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58. Hijos y herederos. ¿Valoramos lo que somos?


En la carta tan excepcional del Pablo a los Romanos leemos un párrafo que es de lo mejor que salió de su pluma, cuando nos dice:

“Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.
Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados. Y estos sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de maniestar en nosotros”
(Ro 8,14-18)

Vale la pena pensar reposadamente en estas palabras grandiosas de Pablo.
Vernos amados de Dios como hijos e hijas es la dicha más grande.
Y saber que nuestro Padre es nada menos que Dios es el mayor orgullo…

La primera palabra es orientadora y exigente:
“Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”.

El cristiano se demuestra hijo o hija de Dios porque se deja llevar por el Espíritu Santo. Es decir, no hace caso de las pasiones que le arrastran al mal, sino que aspira siempre a agradar a Dios su Padre, como lo hacía el mismo Jesús.

¿Es por eso triste la vida del cristiano, al no seguir las corrientes del mundo? ¡Oh, eso sí que no!... Porque el cristiano es el ser más libre que existe.

Pablo nos lo ha dicho con estas palabras:

“Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos”.

El miedo del esclavo no es cristiano, aunque sea muy cristiano el temor reverente a Dios, nuestro Padre. El cristiano sabe que Dios es su Padre, no pierde la confianza en la adversidad, y reacciona siempre diciendo: “¡Bendito sea Dios! ¡Que se cumpla su voluntad!”...
Hasta en la misma culpa, le habla a Dios con un humilde “¡Padre, perdóname!”...

Pablo nos da ahora la palabra clave y que lo encierra todo:
“Somos hijos adoptivos, y podemos exclamar: ¡Abbá, Padre!”

No podemos encontrar en toda la Biblia una expresión con mayor ternura. Con toda confianza llamamos a Dios: “¡Papá!”.

¿Qué significa esto? En arameo, lengua que hablaba Jesús, “Abbᔠera decir “Papá”, la expresión que emplea al niño para dirigirse a su padre. Jesús la puso en nuestros labios al dictarnos su oración del Padre nuestro.
Y quiso que nosotros llamáramos a Dios con la misma palabra tierna con que lo llamaba Él, su Hijo natural, el Hijo de Dios hecho Hombre.

Los primeros cristianos, como lo hace Pablo ahora, unían las dos palabras -la aramea “Abbᔠy la griega o latina “Padre”- para volcar en la última toda la ternura del amor con que queremos a Dios, el cual es nuestro Padre, nuestro Papá…

Esto nos lo dicta nuestro mismo espíritu, nuestro sentimiento de hijos. Pero a ese nuestro espíritu se le une otro Espíritu, muy diferente del nuestro, e infinitamente superior a nosotros, que nos empuja a llamar así a Dios, ¡Padre, Papá!, como nos asegura San Pablo:

“El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”.

Aunque adoptados, somos hijos verdaderos, engendrados por Dios en el bautismo, con el que nos ha comunicado su vida divina. Ahora Pablo nos expresa el designio último de Dios:

“Y, si somos hijos, también somos herederos”.

Dios es un Padre y un propietario muy rico, infinitamente rico. Porque la riqueza de Dios, el Padre y el Dueño de todo, es el mismo Dios, es su misma gloria, la que Él posee desde toda la eternidad.

Es la gloria que Dios Padre dio a su Hijo el Resucitado después de su pasión y muerte en la cruz, como se lo había pedido el mismo Jesús:

“Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo existiera” (Jn 17,5)

Pues esa herencia, la misma de Jesús, es la que Dios nuestro Padre da a cada uno de sus hijos e hijas, que somos nosotros, y así nos lo dice ahora Pablo:

“Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

Es cierto. El gran heredero, el primero de todos, es el Hijo primogénito. Pero no es Jesús el heredero único. Porque Dios tiene muchos hijos e hijas, y a cada uno le toca su buena parte en la herencia. El Cielo de Jesús va a ser el mismo Cielo nuestro.

¿Nos va a costar algo el hacernos con la herencia de Dios?... La herencia es gratuita. Pero Dios nos pide la colaboración de unirnos al Jesús que muere por nosotros.

“Seremos herederos si es que compartimos sus sufrimientos, los de Cristo, para ser también con él glorificados…
“Aunque los sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”.


¿Qué decimos de semejante párrafo de la carta a los Romanos?... Hay para pensar. Hay para soñar. Hay para esperar. Hay para entusiasmarse…

Hijos e hijas de Dios… ¡Como quien no dice nada!

Dios es mi Padre, mi Papá… ¡Así lo llamaba Jesús! ¡Así lo llamamos nosotros!
Dios, su gloria eterna, la herencia de Jesús, el Hijo… ¡Vaya inmensidad de herencia!

Dios, el mismo Dios, nuestra herencia de hijos, los hermanos de Jesús…

Ante tales promesas y ante una seguridad semejante, significan muy poco los contratiempos actuales, las pequeñeces que nos pueden venir encima...

Además. Sentirse amados de Dios como hijos…
amar a Dios como Padre amoroso… esperar una herencia eterna tan espléndida…

¿No es esto lo que salvaría a tantos desesperados del mundo de hoy?...

Todo esto nos dice Pablo en el punto culminante de sus cartas. ¿Vale la pena ser unos bautizados, ser cristianos, para sentirse unos hijos y unos herederos de semejante categoría?...




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