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Autor: | Editorial:



39. Hacia la Ciudad futura. La ilusión más grande
Queremos transportarnos más allá de las nubes y subir alto, alto… hacia donde subió Jesucristo aquel día desde el Monte de los Olivos?... Nos basta leer este párrafo lleno de añoranza divina en esta segunda de Pablo a los de Corinto:
“¡No desfallecemos! Aun cuando nuestro cuerpo se va desmoronando, el espíritu se va renovando de día en día. La breve tribulación actual nos consigue sobre toda medida un pesado caudal de gloria eterna a los que no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas” (2Co 4,16-18)

Esto es precioso y estimulante.
Exige fe en lo que no vemos.
Exige esperanza en lo que no palpamos.
Pero tenemos la certeza inconmovible de que eso, precisamente eso que se nos promete y que no vemos, vale más que todo el mundo.

Porque todo lo de aquí pasa, corre, vuela sin dejar huella detrás de sí.
Brilla todo un instante, como un cohete de fuegos artificiales, que nos encanta por unos instantes pero, tal como se ve, desaparece para siempre.
Mientras que lo otro, lo que Dios nos promete, inmensamente más valioso que todo lo terreno, durará para siempre, no pasará jamás, porque será un bien eterno.

Pero Pablo sigue discurriendo:
“Porque sabemos que si esta tienda terrestre de nuestro cuerpo se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada no hecha por mano de hombres, sino eterna, que está en los cielos” (2Co 5,1)

A una tienda de campaña ─¡eso es nuestro cuerpo!, que sirve sólo para una noche y al amanecer se enrolla─, sucede el entrar en posesión de una mansión espléndida, que no se desmoronará jamás, pues no habrá terremoto que la pueda destruir.
Eso será el cuerpo glorificado.

Ante realidad semejante, Pablo sigue soñando a lo divino, pero lleno de dulce nostalgia:
“Y así suspiramos con el deseo ardiente de vernos ya en posesión de aquella habitación celestial. El que nos ha destinado a esto es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu” .

Con semejante garantía ─¡nada menos que el Espíritu Santo, el cual mora dentro de no-sotros!─, la promesa es segura, no puede fallar, y hablamos ya como los moradores de esa casa que Dios nos ha construido en las alturas (2Co 5,2-5)

Sin fe en la vida eterna, sin esperanza de una gloria y felicidad sin fin, el paso del cris-tiano por la tierra y el seguimiento de Jesucristo no tienen sentido alguno.
Pues podría pasarse la vida haciéndose las mismas preguntas, para las cuales no hallaría respuesta:
¿A qué viene el fatigarse?
¿A qué el sufrir con un Cristo clavado en una cruz?
¿A qué privarse de tanta diversión que gozan los demás?...

Y se haría otra pregunta, seria e indescifrable: ¿A qué viene la redención de Jesucristo?
La tragedia del Calvario, donde moría un hombre Dios, fue demasiado grande y sólo se explica si había de evitar una condenación horrorosa y merecer una felicidad inimaginable.

Si ahora quisiéramos traer todas las veces que San Pablo nos habla de la vida, la gloria y la felicidad en la visión de Dios a lo largo de todas sus cartas, nos haríamos interminables.
Son muchas, y ello indica que en su predicación y en la de los demás Apóstoles, la vida eterna ocupaba un lugar destacadísimo.

No ocultaban, ni Pablo ni los otros Apóstoles, el aspecto negativo de la vida eterna, es decir, la condenación de los que se pierden por su culpa propia.
Por ejemplo, lo que Pablo enseña con palabras muy graves:
“Todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Jesucristo” y “cada cual tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios”, “el cual dará a cada uno el pago según sus obras”; “ya que ningún fornicario, o impuro o codicioso o idólatra tendrá parte en el reino de Dios”, “porque éstos sufrirán el castigo de una pena eterna, alejados de la presencia de Señor y de su gloria” (2Co 5,10; Ro 14,12; Ro 2,6; Ef 5,5; 2Ts 1,9)

Por serio que fuera todo eso, Pablo ─más que mirar la suerte desdichada de los que se alejan para siempre de Dios─, mira mucho más la gloria de los que son fieles a Jesucristo.
El cristiano, como los patriarcas de la Biblia, “no tiene aquí ciudad permanente, sino que va en busca de la futura, preparada por Dios. Es la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial, inundada de millones y millones de ángeles, asamblea festiva de tantos que ya triunfaron y se salvaron” (Hbr 11,10-16; 12,22-13; 13,14)

Hay que mirar el plan grandioso de Dios al querer otorgar y dar su gloria a los elegidos. San Pablo lo expresa de manera preciosa.
Los convoca en Cristo Jesús y dirige todas las cosas hasta conseguir su salvación.
Los predestina a ser imágenes vivas de Jesús, su Hijo hecho Hombre.
Los que quieran ser como Jesús, ¡vengan, que los llama Dios!...
Los que han aceptado este llamamiento y han venido, se convierten en santos como Dios.
Los que se han santificado de verdad, ¡ahora entran en la misma gloria de Dios!...

Este es el proceso que Dios ha seguido en su elección. Y Dios, al ver a todos los redimi-dos por su Hijo Jesús, se dice gozoso:
-¡Son hijos míos! Por lo tanto, herederos también de mi gloria, la que di a mi Hijo Jesús.

¿Y cuál es la gloria que Dios les da a los que han sido fieles y perseverado hasta el fin?
Es imposible describirla, pues nos faltan términos de comparación.
Jesús dijo: “¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).
Comentará Juan: “Cuando se manifieste lo que vamos a ser, entonces seremos como Dios, porque veremos a Dios tal como es Él” (1Jn 3,2)
Y completará Pablo: “Ahora vemos en un espejo, en enigma o adivinanza. Entonces ve-remos cara a cara” (1Co 13,12)
Lo cual significa que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni en cabeza humana cupo jamás el imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1Co 2,9)
Todo esto es, sencillamente, incomprensible.

Porque siendo Dios infinito en su grandeza, ¡vaya eternidad que espera a los que se sal-ven!
Avanzarán y avanzarán en la contemplación de Dios, sin cansarse nunca, porque siempre les resultará nueva aquella visión de una Hermosura inimaginable.

San Pablo, después de tantas veces como habla de la felicidad futura, acaba como debía acabar:
¿Lo que aquí podemos trabajar y sufrir?... Todo ello “no se puede comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”.
“Por lo mismo, hermanos míos muy amados, a mantenerse firmes, inconmovibles, pro-gresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo no es vano en el Señor” (Ro 8,18; 1Co 15,58)
Resultaría muy pobre todo lo que nosotros quisiéramos añadir a palabras semejantes…



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