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Introducción
1. LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL COMO PARTE DE LA PASTORAL
La dirección espiritual se inserta dentro de la pastoral. La teología pastoral es la teología del oficio y funciones de pastor de la Iglesia. Esta función implica una gran diversidad de actividades, programas y dimensiones de la parroquia, de las comunidades, de grupos, etc. Hay que conducir a la comunidad cristiana de hoy con metodologías actualizadas. No hace falta decir que las presuponemos y que hay que exigirlas.

Es importante caer en la cuenta de que la dirección espiritual está dentro de ese complejo; ni sustituye a lo demás ni es sustituida por lo demás. Es un carisma concedido a la Iglesia. A la luz del Espíritu, el verdadero carisma conoce claramente su propia función y su propia relatividad. Ni se opone a otros carismas ni tiene pretensiones de ser el único. La dirección espiritual será, pues, una acción concreta parcial en el conjunto de la tarea pastoral, aun cuando quizá sea la principal —y aun quizá la única— de algunos de los que tienen parte en el cuidado pastoral.

Nuestro objetivo no es el de describir la compleja guía de toda una comunidad eclesial o parroquial, sino que nos referimos a un posible campo reducido dentro de ella: la ayuda personal a quienes, deseosos dé mayor perfección, la solicitan. Aunque éstos fueran pocos. Explicaremos su fundamento, sus componentes, sus líneas de desarrollo, sus dificultades, para quienes sienten deseos de prepararse a prestar este tipo de ayuda espiritual cristiana.

El concilio Vaticano II recuerda explícitamente esta misión concreta del sacerdote en la Iglesia: «Examinando si los espíritus son de Dios, descubran con sentido de fe, reconozcan con gozo y fomenten con diligencia los multiformes carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos. Entre otros dones de Dios que se encuentran abundantemente en los fieles, son dignos de singular cuidado aquellos por los que no pocos son atraídos a una más alta vida espiritual» (PO 9b). La dirección espiritual se preocupa del desarrollo espiritual de esos dones que no pocos reciben, y atiende a quienes solicitan su ayuda para llegar a una vida espiritual más alta.
Consiguientemente, también, desde el punto de vista de disciplina científica, el tratado de dirección espiritual es parte del tratado general de teología pastoral´. De hecho pertenece a la teología pastoral esencial y específicamente, y no sólo de manera accesoria y subordinada.

Es teología, puesto que su doctrina la toma directa e inmediatamente de. la regla y de las fuentes de la fe: Escritura, Magisterio, Padres, Doctores. La doctrina de la dirección espiritual está íntimamente ligada a los misterios de la fe.

Es pastoral, porque se ordena intrínseca e inmediatamente a la salvación de los hombres.

2. LA CRISIS ACTUAL DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL
Hoy se percibe una verdadera crisis de dirección espiritual en algunos niveles. No es aceptada en algunos ambientes, no está de moda. Hubo un tiempo no lejano en que era de buena nota tener dirección espiritual, y todo el mundo que se tenía en algo decía tenerla. Como en otros aspectos de la vida cristiana, se había llegado a una generalización multitudinaria, como etapa última de un proceso de acentuación de su importancia y utilidad para la vida espiritual. Hoy no. Ni es prudente hablar a la masa de dirección, ni, en general, a los jóvenes. Este hecho puede representar una ventaja, en cuanto que hoy la dirección solicitada y mantenida tiene más probabilidades de ser auténtica.

Hay que examinar las camas de esta crisis, para corregirlas, si fuera posible2.2 Se advierte de hecho que ese desprestigio y crisis no cae sobre otros fenómenos análogos, como son los maestros de yoga, los procesos psicoanalistas, los «gurús» orientales, las experiencias psicológicas, etc. Más aún, semejantes maestros son positivamente buscados y solicitados. Semejante fenómeno está delatando un vacío que se pretende rellenar, con peligro de tendenciosidad3, cuando podría satisfacerse por el camino de una dirección espiritual auténtica.
Constatada la existencia de esa especie de contradicción, vamos a exponer lo que parecen ser causas de la crisis:

1. Desilusión biográfica
Están hoy en crisis, particularmente, quienes tuvieron una dirección, y se preguntan ahora si fue realmente fructuosa o no, más bien, deformante. Son sacerdotes, religiosos, religiosas, estudiantes de teología, que no ven para qué sirve una dirección espiritual. Esto nos indica que la crisis procede de una cierta reacción biográfica de la persona como resultado de experiencias desilusionantes, a las que se añade ahora el nuevo enfoque de algunas doctrinas y las nuevas formas y circunstancias del vivir cristiano. La reacción puede llegar al extremo de hacer brotar un sentimiento de liberación, «contestando» la utilidad y conveniencia de la dirección.

Los elementos deformantes que pueden estar en el origen de esas desilusiones podrían ser los siguientes, sobre todo si van unidos:
El dominio por parte del director.—Tiene el dirigido
la impresión de haber sido víctima de un cierto absolutismo, de un verdadero dominio personal ejercido por el director sobre él. Es una deformación comprensible y admitamos que no rara. La dirección espiritual es ocasión tentadora de dominio. Se puede llegar a pensar que la dirección es todo, que el director debe ordenar cuanto hay que, hacer. Y, más tarde, el dirigido tiene la impresión de haber sido un juguete del director, como un número, como una persona llevada hacia un modelo
preexistente, y no como una persona que realiza su propia personalidad única en los planes de Dios. Y ahora se libera y detesta cuanto diga y recuerde dirección espiritual.

Imposición generalizada desde la infancia.—No ha es
cogido el director, sino que se le impuso desde muy pronto.
No ha gozado de una elección libre y responsable. Era común,
era de todos.
Dirección demasiado centrada en el director sólo.—
Una dependencia vertical muy fuerte, con descuido de otras
relaciones: comunidad, familia, Iglesia, mundo. No se integró
al dirigido en todo el orden eclesial y humano.

2. Tendencia a los grupos
A la desilusión biográfica hay que añadir hoy la tendencia a formar grupos con dos notas características:

a) Exigencia de igualdad.—No se admite una autoridad, ni guía autorizada de la Iglesia, ni del obispo, ni del sacerdote. Todos se consideran iguales.

Esto, en cierto sentido, es recto, en cuanto todos somos teológicamente iguales delante de Dios: hijos de Dios; pero se desconoce que no somos iguales, sociológica ni eclesialmente, en lo que se refiere a funciones, ministerios y autoridad comunicada por Cristo. Ni somos iguales en conocimientos y experiencias con la autoridad moral que comportan.

b) Exigencia de liberación.—Frecuentemente, en la tendencia a formar grupos hay un deseo de liberación de la dependencia vertical, que se debilita. En este sentido puede ser algo muy positivo.

Pero se debe evitar la total rotura de la dependencia vertical y que no se haga una trasposición de ella a la dependencia horizontal. Porque quien estaba sometido a un absolutismo vertical encuentra en el grupo una liberación; pero observamos con frecuencia que el joven se independiza de sus padres al entrar a formar parte del grupo, pero no raras veces entra a depender de los compañeros tanto o más de lo que dependía de sus padres. Y no tiene libertad interior. Esto puede ser poco positivo y hasta dañoso, creando unos condicionamientos serios. Puede llevar a un cierto quietismo psicológico y moral, a una inactividad personal, dejándose simplemente llevar.

Y hasta tiene el peligro, no puramente imaginario, de quedar en una forma de adolescencia permanente, sin maduración. Esto último sucede cuando el grupo es llevado al ritmo de las vicisitudes adolescentes, en lugar de enriquecerse simplemente con la dosis de novedad y frescura de vida que esa adolescencia debe aportar.

En la integración de la tendencia agrupativa en el campo concreto de la dirección espiritual, téngase presente el principio obvio de que el grupo enriquece mucho en dos sentidos: en cuanto aporta diversidad de reacciones, de sujetos, de experiencias, y en cuanto aporta caminos de solución y medios de formación y desarrollo.

En el primer sentido, siempre puede enriquecer la aportación sincera de diversos sujetos. Pero, en cambio, en el segundo sentido, el grupo enriquece sólo cuando está formado por personalidades ricas, maduras, formadas relativamente en aquel aspecto en el que se busca la agrupación. En lo que se refiere a formación, orientación, etc., el grupo es un interrogante potenciado por el número de sus componentes. Determinar en grupo la técnica para una operación quirúrgica sin haberse introducido antes personalmente en el estudio de la medicina, sería imprudente. En cambio, sería muy útil la consulta previa de quirurgos bien preparados.

Pero sería igualmente imprudente aislarse del grupo formador o no atender la dimensión agrupativa del dirigido y la vivencia espiritual del grupo. No en vano se ha estimado tanto como elemento formador la convivencia comunitaria en la vida de los seminarios siguiendo el ejemplo formativo de Cristo con el grupo de los Doce. En la dirección espiritual es necesario, particularmente hoy, atender debidamente a la dimensión agrupativa, desarrollándola en sus justas medidas y haciéndola objeto de animación y purificación.

3. Crisis de paternidad
La crisis de la dirección espiritual participa del fenómeno conocido hoy como «crisis de paternidad», rechazo de la idea de «padre», que, después de una revolución radical, está volviendo hacia una nueva forma 5 5 .
Correspondientemente, en la línea de dirección espiritual jugaría la idea de que la Iglesia trata de imponerse tratando a sus fieles como niños. Ella no debe hacer de maestra de escuela de párvulos; los hombres se bastan a sí mismos interpretando por sí mismos el Evangelio.

Se ignora que la actitud de la Iglesia no es un paternalismo abusivo, que se arroga el título de estar mejor formada para imponer su propia interpretación en un corro de lectores iguales, sino que se trata de la custodia y fidelidad a un mensaje que se le ha confiado con el encargo de transmitirlo con lealtad y humildad.

3. IMPORTANCIA ACTUAL DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL
El concilio Vaticano II ha confirmado la enseñanza tradicional sobre la importancia y valor de la dirección espiritual. Hablando de los seminarios, dice que la formación se ha de

llevar a cabo principalmente con la ayuda del director espiritual (OT 8); recomienda a los sacerdotes que tengan en gran estima la dirección espiritual (PO 18); manda que en los religiosos sean escogidos los maestros de espíritu (PC 18); que en las universidades haya personas bien preparadas que se interesen permanentemente por la formación espiritual de la juventud (GE 10). Por otra parte, aceptada la existencia de una crisis seria en la dirección, hay que aΖadir con toda lealtad que el problema se da, sobre todo, en quienes tratan de ella a manera de curiosos o aficionados en estas materias, sin haber sentido el impulso interior fuerte de la gracia. Uno de los elementos característicos de la experiencia espiritual fuerte en la conversión afectiva suele ser precisamente la búsqueda de una guía iluminada y exigente. Los que seriamente se comprometen en las ascensiones arduas de la vida espiritual, sienten la importancia de la dirección y la buscan. Hoy se vuelve a sentir en muchos ambientes la necesidad de guías espirituales 6. 6 Y son muchos los seglares, conscientes de su vocación a la santidad proclamada por el concilio Vaticano II, que se lamentan de no encontrar quien con competencia les ayude en este camino.

La dirección espiritual tiene suma importancia en-el camino hacia la santidad cuando quiere uno vivir intensamente el progreso espiritual. En efecto, es un campo en sí mismo muy delicado y difícil. Si sería imprudente introducirse en el campo de la medicina y cirugía sin la cercanía personal de una persona perita que le acompañe, cuánto más en el campo del progreso espiritual, donde hay tantas delicadezas y tan sutiles obstáculos del egoísmo y del demonio.

Y si hoy es necesaria e importante la dirección espiritual, lo es, consiguientemente, la doctrina sobre la dirección y la formación de buenos directores espirituales.

Indicábamos que las crisis actuales son de carácter biográfico, frecuentemente, fruto amargo, a veces explicable, de experiencias vividas. Ésto nos está indicando la necesidad de ayudar a la formación de verdaderos maestros de espíritu, que en lo posible estén a la altura de su cometido.

Echando una mirada retrospectiva, podríamos descubrir tipos de directores que en perfecta buena fe han realizado una forma de dirección menos afortunada, quizá por falta de iluminación oportuna. Sería ofensivo e injusto el generalizar demasiado estas deformaciones. Pero tampoco hay por qué silenciarlas.

Hemos conocido directores espirituales que, apoyándose en su gracia de estado, han creído que lo sabían todo, que no necesitaban ponerse continuamente al día, que no mostraban duda alguna en cuanto se les preguntaba. Incluso creían que era una pérdida de autoridad el pedir, en ocasiones, un tiempo para reflexionar, consultar y estudiar.

Ha habido quienes imponían su autoridad inapelablemente, llevando a mal y considerando falta de sumisión y espíritu de fe el que el dirigido presentara sus motivos de duda o de incertidumbre acerca de la solución sugerida. Consiguientemente, consideraban mejor cristiano al que no proponía nada en la dirección.

Ha habido quienes todo lo arreglaban con la oración, sin llegar a afrontar sinceramente las situaciones psicológicas conflictivas y los problemas humanos reales bajo los que se hallaban abrumados sus dirigidos. Recurrían fácilmente a la interpretación de falta de generosidad en cuantos interrogantes se planteaba el dirigido.

Ni han faltado quienes han considerado a sus dirigidos como algo muy suyo, donde ellos podían ir estructurando sus propios, deseos e ilusiones, llegando hasta ser víctimas de verdaderas celotipias espirituales e impidiendo con aparentes motivos espirituales el que ellos mantuvieran la necesaria libertad de espíritu.

Podríamos multiplicar los rasgos de algunas deformaciones de la dirección. Pero bastan las sugerencias hechas para comprender lo fácil que es desviarse. Y muy frecuentemente por falta de ser instruidos a tiempo.

Con esta serie de observaciones no pretendemos desprestigiar la dirección espiritual ni sembrar desconfianza hacia ella. Podemos, sin duda, encontrar deformaciones, no menos frecuentes, en la tarea educativa de los padres de familia. Pero sería injusto deducir de ahí que los padres no deben chuparse de la educación de sus hijos. La verdadera conclusión es que los padres deben sentir la responsabilidad grande que pesa sobre ellos y la necesidad que tienen de prepararse convenientemente a su misión educadora buscando las ayudas necesarias.

Es la misma conclusión que queremos apuntar nosotros. La dirección espiritual es una tarea sumamente importante y delicada. Requiere una seria preparación. Sería un gran don de Dios a la Iglesia el que le concediera una generación de directores espirituales iluminados, verdaderos maestros de espíritu para nuestro tiempo. Serían artífices eficaces de la Iglesia actual. Es ésta una constante preocupación de los´ hombres de visión en la Iglesia´.

Hoy día particularmente hay obstáculos especiales, que provienen de un pelagianismo camuflado y de un quietismo angelista. Pelagianismo que se muestra en una confianza ilimitada en la organización, en los medios modernos, en las planificaciones, con marginación de la oración o a veces con extensión del pelagianismo a la oración misma; su nota característica es la desestima y descuido de la docilidad personal e íntima a Dios. Y quietismo angelista, que, resaltando la dependencia de Dios, se cruza de brazos, esperando todo de Dios, sin colaborar eficazmente con él. Hay tendencias insistentes a la horizontalidad o verticalidad extremas; tendencias que encuentran su expresión más aguda en el campo precisamente de la conciencia espiritual y del progreso espiritual de la vida cristiana.

Es urgentemente necesario poner al día los propios conocimientos al ritmo de la doctrina de la Iglesia.

4. CARÁCTER INCIATORIO DE NUESTRO TRATADO
Nuestra intención es introducir al lector en el campo riquísimo del arte de la dirección espiritual, que tan larga tradición tiene en la Iglesia´. Nos esforzaremos por llegar hasta las fuentes mismas, sobre todo teológicas, a fin de penetrar en la naturaleza de la dirección.

Nos gustaría acertar a dar al tratado no sólo el valor de un esquema válido de doctrina, que también procuraremos presentar, sino, sobre todo, el valor de introducción a los tesoros dé la doctrina sobre dirección, entre los cuales tiene puesto de preferencia la Sagrada Escritura´. Es necesario que el buen director esté impuesto en el conocimiento de la Escritura, sepa servirse de ella fructuosamente y conforme a ella su oficio.

Junto con la Sagrada Escritura, tendremos en particular estima el magisterio formal de la Iglesia en sus diversas formas y grados.
Recurriremos también a los autores santos y probados, que sean verdaderas fuentes y no simples riachuelos.

Fuente técnica e intrínseca es la doctrina de la vida espiritual, que en este estadio suponemos fundamentalmente conocida y de la que nuestro tratado es, en cierta manera, coronación y no simple conclusión. En este sentido, cuando haga falta, bastará asumir y recordar las conclusiones de la teología espiritual, sin necesidad de volverlas a desarrollar. Pero es necesario completar aquella doctrina con este tratado, a fin de prepararse mejor al oficio y ministerio de dirección.

El tratado será teórico y práctico, ya que ambos aspectos tiene la teología. Pero en ambos campos nos quedaremos en la línea de determinación de los1 principios con que se formen criterios rectos.
La doctrina misma ascética y direccional la propondremos no a la manera que hay que exponerla directamente al fiel en la dirección personal concreta, sino técnicamente, como dirigida a los directores. Es decir, el tratado no lo escribimos para uso de los ascetas, sino para uso del moderador de los ascetas. Como un tratado de medicina no es para uso de los enfermos, sino de los médicos.

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