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23. ¡Lean, tesalonicenses! Una súplica de Pablo

Ha salido de la pluma de Pablo la primera de sus cartas. Y, al final de la misma, les grita casi a sus queridos tesalonicenses:

- ¡Léanme! ¡Les conjuro por el Señor que lean esta carta todos los hermanos! (1Ts 5,27)

¿Sospechaba Pablo que esa su carta, sus dos primeras cartas - primeros escritos del Nuevo Testamento-, los íbamos a leer con fruición en la Iglesia durante siglos y siglos?...

Y al leer esas sus dos cartas a los de Tesalónica, ¿con qué nos encontramos?...
Aparte de lo que ya tenemos comentado en meditaciones anteriores, vemos a Pablo volcar su corazón ante aquellos hijos que eran su gloria por la fidelidad al Evangelio.

¿Cómo no va a estar orgulloso Pablo de ellos, si se han convertido en modelo de todas las Iglesias? Así se lo dice sin complejos ni regateos:

“Han abrazado la palabra de Dios con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones. De esta manera se han convertido en modelo de todos los creyentes. Pues partiendo de ustedes, ha resonado la palabra del Señor por todas partes” (1Ts 1,7-8)

Pablo, ufano por sus hijos, no solamente los colma de felicitaciones, sino que pasa a darles unos consejos que son para nosotros, todavía hoy, grandemente orientadores en nuestra vida cristiana.

Y nada más empezar, Pablo nos cita por primera vez lo que son la fe, la esperanza y el amor: esa tríada gloriosa que encierra toda nuestra salvación, cuando escribe:

“Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre el obrar de su fe, el trabajo difícil de su caridad, y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Ts 1,3)

¡Que elogio el contenido en estas palabras! ¡Quién lo pudiera merecer siempre! No hay cristiano que se pueda perder cuando vive estas tres virtudes recibidas en el bautismo.

Y no se puede perder, sencillamente, porque esa fe, esa esperanza y ese amor son la armadura más fuerte con que está pertrechado para recibir los ataques de Satanás, pues les comenta Pablo:

“Estamos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, y con el casco de la esperanza de la salvación” (5,8)

Pero, ¿por qué viven los tesalonicenses con semejante fidelidad el Evangelio?
Pablo reconoce que esto se debe a dos razones poderosas, encerradas en estas palabras:

“¡Han llegado a ser para mí entrañables! Porque, al recibir la palabra de Dios que les prediqué, la acogieron, no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es en verdad, y esa palabra permanece activa en ustedes” (1Ts 2,8 y 13)

Aquí está la razón de la fuerza de una Iglesia concreta y de un cristiano en particular.

La palabra que escucha, salida de labios elocuentes o de otros labios muy pobres, es Palabra de Dios, no palabra de hombre, que engendra y alimenta la fe.

Y recibida la Palabra con fe, ¿se queda en una fe muerta, sin obras? ¡No! Porque se traduce en obras vivas, activas siempre, tal como dice el mismo Pablo: “Es una fe que actúa siempre movida por el amor” (Gal 5,6)

El apóstol Santiago se vio en la precisión de corregir a algunos que tergiversaban ciertas expresiones de Pablo sobre la fe.
Y refiriéndose a la Palabra de Dios, que leían en la Biblia o escuchaban en la Comunidad, escudándose en que tenían bastante con la fe, el austero apóstol les avisa serio y les pone una graciosa comparación:

“Pongan por obra la palabra y no se contenten sólo con oírla, engañándose a ustedes mismos. Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, se parece al que contemplaba su cara en el espejo; efectivamente, se contempló, pero dio media vuelta y se olvidó de cómo era” (St. 1,22-24)

Los discípulos de Pablo hacían todo de manera muy diferente: la Palabra que habían escuchado la ponían por obra, y de este modo convirtieron a su Iglesia en modelo de todas las comunidades cristianas.

Ante esta realidad, Pablo, en vez de corregir, anima a los suyos a seguir adelante:

“Dios los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos” (1Ts 3,12)

¡El amor, siempre el amor lo primero!

Como los tesalonicenses estaban tan inquietos por el Día del Señor, Pablo les insiste:

- No se preocupen de cuándo vendrá ese día. Lo que importa es estar siempre preparados. Vigilancia, oración, sobriedad de vida. Somos hijos del día y de la luz, y Dios no nos ha destinado para la ira y el castigo, sino que nos ha elegido para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo. (1Ts 5,4-11)

En las dos cartas se muestra Pablo ciertamente orgulloso de sus queridos tesalonicenses. Pero los tesalonicenses, a su vez, estaban orgullosos de Pablo.

¿Por qué acogieron de aquella manera tan firme la Palabra de Dios traída por Pablo, y por qué ahora constituían una Iglesia tan fervorosa?

¿Por qué aguantaban ahora tanta persecución, sin flaquear en su fe?

¿Por qué Pablo les alaba el que se han vuelto unos fieles imitadores suyos?

En el ejemplo de Pablo estuvo uno de los grandes secretos de aquella fe y aquella vida cristiana de esta Iglesia. Pablo llegó de Filipos perseguido, cubierto de llagas por los azotes de los lictores, pobre, y proclamaba su doctrina sin pedir ni exigir nada.

Los oyentes de Pablo lo veían, examinaban su proceder, y se convencieron de la verdad que aquel extraño predicador proclamaba:

- ¡A este sí, a éste le podemos creer!
Y le creyeron y se entregaron incondicionalmente a Pablo, y por Pablo al Señor Jesús.

Al escribir ahora a los de Tesalónica, Pablo pone fin a las dos cartas con unos consejos que son actuales para la Iglesia de todos los tiempos:

“Manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros, de viva voz o por carta” (2Ts 2,15).

“Mantengan vivo al Espíritu Santo”, el cual actúa tanto entre ustedes con sus carismas. Estén siempre alegres. Oren continuamente, dando gracias a Dios, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (1Ts 5,16-19)

¡Lean esta carta todos!, pedía Pablo. Estas dos cartas a los de Tesalónica, tan sencillas y familiares, nos enseñan mucho sobre la vida cristiana.

Las seguimos leyendo con gusto, al ver que nos piden alegría, oración, trabajo, esperanza y amor…

Escritos como éstos, ¡que nos vengan muchos!



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