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Autor: | Editorial:



30. Olimpíadas cristianas. A correr los valientes…


Cada cuatro años, ya lo sabemos: ¡las Olimpíadas!...

Y hay que ver las horas que pasamos ante el televisor, y cómo devoramos los periódicos, y cómo contamos oros, platas y bronces, y cómo nos llenamos de orgullo con los vencedores de nuestra tierra…

Todo eso está magnífico. Felicitamos a Grecia que inventó e inició las Olimpíadas hace ya veintisiete siglos. Y las seguimos celebrando para aprender a cultivar sanamente los ideales de humanismo y de fraternidad que entrañan.

Pero, colocándonos ahora en la mente de San Pablo, queremos aprender sobre todo las enseñanzas que nos dan en orden a la vida cristiana. Sí, cristiana, como suena. El Apóstol las vivió en su tiempo y de ellas sacó lecciones inolvidables.

¿De veras que San Pablo se metió en las Olimpíadas?... Ciertamente, las aprovechó para enseñar. Lo mismo que el Papa con los deportistas de hoy.

Por ejemplo, Juan Pablo II, en el Gran Jubileo del año 2000, acudió al Estadio Olímpico de Roma para presenciar y animar el partido de fútbol durante el Jubileo organizado especialmente para los deportistas.

Unas Olimpíadas propias, se celebraban cada dos años en Corinto: eran los Juegos Ístmicos, que apasionaban a los corintios como hoy a nosotros las grandes ligas deportivas.

¿Qué hace entonces Pablo en sus cartas?... Toma las competiciones deportivas para enseñarnos lo que es la vida del cristiano:
-¡Corre como los atletas! ¡Entrénate antes como hacen ellos! ¡Lucha conforme al reglamento! ¡Conquista la corona de laurel! ¡No te canses y sigue hasta el fin!...

San Pablo recurre muchas veces a esta comparación tan bella y tan apasionante. Con frecuencia lo hace usando solamente una palabra deportiva, y se entiende lo demás.
Por ejemplo, cuando le escribe a su discípulo más querido:

“Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” (1Tm 6,11)

O como cuando le escribe:

“Conquista la vida eterna a la que has sido llamado” (1Tim. 6,12)

Las palabra “corre” y “conquista” lo dicen todo.

El pregonero gritaba en el estadio ante la multitud: -¡Timoteo ha quedado vencedor!...
Y viene el premio: -¡Agarra la corona que te alarga Cristo como a vencedor, Timoteo!

Sin embargo, hay en las cartas ocasiones en que Pablo explana la comparación. La más notable la tenemos en la carta precisamente a los de Corinto, y poniéndose como ejemplo él mismo, como si fuera uno de los atletas:

“¿No saben que en las carreras del estadio todos corren, pero uno sólo se lleva el premio? ¡Corran ustedes de manera que lo consigan!
“Los atletas se privan de todo; y eso, ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio lo hacemos por una incorruptible.
“Así, pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado”
(1Co 9,24-27)

¡Qué párrafo tan magnífico! Soñando en una corona de laurel o de olivo, los atletas se imponían una vida austera a fin de ganarla y lucirla después en sus cabezas coronadas, con la admiración de todos:

-¡Ahí va el héroe! ¡Este es el mejor corredor de Grecia!...

¿Cuánto duraba incorrupta la corona, cuánto tiempo estaban las alabanzas en la boca de todos?...

Y para eso se imponían toda clase de sacrificios mientras duraban los entrenamientos.

Ni la satisfacción del sexo se permitían, como atestigua el poeta pagano Horacio. ¡Nada, austeridad total!

Pablo saca la consecuencia:

- ¿Y nosotros, los cristianos?... No una corona de laurel, ni una medalla de oro, sino la vida eterna, ¡qué ya es decir!... Por sacrificios y deberes que imponga la vida cristiana, ¿qué son ante la gloria que espera a los triunfadores?...

Precioso, sencillamente. Pero en una ocasión Pablo se supera a sí mismo.
Es cuando a los de Filipos les narra su conversión.

Jesucristo se le tira detrás a aquel fariseo, lo alcanza ante las puertas de Damasco, y Pablo se da cuenta de quién le ha perseguido y quién le vence.

Entonces, en vez de rendirse, Pablo se tira detrás de Jesucristo, diciéndose:

-¿Si? ¡Veremos a ver si gano o no!...
Se lanza detrás del que le ha dado alcance, y confiesa:

- No he atrapado todavía del todo a Jesucristo. Aún no soy perfecto. ¡Pero sigo adelante en mi carrera hasta alcanzarlo, igual que Cristo Jesús me alcanzó a mí! Sigo corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. (Flp 3,8-15)

Sublime lo de Pablo, que entusiasma con esto de las Olimpíadas. Y ese su discípulo que escribió la carta a los Hebreos, conocedor del pensamiento de su maestro, nos coloca a todos en el estadio.

En las gradas, como espectadores, están todos los que ya triunfaron: santos y santas innumerables, que entre gritos y aplausos van animando a todos desde el Cielo:

- ¡Venga! ¡Corre! ¡Aprisa! ¡No te detengas! ¡Que ya falta poco!...
¡Para ti una medalla de oro! Y tú, ¡no te contentes con la de bronce!...
Para correr bien, quítate de encima todo lo que te estorbe, ¡sé valiente!...
¡Mira a Jesús que va delante de ti! Él no tuvo miedo ni a la cruz, y ya ves con qué medalla lo condecoró el Padre…

Esto significa ese párrafo entusiasmante:
“También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hbr 1,1-4)

Las Olimpíadas que contemplamos cada cuatro años en el televisor son bellas y estimulantes, es cierto. Pero están limitadas para pocos.

Las Olimpíadas cristianas cuentan con atletas innumerables y magníficos, con un Dios que es espléndido en las medallas que reparte.

A cada uno le enseña la de oro, mientras le dice sonriendo:

-Es para ti. ¿La quieres?...



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