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Autor: | Editorial:



La pastoral vocacional

Prefieren seguir en sus ideas que tener vocaciones

Hay centros religiosos o diocesanos que, antes que aceptar las orientaciones de la Iglesia, prefieren quedarse sin vocaciones. No pueden menos de saber que, en circunstancias sociales y culturales análogas, otros centros religiosos o diocesanos, que se identifican con la doctrina y la disciplina de la Iglesia, tienen vocaciones, y a veces muchas. Pero, por supuesto, no por este dato de experiencia abandonan aquéllos su obstinación suicida. Ellos viven fuera de la realidad eclesial; tienen bastante con sus ideas.

Citaré un ejemplo. Una encuesta reciente hecha en las diócesis de un país grande de Europa, mayoritariamente católico, muestra que en ellas la proporción media por un seminarista es de 22.575 habitantes. Únicamente en dos diócesis la media es de casi 70.000, lo que significa que su escasez de vocaciones es más del triple de la media nacional. Pues bien, al poco tiempo de hacerse públicos estos datos, un profesor de una de esas dos diócesis publica un artículo en el que denuncia que
«la rigidez del aparato eclesiástico termina por preferir el mantener un prototipo de cura, antes que garantizar la presidencia y celebración eucarística de las comunidades». Y profundiza más en su análisis: «Frecuentemente, el problema-obsesión del número de seminaristas, se utiliza como solapamiento del intento de volver a los modelos negativamente clericales de antaño o de la ofensiva sacerdotalizadora del presbiterado, que supone una práctica rejudaización del mismo» (19-III-94, subrayados míos)... Lo digo yo en otras palabras: «La Iglesia tiene la culpa de que nosotros no tengamos vocaciones, porque se obstina en mantener un modelo de cura distinto del que nosotros, proféticamente, queremos producir»... La idea es formidable.

En realidad, no pocas veces, las Iglesias locales sin fuerza para suscitar vocaciones, tampoco la tienen para dar buena formación doctrinal y espiritual a las que en ellas nacen, por milagro de Dios. Y así se forma un círculo vicioso. A veces, en esas situaciones, faltan vocaciones allí donde faltan buenos seminarios y noviciados.

Y aún señalaré otra situación especialmente lamentable. Hay quienes piensan así: «ya sabemos que si quisiéramos hacer sacerdotes o religiosos al estilo tradicional, tendríamos vocaciones. Pero eso sería un paso atrás inadmisible en la vida de la Iglesia. Antes de eso, preferimos no tener vocaciones». Partiendo, pues, de ese planteamiento, ellos siguen procurando en su pastoral vocacional y en sus Centros formativos un modelo de sacerdote y religioso abiertamente diverso del que la Iglesia quiere. Y el hecho de que, como consecuencia, persista una extrema escasez de vocaciones no les angustia especialmente, sino que en cierto modo les alegra, porque piensan que «una carencia de vocaciones, suficientemente prolongada, obligará por fin a la Iglesia a cambiar su modelo de sacerdote o religioso, y a aceptar el que nosotros hoy, proféticamente, propugnamos». Datos objetivos obligan a pensar que esta siniestra hipótesis no es solamente un mal sueño o un juicio temerario.
Quienes así piensan y actúan están, pues, echando un pulso a la Iglesia y al Señor Jesucristo, que la gobierna a través de los Pastores sagrados. ¿De quién habrá que pensar que será la victoria?...

Pero, en fin, todas estas nieblas se disipan con la luz de una verdad muy sencilla: siendo nuestro Señor Jesucristo quien da la gracia de las vocaciones, es normal que las dé donde éstas se configuran del modo que Él quiere, y que no las suscite donde pretenden configurarlas en modos contrarios a su voluntad. Ahora bien, cómo quiere Cristo que se configuren las vocaciones sacerdotales y religiosas no es una voluntad que permanezca oculta, ni que sea un mero objeto de adivinaciones aventuradas, sino que se manifiesta suficientemente en la Tradición y el Magisterio apostólico doctrinal y disciplinar, en las Reglas y constituciones religiosas, así como en los santos, sean sacerdotes o religiosos, que han sido canonizados para ejemplo universal.

Pérdida del instinto de conservación

Causa perplejidad la obstinación de algunas Iglesias o familias religiosas en ciertas desviaciones doctrinales o prácticas, por cuya causa principal se están extinguiendo por falta de vocaciones. Es como si hubieran perdido el instinto de conservación. Se muestran incapaces de someter a un sereno discernimiento las doctrinas teológicas y espirituales que les han conducido a la situación terminal en que se encuentran.

Algunos enfermos, en las fases más graves de su mal, pierden el instinto de conservación, se arrancan los tubos a los que están conectados para seguir con vida, rechazan las medicinas que les podrían curar, y realizan movimientos bruscos sin sentido, completamente inútiles, y a veces perjudiciales.

La capacidad de resolver un problema radica, en primer lugar, en reconocer su existencia y en averiguar luego las causas que lo producen. Es normal, por ejemplo, que en una carretera haya de vez en cuando algún accidente. Pero si en cierta carretera hay accidentes continuamente, habrá que decidirse a examinarla, procurando descubrir los posibles fallos de trazado y construcción que explican tantos accidentes. Es normal que alguna vez se produzcan intoxicaciones por la comida.

Pero si casi todos los que han ingerido un cierto alimento se han puesto enfermos ¿no habrá que analizarlo y retirarlo del consumo?

¿Qué planteamientos doctrinales y disciplinares han prevalecido en una Iglesia local o regional durante los últimos decenios, para que en ella se haya reducido a la mitad el número de cristianos practicantes y a un tercio el de las vocaciones apostólicas? ¿Hacerse esta pregunta, con ánimo sincero de hallar las causas, para modificar éstas y reorientar la dinámica de sus efectos, supone un pesimismo perjudicial y una curiosidad morbosa?

Ignorancia de las causas e impotencia sobre sus efectos

No hay conocimiento científico de un fenómeno -en realidad, no hay conocimiento de ningún género- cuando se ignoran completamente sus causas. Ni hay posibilidad tampoco de modificar los efectos.

Produce, pues, una gran perplejidad la torpeza con que ciertas Iglesias y familias religiosas enfrentan su carencia casi total de vocaciones, impulsando unas campañas vocacionales que ignoran por completo las causas doctrinales y disciplinares del fenómeno que quieren superar. Aunque si he de hablar claramente, no es tan extraño que así suceda, pues las mismas debilidades doctrinales y disciplinares que causan la esterilidad vocacional, son las que causan muchas veces la esterilidad de esas campañas vocacionales. ¿Esperan obtener vocaciones con slogans estimulantes, carteles y trípticos, Días y concentraciones juveniles?... Si todos esos medios, de suyo buenos y relativamente necesarios, están impregnados del mismo espíritu que causa la carencia de vocaciones, lógicamente no servirán para nada. No sirven, de hecho.

Las Iglesias que permanecen largamente sin vocaciones -o digámoslo con más exactitud, quienes en ellas dirigen la pastoral vocacional- muchas veces no tienen casi ni sospecha de cuál pueda ser la causa real de esa carencia, y por eso no consiguen apenas nada, aunque multipliquen sus trabajos con la mejor intención. Convendría que se pararan a pensar un momento, y que se hicieran esta pregunta: ¿merece la pena seguir lanzando campañas vocacionales, mientras se dejan intactas las causas doctrinales y disciplinares que están causando tal ausencia de vocaciones?...

Quizá con esas actividades consigan una cierta conciencia de que en tan grave cuestión «se hace todo lo que se puede», pero sin duda los esfuerzos serán -son- altamente decepcionantes.

No se puede tener todo a la vez

Mientras en las librerías de una Iglesia o institución religiosa se difunda literatura ortodoxa y heterodoxa; mientras en un seminario o noviciado haya profesores que enseñen contra la doctrina católica e ironicen sobre el Catecismo; mientras en esos mismos medios se falsifique impunemente la historia, acusando al pasado y a la Iglesia de todos los males, al mismo tiempo que se glorifica al mundo moderno y se ignoran o se minimizan sus horrores; mientras en no pocas parroquias venga a eliminarse prácticamente el sacramento de la penitencia, sustituyéndolo por ciertas ficciones; mientras, de modo generalizado y sin apenas resistencias, se impugne allí «el modelo» de presbítero o religioso que la Iglesia enseña y manda, y se arrincone, lógicamente, a quienes encarnan ese «modelo»... no es posible que haya vocaciones, por muchos Secretariados y Comisiones que se establezcan, por perfecta que sea la organización de las Campañas y de los Días, por sincero, esforzado y bienintencionado que sea el trabajo de las personas. Es inútil.

Por el contrario, cuando una Iglesia o familia religiosa, aunque sea con grandes sufrimientos, persecuciones y marginaciones, guarda fielmente «la Palabra de Dios y el testimonio de Jesús» (Ap 1,2; 20,4); cuando en sus seminarios y noviciados, catequesis y librerías difunde únicamente la fe católica; cuando impide eficazmente que con abusos habituales se cometan sacrilegios en la Eucaristía y los sacramentos, especialmente el de la penitencia; cuando allí se acepta con humildad lo que la Iglesia enseña o dispone... etc., entonces ciertamente hay vocaciones, Dios las suscita, existan o no Secretariados, Comisiones y Campañas, y tanto mejor si existen, pues fácilmente querrá Dios servirse de esas modestas mediaciones.

Y es que no se puede tener todo al mismo tiempo. Si una Iglesia quiere tener una imagen moderna, liberal-permisiva, y desea contar así con el respeto del mundo y el aprecio de otras Iglesias que llevan ese mismo aire, conseguirá tener ese respeto y aprecio; pero no tendrá vocaciones. Y si de verdad quiere tener vocaciones, tendrá que recuperar una fidelidad martirial, en doctrina y disciplina, que le hará perder en buena parte su prestigio ante el mundo secular y ante otras Iglesias. Pues bien, es cuestión de elegir. No se puede tener todo al mismo tiempo.

Por sus frutos los conoceréis

A lo largo de este estudio, he dejado escrito en muchas ocasiones, como un ritornello, que «con tales planteamientos, es imposible que haya vocaciones». Ya se entiende por el contexto el alcance de tal afirmación, que no pretende poner en duda la omnipotencia del Misericordioso, pues «de las piedras puede Dios sacar hijos para Abraham» (Mt 3,9). Pero es llegado el momento de precisar más una cuestión tan delicada, con proposiciones más ajustadas.

Desde luego, la afirmación referida es válida si se habla en general del conjunto de las Iglesias, en las que indudablemente hay un nexo causal entre desviaciones doctrinales y prácticas y ausencia de vocaciones. Otra cosa muy distinta es que tal principio pueda aplicarse automáticamente, sin discernimiento, a una Iglesia concreta. A ese nivel las cosas se hacen mucho más complejas y delicadas, y las causas de la ausencia de vocaciones en ciertas Iglesias quedan ocultas en el misterio de la Providencia divina.

De modo semejante, cuando se examina en general el fenómeno de una natalidad bajísima en pueblos cristianos muy ricos, puede atribuirse con relativa certeza a su descristianización espiritual. Pero otra cosa muy distinta es atreverse a realizar allí el mismo diagnóstico si se considera el caso de un matrimonio concreto.

No obstante, pues, la complejidad de la cuestión que nos ocupa, es posible indicar para ella algunos criterios de discernimiento.

«Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos» (Mt 7,17), o no da fruto alguno. Las Iglesias son como árboles plantados por Dios: si están sanos, dan buenos y abundantes frutos de vocaciones; si están enfermos, no dan fruto o lo dan malo. En esta cuestión, como en cualquier otra, está siempre vigente ese criterio general de discernimiento enseñado por Jesucristo. Sin embargo, requiere para su justa aplicación no pocas precisiones y matizaciones.

1.- En las Iglesias más fieles a la Iglesia es normal que haya una relativa abundancia de vocaciones. Y aunque a veces esa fidelidad no sea mayoritaria en el ambiente de la diócesis, basta muchas veces con que el Obispo y unos pocos, aunque tengan muchas fuerzas en contra, luchen con toda su alma por la fidelidad doctrinal y práctica, para que, a corto o medio plazo, Dios bendiga con nuevas vocaciones ese esfuerzo martirial -ciertamente martirial, pues en él tendrán que «perder la vida» y el honor mundano-. Dios suscitará a jóvenes que quieran sumar sus fuerzas a ese empeño heroico.

-Es cierto que no pocas familias religiosas que se mantienen plenamente fieles a la Iglesia carecen, sin embargo, de vocaciones. Las causas no están en ellas, sino en factores eclesiales exteriores negativos, de los que dependen en buena parte y sobre los que no pueden actuar.

-También puede haber Iglesias fieles que, sin embargo, apenas tengan vocaciones. Por razones análogas. Pero este supuesto será menos frecuente, ya que una Iglesia local tiene en sí misma tal plenitud de medios de santificación -palabra y sacramentos, comunión de los fieles y guía apostólica, escuelas y publicaciones, catequesis y templos, etc.-, que si se guarda a sí misma en la verdadera doctrina y en la verdadera disciplina de la Iglesia, normalmente recibirá de Dios el don de las vocaciones.

2.- Las Iglesias y familias religiosas en las que abundan los errores y los abusos disciplinares, ciertamente, no suelen tener apenas vocaciones. De hecho, esto es así, y es normal que así sea. Más aún, hemos de reconocer de buen grado que esto debe ser así. En efecto, Dios engañaría a su pueblo si diera buenas cosechas a unos campos que los campesinos regaran unas veces con agua y otras con ácidos corrosivos. El Señor no debe hacerlo, y no lo hace. «Es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7), y Él solamente da buenas cosechas a los campos regados con agua, y cultivados según sus preceptos. ¿Cómo podría obrar de otro modo sin engañarnos?

-Incluso en esas Iglesias o familias religiosas poco fieles Dios suscita algunas vocaciones, muy escasas, por amor a su pueblo, para que no se quede absolutamente sin sacerdotes y religiosos. Pero estas vocaciones no suelen proceder de la vida general de esas Iglesias o institutos religiosos, sino más bien de Restos fieles que en ellos perviven -movimientos laicales sanos, familias cristianas, dirección espiritual de tal o cual sacerdote o religioso, etc.-. No sería honesto, por lo demás, ignorar las grandes dificultades por las que a veces esas vocaciones han de pasar entonces, al acudir a los Centros formativos de esas Iglesias y familias religiosas.

3.- Otras situaciones, en fin, exigen discernimientos y distinciones más sutiles, o como he indicado, quedan en no pocos casos ocultas en el misterio de la Providencia divina.

Trabajar en la suscitación de vocaciones:
1º, con profundidad


En el Sínodo de 1990, sobre La formación de los sacerdotes en la situación actual, los Padres sinodales, como recuerda Juan Pablo II, declararon explícitamente que «la crisis de las vocaciones al presbiterado tiene profundas raíces en el ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de los cristianos. De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se dirija decididamente hacia la reconstrucción de la "mentalidad cristiana", tal como la crea y sostiene la fe» (Pastores 37).

Toda acción educativa y pastoral debe tener indudablemente una dimensión vocacional; y ahí es donde la pastoral vocacional ha de darse en modo extensivo (ib. 41). Pero la pastoral específicamente vocacional parece que ha de ser más bien intensiva, aunque no prescinda de algunas acciones extensivas, sin duda convenientes.

La pastoral vocacional, sobre todo, ha de trabajar intensa y profundamente en algunas personas y grupos. Téngase en cuenta que en las Iglesias con grave carencia de vocaciones, frecuentemente los jóvenes con indicios vocacionales adolecen de grandes ignorancias y errores, de considerables atrofias y desviaciones. Por eso, para desarrollar en ellos, a la luz de la fe, «una mentalidad y práctica» genuinamente cristianas, que les independice y libere de un «ambiente cultural» cerrado a las vocaciones, es precisa una acción pastoral muy profunda, asidua y personal, capaz de ayudarles a reconstruir completamente su personalidad cristiana. A esta dimensión última se refiere la Pastores dabo vobis cuando encarece en la pastoral vocacional la necesidad de «la dirección espiritual» (40).

2º, con toda esperanza

Todos hemos podido comprobar que algunas Iglesias o familias religiosas tienen vocaciones, aunque unas y otras estén rodeadas de situaciones eclesiales generalizadamente desérticas. Plantas surgidas en el desierto. Voy a contar dos casos reales. Y los lectores conocerán bastantes más, gracias a Dios.

En una gran diócesis de Hispanoamérica, muy escasa por entonces en vocaciones, un párroco humilde y trabajador, obediente a la Iglesia y muy orante, asumió una gran parroquia, que dirigió por «la línea» católica tradicional, es decir, según el Concilio Vaticano II. Su orientación pastoral era, pues, bastante diversa de la que seguían muchas otras parroquias de su área. Actualmente, después de dos o tres decenios, proceden de su feligresía 24 sacerdotes y 3 Obispos, más varios seminaristas mayores, sin contar religiosos y religiosas, y una cantidad innumerable de familias verdaderamente cristianas.

En una diócesis de Europa, por esos mismos años, al llegar el nuevo Obispo encontró una situación lamentable. En el Seminario, concretamente, había unos pocos seminaristas confusos, «a la búsqueda de la identidad sacerdotal» -que en buena parte ignoraban, por lo visto, ellos y sus formadores, veinte siglos después de la primera venida de Cristo-. Puesto a la obra, el Obispo restauró en pocos años la ortodoxia y la ortopraxis en la diócesis, y reordenó el Seminario según la doctrina y disciplina de la Iglesia. Como no permitía en su Iglesia errores doctrinales o sacrilegios, éstos dejaron de producirse -ya que se producen mientras es posible-. En veinte años los seminaristas se multiplicaron por once: pasaron de 10 a 113. Y en todo este proceso no hubo propiamente milagros, sino una perfecta coherencia entre causas y efectos. Hubo, eso sí, un Obispo que, eligiendo justamente sus colaboradores, se atrevió a trabajar, con toda fidelidad doctrinal y disciplinar, al servicio de la Iglesia, contando, pues, ciertamente con la gracia y con la cruz de Cristo.

Es algo cierto: trabajando pastoralmente con absoluta fidelidad a la Iglesia, y por tanto a Dios, aunque ello quizá suponga enfrentamientos graves con el mundo, y aún mucho más graves y dolorosos con la parte mundanizada de una Iglesia, hay frutos: hay vocaciones. «Dios está con nosotros».

3º, con mucha y humilde oración

Nuestro Señor Jesucristo quiere, nos manda, que pidamos al Padre, y que pidamos «en su nombre», asegurándonos la eficacia de nuestras súplicas (Jn 14,13; 15,16; 16,23-26). Y concretamente nos manda pedir por las vocaciones, cuya escasez, en cierta medida, se da en forma permanente: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Pedid, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37).

Los empeños pastorales, por tanto, en favor de las vocaciones habrán de centrarse ante todo en las campañas de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Es ésta una explícita voluntad de Jesucristo. Aunque todo estuviera mal en una Iglesia -la doctrina, la disciplina, la práctica sacramental, la vida moral, el ministerio pastoral, etc.-, una oración perseverante y confiada, que pide al Señor vocaciones, tiene una eficacia infalible, y más aún si es comunitaria: «si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,19).
Esta palabra de Cristo, como todas las suyas, es verdadera y no puede fallar. Por eso, si una Iglesia local no tiene vocaciones, habrá que preguntarse si en ella se hace suficiente oración de petición por las vocaciones... «No tenéis, porque no pedís», dice Santiago (4,2). Y si argumentáramos a eso: «sí que pedimos por las vocaciones», podría replicarnos el mismo apóstol: «no recibís, porque pedís mal» (4,3). En efecto, nuestras oraciones alcanzan infaliblemente sus esperanzas si pedimos «en el nombre de Jesús», es decir, haciendo nuestro su espíritu: por tanto, desde la más profunda humildad, y con toda confianza.

Una oración no cristiana, sino pelagiana, que no se funda en la bondad misericordiosa de Dios, sino que acentúa la fuerza y la generosidad presuntas de la juventud, adulando a ésta lamentablemente, por muy comunitaria y multitudinaria que sea, no tiene por qué obtener lo que pide, pues no solicita al Padre «en el nombre de Jesús», es decir, en su espíritu.

A modo de ejemplo, e inspirándome en un encuentro juvenil real, veamos una muestra de oración pelagiana por las vocaciones: «Te damos gracias, Señor, por este encuentro, en el que hemos reflexionado sobre el modelo de Iglesia y de sacerdote que querríamos los jóvenes de N. N. Hemos comprendido que el status general en que se encuentra sumergida la Iglesia hace de ella una estructura jerárquica que poco tiene que ver con el mundo real, del cual está cada vez más distanciada. Son muchos los que la consideran un negocio, un montaje, un sistema de poder o cosas aún peores. Queremos que la misa sea una comida familiar, no una obra de teatro. Queremos que la catequesis sea una reunión de amigos, no una clase. Queremos menos dogmas y más diálogo. Queremos tantas cosas. Pero también hemos comprendido, Señor, que no cambiarán las cosas sin la creatividad y el impulso nuevo de la juventud, que...» etc.
Con oraciones semejantes no se consigue de Dios el don preciosísimo de las vocaciones. En realidad, quienes se atreven a «orar» en tales actitudes, le desagradan y ofenden gravemente.

La oración de petición infalible, la que conmueve el corazón de Dios, la que consigue de él todo, también las vocaciones, es la oración humilde y confiada. Es la oración que, incluso en las situaciones más lamentables, todo lo consigue de Dios, pues a Él se dirige «desde lo más profundo» de nuestra impotencia, de nuestra infidelidad, de nuestra esterilidad, de nuestras culpas. «De profundis clamavi ad te, Domine... Señor, escucha mi voz. Si llevas cuenta de nuestros delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Sal 29,1-3).
Modelos bíblicos y litúrgicos para ella, desde luego, no nos faltan. Podemos imaginar una oración comunitaria por las vocaciones, tomando como trama básica un himno del profeta Daniel:

«Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y glorioso es tu Nombre. Porque eres justo en cuanto has hecho con nosotros, [dejándonos sin pastores, permitiendo la dispersión de tu rebaño, la ruina de tu Templo]. Todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios.

«Porque hemos pecado y cometido iniquidad, apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido [: nuestros padres y también nosotros, buscamos nuestros intereses, y no los de Jesucristo; y tanto ellos como nosotros hemos abandonado la Eucaristía, despreciando la Palabra, el Cuerpo y la Sangre de tu único Hijo, nuestro Salvador Jesucristo].

«Por el honor de tu Nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu Alianza, no apartes de nosotros tu misericordia [reúnenos de nuevo en tu rebaño, suscita para congregarlo pastores santos, haznos dignos de entrar a tu servicio, pues no lo somos; danos para ello un corazón nuevo, y vence nuestras voluntades rebeldes con la fuerza omnipotente de tu gracia].

«Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas [por Jesucristo, tu Hijo, para que su muerte en la Cruz no sea vana; por la Santísima Virgen María, para que muchos hombres la conozcan y la amen; por tus santos apóstoles Pedro y Pablo, etc. -letanía de los santos-].

«Ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. [Si seguimos por el camino que llevamos, en unos años más habremos de decirte:] No tenemos profetas, ni jefes [ni sacerdotes, ni seminaristas, ni religiosos], ni sacrificios, ni ofrendas, ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.

«Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde. [Danos un corazón nuevo, que no esté fascinado por el mundo visible, sino enamorado de ti. Que no piense tanto en sí mismo, como en tu gloria y el bien temporal y eterno de todos los hombres. Llámanos, y danos tu gracia para que seamos capaces de entregarte nuestras vidas incondicionalmente, en la forma que tú quieras]. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia; porque los que en ti confían no quedan defraudados» (Dan 3,26-29.34-41).

Oraciones de este espíritu, que expresen «un corazón quebrantado y humillado» (Sal 50,19), una confianza que se alza a Dios desde lo más profundo de la condición humana y pecadora (o tantas otras oraciones semejantes: +salmos 73 ó 78, el Templo en ruinas; 79, la Viña devastada; etc., bíblicas o no), han de ser parte necesaria de una plegaria comunitaria por las vocaciones.

¿Alguien se atreve a creer que tales oraciones, celebradas una y otra vez, frecuentemente, cada mes, cada semana, con la perseverancia propia de la oración cristiana, y si es posible, presididas por el Obispo y ante el Santísimo Sacramento, pueden ser desoídas por el Señor?

La adulación de la juventud

Aquellos que, por gracia de Dios, han sido destinados por su Obispo o Superior para trabajar en la pastoral de las vocaciones han de ejercitar muchas virtudes, que no entro a describir, y han de evitar muchos defectos, de los cuales sí quiero destacar uno.

Eviten como una peste adular a la juventud, como si elogiando sus presuntas virtudes de sinceridad, inocencia, generosidad, fuerza y creatividad, fueran así a ganarla mejor para Cristo. A Cristo no se llega sino por el camino de la humildad, que es el de la verdad. Él solamente sabe «santificar en la verdad» (Jn 17,17). No sabe santificar de otro modo.

Los jóvenes, como los adultos, son «hijos de Eva», están asediados por mil tentaciones externas, y lastrados por mil debilidades internas. Son, simplemente, hombres pecadores, necesitados de una salvación que Dios realice por gracia.
El elogio adulador de la juventud implica además una concepción de la vida humana sumamente falsa y pesimista. Si la juventud fuera sinónimo de generosidad y valor, veracidad y autenticidad, por simetría antitética, la condición adulta del hombre, y aún más su vejez, estarían caracterizadas por el egoísmo y la cobardía, la mentira y la hipocresía. En otras palabras: según eso, el hombre con los años iría normalmente empeorándose. Este juicio, como se ve, no resulta excesivamente estimulante para los mayores ¡y tampoco para los jóvenes! Pero, felizmente, es mentira en la mayor parte de los casos. Cualquiera sabe que en mil ocasiones una persona joven egoistilla y con la cabeza llena de pájaros ilusorios, con los años, con el matrimonio, la experiencia y las luchas de la vida, en definitiva, con la gracia de Dios, va haciéndose más abnegada y generosa, más veraz, serena y realista. Como los vinos, el hombre normalmente mejora con los años. Ésta es la visión optimista del hombre que conviene transmitir a los mayores ¡y también a los jóvenes!

Cualquier hombre joven, si no es un mentiroso, habrá de confesar como San Pablo: «no sé lo que hago, pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago... Es el pecado, que mora en mí... Porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo no. En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,15-19). ¿A qué viene, pues, adularle si, como nosotros, como todos, es hombre pecador?

El Evangelio que hay que anunciar a los jóvenes -y a los niños, adultos y ancianos, y a los ricos y los pobres, y a los sanos y los enfermos- consiste en asegurarles lisa y llanamente que sin Cristo Salvador no van a salir de su miseria, están perdidos, sin camino, no van a poder nada (+Jn 15,5), y sus presuntas buenas intenciones van a resultar ineficaces. Más aún: que están muertos en sus delitos y pecados, más o menos sujetos al Príncipe de este Mundo, gran Padre de la Mentira (+Ef 2,1-3; Jn 8,43-45). Pero que si se acercan a Cristo por la fe y por la súplica, «si le aman y guardan sus mandatos» (+Jn 14,15; 15,10), es decir, si se hacen discípulos suyos, van a recibir, por pura gracia de Dios, una vida nueva, santa, verdadera, luminosa, benéfica, libre, eterna.

Ése es el Evangelio que hay que predicar a jóvenes y a niños, adultos y ancianos. Ir a unos y a otros con adulaciones pelagianas es darle a beber veneno a un enfermo.

Conversión del pecado y aumento de vocaciones

Empleando modos bíblicos de pensamiento y expresión, podría decirse: el Señor está muy enojado con las Iglesias locales en las que se producen, en modos relativamente estables, desviaciones heréticas y sacrilegios; y no suscitará en ellas vocaciones mientras no reconozcan sus pecados y se conviertan de ellos. Y muy especialmente está ofendido por los pecados contra la fe cometidos, en formas habituales, por no pocos de los pastores. «Sus sacerdotes han violado mi Ley, y han profanado mis cosas sagradas» (Ez 22,26).

Recordemos que el pecado de infidelidad, que lesiona más o menos gravemente la fe, puede definirse como un acto de voluntario disentimiento acerca de una verdad revelada, suficientemente propuesta (STh II-II,10, arts. 1.2.4). Y recordemos también que el pecado de infidelidad, después del odio a Dios, «es el mayor de cuantos pervierten la vida moral», por ser el que más aleja de Dios al hombre (3 in c.). Si tal pecado es cometido por un sacerdote en el ejercicio de su ministerio, como maestro de la verdad católica, el pecado es aún más horrible. Y si se produce en el ámbito de las acciones litúrgicas -por ejemplo, en una celebración comunitaria del sacramento de la penitencia-, deriva normalmente en sacrilegio.

Pues bien, cuando en una cierta Iglesia éste y otros graves pecados semejantes pueden darse en alguna medida de modo estable, es decir, más o menos impune, podría hablarse en ella, como se dice a veces al tratarse de una sociedad civil, de una situación de pecado o, si se quiere, de un pecado social -aunque Dios distingue perfectamente en esa Iglesia a sus hijos fieles de aquellos otros que no lo son-. Cabría, pues, transponer a una Iglesia local concreta, en la que abundan las infidelidades doctrinales y disciplinares, lo que Juan Pablo II enseña acerca de este grave tema:

«Cuando la Iglesia habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales.

«Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar o, al menos, limitar determinados males sociales, omite hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo [de una Iglesia concreta]; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio alegando supuestas razones de orden superior [no dejar al pueblo sin sacerdote; no alterar en la comunidad cristiana la paz (!), no poner en peligro la unidad (!), etc.]. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas.

«Una situación -como una institución o estructura- no es, de suyo, sujeto de actos morales. Así pues, en el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley o por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra incompleto, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación» (extractos de exh. apost. Reconciliatio et pænitentia 16; 1984).

Si la escasez o ausencia de vocaciones en una Iglesia local ha de atribuirse muchas veces a la proliferación en ella de errores doctrinales y abusos disciplinares, habrá que concluir que no habrá vocaciones sino en la medida en que haya conversión, es decir, vuelta a la fidelidad católica en doctrinas y prácticas.

La Nueva Evangelización

Y con esto, llegados al final, volvemos al principio. «El justo vive de la fe, la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (Rom 1,17; 10,17). Tanto la re-evangelización de la muchedumbre de bautizados alejados, como la suscitación de abundantes vocaciones apostólicas, lo mismo que la conversión de los pueblos paganos, todo comienza por el anuncio del Evangelio tal como es, entero y armonioso, sencillo y fuerte; el Evangelio de Jesucristo, que es «el mismo ayer y hoy y siempre» (Heb 13,8): pecado y gracia, mundo y Reino, el Príncipe de este Mundo y Cristo Rey, debilidad suma de la carne y fuerza gloriosa del Espíritu, condenación eterna o salvación eterna, etc.

Aquella Iglesia que no tenga fuerza para predicar el Evangelio de Cristo -éste: no hay otro-, sino que abundando en falsificaciones y silencios, decaiga en un eticismo naturalista, languidecerá más y más en la vida que de Dios procede, perderá un año tras otro muchos de sus fieles, apenas se mostrará fecunda en nuevos hijos y, por supuesto, no tendrá vocaciones apostólicas. Habrá, pues, de ser re-evangelizada o bien desde fuera, o bien por aquel Resto que Dios en ella guarda, y a veces oculta, con muy especial providencia

El Cristo del Apocalipsis llama a conversión a las Iglesias

El Nuevo Testamento se termina con el Apocalipsis. Y este breve escrito va a cerrarse también con ese libro inspirado. Cuando el Cristo del Apocalipsis escribe a las siete Iglesias de Asia, va mezclando a un tiempo elogios y recriminaciones. Sólo a dos de las Iglesias dirige únicamente acusaciones, y aún así, lo hace con inmenso amor... A una y a otra no les exige cambios organizativos, modificaciones de imagen, método o lenguaje, o cosas semejantes, sino simplemente fidelidad a la doctrina recibida, y vuelta al amor primero.

«Al Angel de la Iglesia de Sardes escribe: Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Acuérdate de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete» (3,1-6).

«Al Angel de la Iglesia de Laodicea escribe: Puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú dices: "Me he enriquecido, nada me falta". Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo... Sé ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (3,14-22).

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