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25. Éfeso. Un centro misionero sin igual


Dos años largos nos esperan con Pablo en Éfeso. Interesantes a más no poder.
Camino de Jerusalén, se había detenido aquí, y les prometió:

- Me voy, pero estén seguros de que vuelvo…

Y sí, volvió. Vino el encuentro con aquel grupo de doce sobre los que bajó tan sonoramente el Espíritu Santo, y todo hacía prever unos comienzos felices (Hch 19,8-20)

Pero pronto asomó en el horizonte la tempestad. Tres meses predicando cada sábado en la sinagoga, y los judíos, tan aquiescentes y obsequiosos la primera vez, ahora se volvieron las fieras que cabía esperar:

¡No! Ese Cristo no nos interesa. Ese “camino” tan torcido enseñas tú a los paganos que buscan a nuestro Dios Yahvé? ¡Deja en paz con nosotros a los prosélitos y temerosos de Dios, y lárgate de aquí!...
Pablo entonces, con tanto dolor como energía, les desafió:

- ¿Así lo quieren y así me lo piden? Pues, rompo con ustedes. En la sinagoga se queden, que yo me voy a los gentiles. Ellos aceptarán la salvación que ustedes rechazan.

Y Pablo se fue. Pero un tal Tirano, que bien podía ser un simpatizante, le alquiló el local de su escuela. Tirano, retórico griego o maestro dedicado a la enseñanza, ejercía el magisterio desde el amanecer hasta el medio día, y dejaba libre por la tarde el local.

Para Pablo, esto resultaba magnífico. Con lo madrugadores que eran los griegos y romanos, trabajaban desde muy de mañana, y la tarde la dedicaban al ocio, a la diversión, a la vida social. Los judíos se dedicaban a sus labores todo el día, y Pablo en Éfeso supo combinar muy bien sus dos trabajos.

Muy de mañanita, se ponía a trabajar duro en el taller de Áquila y Priscila, confeccionando lonas para ganarse el sustento de cada día. Y la tarde entera, desde el mediodía, la consagró a evangelizar a cuantos quisieran escucharle en el aula espaciosa de aquella escuela que le resultó providencial.

A Pablo se le empezó a complicar algo la vida por lo que menos podía esperarse, como dicen los Hechos:

“Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado, y se alejaban de los pacientes las enfermedades y espíritus malos”.

Por lo que indica esta observación de Los Hechos, nos podemos figurar muchas escenas.
Si estaba Pablo en el taller, venía la gente a buscar retazos de lo que Pablo había tejido. En la escuela, acudían a interrumpir las clases implorando clemencia para los enfermos. Iba Pablo por la calle, y se le echaban muchos encima, suplicando: - ¡Cúrame!... Todo igual que lo de Jesús en Galilea. Hasta que vino el hecho tan grave como cómico.

Los magos y los brujos, malos todos ellos, merodeaban por Éfeso y sus contornos.
Y entre los judíos, en Éfeso -igual que en Palestina, como sabemos por los evangelios─, actuaban exorcistas que expulsaban demonios en el nombre de Dios. Muy bien esto.

Pero vino lo inesperado con unos exorcistas ambulantes judíos, que debían obrar por intereses bastardos, y adivinaron el negocio:

- Si Pablo expulsa los demonios en nombre de Jesús, ¿por qué no hacemos nosotros lo mismo? ¡Usemos ese nombre, que por lo visto le da miedo al demonio!...

Y sí, lo hicieron. Eran nada menos que siete hermanos los que ejercían este oficio de exorcistas, hijos de un tal Esceva, importante sacerdote judío, y lo hacían en grupo con toda solemnidad. Uno de ellos se planta frente al pobre endemoniado, y conmina al espíritu:

- Te conjuro por Jesús, a quien predica Pablo, que salgas de aquí.

Sólo que el demonio respondió como si tal:

- Conozco a ese Jesús y sé quién es Pablo. Pero ustedes, ¿quiénes son?

Y arrojándose el endemoniado contra todos ellos, pudo más que los siete juntos, les quitó los vestidos descaradamente, y de forma tan poco elegante tuvieron que escaparse a su casa, desnudos y cubiertos de heridas. El hecho corrió por toda la ciudad y sus contornos, se apoderó de la gente un gran temor, y el nombre de Jesús corrió veloz de boca en boca.

Vino entonces algo más serio. Eran muchos los que en Éfeso practicaban la magia, y ahora, prevenidos y avisados por semejante suceso, se acercaban temblorosos a confesar sus malas artes:

- ¿Qué tenemos que hacer, Pablo?...

No lo decían por comedia, pues venían con puñados de libros que arrojaban a las llamas delante de todos. Fueron tantos los libros que acabaron en la hoguera, que, según los Hechos, “calcularon el precio y hallaron que subía a cincuenta mil monedas de plata”.

¡Ya paró bien la broma del demonio con los pobres exorcistas!...

Durante los tres años de Éfeso, Pablo ha escrito varias de las cartas que hoy poseemos, y en las cuales encontramos expresiones conmovedoras:

“Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser como la basura del mundo y el deshecho de todos” (1Co 4,12-13)

Esto lo escribía Pablo desde Éfeso. Y añadirá algo después:

“No quiero que lo ignoren, hermanos. La tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, muy por encima de nuestras fuerzas, tanto que perdí toda esperanza de salir con vida, como si tuviera encima la sentencia capital” (2Co 1,8-9)

Pero Dios, rico en bondad, en medio de las tribulaciones que Pablo nos narraba, escritas desde Éfeso en estos tres años de apostolado asombroso, le colma de consuelos inefables, pues escribe también al lado mismo de aquellos párrafos estremecedores:

“Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando me siento débil, entonces soy más fuerte que nunca” (2Co 12,9-10)

Esas tribulaciones eran la paga de su apostolado en medio de triunfos resonantes, ya que, como dicen los Hechos, “la palabra del Señor crecía y se difundía poderosamente”.

No han acabado las proezas de Pablo en Éfeso, pues aún hemos de presenciar algunas aventuras más de este héroe legendario, que todavía nos sigue repitiendo después de dos mil años:

- ¿Quieren jugarse por alguien la vida?

¡Juéguensela por Jesucristo!...



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