Autor: | Editorial:
Sentido de la Misa del Domingo
Una mujer comenzó a ir con sus padres a Misa por costumbre. Después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..." En nuestra sociedad actual, la asistencia a Misa depende de la costumbre del entorno familiar, de la fe que se ha recibido desde pequeños
y cuando se asiste a Misa por ejemplo en acontecimientos sociales o fiestas principales, incluso los que no saben "qué pasa ahí" sienten alguna motivación, el gusanillo de profundizar, pues no solo queremos vestirnos de fiesta sino que queremos participar en la fiesta, celebrarla. Como en las familias, que tienen un plato preferido para ciertas celebraciones. Queremos tener una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, escuchar palabras y cantos, pero no gozar plenamente de las emociones estéticas en la música o en la belleza de las celebraciones, al no vivir la esencia de la Misa y de la comunión... Recuerdo un compañero de estudios que iba a la catedral de Córdoba a escuchar la Misa del domingo fascinado por la belleza de la liturgia y la música. Es difícil entender a Bach sin su fe, pues muchas composiciones están unidas a un sentimiento.
a) Hemos de conocer lo esencial de la vida. Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias, que son las que olvidamos más fácilmente, y así nos va... Como el sentido religioso, el sentido trascendente de las cosas. Olvidamos las cosas que no proporcionan un inmediato beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven. Cuando faltan estas cosas, nos damos cuenta de que la vida no sirve para nada. Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para anclar los soportes alrededor de una rama y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible, los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva, de la felicidad. Esta dimensión invisible de la vida. Si no, nos enmarañamos en cosas que nos hacen perder la libertad.
b) La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior (y cuando no le hacemos caso, se proyecta en forma de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...) Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (en el campo científico, en el genético, en la informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedo, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque quizá hoy se absolutiza el bienestar y éste no da respuesta al sentido de la vida, impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en ese horizonte no hay Dios; es el gran ausente. Todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser". En medio del pensamiento moderno que tiene tantas cosas buenas tenemos al hombre enfermo de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías de que el siglo XXI sería "místico", porque es la única forma de recuperar el norte. Se intuye que la medicina es la misma: recuperar la idea de Dios, que sirve para cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos... Pero para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto. Y no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo ante el cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta.
La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o qué?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.
La religión es una experiencia personal de la que no podemos prescindir, es una necesidad. Y también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia: la familia que reza unida permanece unida, dice el refrán. Ante una crisis familiar, para resistir ante las dificultades, es importante ver el cielo, recordar el sentido divino del contemplar el cielo.
c) El sentido del sacrificio. La Biblia, al relatarnos el Génesis, nos dice que Dios creó el mundo (sentido del trabajo) y luego descansó (con una mirada llena de gozosa complacencia). La celebración de este día del Señor ayuda a tener la mirada contemplativa, luz sobre todas las cosas (si a nuestra mirada le falta esta luz, todo nuestro ser anda entre tinieblas). Jesús nos hace ver que ese día "se hizo para el hombre", no es un peso el descanso dominical, sino que perfecciona a la persona, lo necesitamos, es recordar la necesidad de humanizar el descanso, de hacer fiesta, de libertad.
Parte esencial de este "hacer fiesta" es el culto a Dios que, desde los primeros hombres, se ha dado al creador (ofreciéndole sacrificios, para mostrar la dependencia de creaturas, como reconociendo y agradeciendo los favores recibidos o pidiendo perdón). Como vemos en el relato de Caín y Abel (y nos cuentan los historiadores de los primeros pueblos) a veces quemaban parte de la cosecha, o algún animal, y con esto dedicaban a Dios una cosa, la hacían "sagrada". Pero Dios dijo que no deseaba tanto estos sacrificios como algo externo, sino el que venga de un corazón que ama y pide perdón (que tiene misericordia). De ahí surgen las ceremonias, y el "domingo" significa "el día del Señor" porque es por excelencia el día de esta relación con Dios en la que el hombre dedica un tiempo explícito a cantar esta adoración.
Shabbat es una palabra que tiene un sentido muy bonito: descanso, reposo, de adoración, contemplación, fiesta y disfrute. Del descanso de la obra de Dios (de nuestro descanso de la semana) se pasa al día del Señor que es la "recreación" operada por la redención. Y el día del sol (con el que se llama aún en muchos idiomas el domingo) aúna los dos significados: el día del Señor es el día del Sol pues Él es el Sol. Así como nos gusta gozar de un trabajo "bien hecho" (Gn 1,31), gozamos ante todo lo bello con una mirada llena de gozosa complacencia: una mirada "contemplativa", que ya no aspira a nuevas obras, sino más bien a gozar de la belleza de lo realizado; una mirada sobre todas las cosas, pero de modo particular sobre el hombre, vértice de la creación» (Juan Pablo II). Y así se pasa del sábado al domingo que ya será día de Cristo y «el día del don del Espíritu» y «el día de la fe».
d) El sentido del domingo y del descanso: la obligatoriedad y gravedad del mandamiento tiene su origen en el mismo Dios que, cuando creó el mundo en seis días, descansó el séptimo día y lo santificó (cf Génesis 2,2-3). No ha sido, pues, la Iglesia quien nos ha impuesto la obligación de dar culto a Dios. Lo único que hace es concretar para todos los católicos de qué modo y cuándo hemos de darle culto. Para ello promulga unas leyes apoyándose en serias y rigurosas razones que, en el caso de la asistencia a la Misa dominical, son las que brevemente veremos a continuación.
El día santo tiene una extraordinaria riqueza de significado. Ciertamente, su sentido religioso no se opone a los valores humanos, que hacen del domingo un tiempo para el descanso, para disfrutar de la naturaleza y para entablar relaciones sociales más serenas. Se trata de valores que, por desgracia, corren el riesgo de quedar anulados por una concepción hedonista y frenética de la vida. Los cristianos, viviéndolos a la luz del Evangelio, le imprimen su sentido pleno: la celebración de las maravillas de Dios.
Celebrar el domingo nos llena de alegría y permite que encontremos la paz y el amor de Jesús, para poder darlos a los demás. Y el descanso dominical es no sólo reponer fuerzas sino principalmente esta dedicación a dar culto a Dios, y poder gozar de la vida en familia, y así el domingo cristiano es un auténtico "hacer fiesta", un día de Dios dado al hombre para su pleno crecimiento humano y espiritual. Un descanso alegre y solidario, pues debe ofrecer también a los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado; ha de reconocer cada uno que no se puede ser feliz "solo", y por tanto buscar a las personas que necesitan su solidaridad. Cultivar amistades, visitar enfermos y otras formas de caridad (no caer en formas fáciles de descanso como estar el día ante la televisión mientras la conciencia nos recuerda visitar a un pariente que necesita nuestra ayuda, o conversar con un amigo, o hablar -el padre o la madre- a solas con un hijo que necesita una conversación, o la tertulia familiar, con buen humor...).
La alternancia entre trabajo y descanso no es un capricho: el descanso es una cosa sagrada, y así las preocupaciones materiales que nos absorben dejan paso a las amplitudes del espíritu, y las personas que nos rodean recuperan su verdadero rostro; las mismas bellezas de la naturaleza son gustadas profundamente. Sin que sea el descanso algo vacío ni motivo de aburrimiento, porque se busca el enriquecimiento espiritual. Si no, podemos vestirnos de fiesta pero sin saber "hacer fiesta", celebrar la fiesta, el domingo. Como dicen los primeros cristianos del siglo II: "pasando toda nuestra vida como en una fiesta, persuadidos de que Dios está en todas partes, trabajamos cantando, navegamos al son de himnos, nos dedicamos a todas nuestras ocupaciones rezando. El cristiano que realmente lo es, habita constantemente con Dios: está siempre grave y alegre; grave por el respeto que debe a la presencia de Dios: alegre, porque reconoce todos los bienes que Dios ha hecho al hombre". Esto es lo que nos propone la Iglesia: Los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida ordinaria. Y así hacer del día una Misa, dar testimonio de Jesús resucitado en el día a día, y nuestro corazón -como en un altar- ofrecerá a Dios todo lo que hacemos, unidos a Jesús: las situaciones concretas de la familia y de trabajo, relaciones sociales...
Los padres y la responsabilidad de redescubrir el domingo, ante los hijos.
Quizá hemos recibido una educación que desde la infancia incluía la Misa: "para mí, ir a Misa es una cosa tan natural como el respirar o el querer. Desde pequeños nos acostumbramos, y la Misa del domingo formaba parte de nuestra vida. Unos días íbamos más a gusto y otros menos, pero no lo dejábamos". Mucho más teniendo en cuenta que la "motivación sociológica" cuenta mucho, y así como el ambiente de hace años ayudaba a la práctica religiosa, se encontrarán los hijos en una sociedad en la que hay unas modas -verdaderas dictaduras culturales- en la que ir a Misa "no está bien visto", y el adolescente queda coaccionado por el "qué dirán", y también le costará ir porque a Misa "no van los jóvenes". Las motivaciones han de ser profundas, para no actuar por lo que hacen muchos sino conforme a la conciencia. Es cierto que en los años de adolescencia puede haber una ruptura (una decisión personal del hijo de dejar de ir a Misa), pero lo que se ha sembrado vivificará más tarde y como muchas veces pasa con la vuelta a la responsabilidad al ser padres: "vinieron los hijos... y todo fue cambiando. Siempre fui una persona inquieta, y me iba preguntando: ¿me escuchará el Señor?" y quizá cuando los hijos se preparan para hacer la primera comunión -en la edad en que formulan a los padres las grandes preguntas- sienten la llamada a volver, "a través de la catequesis de padres pude expresar los sentimientos que tenía guardados durante algunos años..." y hay esta vuelta a los sacramentos, con la seguridad que esto conlleva: "he pasado momentos difíciles en mi vida, pero entre mi fe cristiana y la Misa del domingo he encontrado la fuerza para seguir adelante. Ahora entiendo mucho mejor el Evangelio...". Y otro: "fue cuando mi hijo comenzó a frecuentar la catequesis cuando volví a ir a la parroquia. Hice la catequesis con los otros padres y a través de todo esto me incorporé nuevamente a la Iglesia". En otros casos, esta vuelta es cuando los padres -las madres, más- tienen ya colocados a los hijos y tienen menos obligaciones. Estos testimonios pueden recordarnos esos momentos que bien conocemos, cuando más que una obligación el trato con Dios se convierte en una necesidad, pues ya no podemos más, estamos "ahogados" y queremos "hacer algo". Pero todo ello se pierde si no hay una experiencia previa de ir a Misa, si no hay un "antes", pues entonces ya no se trata de "volver" sino de "descubrir". En cualquier caso, lo que está claro es que, al comienzo del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana. Los padres quieren dar lo mejor. ¿Cómo afrontar esa guerra?
Veamos las pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no voy porque no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." son algunas de las que hemos oído y que dirigen nuestra mirada hacia el "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al chico que el día de Sant Jordi lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto repetido año tras año. Si es aburrido ver día tras día, año tras año, los rostros de las personas que amamos, si queremos voluntariamente cogernos vacaciones para alejarnos de los que amamos, y no verlos En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantas generaciones de cristianos, y pronunciadas por primera vez por Jesús. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor. ¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas)? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: sólo el sentimiento de la persona viva del Señor asegura una participación madura, a prueba de los diversos talantes de los celebrantes, de los cambios en los gustos musicales, del adormecimiento o de la euforia del ambiente.
Siempre pasa algo, nos dice Jesús: "Ven conmigo". Es fácil de entender y aceptar, y con los años nos vamos dando cuenta del contenido profundo y totalizador de esta invitación. Jesús poco a poco va radicalizando su propuesta, y nos pide más. Lo descubrimos como un maestro bueno, justo y merecedor de toda nuestra confianza, y nos pide un paso más: renunciar a nosotros mismos, como Él, darnos a los demás. Cuentan cómo en Taizé o en comunidades donde viven unidos una experiencia de fe, se entra mejor en el misterio de la Misa: los pequeños y jóvenes participan de la fe de los mayores y al revés, hay una fe contagiosa en la piedad y los cantos hay que procurar crear ese climax de fe en la familia.
a) Hemos de conocer lo esencial de la vida. Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias, que son las que olvidamos más fácilmente, y así nos va... Como el sentido religioso, el sentido trascendente de las cosas. Olvidamos las cosas que no proporcionan un inmediato beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven. Cuando faltan estas cosas, nos damos cuenta de que la vida no sirve para nada. Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para anclar los soportes alrededor de una rama y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible, los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva, de la felicidad. Esta dimensión invisible de la vida. Si no, nos enmarañamos en cosas que nos hacen perder la libertad.
b) La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior (y cuando no le hacemos caso, se proyecta en forma de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...) Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (en el campo científico, en el genético, en la informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedo, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque quizá hoy se absolutiza el bienestar y éste no da respuesta al sentido de la vida, impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en ese horizonte no hay Dios; es el gran ausente. Todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser". En medio del pensamiento moderno que tiene tantas cosas buenas tenemos al hombre enfermo de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías de que el siglo XXI sería "místico", porque es la única forma de recuperar el norte. Se intuye que la medicina es la misma: recuperar la idea de Dios, que sirve para cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos... Pero para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto. Y no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo ante el cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta.
La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o qué?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.
La religión es una experiencia personal de la que no podemos prescindir, es una necesidad. Y también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia: la familia que reza unida permanece unida, dice el refrán. Ante una crisis familiar, para resistir ante las dificultades, es importante ver el cielo, recordar el sentido divino del contemplar el cielo.
c) El sentido del sacrificio. La Biblia, al relatarnos el Génesis, nos dice que Dios creó el mundo (sentido del trabajo) y luego descansó (con una mirada llena de gozosa complacencia). La celebración de este día del Señor ayuda a tener la mirada contemplativa, luz sobre todas las cosas (si a nuestra mirada le falta esta luz, todo nuestro ser anda entre tinieblas). Jesús nos hace ver que ese día "se hizo para el hombre", no es un peso el descanso dominical, sino que perfecciona a la persona, lo necesitamos, es recordar la necesidad de humanizar el descanso, de hacer fiesta, de libertad.
Parte esencial de este "hacer fiesta" es el culto a Dios que, desde los primeros hombres, se ha dado al creador (ofreciéndole sacrificios, para mostrar la dependencia de creaturas, como reconociendo y agradeciendo los favores recibidos o pidiendo perdón). Como vemos en el relato de Caín y Abel (y nos cuentan los historiadores de los primeros pueblos) a veces quemaban parte de la cosecha, o algún animal, y con esto dedicaban a Dios una cosa, la hacían "sagrada". Pero Dios dijo que no deseaba tanto estos sacrificios como algo externo, sino el que venga de un corazón que ama y pide perdón (que tiene misericordia). De ahí surgen las ceremonias, y el "domingo" significa "el día del Señor" porque es por excelencia el día de esta relación con Dios en la que el hombre dedica un tiempo explícito a cantar esta adoración.
Shabbat es una palabra que tiene un sentido muy bonito: descanso, reposo, de adoración, contemplación, fiesta y disfrute. Del descanso de la obra de Dios (de nuestro descanso de la semana) se pasa al día del Señor que es la "recreación" operada por la redención. Y el día del sol (con el que se llama aún en muchos idiomas el domingo) aúna los dos significados: el día del Señor es el día del Sol pues Él es el Sol. Así como nos gusta gozar de un trabajo "bien hecho" (Gn 1,31), gozamos ante todo lo bello con una mirada llena de gozosa complacencia: una mirada "contemplativa", que ya no aspira a nuevas obras, sino más bien a gozar de la belleza de lo realizado; una mirada sobre todas las cosas, pero de modo particular sobre el hombre, vértice de la creación» (Juan Pablo II). Y así se pasa del sábado al domingo que ya será día de Cristo y «el día del don del Espíritu» y «el día de la fe».
d) El sentido del domingo y del descanso: la obligatoriedad y gravedad del mandamiento tiene su origen en el mismo Dios que, cuando creó el mundo en seis días, descansó el séptimo día y lo santificó (cf Génesis 2,2-3). No ha sido, pues, la Iglesia quien nos ha impuesto la obligación de dar culto a Dios. Lo único que hace es concretar para todos los católicos de qué modo y cuándo hemos de darle culto. Para ello promulga unas leyes apoyándose en serias y rigurosas razones que, en el caso de la asistencia a la Misa dominical, son las que brevemente veremos a continuación.
El día santo tiene una extraordinaria riqueza de significado. Ciertamente, su sentido religioso no se opone a los valores humanos, que hacen del domingo un tiempo para el descanso, para disfrutar de la naturaleza y para entablar relaciones sociales más serenas. Se trata de valores que, por desgracia, corren el riesgo de quedar anulados por una concepción hedonista y frenética de la vida. Los cristianos, viviéndolos a la luz del Evangelio, le imprimen su sentido pleno: la celebración de las maravillas de Dios.
Celebrar el domingo nos llena de alegría y permite que encontremos la paz y el amor de Jesús, para poder darlos a los demás. Y el descanso dominical es no sólo reponer fuerzas sino principalmente esta dedicación a dar culto a Dios, y poder gozar de la vida en familia, y así el domingo cristiano es un auténtico "hacer fiesta", un día de Dios dado al hombre para su pleno crecimiento humano y espiritual. Un descanso alegre y solidario, pues debe ofrecer también a los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado; ha de reconocer cada uno que no se puede ser feliz "solo", y por tanto buscar a las personas que necesitan su solidaridad. Cultivar amistades, visitar enfermos y otras formas de caridad (no caer en formas fáciles de descanso como estar el día ante la televisión mientras la conciencia nos recuerda visitar a un pariente que necesita nuestra ayuda, o conversar con un amigo, o hablar -el padre o la madre- a solas con un hijo que necesita una conversación, o la tertulia familiar, con buen humor...).
La alternancia entre trabajo y descanso no es un capricho: el descanso es una cosa sagrada, y así las preocupaciones materiales que nos absorben dejan paso a las amplitudes del espíritu, y las personas que nos rodean recuperan su verdadero rostro; las mismas bellezas de la naturaleza son gustadas profundamente. Sin que sea el descanso algo vacío ni motivo de aburrimiento, porque se busca el enriquecimiento espiritual. Si no, podemos vestirnos de fiesta pero sin saber "hacer fiesta", celebrar la fiesta, el domingo. Como dicen los primeros cristianos del siglo II: "pasando toda nuestra vida como en una fiesta, persuadidos de que Dios está en todas partes, trabajamos cantando, navegamos al son de himnos, nos dedicamos a todas nuestras ocupaciones rezando. El cristiano que realmente lo es, habita constantemente con Dios: está siempre grave y alegre; grave por el respeto que debe a la presencia de Dios: alegre, porque reconoce todos los bienes que Dios ha hecho al hombre". Esto es lo que nos propone la Iglesia: Los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida ordinaria. Y así hacer del día una Misa, dar testimonio de Jesús resucitado en el día a día, y nuestro corazón -como en un altar- ofrecerá a Dios todo lo que hacemos, unidos a Jesús: las situaciones concretas de la familia y de trabajo, relaciones sociales...
Los padres y la responsabilidad de redescubrir el domingo, ante los hijos.
Quizá hemos recibido una educación que desde la infancia incluía la Misa: "para mí, ir a Misa es una cosa tan natural como el respirar o el querer. Desde pequeños nos acostumbramos, y la Misa del domingo formaba parte de nuestra vida. Unos días íbamos más a gusto y otros menos, pero no lo dejábamos". Mucho más teniendo en cuenta que la "motivación sociológica" cuenta mucho, y así como el ambiente de hace años ayudaba a la práctica religiosa, se encontrarán los hijos en una sociedad en la que hay unas modas -verdaderas dictaduras culturales- en la que ir a Misa "no está bien visto", y el adolescente queda coaccionado por el "qué dirán", y también le costará ir porque a Misa "no van los jóvenes". Las motivaciones han de ser profundas, para no actuar por lo que hacen muchos sino conforme a la conciencia. Es cierto que en los años de adolescencia puede haber una ruptura (una decisión personal del hijo de dejar de ir a Misa), pero lo que se ha sembrado vivificará más tarde y como muchas veces pasa con la vuelta a la responsabilidad al ser padres: "vinieron los hijos... y todo fue cambiando. Siempre fui una persona inquieta, y me iba preguntando: ¿me escuchará el Señor?" y quizá cuando los hijos se preparan para hacer la primera comunión -en la edad en que formulan a los padres las grandes preguntas- sienten la llamada a volver, "a través de la catequesis de padres pude expresar los sentimientos que tenía guardados durante algunos años..." y hay esta vuelta a los sacramentos, con la seguridad que esto conlleva: "he pasado momentos difíciles en mi vida, pero entre mi fe cristiana y la Misa del domingo he encontrado la fuerza para seguir adelante. Ahora entiendo mucho mejor el Evangelio...". Y otro: "fue cuando mi hijo comenzó a frecuentar la catequesis cuando volví a ir a la parroquia. Hice la catequesis con los otros padres y a través de todo esto me incorporé nuevamente a la Iglesia". En otros casos, esta vuelta es cuando los padres -las madres, más- tienen ya colocados a los hijos y tienen menos obligaciones. Estos testimonios pueden recordarnos esos momentos que bien conocemos, cuando más que una obligación el trato con Dios se convierte en una necesidad, pues ya no podemos más, estamos "ahogados" y queremos "hacer algo". Pero todo ello se pierde si no hay una experiencia previa de ir a Misa, si no hay un "antes", pues entonces ya no se trata de "volver" sino de "descubrir". En cualquier caso, lo que está claro es que, al comienzo del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana. Los padres quieren dar lo mejor. ¿Cómo afrontar esa guerra?
Veamos las pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no voy porque no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." son algunas de las que hemos oído y que dirigen nuestra mirada hacia el "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al chico que el día de Sant Jordi lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto repetido año tras año. Si es aburrido ver día tras día, año tras año, los rostros de las personas que amamos, si queremos voluntariamente cogernos vacaciones para alejarnos de los que amamos, y no verlos En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantas generaciones de cristianos, y pronunciadas por primera vez por Jesús. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor. ¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas)? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: sólo el sentimiento de la persona viva del Señor asegura una participación madura, a prueba de los diversos talantes de los celebrantes, de los cambios en los gustos musicales, del adormecimiento o de la euforia del ambiente.
Siempre pasa algo, nos dice Jesús: "Ven conmigo". Es fácil de entender y aceptar, y con los años nos vamos dando cuenta del contenido profundo y totalizador de esta invitación. Jesús poco a poco va radicalizando su propuesta, y nos pide más. Lo descubrimos como un maestro bueno, justo y merecedor de toda nuestra confianza, y nos pide un paso más: renunciar a nosotros mismos, como Él, darnos a los demás. Cuentan cómo en Taizé o en comunidades donde viven unidos una experiencia de fe, se entra mejor en el misterio de la Misa: los pequeños y jóvenes participan de la fe de los mayores y al revés, hay una fe contagiosa en la piedad y los cantos hay que procurar crear ese climax de fe en la familia.


