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Autor: | Editorial:



59. ¡Ese octavo de los Romanos! La página cumbre de Pablo


¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo.

Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado. Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano:

“El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”.

¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10)

Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador:

No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!...

Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”.
Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!...

¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo:

Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar…

Sigue Pablo con otra afirmación colosal:

Si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Hemos padecido con Él, pues con Él seremos también glorificados... Dios es muy rico; tiene una herencia inmensa, ¿y para quién va a ser la herencia, esa su Gloria, ese su Cielo? ¿A quién se la ha dejado Dios como en testamento? ¡Pues, a los hijos!

Y Pablo señala con precisión magnífica:

¿Qué hijos? Ante todo, Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, al que le dijo en la Ascensión: “¡Ven aquí, y siéntate a mi derecha! Te constituyo heredero universal” (Hb 1,2)

Jesucristo sabía que esto iba a ser así, y por eso le pidió al Padre antes de ir a la muerte:
Quiero que donde yo esté estén también estos mis hermanos que tú me diste, para que contemplen y tengan mi misma gloria (Jn 17,24).
La herencia de Dios, que es su Gloria, es para nosotros, los hijos e hijas de Dios.

Pablo, sin embargo, sabe lo que nos espera mientras estamos en el mundo: trabajo, su-frimiento, deberes costosos, todo eso que constituye nuestra cruz.

Pero, ¿hay que temer la cruz? No, porque todo eso es la participación de los sufrimientos de Jesucristo Crucificado.
Llevados gozosamente en unión con Jesús, Pablo los ve como la aportación voluntaria que hacemos a la obra del Señor, y nos dice:
¡Animo! Si padecemos con Jesús, con Él seremos también glorificados…

Por otra parte, Dios es tan sabio y tan providente, que esos sufrimientos, igual que los acontecimientos que no acabamos de entender, “Dios los orienta de manera que todos sirvan para el bien y la salvación de los elegidos”.

Pablo se está elevando cada vez más en esta página imponderable. Y llega a meterse en la intimidad eterna de Dios, que dio un vistazo a la creación que iba a salir de sus manos. Vio una multitud de hombres y mujeres, en medio de los cuales estaba su Hijo que se iba a encarnar y hacerse uno de ellos, y se dijo:

A todos estos que contemplo, a todos los predestino; todos quedan elegidos para ser como mi Hijo;
a todos los llamo;
a todos los santifico;
a todos los he de glorificar…


Éste fue el plan grandioso de Dios. Sólo quedarían fuera de la salvación los que no quisieran ser de Dios ni aceptaran a Jeucristo, al que Dios iba a enviar para la salvación de todos.

Llegado a este punto Pablo, empiezan sus exclamaciones triunfales. Y la primera es ésta:

Ante esto, ¿qué diremos? ¿Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”… Si Dios, por salvarnos, no dudó en entregar su propio Hijo a la muerte, ¿qué le importa darnos todo lo demás, si todo junto no vale nada ante su Hijo Jesús?...

Y ante el miedo que pudiéramos sentir por nosotros mismos, Pablo sigue con energía:

¿Piensan que va a acusarnos Dios por nuestros pecados anteriores, el Dios que mandó a su Hijo a la muerte por salvarnos?...
¿Creen que Jesucristo, el que murió por nosotros, nos va a juzgar para condenarnos?... ¡Imposible, imposible del todo!


Pablo acaba de la manera más grandiosa, más apasionante, más enardecedora, con una protesta de amor como no se encuentra una semejante en toda la Biblia:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todas estas cosas salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni espíritus enemigos, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro.

Pablo se nos ha revelado hoy en la cumbre de su pensamiento y de su amor.
Esta capítulo octavo a los Romanos no cansa el leerlo.
Nos asombra su profundidad.
Nos enciende el corazón.
Nos entusiasma hasta el delirio.
Nos apasiona por Jesús…

¿Qué nos queda a nosotros cuando lo leemos?...

Pensar también, y amar. Lo demás, importa poco…




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