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Introducción
Las «vocaciones»

Todos los cristianos han recibido de Dios no solamente la vocación cristiana genérica, sino también una vocación específica, que ha de configurar su vida. Sin embargo, cuando hablamos sin más de «las vocaciones», entendiendo éstas por antonomasia, solemos referirnos a las vocaciones sacerdotales y religiosas. Éstas no siguen la vocación general primera -«creced y multiplicaos [familia] y dominad la tierra [trabajo]» (Gén 1,28)-, sino que nacen de un impulso particular de la gracia, es decir, de una especial llamada de Dios: «Tú, déjalo todo, ven y sígueme».
Pues bien, en este sentido más característico hablaré de «las vocaciones», y concretamente de las causas de su escasez. Y al decir «las Iglesias», me referiré a las Iglesias locales, las diócesis o Iglesias particulares.

Las vocaciones en la Iglesia universal

La Iglesia Católica está hoy formada por 976 millones de fieles. De ellos, en cifras redondas, 30 % viven en Europa, 50 % en América, 10 % en Africa, 10 % en Asia, y 0´6 % en Oceanía.

Pues bien, un estudio reciente muestra que entre 1970 y 1994 el número de las vocaciones sacerdotales aumenta en el conjunto de la Iglesia, y disminuye en Europa, Norteamérica y Canadá: los seminaristas mayores pasaron en ese período de 72.991 a 105.075. Adviértase que estas cifras no son evaluadas en relación al crecimiento de la población y de los católicos en ese tiempo -dato importante-; pero señalan, en todo caso, un aumento decisivo de las vocaciones en Africa (1970: 3.470 seminaristas; 1994: 17.125) y en América Hispana (1970: 5.041; 1994: 17.808). (L’Osservatore Romano, 22-VII-1996, según los datos del Annuario Pontificio).

Estos informes, y otros referentes, por ejemplo, a la evolución de la práctica sacramental en el pueblo cristiano, hacen pensar que la Iglesia Católica va disminuyendo mucho en los países ricos, de antigua filiación cristiana, al mismo tiempo que crece notablemente en los países pobres, que fueron evangelizados por aquéllos.

Escasez de vocaciones en la Europa descristianizada

En este escrito vamos a examinar la situación de las vocaciones en Europa, en ese 30 % de la Iglesia universal. Sin embargo, no pocas de las consideraciones que se irán haciendo valen para otras Iglesias de condiciones semejantes. Y en todo caso, al menos como aviso, sirven, creo yo, para todas.

En la Redemptoris missio (1990), al señalar Juan Pablo II, entre otros graves fenómenos negativos, «la descristianización de países cristianos, la disminución de las vocaciones al apostolado» (36), sugiere una conexión objetiva entre ambos males. En efecto, como veremos a lo largo de diversos análisis, hay un nexo indudable entre la escasez de vocaciones y la apostasía, al menos práctica, de gran parte de esos pueblos ricos descristianizados.

Riqueza y descristianización

Alguno podrá decir «a más riqueza, menos vocaciones». Y es cierto que esa relación es verdadera, pero no siempre es necesaria y suficiente. Que es verdadera lo vemos en el mismo Evangelio, en la escena del joven rico, llamado por el Señor para que lo dejase todo y se fuese con él: «se puso triste [y no le siguió], porque era muy rico» (Lc 18,23). Eso que sucedió en una persona, estaría sucediendo ahora en muchos pueblos ricos de antigua filiación cristiana. De hecho, es un dato indiscutible que la espectacular curva ascendente de las riquezas coincide, en los mismos pueblos y tiempos, con la impresionante curva descendente de las vocaciones. ¿Pero es bastante esta consideración para explicar la gravísima escasez de vocaciones en las Iglesias de los países ricos? No, pues la historia de la Iglesia ha conocido pueblos ricos con abundancia de vocaciones apostólicas.

También podría decirse que «la escasez de las vocaciones no es sino un reflejo de la descristianización del pueblo». Y hay en esto no poco de verdad, es cierto; sin embargo, no se ve proporción entre el grado de descristianización del pueblo y el grado, mucho más acentuado, de escasez de vocaciones... Parece, pues, que, con ésas, tiene que haber otras causas.

¿Cómo ha podido suceder?

¿Cómo las Iglesias que hasta hace unos decenios enviaban a todo el mundo sacerdotes y religiosos misioneros apenas tienen hoy vocaciones para atender las propias necesidades pastorales más apremiantes? ¿Por qué, cómo ha sucedido esto?... El problema es de tal magnitud que debe condicionar hoy todos los planteamientos doctrinales y prácticos de estas Iglesias.

No puede remediarse un mal si no se conocen bien las causas de donde procede. ¿Cómo es posible que en tantas Iglesias, y durante decenios, se haya producido una carencia de vocaciones tan generalizada y persistente que llega a comprometer la misma perduración de las Iglesias locales afectadas?...

Hay muchas Iglesias en Europa que, en los últimos treinta años, han visto reducirse en un 40 % el número de los cristianos practicantes, y en un 65 % el de vocaciones. Y enotras Iglesias de situación semejante a las de Europa ha sucedido más o menos lo mismo.

En los Estados Unidos, por ejemplo, las religiosas se han reducido a la mitad en unos veinticinco años: han pasado de 181.000 (1966) a 92.000 (1993), al mismo tiempo que el número de católicos aumentaba. En Francia, entre 1966 y 1991, abandonaron el ministerio unos 6.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, aunque otros cálculos hablan de 8.000. Todo eso significa cierre de parroquias y conventos, abandono de escuelas, colegios y obras apostólicas, supresión de centros asistenciales, renuncia forzosa a las misiones... Pues bien, ¿exigir un análisis profundo del modelo de vida religiosa y sacerdotal que en esos años ha ido prevaleciendo allí, con tan tremendos resultados, será un catastrofismo temerario e involucionista?

Si en treinta años se han secularizado unos 80.000 sacerdotes, la gran mayoría de ellos en Occidente, ¿será superfluo que la Iglesia trate de detectar las actitudes doctrinales y prácticas -sobre la figura del sacerdote, la visión del mundo moderno, la actitud ante la Tradición y el Magisterio, etc.- que, habiendo prevalecido durante estos años en Occidente, parecen ser la única explicación posible de tan gran tragedia? ¿La honesta investigación de las causas habrá de ser calificada de pesimismo morboso y de lamentable actitud masoquista? ¿O es que no se trata de una gran tragedia, dirá alguno, sino de una crisis pasajera sin mayor importancia? Y además, después de todo, «que la Iglesia crezca o disminuya en el mundo no es cosa que tenga mayor importancia. Lo importante es que esté sana y fuerte»... ¿Pero es posible que una Iglesia sana y fuerte esté en progresiva disminución, tanto en el número de fieles como en el de vocaciones?...

¿Conviene hacerse estas preguntas?

La escasez de vocaciones es un fenómeno eclesial muy grave y negativo. Y no podrá enfrentarse adecuadamente si no se conocen suficientemente sus causas. Sin embargo, de hecho, la búsqueda de las causas de la escasez de vocaciones es un tema tabú. Son muchos los que parecen decididos a eludirlo, como si pensaran: «Bastante preocupados estamos con la escasez misma de las vocaciones, y con sus graves consecuencias pastorales, como para que además hubiéramos de ponernos ahora a investigar sus causas. Ya no nos faltaba más que eso».

Esta actitud, convendrá reconocerlo, es suicida. ¿Por qué esta gravísima cuestión no se plantea de frente, buscando hasta las causas últimas, a veces las más decisivas y las más ocultas? ¿Es que tenemos miedo a conocer la verdadera explicación de la escasez de vocaciones?... Es duro suponer ese miedo. En este o en cualquier otro tema ¿desde cuándo el conocimiento de la verdad es temible para «la Iglesia del Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,9)?

El cardenal Pío Laghi, presentando el «Congreso sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada», que se celebrará en Roma, en mayo de 1997, dice: «Un análisis de la situación anual en Europa demuestra una crisis de vocaciones persistente. Las causas de este triste fenómeno son múltiples, y tenemos que afrontarlas con vigor, especialmente aquellas cuyo origen se puede encontrar en una aridez espiritual o en un comportamiento de disentimiento corrosivo».

Causas y culpables

Convendrá decirlo abiertamente. Buscar las causas de la ausencia de vocaciones es una empresa extraordinariamente delicada, estando vivos aún en las Iglesias aquéllos que en los últimos decenios -profesores de teología, formadores de seminarios y noviciados, pastores y superiores mayores y menores- han dado las principales orientaciones en materias doctrinales y prácticas. El problema es real: ¿cómo distinguir las causas de los causantes? ¿Cómo evitar que la investigación de las causas de la escasez de vocaciones venga a convertirse en una inquisición de los culpables principales de la misma?

El peligro es verdadero, sin duda, y habrá que hacer todo lo posible para no caer en él. No busquemos culpables. «¿Quién eres tú para juzgar al siervo ajeno?» (Rom 14,4). ¿Quién estará en condiciones de tirar sobre los presuntos culpables «la primera piedra» (Jn 8,7)?. Por lo demás, la comunión de los santos implica profundas conexiones de méritos y de culpas. A veces, en un cuerpo humano, la cabeza no discurre bien o no actúa porque el corazón no le envía suficiente sangre, o porque brazos o piernas están paralizados. Y eso mismo pasa a veces en el cuerpo de las Iglesias. No nos juzguemos, pues, los unos a los otros, que el que ha de juzgarnos es sólamente el Señor (1Cor 4,3-4). Y más nos vale que así sea.

No busquemos culpables; pero busquemos las causas. Por otra parte, ofenderíamos a esos hombres principales de Iglesia con sólo suponer que quizá están más interesados por su propio prestigio que por el bien del pueblo cristiano; es decir, que «aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn 12,43). Y en todo caso, no investigar las causas de graves fenómenos negativos de las Iglesias por temor a ofender presuntas susceptibilidades personales sería una caridad falsa, sólo aparente.

Las Iglesias necesitan urgentemente conocer y reconocer las causas de la ausencia de vocaciones apostólicas, para poner a ese grave mal los remedios necesarios. No es posible demorar por más tiempo el análisis profundo de las causas de un mal que va generando cada vez mayores males.

Heterodoxia y heteropraxis, causas principales

El brusco y persistente fenómeno de la escasez de vocaciones en ciertas Iglesias locales ha de tener como causa principal la acción de algunos errores doctrinales y prácticos, no suficientemente neutralizados. No se puede explicar en otra clave lo que en ellas está sucediendo.
Ésta es la tesis de André Manaranche, S.J., en su libro Querer y formar sacerdotes (Desclée de Brouwer, Bilbao 1996; ed. francesa, Fayard 1994). Explica en clave doctrinal las causas de la escasez de vocaciones al sacerdocio presbiteral.
Sabemos, en efecto, que «el justo vive de la fe», y que «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (Rom 1,17; 10,17). Por tanto, cualquier infidelidad a la palabra de Cristo en la predicación, produce graves deficiencias en la fe del pueblo, y consecuentemente en su vida. Y ha de ser la causa principal de la escasez de vocaciones. Pienso que ésta es la interpretación más cierta, sobre todo cuando el fenómeno aludido se produce en Iglesias antes abundantes en vocaciones.
Si en una Iglesia el número de los cristianos practicantes se reduce en pocos años a la mitad y las vocaciones apostólicas casi desaparecen totalmente ¿cuál es la bomba atómica, en el orden espiritual de las ideas, que ha podido producir ese desastre? ¿Cómo sin una brusca difusión de graves errores, podría explicarse por otras claves un fenómeno eclesial semejante? ¿Qué puede haber en la Iglesia de Cristo, fuera del error, capaz de causar tantos males en tan poco tiempo?...

Sin una generalización de graves falsificaciones de la fe católica, no puede explicarse una esterilidad de tal grado en el florecimiento normal de las vocaciones apostólicas. En otras épocas y lugares se han producido crisis de gran decadencia moral, que sin embargo no han sido suficientes para cortar el flujo de las vocaciones, porque, a pesar de todo, no se quebrantaba la fe. Es principalmente la falsificación o el silencio de grandes verdades de la fe lo que produce la disminución acelerada de la práctica religiosa y la desaparición de las vocaciones.

Las circunstancias psico-sociales

Algunos quizá estimen simplista atribuir la causa principal de la escasez de vocaciones a la falta de fidelidad doctrinal y espiritual, pues ese diagnóstico ignoraría otras muchas causas de orden psico-sociológico, actualmente vigentes, que son determinantes en el tema que nos ocupa: el descenso de la natalidad, el paso demográfico del campo a la ciudad, la diversificación de alternativas para una entrega altruista, y tantas otras.
Desde luego, no es fácil ignorarlas, entre otras cosas porque a ellas suele atribuirse, una y otra vez, la escasez de vocaciones. No hace falta, pues, abundar en ellas, pues ya se dice bastante.
Hay que creer, sin embargo, que las causas principales de la ausencia de vocaciones pertenecen al orden de la fe y de la vida espiritual, como he dicho; y que esas circunstancias -más que «causas»- psico-sociales en forma alguna son determinantes. Y pueden darse dos razones de esto:

1. «La intervención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva» a toda circunstancia personal o social, enseña Juan Pablo II, y esa «primacía absoluta de la gracia en la vocación encuentra su proclamación perfecta en la palabra de Jesús: "no me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros" (Jn 15,16)» (exh. ap. Pastores dabo vobis 36; 1992). La acción sobrenatural de la gracia es más fuerte que todas las circunstancias naturales.

Eso explica que una relativa abundancia de vocaciones se dé hoy en Iglesias que viven en las mismas circunstancias que otras muchas que no las tienen. Y de hecho, en la historia, ha habido vocaciones en Iglesias que vivían en pueblos ricos o pobres, cultos o ignorantes, oprimidos o libres, en paz o en guerra.

2. Las circunstancias negativas para las vocaciones proceden normalmente de graves deficiencias doctrinales o morales -si no exclusivamente, sí principalmente, como la extrema reducción de la natalidad-. No son, pues, meras circunstancias psico-sociales neutras.

En este sentido señala Juan Pablo II que «no sólo los bienes materiales pueden cerrar el corazón humano a los valores del espíritu y a las exigencias radicales del Reino de Dios, sino también algunas condiciones sociales y culturales de nuestro tiempo pueden representar no pocas amenazas e imponer visiiones desviadas y falsas sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma comprensión» (Pastores 37).

Respuestas eclesiales insuficientes

Ciertas respuestas eclesiales a la escasez de vocaciones, aunque son verdaderas, son insuficientes: «Hoy estamos en la diócesis la mitad del número de sacerdotes que había hace treinta años, y en diez años habrá la mitad que ahora. Hemos de tener valor, hecho de confianza en Dios, para mirar la realidad como es. Y como hemos de prever que sea. Por otra parte, hemos de poner nuestro empeño actual en que las situaciones nuevas que se avecinan tengan también efectos positivos. Los laicos, concretamente, han de asumir unas nuevas responsabilidades y funciones, que han de suscitar su crecimiento espiritual y apostólico. Y la Iglesia será más reducida, pero más intensa y auténtica, menos apoyada en estructuras socio-religiosas ambientales».

En esos planteamientos hay, sin duda, verdad y esperanza. Pero son incompletos. Faltan grandes verdades y esperanzas, o quedan éstas insuficientemente afirmadas. ¿Y si la disminución de la Iglesia, en fieles y en vocaciones, es un proceso que continúa indefinidamente en la misma dirección, al no ser localizadas y neutralizadas las causas que lo están produciendo? El número de pastores, en diez años, será la mitad que hoy. ¿Y si en veinte es la mitad de la mitad, y en treinta la mitad de la mitad?... Por otra parte, ¿a menos sacerdotes, laicos más preparados y responsables? ¿A menos pastores, un rebaño más unido? ¿Vamos por ese camino sólamente a un cambio en «el modelo» de esas Iglesias, o nos dirigimos -sin miedos ni alarmas: «todo está bajo control»- hacia su casi-extinción?
Y sobre todo, ¿hemos de considerar en las Iglesias esos procesos históricos como «irreversibles», como «imparables»? Así pensaba de la ruina de Occidente y de su propio crecimiento el difunto marxismo, siguiendo claves mentales hegelianas. Pero ¿y cómo se explica que, en circunstancias a veces semejantes, unas Iglesias decrecen mientras otras Iglesias crecen, ciertas Iglesias y asociaciones suscitan vocaciones y otras no?...

Hace falta enfrentar con más verdad y una mejor esperanza los problemas de esas Iglesias que van disminuyendo en número de fieles y de vocaciones. Los cristianos sabemos y creemos que la historia de las Iglesias está siempre abierta a la conversión, es decir, a grandes cambios de orientación y práctica, y que, bajo la guía de la Providencia divina, todos los procesos decadentes pueden ser invertidos, pues todo es posible para la gracia de Dios y la libertad de los hombres.

Los creyentes no aceptamos que la ruina progresiva del Templo eclesial se considere un proceso previsible e inevitable: cada vez menos piedras vivas trabadas entre sí sobre la Roca, y más piedras muertas, formando un montón ruinoso siempre en crecimiento. Nosotros pretendemos reedificar el Templo de Dios, queremos que se acreciente y sea cada vez más grande y hermoso. No pocas Iglesias han superado situaciones muy negativas y, saneadas de los errores y abusos que en ellas había, en pocos años las ha levantado Dios de situaciones que parecían irremediables. También nosotros, con una esperanza histórica firmísima, queremos procurar la revitalización de las Iglesias hoy languidecientes. Y queremos que recuperen así su normal fecundidad en vocaciones apostólicas.

No nos resignamos a Iglesias casi sin sacerdotes, en las que agentes pastorales laicos se encarguen prácticamente de todo: catequesis, enfermos, pobres, matrimonios, gobierno pastoral de la comunidad, etc., y en las que los pocos sacerdotes que haya corran de aquí para allá «diciendo misas», lo único que los laicos no pueden hacer. Eso implica una gravísima desfiguración de las Iglesias y del mismo ministerio sacerdotal. Es una situación excepcional, que habrá que superar cuanto antes, y que no debe llegar a considerarse ordinaria.
Las comunidades cristianas sin sacerdote se ven privadas de un signo vivo fundamental de Cristo mismo. En efecto, les falta el pastor, que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas (Jn 10,14); están privadas de aquel que, «proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados, y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad»; más aún: «hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos» (Sínodo 1971: I,4).

No nos resignamos a Iglesias casi sin religiosos, pues éstos, fieles a su carisma específico, son también para todos los cristianos un testimonio elocuente del Evangelio, más aún, una manifestación preciosa del mismo Cristo.

Como dice el Vaticano II, «el estado constituído por la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece de manera indiscutible a su vida y santidad» (LG 44d). La extrema escasez o la desaparición de los religiosos podría llegar a verse como algo normal, como si ellos fueran en la Iglesia un fruto precioso, aunque no estrictamente necesario. Pero eso es falso. La vida de los consejos evangélicos forma parte del misterio de la Iglesia, y es «un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre» (43a).

«Queremos sacerdotes y religiosos» para las comunidades cristianas. Queremos, pues, que se reconozcan y supriman las causas que están produciendo la actual escasez de vocaciones apostólicas en las Iglesias, y que se recupere en éstas la salud doctrinal y disciplinar que hace posibles y numerosas las vocaciones. Nosotros lo queremos. Y nos atrevemos a quererlo porque estamos convencidos de que lo quiere Dios.
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