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Conclusión: cómo vivir mejor la misa
a) Nuestra fe será más profunda y consciente en la medida en que conozcamos, apreciemos y vivamos la Santa Misa. Los fines de la Misa son la adoración de Dios, la acción de gracias, la petición de perdón y pedirle a Dios lo que necesitamos. A esto vamos a Misa, no a "divertirnos", sino a "convertirnos" de corazón... son necesidades íntimas que notamos en nuestro interior: ser agradecidos, hacer penitencia por lo que hacemos mal... Recuerdo al Siervo de Dios Álvaro del Portillo que rezaba una jaculatoria: Señor, gracias, perdón y ayúdame más. Con el tiempo, he visto que ahí unía los cuatro fines de la Misa: adoración (en la invocación ¡Señor!), acción de gracias, petición de perdón y de ayuda. Es la gran síntesis de toda oración.
b) Tener conciencia clara de la íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos. La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de fraternidad; en un ambiente dominado por el egoísmo esto es aún más importante: no se le puede dar más importancia a la obligación de ir a Misa los domingos que al compromiso continuo de estar dispuestos a dar la vida los unos por los otros. Separar la Eucaristía de este esfuerzo cotidiano, reduce el sacramento a un rito mágico o lo convierte en una mentira cercana al sacrilegio; el amor al prójimo, el estar dispuestos a dar la vida por los demás son actitudes que forman parte del signo eucarístico. El pan y el vino, que son Cuerpo y Sangre de Jesús, tienen que estar amasados no sólo en el hogar sino "con" el amor del hogar, de lo contrario pierden el punto referencial que los hace eficaces. Vivir la Eucaristía es recordar el mandamiento del amor, lavarse unos a otros los pies (servir a los demás, descubrir las necesidades)
c) Sabiendo que es un acto festivo, una invitación, no se puede asistir a Misa con una actitud propia de un restaurante, donde se llega a la hora que se quiere, y vamos solos o en grupo, y cada uno va a la suya... Podemos imaginarnos una historia así, Jordi llega a su casa: "hola cariño -saluda a su mujer-... voy a jugar a tenis, Manuel y yo hemos quedado, lo siento porque no podré quedarme a cenar..."
"Pero Jordi -contesta la mujer-: es ya tarde, y quería estar contigo el día de tu cumpleaños... te tenía preparada la comida que te gusta: carne a la borgoñona, verduras, una tarta de limón..."
"Lo siento cariño, tomaremos algo en un frankfurt..." y mientras sale por la puerta dice unas últimas palabras: -"Tómatelo tú".
Ella cae sentada allí mismo donde estaba, y llora con fuerza mientras no sabe repetir otra cosa que "¡no me quiere!".
Pues esta falta de consideración es la que tenemos con Jesús no valorando -despreciando- este amor que ha tenido con nosotros, cuando no vamos a Misa, o no queremos comulgar bien preparados, o no hacemos la acción de gracias... abandonando la celebración antes de que haya acabado, o pasando al lado de las personas con las que hemos estado en Misa sin saludarlas... No: la Misa es una participación en el banquete de Jesús, y participar es señal de gratitud y de amor. Él ha tenido esta genialidad para que le recordemos, para estar con Él; una invitación que contiene un flechazo de amor como el que sintió Zaqueo cuando se subió a un árbol para verle mejor, y Jesús le dice al verle: "Baja, Zaqueo, que hoy quiero comer en tu casa"; y hace un cambio radical en su vida. Muchas amistades con Jesús comienzan así, con un poco de curiosidad para que el corazón quede después impactado con la mirada de Jesús... y cenamos con Él. Jesús preparó cuidadosamente la Eucaristía durante toda su vida y se concretó en la última Pascua, a la que también nosotros estamos invitados junto con los Apóstoles, pues es una cena más allá del espacio y del tiempo... este signo que empezó entonces durará hasta que Él vuelva.
d) Prepararnos para la comunión. Es el alimento esperado desde todos los tiempos. El maná del desierto. El pan ázimo que representa la marcha liberadora de la esclavitud de Egipto. Es el pan que da fuerza al profeta exhausto para andar cuarenta días. No es lo mismo comulgar que no hacerlo, como decía una monitora que trabajaba en Navidad en un campamento de chicos y pidió al director ir a la Misa del gallo. Le contestó "¿por qué no la miráis por la tele?" y ella contestó: "escuche, cuando le inviten a un buen banquete, yo también le diré que por qué no lo mira por la tele" (el director les dejó ir). Aquellas multitudes que fueron saciadas por Jesús cuando la multiplicación de los panes representan los que gustan de este pan del cielo; y es fundamental que participemos de este alimento.
Decía un alma piadosa: "A veces me asusto pensando en los que han decidido, por las razones que sean, no comer de este manjar cuyo contenido espiritual es más consistente que lo que se puede ver y tocar. Es como si hubieran iniciado, con esa decisión, una terrible huelga de hambre, un ayuno suicida que les llevará a no poder resucitar. Se puede caer en esa especie de anorexia del espíritu en la que el alma ha perdido el instinto de conservación, mientras que el dueño de la vida, porque ha vencido nuestra muerte, nos ofrece gratis, con el gesto más solidario que pueda existir, un banquete infinito". ¿No son estas últimas frases de una sorprendente sencillez y al mismo tiempo- de una dureza que sobrecoge? No se puede pasar de largo, como si no hubiéramos entendido su clarísimo significado: Jesús se ha quedado con nosotros y es Él el único alimento verdaderamente necesario para la supervivencia de nuestro espíritu, de todo nuestro ser, por toda la eternidad. Pero muchos ignoran -y otros quieren ignorar- que ese Alimento está muy cerca de nosotros y cada día podemos recibirlo, si bien preparados. Hay diferentes lugares del mundo donde los cristianos peregrinamos, quizá en busca de sensaciones que nos permitan abandonar esa huelga de hambre espiritual, como contaba Cristina Moreno sobre Tierra Santa: He visto muchos grupos de peregrinos en los Santos Lugares. A veces, si se puede, me uno a su celebración eucarística. Y siempre se interesan por cómo se vive el cristianismo en su cuna, pisando las huellas que Él dejó. Yo me limitaba a sonreír y asentir, es cierto, es una gracia enorme. Qué más puede uno añadir Hasta que una vez, en el Cenáculo, tras recibir todos nosotros al Señor en aquel bendito lugar donde el propio Jesús nos dio para siempre los más grandes regalos -a Él mismo, y a sus sacerdotes- me oí con sorpresa decir: -Sí, vivir en Tierra Santa es una gracia, una enorme suerte, pero la verdadera Tierra Santa está en cada sagrario del mundo, en tu parroquia, seguramente habrá unos cuantos en el camino a tu trabajo, que nunca has visitado, y allí vive Él, permanentemente, mucho más de verdad que aquí, en Tierra Santa. Y allí, cerca de casa, nos espera Él, día y noche, como alimento, como amigo que nunca falla no es necesario llegar tan lejos. Lo que Él quiere de mí es tan sencillo como no ignorar que se ha quedado conmigo, que lo reciba siempre que pueda, a ser posible a diario, pues ¿acaso no aspiramos a tenerlo a Él por toda la eternidad en el cielo? Comulgar es tenerlo a Él conmigo, ser los dos uno. ¿Por qué iba a renunciar a mi ración diaria de cielo, mientras llega el permanente?
Para poder participar de este banquete es necesario creer. ¿Qué es lo que pretende Jesús? Pues no hay nada tan alto como que, comiendo su cuerpo, participemos de su divinidad; en la Eucaristía nos transformamos en lo que comemos, como dice el Concilio: "la participación del Cuerpo y Sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos". Esta divinización del hombre podemos representarla con la imagen de la custodia. "Las custodias generalmente representan un sol cuyo centro es Él. Un encuadre perfecto que nos puede recordar que Jesús Eucaristía es la diana del cosmos. Punto de partida y de llegada de la creación entera. En torno a cada ostensorio o custodia bien pueden girar todas las galaxias, poniendo a la humanidad entera de rodillas en primera fila para adorarlo. Jesús Eucaristía, el Hijo de Dios, el mismo que inició este sublime traspaso lavándonos los pies" (Fanlo). Pero de nada aprovecha la carne si no lo aprovechamos en el espíritu, que es el que da vida. Por esto, en primer lugar hemos de tener el discernimiento de lo que hacemos, examinar nuestra conciencia: estar en gracia de Dios, pues si fueran conscientes de pecados graves para comulgar hay que recibir el perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación, pues como dice San Pablo "quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor", y también se nos pide no haber probado alimento una hora antes (excepto los enfermos).
e) Como se ha dicho, después de que se nos ha ofrecido la eternidad en forma de banquete, procuramos dar gracias a Dios, sabiendo que somos un auténtico sagrario. Un niño que después de comulgar iba al mar a hacer submarinismo, le decía a Jesús en esos momentos: "ahora irás conmigo al mar, como si fueras en un submarino". A veces con la ayuda de un Misal o devocionarios encontraremos textos apropiados para facilitarnos estos momentos tan preciosos, para pedir por nuestras necesidades y nuestra conversión a Dios, cuando lo tenemos dentro: no hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Misa, decía el Santo Cura de Ars.
f) Podemos visitar durante la semana a Jesús en el sagrario y adorarlo en contemplación, exponerle en confianza nuestros asuntos y descansar en Él. Este es el motivo (junto con la comunión de los enfermos, motivo principal) de que se reserve a Jesús en el sagrario de nuestras iglesias. Jesús, buen Pastor Cuenta un voluntario del Hospital de Stanford: conocí a una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado anticuerpos necesarios para combatir la enfermedad. El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por sólo un momento antes de dar un gran suspiro y decir: Sí, lo haré, si eso salva a Liz. Durante la transfusión, él estaba tumbado en una cama al lado de la de su hermana, y sonriente mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa ¿A que hora empezaré a morirme? Como sólo era un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aun así se la daba. Esto sí que es amar.
Jesucristo nos ha amado como nadie nunca ha amado, el sacrificio de la Cruz es la máxima expresión de este amor. El dolor de todo el mundo, queda allá representado: Jesús ha querido yacer sobre la cruz por dar un sentido a todo el dolor. La última palabra corresponde a la vida y al amor, puesto que Él, tras sufrir, resucitó para que nosotros también resucitáramos. Tanto nos amó Dios, que nos dio a su hijo único, para que quienes crean en Él no mueran sino que tengan la vida eterna. Es Dios quien asumió nuestras culpas, murió por nosotros y nuestros pecados, por la cruz nos rescata de todo mal. Verdaderamente, ¡Dios es grande! Nos ama con pasión. Ante este misterio, sólo podemos arrodillarnos y contemplar, y adorar, admirados, al hijo de Dios hecho niño, hecho hombre, clavado en la cruz (con los brazos abiertos, como para decirnos que no quiere cerrarlos, que está siempre esperándonos para acogernos con un abrazo), y resucitado por nosotros, y ¡hecho pan para que lo comamos! ¡Hasta aquí llega su humildad! Él no está lejos de nosotros. Anda con nosotros y nos da su Espíritu Santo. Si vamos con fe a la Penitencia y a la Eucaristía, seremos sus amigos, y como Jesús que continúa pasando hoy por el mundo haciendo el bien, seremos en el mundo sembradores de paz y de alegría.
En la Misa se hace presente todo este amor que une la tierra al cielo, y nos envía Jesús -como buen pastor- el Espíritu Santo, Dios con nosotros, para que nos guíe me viene a la cabeza la historia de aquel que cuando murió fue al cielo. Le dijo Jesús "ahora te enseñaré el camino de tu vida" y llevándolo a una playa donde había dos hileras de huellas le dijo: -"¿De quiénes son?" -"No sé", respondió. "-Pues mira le dijo Jesús- estas huellas son tuyas, que ibas por el camino de la vida, y estas otras al lado son mías, que estaba siempre a tu lado, aunque muchas veces no me veías". "-Es verdad, le dijo esta persona- y a veces no es que no te viera, es que no quería verte". Y más adelante se veía sólo una hilera de pisadas. "-¿De quién son?" le preguntó Jesús. -"Este debía de ser yo que me iba por mi cuenta y te dejaba solo", dijo pensando que ya sabía de qué iba la cosa. -"No-respondió Jesús-, estas no son tuyas, son mías, es cuando tú ya no podías más, y yo te cogía en brazos, te llevaba a cuestas
Él nos acompaña en el camino de la vida, de un modo particular con su presencia en la Eucaristía, que es el regalo que nos proporciona la Misa El Papa nos animaba a mirar a la Virgen, para que "nos haga tomar conciencia de los dones de Dios y que el domingo se convierta cada vez más en el día en que las personas y las familias, reuniéndose para la Eucaristía y viviendo un descanso rico en alegría cristiana y solidaridad, canten la alabanza del Señor con los mismos sentimientos del corazón de María".
b) Tener conciencia clara de la íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos. La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de fraternidad; en un ambiente dominado por el egoísmo esto es aún más importante: no se le puede dar más importancia a la obligación de ir a Misa los domingos que al compromiso continuo de estar dispuestos a dar la vida los unos por los otros. Separar la Eucaristía de este esfuerzo cotidiano, reduce el sacramento a un rito mágico o lo convierte en una mentira cercana al sacrilegio; el amor al prójimo, el estar dispuestos a dar la vida por los demás son actitudes que forman parte del signo eucarístico. El pan y el vino, que son Cuerpo y Sangre de Jesús, tienen que estar amasados no sólo en el hogar sino "con" el amor del hogar, de lo contrario pierden el punto referencial que los hace eficaces. Vivir la Eucaristía es recordar el mandamiento del amor, lavarse unos a otros los pies (servir a los demás, descubrir las necesidades)
c) Sabiendo que es un acto festivo, una invitación, no se puede asistir a Misa con una actitud propia de un restaurante, donde se llega a la hora que se quiere, y vamos solos o en grupo, y cada uno va a la suya... Podemos imaginarnos una historia así, Jordi llega a su casa: "hola cariño -saluda a su mujer-... voy a jugar a tenis, Manuel y yo hemos quedado, lo siento porque no podré quedarme a cenar..."
"Pero Jordi -contesta la mujer-: es ya tarde, y quería estar contigo el día de tu cumpleaños... te tenía preparada la comida que te gusta: carne a la borgoñona, verduras, una tarta de limón..."
"Lo siento cariño, tomaremos algo en un frankfurt..." y mientras sale por la puerta dice unas últimas palabras: -"Tómatelo tú".
Ella cae sentada allí mismo donde estaba, y llora con fuerza mientras no sabe repetir otra cosa que "¡no me quiere!".
Pues esta falta de consideración es la que tenemos con Jesús no valorando -despreciando- este amor que ha tenido con nosotros, cuando no vamos a Misa, o no queremos comulgar bien preparados, o no hacemos la acción de gracias... abandonando la celebración antes de que haya acabado, o pasando al lado de las personas con las que hemos estado en Misa sin saludarlas... No: la Misa es una participación en el banquete de Jesús, y participar es señal de gratitud y de amor. Él ha tenido esta genialidad para que le recordemos, para estar con Él; una invitación que contiene un flechazo de amor como el que sintió Zaqueo cuando se subió a un árbol para verle mejor, y Jesús le dice al verle: "Baja, Zaqueo, que hoy quiero comer en tu casa"; y hace un cambio radical en su vida. Muchas amistades con Jesús comienzan así, con un poco de curiosidad para que el corazón quede después impactado con la mirada de Jesús... y cenamos con Él. Jesús preparó cuidadosamente la Eucaristía durante toda su vida y se concretó en la última Pascua, a la que también nosotros estamos invitados junto con los Apóstoles, pues es una cena más allá del espacio y del tiempo... este signo que empezó entonces durará hasta que Él vuelva.
d) Prepararnos para la comunión. Es el alimento esperado desde todos los tiempos. El maná del desierto. El pan ázimo que representa la marcha liberadora de la esclavitud de Egipto. Es el pan que da fuerza al profeta exhausto para andar cuarenta días. No es lo mismo comulgar que no hacerlo, como decía una monitora que trabajaba en Navidad en un campamento de chicos y pidió al director ir a la Misa del gallo. Le contestó "¿por qué no la miráis por la tele?" y ella contestó: "escuche, cuando le inviten a un buen banquete, yo también le diré que por qué no lo mira por la tele" (el director les dejó ir). Aquellas multitudes que fueron saciadas por Jesús cuando la multiplicación de los panes representan los que gustan de este pan del cielo; y es fundamental que participemos de este alimento.
Decía un alma piadosa: "A veces me asusto pensando en los que han decidido, por las razones que sean, no comer de este manjar cuyo contenido espiritual es más consistente que lo que se puede ver y tocar. Es como si hubieran iniciado, con esa decisión, una terrible huelga de hambre, un ayuno suicida que les llevará a no poder resucitar. Se puede caer en esa especie de anorexia del espíritu en la que el alma ha perdido el instinto de conservación, mientras que el dueño de la vida, porque ha vencido nuestra muerte, nos ofrece gratis, con el gesto más solidario que pueda existir, un banquete infinito". ¿No son estas últimas frases de una sorprendente sencillez y al mismo tiempo- de una dureza que sobrecoge? No se puede pasar de largo, como si no hubiéramos entendido su clarísimo significado: Jesús se ha quedado con nosotros y es Él el único alimento verdaderamente necesario para la supervivencia de nuestro espíritu, de todo nuestro ser, por toda la eternidad. Pero muchos ignoran -y otros quieren ignorar- que ese Alimento está muy cerca de nosotros y cada día podemos recibirlo, si bien preparados. Hay diferentes lugares del mundo donde los cristianos peregrinamos, quizá en busca de sensaciones que nos permitan abandonar esa huelga de hambre espiritual, como contaba Cristina Moreno sobre Tierra Santa: He visto muchos grupos de peregrinos en los Santos Lugares. A veces, si se puede, me uno a su celebración eucarística. Y siempre se interesan por cómo se vive el cristianismo en su cuna, pisando las huellas que Él dejó. Yo me limitaba a sonreír y asentir, es cierto, es una gracia enorme. Qué más puede uno añadir Hasta que una vez, en el Cenáculo, tras recibir todos nosotros al Señor en aquel bendito lugar donde el propio Jesús nos dio para siempre los más grandes regalos -a Él mismo, y a sus sacerdotes- me oí con sorpresa decir: -Sí, vivir en Tierra Santa es una gracia, una enorme suerte, pero la verdadera Tierra Santa está en cada sagrario del mundo, en tu parroquia, seguramente habrá unos cuantos en el camino a tu trabajo, que nunca has visitado, y allí vive Él, permanentemente, mucho más de verdad que aquí, en Tierra Santa. Y allí, cerca de casa, nos espera Él, día y noche, como alimento, como amigo que nunca falla no es necesario llegar tan lejos. Lo que Él quiere de mí es tan sencillo como no ignorar que se ha quedado conmigo, que lo reciba siempre que pueda, a ser posible a diario, pues ¿acaso no aspiramos a tenerlo a Él por toda la eternidad en el cielo? Comulgar es tenerlo a Él conmigo, ser los dos uno. ¿Por qué iba a renunciar a mi ración diaria de cielo, mientras llega el permanente?
Para poder participar de este banquete es necesario creer. ¿Qué es lo que pretende Jesús? Pues no hay nada tan alto como que, comiendo su cuerpo, participemos de su divinidad; en la Eucaristía nos transformamos en lo que comemos, como dice el Concilio: "la participación del Cuerpo y Sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos". Esta divinización del hombre podemos representarla con la imagen de la custodia. "Las custodias generalmente representan un sol cuyo centro es Él. Un encuadre perfecto que nos puede recordar que Jesús Eucaristía es la diana del cosmos. Punto de partida y de llegada de la creación entera. En torno a cada ostensorio o custodia bien pueden girar todas las galaxias, poniendo a la humanidad entera de rodillas en primera fila para adorarlo. Jesús Eucaristía, el Hijo de Dios, el mismo que inició este sublime traspaso lavándonos los pies" (Fanlo). Pero de nada aprovecha la carne si no lo aprovechamos en el espíritu, que es el que da vida. Por esto, en primer lugar hemos de tener el discernimiento de lo que hacemos, examinar nuestra conciencia: estar en gracia de Dios, pues si fueran conscientes de pecados graves para comulgar hay que recibir el perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación, pues como dice San Pablo "quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor", y también se nos pide no haber probado alimento una hora antes (excepto los enfermos).
e) Como se ha dicho, después de que se nos ha ofrecido la eternidad en forma de banquete, procuramos dar gracias a Dios, sabiendo que somos un auténtico sagrario. Un niño que después de comulgar iba al mar a hacer submarinismo, le decía a Jesús en esos momentos: "ahora irás conmigo al mar, como si fueras en un submarino". A veces con la ayuda de un Misal o devocionarios encontraremos textos apropiados para facilitarnos estos momentos tan preciosos, para pedir por nuestras necesidades y nuestra conversión a Dios, cuando lo tenemos dentro: no hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Misa, decía el Santo Cura de Ars.
f) Podemos visitar durante la semana a Jesús en el sagrario y adorarlo en contemplación, exponerle en confianza nuestros asuntos y descansar en Él. Este es el motivo (junto con la comunión de los enfermos, motivo principal) de que se reserve a Jesús en el sagrario de nuestras iglesias. Jesús, buen Pastor Cuenta un voluntario del Hospital de Stanford: conocí a una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado anticuerpos necesarios para combatir la enfermedad. El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por sólo un momento antes de dar un gran suspiro y decir: Sí, lo haré, si eso salva a Liz. Durante la transfusión, él estaba tumbado en una cama al lado de la de su hermana, y sonriente mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa ¿A que hora empezaré a morirme? Como sólo era un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aun así se la daba. Esto sí que es amar.
Jesucristo nos ha amado como nadie nunca ha amado, el sacrificio de la Cruz es la máxima expresión de este amor. El dolor de todo el mundo, queda allá representado: Jesús ha querido yacer sobre la cruz por dar un sentido a todo el dolor. La última palabra corresponde a la vida y al amor, puesto que Él, tras sufrir, resucitó para que nosotros también resucitáramos. Tanto nos amó Dios, que nos dio a su hijo único, para que quienes crean en Él no mueran sino que tengan la vida eterna. Es Dios quien asumió nuestras culpas, murió por nosotros y nuestros pecados, por la cruz nos rescata de todo mal. Verdaderamente, ¡Dios es grande! Nos ama con pasión. Ante este misterio, sólo podemos arrodillarnos y contemplar, y adorar, admirados, al hijo de Dios hecho niño, hecho hombre, clavado en la cruz (con los brazos abiertos, como para decirnos que no quiere cerrarlos, que está siempre esperándonos para acogernos con un abrazo), y resucitado por nosotros, y ¡hecho pan para que lo comamos! ¡Hasta aquí llega su humildad! Él no está lejos de nosotros. Anda con nosotros y nos da su Espíritu Santo. Si vamos con fe a la Penitencia y a la Eucaristía, seremos sus amigos, y como Jesús que continúa pasando hoy por el mundo haciendo el bien, seremos en el mundo sembradores de paz y de alegría.
En la Misa se hace presente todo este amor que une la tierra al cielo, y nos envía Jesús -como buen pastor- el Espíritu Santo, Dios con nosotros, para que nos guíe me viene a la cabeza la historia de aquel que cuando murió fue al cielo. Le dijo Jesús "ahora te enseñaré el camino de tu vida" y llevándolo a una playa donde había dos hileras de huellas le dijo: -"¿De quiénes son?" -"No sé", respondió. "-Pues mira le dijo Jesús- estas huellas son tuyas, que ibas por el camino de la vida, y estas otras al lado son mías, que estaba siempre a tu lado, aunque muchas veces no me veías". "-Es verdad, le dijo esta persona- y a veces no es que no te viera, es que no quería verte". Y más adelante se veía sólo una hilera de pisadas. "-¿De quién son?" le preguntó Jesús. -"Este debía de ser yo que me iba por mi cuenta y te dejaba solo", dijo pensando que ya sabía de qué iba la cosa. -"No-respondió Jesús-, estas no son tuyas, son mías, es cuando tú ya no podías más, y yo te cogía en brazos, te llevaba a cuestas
Él nos acompaña en el camino de la vida, de un modo particular con su presencia en la Eucaristía, que es el regalo que nos proporciona la Misa El Papa nos animaba a mirar a la Virgen, para que "nos haga tomar conciencia de los dones de Dios y que el domingo se convierta cada vez más en el día en que las personas y las familias, reuniéndose para la Eucaristía y viviendo un descanso rico en alegría cristiana y solidaridad, canten la alabanza del Señor con los mismos sentimientos del corazón de María".


