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41. Servidor y apóstol. La conciencia misionera de Pablo

Hoy en la Iglesia se ha despertado en muchos laicos la conciencia del apostolado.
Pablo les sigue animando como a los suyos de Filipos y Corinto:

- ¡Son los apóstoles de las Iglesias, son la gloria de Cristo, son los que tienen escrito su nombre en los cielos! (2Co 8,23; Flp 4,3)

Si esto dice de sus colaboradores, ¿qué nos va a decir Pablo de sí mismo, qué sentía de la misión que Dios le había confiado?

Sin complejos de falsa humildad, Pablo le escribe a su querido discípulo y colaborador Timoteo:

“He sido constituido heraldo y apóstol de Cristo Jesús, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad” (1Tm 2,7)

Por trabajos que esta su vocación le pueda costar, Pablo se siente feliz al haberse entregado a Jesucristo para llevar el Nombre bendito del Salvador por todos los rincones del Imperio. Cuando el venerable Ananías se resistió a ir a Pablo después de la visión de Damasco, le respondió el Señor:

- Anda a ver a ese Saulo, y no temas. Pues éste es un instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre. (Hch 9,13-16)

Cuando pasen los años, y Pablo haya recorrido ya muchas tierras, escribirá a las Iglesias sus cartas inmortales. ¿Y cómo las comenzará? Era costumbre griega y romana empezar el autor su escrito haciendo su presentación, y para ello ponía detrás del nombre los títulos honoríficos o de cargo que ostentaba. Si Pablo hubiera escrito antes de caer ante las puertas de Damasco, se hubiera llamado: “Saulo, Pablo, discípulo de Gamaliel, Maestro de la Ley”… ¡Quién sabe lo que hubiera dicho, de qué se hubiera ufanado!

Ahora, sus cartas las comienza así:

“Pablo, esclavo de Jesucristo, llamado al apostolado”.

Aquí está su mayor gloria. Ser todo del Señor Jesús; servirle sin reserva y llevar una vida entregada de lleno a la gloria de Jesucristo.

Pablo tiene una conciencia honda de su misión de apóstol. Sus palabras son reveladoras, y nos muestran sus disposiciones íntimas:

“Somos colaboradores de Dios… Que todos los hombres nos tengan por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles”… Somos embajadores de Cristo e instrumentos en la mano de Dios que les exhorta por nosotros” (1Co 3,9; 4,12; Co 5,20)

Cada una de estas palabras es un programa tanto de gloria como de graves exigencias. Pablo les dice a los fieles, a los creyentes:

“Ustedes son campo de Dios, son un edificio de Dios” (1Co 3,8-9)

Y en esta perspectiva, ¿qué y quién es el apóstol?...

Todo apóstol, como Pablo, es uno que se pone a las órdenes de Dios para trabajar con Él. Dios es generoso; y el que lo puede todo -el que puede salvar al mundo por Sí mismo, pues no necesita de nadie-, ha querido hacer todo lo contrario. Invita a voluntarios:

-¿Quién quiere venir a trabajar conmigo a la viña, quién viene a recoger las mieses de mis campos? ¿Quién me ayuda en la construcción de mi templo, el que me preparo para la Gloria?...

Con lo generoso que es Dios, a cada uno de sus trabajadores, dice Pablo, “Dios le dará el salario, a cada cual conforme a su rendimiento”.

Pero lo de menos es el jornal que Dios quiere pagar. La mayor satisfacción del apóstol es la de poder trabajar con el mismo dueño de los campos o subirse a los andamios con el mismo empresario de la construcción.

¡Hay que ver la confianza que Dios deposita en sus apóstoles!...

Pablo da otra definición de sí mismo y de todo apóstol: es un servidor de Cristo.
Hay que saber desentrañar lo que encierra esta palabra. El “siervo” no era el empleado nuestro, el trabajador a sueldo.
En el Imperio Romano, siervo era el esclavo, el que trabajaba sin recompensa alguna, el que había de obedecer sin chistar, el que acababa en el suplicio, frecuentemente la cruz, si al amo le venía bien divertirse con la muerte de quien le había servido toda la vida.

Pero, en el lenguaje de la Biblia, vemos algo muy diferente respecto del siervo.
Conocemos al Siervo de Yahvé pintado por Isaías (Is 52,13-15; 53,1-12) Es el Hijo, el Hijo queridísimo, que se llama “Siervo” porque obedece sin rechistar al Padre, y con un amor filial enternecedor. Esto fue Jesús, el Jesús que fue a la Cruz en acto de obediencia suprema.

Viene ahora Pablo, y se confiesa “esclavo” y “servidor” de Cristo. Es decir, un entregado total y sin temores a su amo, con la misma generosidad obediente con que Jesús se puso en las manos del Padre. A Pablo no le importan los trabajos, el sufrimiento, las persecuciones que ha de soportar.

¿Cómo mira Pablo todas esas contradicciones? Le viene a decir a Cristo:

Mi Señor Jesucristo, Tú ya no estás en la cruz; Tú ya no puedes sufrir por tantos hombres y mujeres que se tienen que salvar;
Tú ya no puedes darte al apostolado como lo puedo hacer yo.
¡Descansa Tú, Señor, que ya te fatigaste bastante! Ahora me toca trabajar a mí.
Eso que le falta a tu Pasión, lo que trabajarías ahora, ya lo haré yo.
“Con gusto completo en mi carne lo que falta a tus tribulaciones, oh Cristo mío, a favor de tu cuerpo, que es la Iglesia”
(Col 1,24-25)

Pablo, como todo apóstol, ve cómo en sus manos ha depositado Dios todas sus riquezas: su Palabra, el Bautismo, el Cuerpo del Señor, “el cuidado de todas las Iglesias” (2Co 11,28)

Este sentido tiene para Pablo ser “administradores de Dios”, lo cual supone una confianza total de Dios en el apóstol, y en el apóstol una fidelidad inquebrantable a Dios.

La gloria última del apóstol que señala Pablo es la de ser “embajadores” del mismo Dios. Y el embajador no hace otra cosa que representar dignamente a su soberano, cumplir fielmente sus órdenes y hablar en nombre del rey o del emperador.

Esta es la conciencia que tiene Pablo de su misión. “Ser apóstol” es lo que lo define, porque es lo que constituye todo su ser.
Con su ejemplo, ha arrastrado Pablo a miles y millones a hacer algo por el Señor Jesús.
Y, no lo dudemos, es lo que seguirá haciendo hasta el fin. ¿También con muchos de nosotros?...



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