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Autor: | Editorial:



Falsas argumentaciones contra la doctrina de la HV
Quiero indicar, por último, algunas falsas argumentaciones contra la doctrina central de la HV(cf. HV, 2-3.14).

1) La dificultad de la superpoblación mundial. Se viene diciendo, desde mucho antes de la publicación de la HV, que si no hay una seria reducción de la tasa de natalidad, nos enfrentaremos a un desastre demográfico por razón de la superpoblación del planeta. Es el argumento de la “Bomba P” (bomba población).

“En 1968 Paul Erlich predijo que antes de 1990 se acabaría la civilización humana, aplastada por el apabullante peso de seres diminutos que estaban naciendo a un ritmo excesivamente acelerado” (11).

Al margen de todas las demostraciones de la falsedad fundamental de tales afirmaciones, vale la pena señalar que el Pontificio Consejo para la Familia acaba de publicar una declaración de capital importancia en la que, después de recoger las investigaciones de 14 expertos internacionales, afirma que “desde hace 30 años, la tasa de crecimiento de la población mundial no deja de disminuir a un ritmo regular y significativo" (12).

Actualmente, 51 países, que representan casi la mitad de los habitantes del planeta (concretamente el 44 por ciento de la población mundial), no logran reemplazar a sus generaciones viejas. Las consecuencias son gravísimas desde el punto de vista sociológico, cultural, económico y geopolítico. Estamos marchando (y en algunos países ya han llegado) hacia el fenómeno de sociedades con escaso o mínimo número de jóvenes, que deben mantener con su trabajo el peso muerto de una gran población de ancianos y enfermos que requieren cada vez más cuidados y material médico.

Esto ocasiona numerosas consecuencias negativas, como el desequilibrio en los sistemas educativos de niños y jóvenes, que pasan a ser menos urgentes que el presupuesto para atender a los ancianos. A su vez, la debilitación en el sistema educativo encierra el riesgo de la pérdida de la memoria colectiva.

Por otra parte, el aumento de la edad media de la sociedad (cada vez es más alta) influye en el perfil psicológico de esas poblaciones: carácter sombrío, falta de dinamismo intelectual, económico, científico y social, falta de creatividad, pesimismo ante el futuro, etcétera.

Finalmente, el retorno al equilibrio suele buscarse, por reacción, en el recurso a la eutanasia: si el problema está ocasionado por la falta de jóvenes y el exceso de viejos... habrá que eliminar a los viejos que ya no presten utilidad a la sociedad. Así paga la sociedad a aquellos que cuando fueron jóvenes no fueron generosos con la vida: la anticoncepción es la antesala de la eutanasia activa.


2) Objeciones económicas. Se dice también que las dificultades económicas y educativas hacen muy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos. Esto es indudable, pero también es cierto que no se arregla imponiendo la limitación de los nacimientos, sino tratando de cambiar las nefastas condiciones sociopolíticas en que se encuentra la familia de nuestros días.

Es muy claro que muchas políticas familiares son básicamente antifamiliares. Y éste no es un problema de origen económico, sino ideológico, en el que se defiende y promociona una cultura a la que le molesta el concepto de la vida, de la fecundidad y de la familia…

¿Qué se puede hacer? Ante todo, no resignarse; los esposos y padres deben seguir confiando en la Divina Providencia, y las familias deben ayudarse mutuamente para promocionar familias numerosas y ayudar a las que lo son y no pueden mantenerse por sí solas.

Ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Lanzo esta invitación a cuantos trabajan en la edificación de una nueva sociedad en la que reine la civilización y el amor: defended, como don precioso e insustituible, ¡don precioso e insustituible!, vuestras familias. Protegedlas con leyes justasque combatan la miseria y el azote del desempleo y que, a la vez, permitan a los padres que cumplan con su misión. ¿Cómo pueden los jóvenes crear una familia si no tienen con qué mantenerla? La miseria destruye la familia, impide el acceso a la cultura y a la educación básica, corrompe las costumbres, daña en su propia raíz la salud de los jóvenes y los adultos. ¡Ayudadlas!En esto se juega vuestro futuro” (13).


3) Los cambios sobre el concepto de la mujer y del amor. “Hoy en día, suele también aducirse, ha cambiado el modo de considerar la personalidad de la mujer y de su puesto en la sociedad, así como el valor del amor conyugal” (HV, n. 2).

Es cierto que en el pasado la sociedad dio un énfasis muy exclusivista al rol de la maternidad en relación con la mujer, en el sentido de que el único propósito de la esposa era tener hijos. Se trata, evidentemente, de una verdad deformada.

Hoy se subraya más que antaño el lugar del amor conyugal en el matrimonio, como hace precisamente la HV, la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II y, sobre todo, la magistral enseñanza de Juan Pablo II (14). Pero esto no nos permite concluir en otra media verdad oponiendo amor a fecundidad. La maternidad sigue siendo el título de nobleza más alto para una mujer llamada a la vida matrimonial.


4) Un falso dominio sobre la creación. Algunos han sostenido que el dominio que ha logrado el hombre en todos los campos debería extenderse también a su cuerpo y a las leyes que regulan la transmisión de la vida, y esto, según ellos, es lo que propiamente haría la anticoncepción.

Sin embargo, no son cosas equiparables. El dominio sobre las cosas exteriores es un dominio sobre algo inferior al hombre y totalmente subordinado a él. En cambio, su cuerpo es parte de su misma persona.

Ciertamente que el hombre puede intervenir sobre su propio cuerpo (lo hace, por ejemplo, cuando se coloca un marcapasos, una prótesis o cuando se amputa un tumor), pero siempre con el respeto que debe a su persona, en orden a ayudarse a alcanzar los fines para los que ha sido creado y según la Sabiduría Eterna de Dios.

Con la anticoncepción el ser humano actúa sobre sus ritmos biológicos o sobre la estructura de su sexualidad sin motivaciones terapéuticas y con la intención de alterar los fines a los que naturalmente se ordenan estas funciones.

Mientras que un marcapasos o una diálisis tienen por finalidad que sus órganos desarrollen sus funciones normales en el organismo, la anticoncepción significa la destrucción de sus funciones sexuales. Son “dominios” diametralmente opuestos.

5) Algunos autores han querido justificar la anticoncepción apelando al principio del mal menor (15).Esta aplicación, han sostenido, tendría lugar por ejemplo, cuando una pareja que no puede recurrir a la continencia periódica (y, por tanto, sólo podría regular los nacimientos mediante la anticoncepción) tiene motivos graves para evitar un nuevo nacimiento.

En esta situación esa pareja se encuentra ante un conflicto de deberes: por un lado la necesidad de evitar un nuevo nacimiento y, por otro lado, la imposibilidad de una continencia absoluta que expondría a serios riesgos el amor conyugal o la mutua fidelidad. En este caso, concluyen los defensores de este principio, estos cónyuges deben elegir con libertad y tranquilidad el mal menor que sería la anticoncepción.

El Papa Pablo VI rechazó explícitamente esta argumentación (cf. HV, 14). Se trata de una falsa aplicación del principio del mal menor. Cuando se trata de actos intrínsecamente malos, el principio del mal menor autoriza a “tolerar” a veces el mal que otros hacen o nos hacen, es decir, no obliga siempre a impedir que otros hagan un mal, pero no acredita para que uno mismo haga el mal.

Ante la posibilidad de elegir el mal, nuestra conciencia debe regirse por uno de los primeros principios de la moral: malum est vitandum (hay que evitar el mal); y sobre los primeros principios no caben excepciones. Aquello que es inmoral por su misma naturaleza, no se hace bueno porque exista la posibilidad de que sucedan males peores, y mientras siga siendo malo jamás podrá ser objeto de elección de un acto bueno y lícito.

6) Finalmente, alguno ha preguntado si no podría admitirse que la finalidad procreadora pertenece al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de sus actos; es decir, si no podría justificarse la anticoncepción por medio del principio de totalidad.

Con esta argumentación, en un matrimonio que ha dado lugar a la fecundidad en su proyecto matrimonial (por ejemplo, ya ha tenido varios hijos o piensa tenerlos, pero más adelante) no podrían considerarse como anticonceptivos algunos actos singulares. Sólo serían tales los de una pareja que excluya totalmente los hijos de su proyecto matrimonial.

Responde a esto la misma encíclica diciendo que “no se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos... el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después, y que, por tanto, compartirían la única e idéntica bondad moral”(HV, 14).

El primero que sostuvo esta aplicación del principio de totalidad fue E. Schillebeeckx (16). Contra esto, el n. 11 de la HVdice Quilibet matrimonii usus, cualquier acto matrimonial: cada uno de ellos singularmente considerado, debe quedar abierto a la vida.

William May, que fue uno de los que en 1968 firmaron el manifiesto de Washington, apoyándose, entre otras cosas, en este principio, confesaba 25 años más tarde: “Comencé a arrepentirme casi inmediatamente... Comenzaba a notar que si la contra-concepción era justificable, entonces debía justificar también la inseminación artificial, la fertilización in vitro y todas las ‘técnicas’ reproductivas que prescinden del acto conyugal. Al año siguiente llegué a la conclusión de que los argumentos usados para respaldar la contra-concepción podían amparar también todo tipo de comportamiento sexual. En 1970 tuve la confirmación de este pensamiento cuando se editó el libro de Michael Valnt, Sex: the radical view of a catholic theologian, que defendía incluso la homosexualidad”(17).

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