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Autor: | Editorial:



24. Entre la segunda y tercera misión. Dejando por ahora Corinto


Un día corrió la alarma por la Iglesia de Corinto:

-¿No lo saben? Pablo se va, Pablo nos deja. Se ha rapado completamente la cabeza, y esto en un judío significa que ha de ir a Jerusalén para cumplir en el Templo el voto que ha ofrecido.

Les preguntan a Áquila y Priscila, que no pueden mentir:
-Sí, es cierto. Y nosotros marchamos con él hasta Éfeso, donde nos vamos a quedar, mientras que él seguirá su viaje, aunque nos dice que vendrá a Éfeso después de Jerusalén.

¿Cómo es que Pablo deja Corinto? Ha fundado allí una iglesia fuerte, ejemplar, luchadora, que ha crecido prodigiosamente.

La fuerza de la Cruz se ha mostrado vigorosa en la ciudad llena de vicio, y los creyentes quedan bien atendidos por presbíteros y jefes ejemplares.

Pablo puede reflexionar confiado:

-¿Qué sigo haciendo aquí después de año y medio? En Grecia, sin ninguna ciudad importante fuera de Atenas y Corinto, ya no me queda nada que hacer. Roma..., Roma…, y después hasta España, en el fin de la tierra. Pero antes he de visitar y fortalecer las iglesias fundadas en Galacia. Y, antes que Roma, está Éfeso y las ciudades costeras del Asia. ¿Me va a impedir por tercera vez el Espíritu Santo establecer en Éfeso la Iglesia?...

Pablo se decide:

-¡A Éfeso! Pero, antes, una rápida visita a Jerusalén, Antioquía e iglesias de Galacia.
En Éfeso, al desembarcar con Áquila y Priscila, tiene la confirmación de su propósito, cuando oye después de predicar alguna vez que otra en la sinagoga:
-¡Quédate aquí, Pablo!...
-Sí, volveré, si Dios quiere, se lo prometo; pero déjenme ir antes a Jerusalén.

Desembarca ahora en Cesarea, y de allí “sube” a Jerusalén, donde tiene por lo visto una acogida fría o indiferente:

-¡Ya está aquí Pablo! El que no quiere la circuncisión ni la Ley de Moisés, el que amplía la Iglesia con paganos y más paganos…
Pablo no es insensible a estas críticas, y lo siente.

Por más que los judeocristianos de Jerusalén no podían quejarse mucho esta vez.

Ven cómo Pablo ha venido desde muy lejos hasta la Iglesia madre para cumplir un voto conforme a las costumbres judías, que no le obligaban para nada. Pablo lo hizo libremente.

Y con esto podían ver sus adversarios que Pablo no rechazaba las costumbres piadosas de su pueblo.

Pablo, como escribirá él mismo después, se hacía “judío con los judíos” a fin de ganarlos a todos para Cristo (1Co 9,20). Lo que rechazaba era la circuncisión y la Ley como obligatorias para los que habían recibido la fe y el Bautismo del Señor Jesús.

Una vez cumplido su voto en el Tempo, Pablo se despide, y se encamina otra vez hacia Antioquía, donde, al revés de Jerusalén, todo es acogida, todo es cariño, todo es estímulo:

-¡Adelante, Pablo! Visita a los hermanos de Galacia, y a ver si esta vez te deja el Espíritu caer por fin en Éfeso.
Empezaba la tercera misión de Pablo (Hch 18,22-28; 19,1-10)

Era a finales del año 52, ó ya la primavera del 53, cuando Pablo atravesaba de nuevo la cordillera del Tauro para visitar las iglesias de Galacia confortando a los hermanos.

Y por fin, ¡esta vez, sí!, por fin Éfeso, la grande y bella ciudad de Éfeso, rodeada de otras ciudades que serán célebres en la historia apostólica, en especial con las cartas que Juan les dirigirá en el Apocalipsis.

Nada más llegar, Pablo escucha con interés lo que le cuentan algunos:
-Teníamos aquí con nosotros a Apolo, un admirable judío de Alejandría. ¡Hay que ver cómo domina las Escrituras! ¡Hay que ver con qué elocuencia habla! ¡Hay que ver qué testimonio da del Señor Jesús!...

Áquila y Priscila le confirman todo a Pablo:
-Sí, es cierto; pero no conocía al Señor Jesús más que por lo de Juan el Bautista en el Jordán. Nosotros le instruimos mejor, y marchó a Corinto mucho más preparado. Los hermanos de aquí le dieron carta de recomendación y a Corinto que se fue…

Pablo, de corazón grande, no siente nada de envidia; al contrario, se goza de que el nombre del Señor Jesús sea más y más conocido por evangelizadores que surgen en la Iglesia como la mayor bendición de Dos.

Igual que Apolo, estaban aquellos doce creyentes, a los que pregunta Pablo:
-¿Recibieron al Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?
Los doce del grupo dieron una respuesta extraña por demás:
-¿El Espíritu Santo? ¿Y quién es? Ni sabemos que exista un Espíritu Santo.
Prosiguió Pablo con no menor extrañeza:
-Entonces, ¿qué bautismo han recibido ustedes?
-El bautismo de Juan el Bautista.

Pablo tuvo bastante. Algunos discípulos de Juan, después de recibir en el Jordán el bautismo, habían regresado a sus casas, lejos de Judea, y seguían realizando el rito del Profeta.

Adivinando abierta de par en par la puerta para evangelizar en Éfeso, Pablo contesta:
-Muy bien lo que dicen. Pero aquello de Juan no era sino una preparación para lo que había de venir. Como decía el mismo Juan, Jesús instituyó el único y definitivo bautismo.
-¿Y lo podemos recibir nosotros?
-Si creen en el Señor Jesús, ¡claro que lo pueden recibir!

Pablo los ve dispuestos, les instruye algo más, hace que se bauticen los doce, y, es de suponer, que con sus mujeres e hijos también.
Bautizados, les impone las manos, y el Espíritu Santo bajaba clamorosamente haciéndoles hablar en lenguas extrañas; profetizaban, hablaban de Jesús, entusiasmaban a todos…

Este hecho de los doce que ignoraban al Espíritu Santo lo hemos tomado también como una fina advertencia de Dios a la Iglesia de siempre.
¿Cómo es posible ignorar al Espíritu Santo? ¿Cómo es posible desplazarlo en la Iglesia del lugar que le corresponde?...
El Espíritu Santo, tan calladito, tan delicado, es el gran motor de la Iglesia para llevar adelante la obra del Señor Jesús hasta el fin.

Pablo adivina todo el provenir:
-Antes, todo eran dificultades. En Galacia, se me cerraban todos los caminos del Asia, y ahora se me abre de par en par una puerta enorme y prometedora (1Co 16,9)

El Espíritu Santo, de manera tan sorpresiva e interesante, abría la brecha para el Evangelio en Éfeso. Veremos hasta dónde llegará…



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