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Autor: | Editorial:



29. Una palestra de la castidad. ¡Precisamente en Corinto!


La carta de Pablo a los Corintios nos trae hoy una sorpresa grande. Sabemos que ciudad de Corinto no tenía más rey que el dinero ni otra reina que la lujuria.

Se popularizaba esto con dichos que nos han llegado hasta nosotros. “No cualquiera puede ir de viaje a Corinto”, decían los turistas de aquel entonces, pues la billetera tenía que estar bien llena.

Y por todas partes corría la palabra griega “corinciáceszai”, “vivir a lo corinto”, es decir, divertirse y gozar lujuriosamente, como lo enseñaban las mis sacerdotisas prostitutas de la diosa Afrodita, la Venus de los griegos, la cual tenía su templo en la cima del Acrocorinto que dominaba la ciudad.

Pues bien, en este trasfondo de la inmoralidad de Corinto, hay que situar todo lo que la carta primera de Pablo dice sobre la castidad, sobre el matrimonio, sobre la virginidad, sobre el celibato.

Por encima de las miserias humanas, que las hubo y grandes, ¿cómo es posible que se alce tan alto un ideal de pureza que casi resulta inconcebible?...

Desde luego, que en la Iglesia de Corinto había miserias. No era fácil desarraigar de repente la inclinación al vicio de algunos convertidos. Por ejemplo, el caso que hizo a Pablo levantar el grito hasta el cielo:
“¿Cómo es posible que se dé entre ustedes una fornicación que ni entre los paganos, hasta tener uno por mujer a su propia madrastra”, quitándosela a su padre? (1Co 5,1)

Y les advertía a todos, porque eran muchos los que necesitaban el aviso:

“¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y hay que tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡Huyan de la fornicación!
“Su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes, y ya no se pertenecen.
“Pues el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor”
(1Co 6,13-19)

Sin embargo, aquí viene lo sorprendente. Pablo no se tiró para atrás al anunciar el Evangelio de Jesucristo, y se encontró, -¡en Corinto precisamente!-, con matrimonios bellamente unidos, y con el ideal de la virginidad y del celibato por el Reino de los Cielos.

Por lo visto fueron muchos, bastantes al menos, los que dijeron:
- Sí!, por el Señor Jesús, vale la pena…

Pablo reconoce esta gracia y este carisma del Espíritu Santo en Corinto. Recibe consultas sobre el asunto, y contesta de modo que admira y hasta nos asombra. El capítulo séptimo de la carta primera no se puede leer sin emoción.

¡Cuánta gracia de Dios!...

Pero Pablo, aunque se entusiasme y bendiga al Señor por sus queridos corintios - que le causan tantas alegrías a la vez que tantos quebraderos de cabeza-, es un hombre sensato y va respondiendo a cada pregunta con gran prudencia.

¿Quieren saber mi parecer, pues creo tener el carisma del consejo, recibido del Señor?
Está muy bien eso de la virginidad y el celibato.
¡Qué más quisiera yo sino que todos fueran esto que soy yo, célibes!
Pero cada uno tiene su propio don del Espíritu Santo: uno de una manera, otro de otra.
El celibato es un don, y el matrimonio es otro don de Dios.
El casado tiene un regalo de Dios, y el célibe tiene otro regalo venido de Dios también.


Ya en la primera respuesta indica Pablo el gran corazón que tiene. Y sigue:

Sí, me gustaría, varones, que fueran célibes; y ustedes, mujeres, que optaran por la virginidad.
Sin embargo, y ya que me lo preguntan, les digo que, para evitar la fornicación, cada uno tenga su propia mujer y cada mujer tenga su propio marido.
Sigan si quieren ese alto ideal del celibato.
Pero si les cuesta mucho, cásense, que les resultará mucho mejor.


Pablo hace gala de un gran sentido común.
Y quiere que los esposos cristianos cumplan como tales:

Maridos, ¡entréguense a sus esposas! Mujeres, ¡entréguense a sus maridos!... Es un derecho y una obligación de todos, a la vez que un regalo de Dios.

Ante la plaga del divorcio, viene ahora Pablo y repite a los de Corinto el precepto expreso de Jesucristo:

Miren lo que les mando, no yo, sino el Señor en persona: que el hombre no se separe de su mujer ni la mujer de su marido.

Este era bien claro el mandamiento de Jesús en el Evangelio. Pero, ¿qué hacer si se ha dado el caso de una separación? Ahora encarga Pablo con seriedad, pero se adivina el mucho cariño de su corazón:

- ¡No se separen! Y, si se separan, sepan que no pueden volver a casarse. Entonces, lo mejor es que, si se ha dado la separación, vuelvan a reconciliarse: el marido no rechace a la mujer, y, naturalmente, tampoco la mujer deseche al marido.


Ante la inquietud que sentían algunos casados de dejar el matrimonio para darse del todo al Señor, Pablo les sale al frente y les dice:

-¡No se les ocurra! Siga cada uno en su matrimonio. Continúen en el mismo estado que tenían cuando recibieron la fe y fueron bautizados. Porque ésa es la vocación en que fueron llamados y en la cual han de perseverar.

Como vemos a cada paso y en cada cuestión, Pablo es sensato de veras y tiene una visión amplia del cristianismo.

Por eso les insiste a sus lectores, todos ellos discípulos tan queridos:

Para que vean que no les fuerzo, les repito:

¿Estás casado o casada? No busques separación.
¿Te quieres casar? Cásate, pues no faltas.
Lo único que yo quiero es ahorrarles preocupaciones en el servicio del Señor.


Pablo no ha podido mostrarse más comprensivo, más generoso, más noble.
Al predicar y escribir así, Pablo es fiel al Señor Jesús, y es fiel también a los cristianos, que deben gozar de plena libertad en sus decisiones.

Este capítulo siete de la primera a los Corintios es de lo más notable que hay en las cartas de Pablo. ¡Qué corazón el del Apóstol! ¡Qué generosidad la de aquellos primeros cristianos!

¡Y qué lección también para el mundo de hoy!...

Sobre el ansia de placer desbordado que entontece a tantos, triunfa en muchos, hoy como entonces, la fuerza de Jesucristo, el cual no se deja vencer…



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