donación al amado.
c. La constancia
Muchas empresas, grandes o pequeñas, muchos proyectos de vida, muchos buenos
propósitos e intenciones naufragan por falta de constancia y de perseverancia. Hay
quizás un esfuerzo inicial, un fuego de artificio, pero luego todo se precipita sin resultado
alguno porque no se supo poner un esfuerzo continuado. La constancia no es un valor
que a primera vista parezca demasiado importante, pero sin ella es imposible la obtención
de resultados en cualquier campo de la vida.
La edificación de un proyecto vital no es cosa de un día. Quien quiere construir la
vida con sólidos valores no puede poner un esfuerzo intermitente al vaivén de los estados
anímicos o de las circunstancias. No es posible levantar una gran empresa transnacional
en un día o en un mes. Es necesario la voluntad y el empeño tenaz de muchos
hombres que dediquen sus vidas a este proyecto. Por desgracia muchas obras quedan sin
concluir por falta de constancia. Hay, por ejemplo, jóvenes que inician sus estudios universitarios
y, después de un cierto tiempo, desanimados por las dificultades, los abandonan,
sin poder obtener el título que tanto buscaban. Algunos se formulan bellos propósitos
de superación y después de una jornada de reflexión o de un retiro y después de un
período inicial de cumplimiento, no tienen la fuerza de voluntad para llevarlos a cabo.
También hay cristianos que sueñan con ganar el mundo para Cristo pero, desanimados
por la oposición del mundo o por las persecuciones y dificultades no saben traducir sus
sueños en realizaciones efectivas para bien de la Iglesia.
La constancia es necesaria para culminar cualquier proyecto humano y también lo es
para conseguir el proyecto cristiano de santidad. De modo ordinario, la santidad no se
consigue de la noche a la mañana. Se requiere la dura prueba de la perseverancia en el bien, sortear muchas dificultades, estar dispuesto a volver a comenzar una y otra vez, un
día y otro día, sin desalentarse por los fracasos, por las derrotas parciales, por los problemas
que normalmente aparecerán a lo largo del camino. He conocido a muchas personas
que comenzaron con gran ilusión su camino de santidad cristiana. Todo parecía
marchar serenamente. Había generosidad para superar las dificultades y los sacrificios.
Pero poco a poco, el paso del tiempo fue entibiando el alma, el esfuerzo iba disminuyendo,
el amor se iba enfriando en el corazón, se iban abandonando poco a poco los medios
de perseverancia y al final, ese barco que parecía iba a llegar a buen puerto, naufragó
de modo estrepitoso por falta de lucha continuada, de estar día tras día renovando
el amor primero.
No es suficiente comenzar una obra, un proyecto o un propósito. Hay que concluirlo:
obra comenzada, obra concluida. En la formación de la constancia es imprescindible
contar con una voluntad fuerte que se acera con el sacrificio personal, no sólo con grandes,
pero aislados sacrificios, sino con pequeños actos de dominio de sí continuados,
puestos día tras día, hasta formar sólidos hábitos de conducta. Quien quiere seguir, por
ejemplo, un eficaz régimen alimenticio no estará todo un día sin comer, si al día siguiente,
va a consumir el doble. Es necesario hacer pequeñas renuncias continuadas a lo largo
de un periodo suficientemente largo para obtener resultados. Del mismo modo, quien se
propone seriamente una vida de santidad cristiana debe ser consciente de que si no persevera
en su empeño y si no lucha todos los días para conquistar ese ideal, no la podrá
conseguir. Cuando Cristo nos aconsejó tomar la cruz y seguirle, añadió, con gran finura
psicológica, «cada día» (Lc 9, 23). Por eso Él nos invita a perseverar en la oración, sin
dejarnos vencer por el cansancio (Lc 18, 1).
y la existencia cristiana. En la imposibilidad de detenerme en todos ellos, quisiera hacerlo
brevemente en algunos que pueden ayudarnos especialmente a cumplir con mayor
perfección la misión que el Señor ha querido confiarnos. Me refiero a la generosidad, a
la audacia y espíritu de iniciativa, y a la constancia.
a. La generosidad
Generoso es el hombre que está en todo momento dispuesto a dar, más aún a darse a
sí mismo en aras de un ideal. Un primer grado de generosidad es compartir con los
demás aquello que es nuestro: poner a disposición de los demás nuestras pertenencias,
ayudar económicamente a una persona necesitada, etc. En este sentido, la generosidad
está emparentada con el desprendimiento.
Pero el hombre verdaderamente generoso va
más allá de la donación de las cosas: llega hasta la donación de sí mismo, de su tiempo,
de sus facultades, de su persona. Solamente el hombre generoso puede vencer la fuerza
centrípeta del egoísmo, que busca todo para sí.
El hombre generoso sabe realizar aquel don sincero de sí que constituye la quintaesencia
de la madurez. Es maduro quien no sólo recibe, sino da, quien se da a sí mismo.
Por eso para llegar a la verdadera madurez es necesario pasar por la generosidad. En mis
ya largos años de vida, me he encontrado con hombres generosos y con hombres egoístas;
con hombres y mujeres que se han entregado en cuerpo y alma a su ideal y con otros
que han preferido protegerse bajo un caparazón de excusas para retener para sí los dones
que Dios les había concedido. Aunque los egoístas podrían parecer tener más oportunidades
de gozar de la vida, he visto sin embargo que son personas profundamente amargadas,
llenas de temor por el futuro, de perder sus posesiones o su felicidad. Los generosos,
en cambio, son más felices cuanto más dan.
Cuando se quedan sin nada es cuando
más gozan. Y es que es verdad que hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35) y
que el Señor ama a quien da con alegría (cf. 2 Co 9, 7). Los generosos son personas
abiertas, olvidadas de sí, serviciales, llenos de optimismo y de buen espíritu. No tienen miedo de perder ni de perderse, porque saben que cuanto más dan, mas reciben; cuanto
más se pierden, más se encuentran, cuanto más generosos son, mayor grado de felicidad
alcanzan.
Les recomiendo muy especialmente que vivan la generosidad para con Dios. A veces
el demonio nos inculca cierto, recelo de Dios, una especie de miedo inexplicable a lo
que Él nos pueda pedir, a esas exigencias suyas que nos parecen intolerables. Nada más
irracional que este miedo, porque Dios es amor que se dona y si nos pide algo es porque
antes nos ha dado la gracia de responderle.
Generoso fue Abraham con Dios, cuando
dejó su tierra para ir hacia aquella otra que le indicaba el Señor. Generosa fue María con
su sí incondicional a la propuesta del ángel. Generoso fue Cristo que en la cruz murió
completamente desnudo de todo lo humano, porque nos lo había dado absolutamente
todo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Generosos son los laicos que cooperan
con medios materiales y con su tiempo a la construcción de la Iglesia. Generoso
quien perdona y olvida las ofensas recibidas. Generoso es quien sabe perderse a sí mismo
para encontrarse en Dios.
De modo especial me impresiona la generosidad de todos esos jóvenes, chicos y chicas,
que abandonan sus proyectos de vida, sus ilusiones, la posibilidad de fundar una familia,
de formar un hogar, de disfrutar los bienes materiales, para seguir la voz de Cristo
que susurra en sus conciencias esta invitación dulce y fuerte: Sígueme. Ellos ofrecen a
Cristo todo lo que son y lo que poseen, poniéndolo al servicio del Reino de Dios. La
grandeza de este acto de generosidad consiste en que ellos se donan a sí mismos totalmente
por amor, renunciando a otros bienes para dedicarse con exclusividad a seguir a
Cristo por los caminos que Él los quiera conducir. Sé que ustedes aprecian este acto de
generosidad que se esconde detrás de cada hombre o mujer que se consagra a Dios.
Ojalá que, siempre que les sea posible, ayuden a otras personas a valorar este acto de
generosidad para crear un ambiente positivo en torno a aquellos que sientan en su alma
la llamada de Dios. En muchas ocasiones, a la dificultad de la renuncia total se añade la
de un ambiente hostil que no comprende la vocación sacerdotal y religiosa, haciendo todavía
más difícil una opción que de suyo ya lo es mucho. Tengo también en mucho
aprecio el acto de generosidad de los padres de aquellos a quienes Dios llama a su servicio.
Ellos ofrecen a Dios lo que más aman en este mundo que son sus hijos con un acto,
a veces incluso heroico de desprendimiento, sumamente meritorio a los ojos de Dios.
Ojalá que ustedes sostengan con sus oraciones y apoyo moral la generosidad de los
llamados. Y si a alguno de ustedes, jóvenes, Dios le pidiera este acto de generosidad, no
dude ni un solo instante en dejar sobre la orilla de su vida todos esos planes personales
que se puedan oponer al llamado de Cristo y, lo siga con decisión, como un día lo hicieron
Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mt 4, 22) y tantos otros hombres y mujeres que, a
lo largo de la historia, han comprendido, como María de Betania, que Él es «lo único
necesario» (Lc 10, 42).
b. La valentía y la audacia
Algunos identifican la persona madura con el prudente que arriesga lo menos posible
por temor a perder lo que tiene. Cierto que el hombre maduro ha de ser prudente,
pero también ha de ser valiente y audaz. No hay que arriesgar en modo innecesario e
irracional, sin embargo, en la vida, que es una lucha (Jb 7, 1), es preciso correr ciertos
riesgos y para ello es necesario una buena dosis de valor. Hemos señalado que la vida
humana es un proyecto, una misión en cuya realización se encuentra el pleno sentido al
vivir. Ahora bien, todo proyecto implica cierto riesgo, aventura e imprevisto. Hay que
prever y programar, pero es imposible hacerlo en modo absoluto. Quien estuviera esperando
una programación perfecta sin ningún tipo de riesgo jamás podría actuar.
La audacia y la valentía no son sólo valores humanos. Son también valores cristianos.
El mismo proyecto de la Encarnación, manifiesta, de la parte de Dios, una especie
de audacia a lo divino. Cristo aceptó con valentía los tormentos de su pasión y en diversas
ocasiones pidió a sus discípulos que superasen el miedo que los atenazaba. El cristiano
también ha de ser valiente y audaz para emprender grandes obras en favor de la
Iglesia y de la difusión de la fe. Numerosas son los cristianos que han defendido a lo largo
de la historia con valentía su fe en Cristo. Basta mencionar el ejemplo de los mártires
que, a lo largo de los siglos, han llenado de coronas la vida de la Iglesia. Hombres y mujeres
que no han tenido miedo a proclamar su fe y su amor a Cristo con riesgo de sus vidas.
Y no son ejemplos que pertenecen al pasado. En nuestros días, muchos cristianos
siguen sufriendo valientemente la prisión, la cárcel y la tortura a causa de su fe, en las
misiones o en países no cristianos. Pero también se requiere hoy día un gran valor para
ser cristiano en medio de nuestras sociedades occidentales en las que priva un modelo
de vida neopagano. El cristiano tiene que ser valiente para no dejarse arrastrar por esa
forma de vida, para proclamar sin miedos su fe en Cristo, para sufrir la calumnia, las
burlas y las incomprensiones de un ambiente lleno de hedonismo, de consumismo y de
permisivismo. Este es otro tipo de persecución moral, no cruenta, pero no por ello menos
demoledora, que es preciso afrontar con la audacia de la fe, de quien cree en las palabras
de Cristo: «Confiad. Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
El cristiano ha de ser valiente también para rechazar todo tipo de mal, especialmente
el pecado. Cuánta fuerza de espíritu se requiere para rechazar las insidias del mal que
brotan por todas partes. Sólo si, como Cristo, se afrontan con la oración y con una voluntad
decidida, se podrán superar. Pero la tarea del cristiano no es sólo la de rechazar al
mal. Él debe «vencer al mal con el bien» (Rm 12, 21). Y para hacer el bien hay que ser
muy audaz, valiente y decidido. ¡Cuántos dejan de hacer obras buenas en favor de la
Iglesia y de la humanidad por falta de valentía y de audacia, por respeto humano, por
miedo! ¡Cuántos proyectos buenos arrumbados, que se quedan sólo en papel, porque no
se han encontrado hombres y mujeres valientes, decididos a ejecutarlos! ¡Cuántas obras
de evangelización abandonadas porque falta quien tenga el valor de secundarlas y de
comprometer su vida en ellas!
El Santo Padre nos ha dado en numerosas ocasiones durante su pontificado un gran
ejemplo de hombre de valor que no tiene miedo a la critica ni a la posible contestación.
Él, como Cristo, sabe que debe proclamar la verdad sin detenerse a considerar si esta
será aceptada o rechazada, si el Evangelio será acogido o no por la cultura laica, si gustará
o no a los poderosos del mundo. No tiene miedo a proclamar la sacralidad de la
vida desde el primer momento de la concepción hasta el fin natural de la misma, a presentar
ante el mundo el esplendor de la verdad sobre Dios, de la verdad sobre el hombre,
de esos derechos inalienables que le son debidos a su dignidad de hijo de Dios. Él expone
sin ambages los valores de la familia, la ética cristiana sobre la sexualidad, la verdadera
fe católica. Predica con valor, oportuna e importunamente, las enseñanzas del
Evangelio, porque lo que importa en el fondo no es agradar a los hombres, sino cumplir
en todo y por encima de todo la misión de servicio a la verdad y al hombre que Cristo le
ha confiado.
Un valor unido al de la audacia es el del espíritu de iniciativa y la capacidad de emprender
obras grandes. Este gran país de América se ha distinguido desde su fundación
por haber contado con hombres y mujeres de una gran capacidad para proyectar y lanzar
nuevas obras, para mirar siempre al futuro, para pensar en grande. Estos son valores
muy importantes que es preciso mantener y cultivar. Cada uno construye con su iniciativa
personal, esa vida que recibe como don. No se nos da todo hecho. Debemos trabajar
y ser colaboradores con Dios en su obra creadora. Es, por lo tanto, imprescindible poseer
estos valores si queremos triunfar en la vida, cumpliendo con la misión que Dios
nos confía.
El hombre está llamado a progresar, a proponerse continuamente nuevos objetivos, a
realizar nuevas empresas. No hay espacio al conformismo. Conformarse con lo ya alcanzado,
tanto en la vida personal como en la vida familiar, profesional y social es retroceder.
La perfección a que somos llamados como hombres y cristianos tiene un límite
muy elevado: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,
48). El crecimiento es la ley de la vida humana y espiritual. No es aceptable una vida estancada
siempre en la misma posición. O se progresa o se retrocede. Esto es válido para
todos los campos de la vida humana. Lo saben muy bien los ejecutivos, los hombres de
negocios, los economistas, Esta ley humana tiene su traducción cristiana en la búsqueda
y consecución de nuevas metas en la santidad, en la puesta en marcha en nuevas formas
de apostolado y de nuevas obras apostólicas. El hombre maduro es, en este sentido, un
hombre inquieto que siempre busca mayor rendimiento y eficacia, puesto que él se rige
no por la ley del mínimo esfuerzo, sino por la ley del amor que busca siempre mayor
perfección en la donación al amado.
c. La constancia
Muchas empresas, grandes o pequeñas, muchos proyectos de vida, muchos buenos
propósitos e intenciones naufragan por falta de constancia y de perseverancia. Hay
quizás un esfuerzo inicial, un fuego de artificio, pero luego todo se precipita sin resultado
alguno porque no se supo poner un esfuerzo continuado. La constancia no es un valor
que a primera vista parezca demasiado importante, pero sin ella es imposible la obtención
de resultados en cualquier campo de la vida.
La edificación de un proyecto vital no es cosa de un día. Quien quiere construir la
vida con sólidos valores no puede poner un esfuerzo intermitente al vaivén de los estados
anímicos o de las circunstancias. No es posible levantar una gran empresa transnacional
en un día o en un mes. Es necesario la voluntad y el empeño tenaz de muchos
hombres que dediquen sus vidas a este proyecto. Por desgracia muchas obras quedan sin
concluir por falta de constancia. Hay, por ejemplo, jóvenes que inician sus estudios universitarios
y, después de un cierto tiempo, desanimados por las dificultades, los abandonan,
sin poder obtener el título que tanto buscaban. Algunos se formulan bellos propósitos
de superación y después de una jornada de reflexión o de un retiro y después de un
período inicial de cumplimiento, no tienen la fuerza de voluntad para llevarlos a cabo.
También hay cristianos que sueñan con ganar el mundo para Cristo pero, desanimados
por la oposición del mundo o por las persecuciones y dificultades no saben traducir sus
sueños en realizaciones efectivas para bien de la Iglesia.
La constancia es necesaria para culminar cualquier proyecto humano y también lo es
para conseguir el proyecto cristiano de santidad. De modo ordinario, la santidad no se
consigue de la noche a la mañana. Se requiere la dura prueba de la perseverancia en el bien, sortear muchas dificultades, estar dispuesto a volver a comenzar una y otra vez, un
día y otro día, sin desalentarse por los fracasos, por las derrotas parciales, por los problemas
que normalmente aparecerán a lo largo del camino. He conocido a muchas personas
que comenzaron con gran ilusión su camino de santidad cristiana. Todo parecía
marchar serenamente. Había generosidad para superar las dificultades y los sacrificios.
Pero poco a poco, el paso del tiempo fue entibiando el alma, el esfuerzo iba disminuyendo,
el amor se iba enfriando en el corazón, se iban abandonando poco a poco los medios
de perseverancia y al final, ese barco que parecía iba a llegar a buen puerto, naufragó
de modo estrepitoso por falta de lucha continuada, de estar día tras día renovando
el amor primero.
No es suficiente comenzar una obra, un proyecto o un propósito. Hay que concluirlo:
obra comenzada, obra concluida. En la formación de la constancia es imprescindible
contar con una voluntad fuerte que se acera con el sacrificio personal, no sólo con grandes,
pero aislados sacrificios, sino con pequeños actos de dominio de sí continuados,
puestos día tras día, hasta formar sólidos hábitos de conducta. Quien quiere seguir, por
ejemplo, un eficaz régimen alimenticio no estará todo un día sin comer, si al día siguiente,
va a consumir el doble. Es necesario hacer pequeñas renuncias continuadas a lo largo
de un periodo suficientemente largo para obtener resultados. Del mismo modo, quien se
propone seriamente una vida de santidad cristiana debe ser consciente de que si no persevera
en su empeño y si no lucha todos los días para conquistar ese ideal, no la podrá
conseguir. Cuando Cristo nos aconsejó tomar la cruz y seguirle, añadió, con gran finura
psicológica, «cada día» (Lc 9, 23). Por eso Él nos invita a perseverar en la oración, sin
dejarnos vencer por el cansancio (Lc 18, 1).


