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17. A partir del Areópago. Un fracaso y una lección

¿Recordamos la inquietud y la impaciencia de la última charla? ¡Corinto a la vista!...
Sí, y de Corinto nos tocaba hoy hablar. Pero vamos a hacer una pequeña parada antes de asistir a la fundación de una Iglesia que llena de ilusión.

Debemos volver la mirada a Atenas, de la que vimos salir a Pablo muy apesadumbrado, y de la que nosotros mismos nos pudimos llevar una mala impresión.

Pablo pensó:

- Atenas, fracaso con los judíos, ¿por qué?... Atenas, fracaso con los griegos, ¿por qué?... ¿Es que el Evangelio no tiene fuerza? ¿A qué se debe lo que me ha ocurrido?...

Pablo, como lo hemos visto desde el principio, era un judío de pies a cabeza, y en todas partes se las tenía que ver con los de su raza.
Si los judíos admitían el Evangelio, en ellos encontraba colaboradores magníficos como Silas o Timoteo, o bien formaban los judíos, a la par que los gentiles, una Iglesia tan preciosa como la de Berea.

Pablo contaba siempre con la persecución.
Pero lo de los judíos de Atenas fue peor que los azotes o la expulsión de la ciudad.
Ni una conversión. Ningún interés por el Evangelio. Frialdad por todas partes. Apatía por doquier. Indiferencia absoluta.

Aquellos judíos, por lo visto, se habían acomodo a la manera floja de vivir de los atenienses, y Dios y el prometido Cristo no les importaron nada. Como si se dijeran:

- Adoramos al Dios Yahvé sin preocupaciones; ¿por qué nos vienen ahora a molestarnos tontamente?... Dejemos a todos en paz, y que cada uno siga adorando a su dios como le venga bien. ¿A qué meternos con los demás?...

Fracasado con los judíos, Pablo, tan judío, se pasó a los gentiles. Pero, ¿estaba preparado para meterse con el mundo griego?...

Dios había tenido una providencia grandísima con Pablo. Cuando lo escogió, sabía Dios a quién elegía. El judío completo, era también un griego y un romano completo.

Pablo, como hombre, encarnaba en su persona lo más rico del mundo de entonces.
Dentro de pocos años. Pablo escribirá en una de sus cartas:

“Yo soy el más pequeño de los apóstoles. Pero, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos los demás apóstoles, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,9-10).

Naturalmente que pudo desarrollar una actividad asombrosa y muy diferente de la llevada a cabo por los demás.

Porque ninguno de los otros apóstoles tuvo la formación que le tocó en suerte tener a Pablo.

Como judío, era un brillante maestro de la Biblia, graduado en las escuelas superiores de Jerusalén.

Como griego, era un helenista nacido y educado en Tarso, ciudad muy notable por su saber, en la que asimiló la cultura griega y pudo estar en contacto pacífico con el derecho romano y muchas costumbres del Imperio.

El discurso que Pablo pronunció en Atenas ante el Areópago no se improvisaba fácilmente.

Semejante pieza oratoria indicaba una formación griega muy valiosa, asimilada en Tarso, ciudad que marcó a Pablo con sello indeleble en su rica formación humana y social.

Aunque la fuente de su ciencia sea la Biblia, Pablo sabe también y repite dichos y sentencias de filósofos, poetas y escritores griegos.

Conoce los juegos olímpicos y en sus cartas hace alusiones estupendas a ellos, aplicando a la vida cristiana los esfuerzos y triunfos de los atletas. Está al tanto de costumbres militares, y nos describe al detalle la armadura romana.

Veremos después cómo sus cartas están llenas de alusiones a la vida griega y romana, aprendido todo durante su niñez y juventud.

Es cierto que Pablo pensaba ante todo y sobre todo con la Biblia, y que todo lo que estuviera en oposición a las Sagradas Escrituras lo rechazaba de manera fulminante.

Por poner un caso, Pablo pudo leer en Tarso la inscripción asiria junto a la estatua de Sardanápalo: “Caminante, come, bebe y pásala bien, que todo lo demás no vale la pena”.

¿Qué pensaba Pablo ante semejante brutalidad? Pues, se diría:

- ¿Eso? Los que así piensan y hablan son malos, pero discurren como tontos más que como pecadores. Ya me lo dice mi Biblia: “Los impíos, razonando neciamente, se dicen…:”Vengan y disfrutemos… gocemos de lo presente…, coronémonos de rosas antes de que de se marchiten” (Sb 2,1-8)

Aunque, junto a esa barbaridad, pudo aprende dichos como éste, de un gran filósofo de Tarso: “Para todo ser humano su conciencia es su Dios” (Atenodoro)
En la misma Atenas y sobre la Acrópolis pudo Pablo recordar las palabras de un poeta dirigidas a Zeus, el Júpiter de los griegos:

-¡Oh Zeus, yo te saludo! Toda carne puede elevar su voz a ti, pues somos de tu estirpe. Por esto quiero con gozo elevar a ti mi canto de alabanza, cantar eternamente tu alabanza” (Coleantes, en Holzner)

Por palabras de filósofos y poetas como éstos pudo valorar Pablo lo que el Espíritu de Dios había depositado en la naturaleza humana, buena como salida de la mano de Dios, aunque estropeada tan lastimosamente por obra del Maligno.

Hay que decir que Pablo dio muestras de tener un espíritu muy abierto, muy amplio, y que admitía y asimilaba todo lo que viera de bueno, de honesto, de enriquecedor.
Con todo esto vemos cómo la religión y la moral - que enseñaban los espíritus más rectos entre aquellos paganos -, bien consideradas, eran un camino abierto para el Evangelio.

¿Qué es lo que faltaba? Lo que les dijo Pablo: “Convertirse”.

¡Dejen a ese Júpiter el padre de los dioses, y vuélvanse al Dios que creó todas las cosas!

¡Dejen a muchos de sus maestros, y acudan al Maestro que yo les indico, el hombre Jesús, que un día juzgará a todos los muertos que habrán resucitado!

¡Crean en este Hombre Jesús, y vayan sin miedo a Él, que está autorizado por Dios con la resurrección de entre los muertos!

¿Dónde radicó el fracaso de Pablo en Atenas?

En la indiferencia de los judíos y en la soberbia fatua de los griegos. Pablo no pudo presentarse con más autoridad y hablar mejor a los griegos y a los judíos.

En el Pablo de Atenas aprendió también la Iglesia la gran lección del apostolado.
Todo apóstol se presenta con una preparación religiosa y humana completas. Pero ante la indiferencia que puede encontrar o ante el rechazo que le oponga la soberbia de los oyentes, siempre tendrá el apóstol cristiano - como arma eficaz - la Cruz de Cristo, que es sabiduría de Dios y fuerza de Dios para todos los que se han de salvar.




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