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31. ¡La Iglesia! A pensar como Pablo


Me tocó presenciarlo, y se lo cuento a ustedes.

Hacía un día espléndido y avanzaba la nutrida y solemne procesión por las calles de la ciudad, hasta dar en el parque donde abría sus puertas la majestuosa Catedral.
Algunos obispos, muchos sacerdotes y gran cantidad de fieles ofrecían un espectáculo digno de Dios.

El gentío se aglomeraba y apretaba para poder entrar en el templo, mientras los altoparlantes difundían el conocido cantar:

“Todos unidos, formando un solo cuerpo, un Pueblo que en la Pascua nació.
“Miembros de Cristo, en Sangre redimidos, Iglesia peregrina de Dios.
“Somos en la tierra semilla de oro Reino, somos testimonio de amor.
“Paz para las guerras, y luz entre las sombras, Iglesia peregrina de Dios”.


Un sacerdote ya entrado en edad, notable profesor de Teología en el Seminario, comentó con austera emoción:

- ¡Qué imagen más viva de la Iglesia! Peregrinando festiva, guiada por sus Pastores, y empeñada en entrar en la Gloria, para ocupar allí su puesto, como ahora este Pueblo de Dios en la catedral...

Este fue el comentario de aquel autorizado profesor.

¿Podemos nosotros ahora pensar en la Iglesia peregrina así, de la misma manera, pero a la luz de lo que sobre ella nos dice San Pablo? Espiguemos algo a través de las cartas del Apóstol.

La Iglesia camina “formando un solo cuerpo”, un solo pueblo, con unidad indivisa e indivisible, bajo la jefatura y el mando del único Señor que es Jesucristo.
Esto es fundamental en la enseñanza de Pablo.

Cuando se enteró el Apóstol que en Corinto se habían formado grupos y facciones, escribió con energía inusitada: “¿Es que por casualidad se ha dividido Cristo?” (1Co 1,13)

Dejando los gritos de enojo, pedirá después escribiendo a los de Éfeso:

“Pongan empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Porque sólo hay un cuerpo y un solo Espíritu, igual que es una sola también la esperanza a la cual han sido llamados” (Ef 4,4)

Si es uno solo el Cuerpo de Cristo, no se puede separar ninguno de sus miembros.
Si el Cuerpo está animado por el Espíritu, cualquier desgajarse del Cuerpo será entristecer al Espíritu Santo de Dios
(Ef 4,30)

Comer la Eucaristía mientras se fomentan divisiones será un imposible en la Iglesia.
Porque desde el momento que es uno solo el Pan que comemos, somos también UNO SOLO cuantos comemos del mismo Pan
(1Co 10,17)

¿Se quiere conservar en la Iglesia esa unidad que cantamos y vivimos?

Para Pablo no existen dudas.

Basta mantenerse fieles al Papa y los Obispos, que la cuidan en nombre del mismo Señor y dirigidos siempre por el Espíritu Santo.

Bajo su enseñanza y orientación no se resquebraja nunca la unidad del Pueblo de Dios.

Dios ha tenido con su Iglesia la gran providencia de dotarla de guías expertos, abnegados, entregados hasta el mayor sacrificio, que cuidan del rebaño como el mismo Buen Pastor, en cuyo nombre ejercen su ministerio.

Así se lo expresaba Pablo a los ancianos de Éfeso que habían llegado a Mileto para despedirlo:

“Tengan cuidado de ustedes y de toda la grey, en medio de la cual les ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” Para Pablo no existen dudas.(Hch 20,28)

Al mencionar Pablo la Sangre de Cristo se nos va el pensamiento sin más al Calvario y también se nos remonta hasta el paraíso.
Dios le infundía a Adán un sueño profundo, le arrancaba una costilla al lado del corazón, y le presentaba poco después a Eva, la bella mujer que le entregaba como esposa.

Esto no era sino la imagen de Jesucristo, el Nuevo Adán, que, dormido en el árbol de la Cruz, al dejar salir de su costado agua y sangre, nos significaba el nacimiento de la Iglesia, la Esposa de Cristo, a la que Él ama, y cuida, y mima de modo tiernísimo.

Nacida en la Pascua, la Iglesia era proclamada clamorosamente por el Espíritu Santo el día de Pentecostés, y desde entonces ha ido adelante sin detenerse nunca en su andadura.

Los apóstoles de todos los tiempos se han encargado de llevar el Evangelio de Cristo a todas las gentes, igual que lo hiciera Pablo, el cual dice de sí mismo, con satisfacción honda y agradecimiento a Dios:

“Tengo de qué gloriarme en Cristo Jesús ante Dios…, pues desde Jerusalén y su comarca hasta Iliria he llenado todo con el Evangelio de Cristo” (Ro 15,17-19)

La marcha de la Iglesia hacia la meta última, hasta su glorificación en el Cielo, Pablo la ve significada en aquella otra marcha del Israel a través del desierto, desde la liberación de Egipto hasta la entrada en la Tierra Prometida (1Co 10,1-11)

La peregrinación de Israel estuvo llena de glorias, triunfos, infidelidades, caídas… Y lo mismo le ocurre a la Iglesia, porque junto a su elemento divino, el que le infunde Jesucristo por su Espíritu Santo, están las miserias humanas.

Pero llegará un día, el final de todos, cuando purificados todos los hijos de la Iglesia, y resucitados, serán el Reino glorioso que Jesucristo ofrendará al Padre para que sea el Dios todo en todos (1Co 15, 28)

¡La Iglesia! Jesucristo no tiene otro pensamiento ni otro amor ni otro cuidado que su Iglesia. Por ella murió, y por ella vive.

En su gloria, no tendrá Jesucristo el descanso pleno hasta que tenga consigo a cada uno de los elegidos.

Por cada uno, como nos dice Pablo, “está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros” (Ro 8,34)

Nos imaginamos a Jesús en el Cielo soñando divinamente, mientras está “preparando un lugar”, a cada cual el suyo.

Porque, como Él mismo dice en el Evangelio; “en la casa del Padre hay muchas mansiones”, tantas como son los hijos de su Iglesia que van a ser glorificados, y a los cuales quiere tener consigo para siempre (Jn 14,2-3)

¡La Iglesia!

En ella nacimos, en ella vivimos, y en ella queremos morir. Dicha más grande que ésta no la podemos ni soñar…


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