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1. El hombre que se presenta. Formación judía y griega

¿Quién es Pablo?... Podríamos calificarlo con estas palabras: Un judío perfecto y helenizado, que, hecho cristiano, se convierte en la figura más notable de la Iglesia.

¿Un judío perfecto? Así es, y el mismo Pablo se gloría de ello: Esos mis enemigos, “¿son judíos? ¿son israelitas? ¿son descendientes de Abraham? ¡Pues, yo también! (2Co 11,22). “Hebreo e hijo de hebreos, de la tribu de Benjamín, circuncidado al octavo día de haber nacido, e intachable en cuanto a la observancia de la Ley” (Flp. 3,5-6). “Soy judío nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad de Jerusalén, instruido a los pies de Gamaliel, lleno de celo por Dios” (Hch 22,3). “Viví como fariseo, conforme a la secta más estricta de nuestra religión” (Hch. 26,5). A judío no me gana nadie…

¿Ha podido Pablo decirnos más sobre su condición judía?

Sin embargo, Pablo nació lejos de Palestina. Su padre, o más probablemente su abuelo, emigró a Tarso de Cilicia, enclavada en el Asia Menor, que era Provincia Romana.

Aquí nació Pablo, judío tan judío, y venía al mundo con ciudadanía romana en un país dominado completamente por la cultura griega. Esa ciudadanía romana y esa cultura griega le resultarían a Pablo providenciales.

Tarso era una ciudad importante, próspera, muy culta. Entre calles cerradas por esbeltas columnas, pululaban los filósofos que repartían baratamente sus doctrinas. Contaba con gimnasios, teatros, academias, templos a los dioses de las tribus indígenas y a las divinidades del Olimpo.

Judío ante todo, y con estricta formación judía, Pablo aprende desde pequeñito a recitar cada mañana el Shemá: Escucha, Israel: Yahvé es nuestro Dios, el único Yahvé. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4)

Niño precoz, desde los cinco años, sentado a los pies del rabino en la escuela que tiene establecida la sinagoga, aprende a leer el hebreo con la Biblia.

En estos años primeros, toda la enseñanza se reduce a escuchar las historias de Israel, las gestas de su pueblo, las hazañas de sus héroes.
Va a esa escuela cada día por las calles bajo la guía del “pedagogo”, un criado que lo lleva de la mano y lo deja metido en la clase hasta que vuelva a recogerlo.

A los diez años, entra en una nueva etapa de formación. Ahora ya no son preciosamente las historias bíblicas lo que ha de aprender y recordar, sino que entra a saber la tradición oral de la Ley, con los innumerables preceptos que los escribas y rabinos habían entretejido entorno a la Ley propiamente de Dios:
-¡No hagas esto! ¡No hagas aquello! ¡Observa el sábado así! ¡Estos son los animales impuros que no puedes comer!”...

Esta enseñanza no era nada nueva para Pablo, el cual aprendía en las clases de muchacho lo que había visto practicar desde siempre en su familia intachable. Aprende la Biblia hebrea y también la traducción griega de los Setenta, que llegará a sabérsela y citarla prácticamente de memoria.

Junto a la cultura judía, Pablo aprende el griego en el trato con la gente, lengua que después va a dominar a perfección. En ese trato con los demás se va infiltrando dentro del muchacho tan despierto lo mucho bueno que atesora la cultura griega. Oye al azar a maestros griegos que repiten dichos de los antiguos filósofos. Sabe cómo se desarrollan las carreras y competencias del circo.
Se entera de los misterios que practican las otras religiones. No se contamina con nada inmoral, pero se le quedan grabadas en la mente mil maneras de formas sociales dignas de respeto e imitación.

A la par de esta formación religiosa y humana, Pablo se ejercita en un oficio o profesión.
Los rabinos más famosos se gloriaban de ejercer a la vez la profesión de Maestros de Israel junto con el oficio de un trabajo manual. Como aquel Doctor de la Ley que llevaba de adorno, colgado de una oreja, un pequeño martillo que acreditaba su labor de carpintero…

Todos los judíos conocían bien algunos principios clásicos. Como éste: “Es hermoso el estudio de la Thorá, acompañado de una ocupación profana”. Y este otro más severo: “Quien no enseña a su hijo un oficio, le enseña a ser ladrón”.

Irrenunciable en toda familia judía, el trabajo era una cosa sagrada, y Pablo aprendió lo que era probablemente el oficio de su padre, con taller propio: tejedor de lonas para tiendas de campaña y piezas duras para vestir, destinadas sobre todo a la gente campesina. Los numerosos rebaños de cabras, que pastaban más allá de las montañas del Tauro, proporcionaban con su pelo rígido material abundante para aquella industria.

A los quince años se ha de meter Pablo en el estudio de la Biblia con una doctrina ya superior. Y es ahora cuando su padre ─que por lo visto era un judío, si no rico, al menos bien acomodado─, le propone al muchacho ir a Jerusalén, donde están las escuelas superiores y más acreditadas del judaísmo. Podemos imaginarnos la ilusión enorme de Pablo al encontrarse en la Ciudad Santa, en la que escoge la escuela del respetadísimo rabbí Gamaliel, nieto del famoso Hillel, que formó la escuela más prestigiosa, más moderada y más seguida del pueblo.

Las clases se desarrollaban en casa del Rabino, o más bien en la explanada del Templo.
Sentado el maestro en un pedestal y recostado en la columna, tenía a sus pies sentados en el suelo a los alumnos que escuchaban atentos, proponían, discutían y sacaban sus propias conclusiones. Pablo va a resultar un alumno aplicadísimo y un maestro consumado. La Biblia la va a dominar al dedillo y la va a saber aplicar magníficamente en todas sus enseñanzas.

¿Cuántos años siguió Pablo en Jerusalén como discípulo de Gamaliel? No lo sabemos. Pablo fue a Jerusalén algo antes del año 20, y estaría allí unos cinco años. Para cuando Jesús inició su predicación el año 28, Pablo ya había regresado a Tarso; por eso, es difícil que Pablo conociera de vista a Jesús. Pablo volvió después a la Ciudad Santa como maestro de la Ley, en la cual empezaba a destacar de manera notable. De hecho, vamos a encontrar a Pablo en Jerusalén, de manera cierta, el año 34, cuando la muerte de Esteban.

Aquí nos quedamos hoy: con un Pablo judío de la diáspora, muy formado en la lengua y cultura griegas, pero, sobre todo, sobresaliente en la cultura hebrea. Hubiese sido un gran Maestro de Israel, de no haber venido después una intervención de Dios tan fuera de serie...

Pablo era un judío excepcional, pero abierto a todos los horizontes del mundo.

En adelante, vamos a seguir paso a paso las andanzas de este coloso, desde su conversión a Cristo hasta que veamos rodar su cabeza por tierra en las afueras de Roma.





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