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44. Seguimos en Éfeso. Aquella puerta tan ancha


¡Qué tres años los de Pablo en Éfeso!...

Los Hechos de los Apóstoles los resumen en unas palabras triunfales:

“Todos los habitantes del Asia oyeron la palabra del Señor, judíos y griegos”.

¿Qué hizo Pablo para conseguir un éxito semejante? Éfeso era la capital de la provincia de Asia, y hacia ella convergían las ciudades costeras y muchas poblaciones más como a centro del comercio y de la administración romana.

Los que leemos la Biblia conocemos muy bien por el Apocalipsis los nombres de Laodicea, Colosas, Esmirna, Filadelfia, Sardes, Hierápolis, Tiatira, Pérgamo. Todas ellas rodeaban a Éfeso, y desde Éfeso les llegó el Evangelio que Pablo anunciaba.

Porque desde allí enviaba a sus generosos discípulos:
- Tú, Epafras, predica en Colosas… Tú, Filemón, ayuda a Epafras en tu ciudad…
Los nuevos creyentes llevaban el Evangelio a todos los lugares.

El prestigio de Pablo era muy grande. Su fama de hacedor de milagros le daba la aureola de enviado de Dios. Los magos y hechiceros le temían. Y los asiarcas, custodios del templo donde se veneraba a la diosa Roma junto con Artemisa, se preciaban de ser sus amigos.

Pablo no se enlaminaba con estos triunfos, que eran obra de la gracia, sino que había de soportar trabajos, calumnias, incomprensiones, blasfemias, persecuciones continuas, como ya vimos en nuestra meditación anterior.

Pero faltaba el capítulo más serio, descrito por Lucas en Los Hechos de manera magistral: la revuelta de los orfebres.

Éfeso era la ciudad guardiana de la diosa Artemisa, que moraba en un templo grandioso, con 127 columnas de 18 metros de altura, 38 de las cuales estaban adornadas con esculturas en bajo relieve, obra de los artistas más afamados.

Artemisa, diosa de la fecundidad, con sus senos abundantes y abultados, había bajado repentinamente del cielo, y su imagen era venerada en todas partes, aunque tuviera en Éfeso su morada, el templo digno de una diosa de semejante categoría.

Con visitas y peregrinaciones continuas de sus devotos, y por la celebración de las fiestas fastuosas en honor de la diosa, la industria de imágenes, templetes, escudos…, constituía un negocio imponente, con la utilización de maderas finas, piedras y metales preciosos, aparte de los materiales bastos y baratones.

Un orfebre y joyero, llamado Demetrio, tenía en Éfeso sus numerosos talleres con abundantes artesanos especializados y muchos obreros más. Su negocio, antes viento en popa, ahora empeoraba a ojos vistas. Como la causa del desastre era evidente, reúne a todos sus trabajadores:

- Compañeros, ustedes saben de dónde sale todo nuestro dinero. Pero por culpa de ese Pablo lo vamos a perder todo y perdemos también a nuestra diosa. ¿Qué hacemos?...

Los obreros se lanzan a la calle gritando:
“¡Grande es la Artemisa de los efesios! ¡Grande es la Artemisa de los efesios!”…
En pocos momentos se ha armado un griterío enorme en toda la ciudad, que, amotinada, se va dirigiendo al gran teatro, clamando todos desaforados:

“¡Grande es la Artemisa de los efesios, grande es la Artemisa de los efesios!”…

Pablo se empeña en ir:

- ¡Déjenme! Ni Gayo ni Aristarco, arrestados, son los que han de caer. ¡He de ir yo!...

Pero Áquila y Priscila, los discípulos, y hasta sus amigos paganos los asiarcas, le disuaden:
- ¡No vayas, por favor! Vas a morir inútilmente…

En el teatro unos gritaban una cosa y otros otra, sin saber por qué ni a qué venía aquello. Pero unos judíos, que sí sabían el porqué, empujaron a Alejandro:

- ¡Sube, y cálmalos!...
Pero Alejandro oyó a la turba furiosa:
- ¡Fuera ése!...
Y siguieron durante dos horas con el grito estentóreo:
“¡Grande es la Artemisa de los efesios, grande es la Artemisa de los efesios!”…

No hubo manera, hasta que un magistrado logró calmar aquella marea con palabras muy sensatas y muy diplomáticas, que nos han conservado los Hechos:

- Efesios, ¿quién hay en el mundo que no sepa que nuestra ciudad es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo? Por lo mismo, siendo esto indiscutible, conviene que se calmen y no hagan nada inconsideradamente.

El magistrado hablaba de manera muy cuerda.
Sabía muy bien que no se podía jugar con las autoridades romanas, sobre todo porque Pablo era ciudadano romano y no lo podían liquidar fácilmente sin un proceso formal.

Todo paró bien. La concentración popular se disolvió, y Pablo salvó la vida una vez más.
Pero los hermanos le aconsejaron prudentemente:
- Pablo, marcha de Éfeso.
Y Pablo, con el sentimiento que podemos suponer, aceptó la recomendación:
- Me voy. Pero ustedes sigan todos con buen ánimo. Desde Macedonia les seguiré con mi recuerdo y mi oración.

En Macedonia visita a los de Filipos:
- ¡Gracias, mis queridos filipenses! Su ayuda generosa me sirvió para empezar a evangelizar cuanto antes. ¡Qué buenos que son!...

En Tesalónica, oye que le dicen:
-¡Pablo! ¡Cuánto bien que nos hiciste con tus cartas! Con los ánimos que tú nos infundiste, ya ves que seguimos todos fieles al Señor Jesús.

En Berea, dice a aquellos estudiosos de la Biblia:
-¡Qué bien que siguen ustedes! Y ya ven, desde Éfeso me acompaña su paisano Sópatro, buen colaborador en la obra del Señor.

En Corinto se demora Pablo tres meses que van a ser de una fecundidad insospechada por las dos cartas que escribirá: la de los Gálatas y la de los Romanos, que serán alimento de la Iglesia por siglos y siglos.

Además, en este viaje acaba de recoger en las Iglesias la gran colecta que va a llevar a los pobres de Jerusalén, solicitada por Pedro, Santiago y Juan: “¡No te olvides de nuestros pobres!”... Pablo se la prometió, y ahora les llevaría la gran generosidad de las Iglesias.

Nosotros no vamos a olvidar nunca a Éfeso. ¡Qué Iglesia! Su imagen estará fija en la retina de nuestros ojos como lo mejor que hemos visto en la vida de Pablo.



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