Menu




Autor: | Editorial:



64. Una Eucaristía en el viaje. Toda la noche en vela



No hemos olvidado nuestra meditación anterior, aquella velada durante toda la noche en una casa grande y espaciosa de Tróade, cuando Pablo resucitó al muchacho Eutiques que se había estrellado contra el pavimento.

Los cristianos habían cambiado ya el descanso y la guarda religiosa del sábado por el primer día de la semana, el que va a ser ya en los siglos por venir el Domingo, el Día del Señor.

Con la relación de aquella cena adivinamos todo lo que era la celebración de las primeras misas cristianas. Todos escuchando la Palabra. Los apóstoles o presbíteros hablando de cosas del Señor. Y alargando la conversación sin cansarse…

No lo hemos olvidado, pero se nos quedó pendiente el hablar precisamente de aquella celebración de la Eucaristía durante el viaje de Pablo desde Éfeso hasta Jerusalén.
Es lo que vamos a hacer ahora. ¿Cómo fue aquella Eucaristía? ¿Cómo celebraban la Eucaristía los primeros cristianos? ¿Tenemos algún documento que nos lo atestigüe?...

Por fortuna, contamos con un librito precioso, la Didajé, un escrito del tiempo de los Apóstoles que no está en la Biblia, y que es anterior a varios libros del Nuevo Testamento. Ese documento impagable nos guía en todo lo que hoy podemos decir, como ayuda a lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles (20,7-12) y el mismo San Pablo (1Co 11, 17-27)

La reunión cristiana constaba de dos momentos:

El primero, un banquete fraterno, el ágape, con una comida en común que estrechaba los lazos del amor y de la amistad, acompañado todo con cantos y plegarias.

El segundo momento era propiamente “La Cena del Señor”.

Con todo, los dos actos constituían una sola celebración.

Para el banquete, y prescindiendo todavía de la Fracción del Pan, se seguía una costumbre judía, practicada por el mismo Jesús. Ante el pan que se había de comer, ante el vino y todos los alimentos, se hacía una plegaria de acción de gracias y otra al final después de haberlo comido todo.
Esa plegaria de acción de gracias se llamaba “eucaristía” con palabra griega, y de ahí ha venido el quedar el rito sagrado con la palabra Eucaristía.

Pues bien, en aquel banquete fraterno, se traía el pan, se partía, y se colocaba en la mesa juntamente con la copa de vino en frente de quien presidía la celebración.
En aquella noche de Tróade lo pusieron todo delante de Pablo. La reunión se tuvo en la sala superior de la casa, profusamente iluminada, vivo trasunto del Cenáculo de Jerusalén en la última cena del Señor. Todos reunidos, se oró, se cantó, se escuchó largamente la palabra de Pablo, que no se cansaba al hablar del Señor Jesús.

Y vino el momento solemne de hacerse presente el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero, ¿qué se hacía antes de la consagración del pan y del vino? Lo primero de todo, pedir en la comunidad perdón de los pecados.

La Didajé nos lo dice así:

“Reúnanse cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, después de haber confesado sus pecados, a fin de que su sacrificio sea puro…. Que nadie coma y beba de vuestra eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor. Pues acerca de ello dijo el Señor: no den lo santo a los perros… Por eso, ¡todo el que es santo, que venga! ¡El que no lo es, que se convierta!”.

Como vemos, la Iglesia ha seguido hasta nuestros días la misma práctica: comenzamos la Santa Misa pidiendo el perdón de nuestras culpas con el cato penitencial. A la Comunión hay que acercarse con conciencia pura.

Pablo, aquella noche, había de repetir los gestos del Señor en la Ultima Cena. Pero antes estaba la oración que nos ha conservado la Didajé sobre el vino y sobre el pan, con este orden precisamente:

“Primero sobre la copa: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús. A ti sea la gloria por todos los siglos. Amén-.

“Luego sobre el pan partido: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos amén-.

“Como este pan estaba disperso por los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente”.


Recitadas estas oraciones tan sentidas, tan bellas, tan profundas, Pablo, como siempre, pronunció sobre el pan y el vino las mismas palabras del Señor: “Esto es mi cuerpo… Este es el cáliz de mi sangre”. Y hecha la consagración, venía la acción de gracias con esta otra oración de la Didajé:

“Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones… ¡A ti gloria en los siglos!...
“Acuérdate, oh Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor; reúnela de los cuatro vientos, una vez santificada, en el reino tuyo que preparaste para ella. ¡Porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos!
¡Venga tu gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Maran atha! ¡Ven, Señor!”


Si se rezaba la oración del Señor, el Padre nuestro, se le añadía al final la doxología o alabanza que la Didajé nos ha conservado y que nosotros recitamos también en cada Misa:

“Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

Nos emocionamos, sencillamente, al saber que repetimos las mismas palabras de aquellos primeros hermanos nuestros en la fe.

San Pablo nos mandó algo muy importante con estas palabras, escritas no mucho tiempo antes de esta Eucaristía de Tróade: “Cada vez que coman este pan y beban este cáliz, anuncien la muerte del Señor, hasta que venga” (1Co 11,26)
Si esto mandaba Pablo, esto hizo él también en esta noche, y exclamó:
-¡El Señor murió por nosotros! ¡El Señor que resucitó, y que un día ha de volver!...
Hoy seguimos diciendo lo mismo que aquellos cristianos de hace ya casi veinte siglos:
-Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Con todo esto, vemos que la Iglesia, cuanto más avanza, más se apega al principio, a sus orígenes, a los Apóstoles, al mismo Señor Jesús.
El Señor lo mandó en la Última Cena: “Hagan esto como memorial mío”.
Los Apóstoles cumplían el mandato del Señor: “Hagan esto como memorial mío”.
Y nosotros no cambiamos nada.

Con esta página de los Hechos vemos confirmada siempre la verdad que se nos enseña hoy con ahínco: Donde está la Iglesia hay Eucaristía, y donde se celebra la Eucaristía allí hay Iglesia.

¡Bendita sea la presencia del Señor Jesús entre nosotros!...





Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!