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65. En la temida Jerusalén. Lo que tenía que suceder…


Por fin, Pablo llegó a Jerusalén. Desecho. Con negros presentimientos. Y las cosas se le presentaron duras de verdad. Empezando por el recibimiento que le hicieron los hermanos, entusiasta el de unos, muy frío el de otros. (Hch 21,17-40; 22,1-23)

Los helenistas, los cristianos judíos venidos de la diáspora, se llenaron de alegría:
-¡Bienvenido, Pablo! Sabemos cuántas cosas ha hecho Dios por ti, y cuántos paganos han entrado en la Iglesia creyendo en el Señor Jesús. ¡Pablo, Dios te bendiga!…

A la par que estos cristianos helenistas, estaba la Iglesia de Jerusalén formada por cristianos judíos que no acababan de rendirse. Recibieron a Pablo fríamente y con formas muy diplomáticas, ya que no podían hacerle la guerra abiertamente, porque los apóstoles habían dicho su palabra definitiva en el Concilio de hacía diez años.

Reunidos los más notables de entre estos judeocristianos en casa de Santiago, Pablo les exponía punto por punto lo que había sido la evangelización entre los gentiles, cómo había crecido la Iglesia con tanto pagano convertido, y cómo se derramaba sobre ellos la gracia y los dones del Espíritu Santo.

Los oyentes no se entusiasmaban. La gran colecta que Pablo y sus compañeros traían era como para taparles la boca. Con ella podían comprobar la caridad y el amor de los cristianos venidos del paganismo para con los hermanos judíos pobres de Jerusalén. Pero no les conmovió gran cosa.


Y le contestaron como una réplica:

“Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley.
“Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. “¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida”.

Será todo lo doloroso que queramos, pero así nos lo dice Lucas, testigo presencial.
Santiago, el apóstol tan judío, pero fiel a la doctrina del Concilio, quiso poner paz entre todos. Y bajo su dirección, aconsejaron a Pablo:

- Para que no puedan decir nada contra ti tantos hermanos fieles a la Ley y que aún siguen con la circuncisión, únete a los cuatro hermanos que han hecho un voto y ya se han rapado la cabeza; entra con ellos en el Templo, y todos verán que tú también eres un fiel cumplidor de la Ley.

El consejo no estaba mal, y Pablo aceptó. Sólo que, en vez de salir bien las cosas, se enredó todo de mala manera.
Unos judíos llegados de Asia por la fiesta de Pentecostés, reconocieron a Pablo en los atrios del Templo con los cuatro del voto, y empezaron a gritar furiosos a toda la multitud:

- ¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra este Lugar bendito. Y hasta se ha atrevido a introducir a unos griegos en el Templo, profanando este lugar Santo.

Mentían, desde luego. Pero la ocasión era magnífica, y se dijeron:

- ¡Ahora este Pablo las va a pagar todas juntas!...

Se armó un griterío infernal.

Atestados los atrios del Templo con muchos habitantes de Jerusalén y con tantos peregrinos, todos se echaron sobre Pablo, lo arrastraron fuera del Templo, cerraron las puertas para que no pudiera volver.
Ya se disponían a matarlo igual que habían hecho hacía veinticinco años con Esteban.
Aunque Pablo se salvó de milagro, debido a la fuerza romana.

Durante las fiestas, las autoridades romanas distribuían a los soldados por la ciudad, especialmente en los alrededores del Templo. En este momento, un soldado subió rápido las escaleras de la Torre para dar el aviso:

-¡Tribuno! Toda Jerusalén está revuelta.

Y el tribuno, sin perder un momento, bajó con varios centuriones y fuerte grupo de soldados, se llegó hasta Pablo, lo mandó atar con cadenas, y preguntó para informarse:

-¿Quién es éste? ¿De quién se trata?...

Lucas lo dice bien:

- Pero no sacó nada en claro, porque “entre la gente unos gritaban una cosa, otros otra”.

Al fin, y para que la chusma no linche a Pablo, manda que lleven al detenido a la cárcel. Al llegar a las escaleras de la Torre Antonia, tiene que ser agarrado Pablo por los soldados y subido en hombros, mientras la multitud seguía vociferando:

-¡Mátalo! ¡Que lo maten!...

Pablo no pierde la serenidad, y ya en las escaleras entre los soldados, pide al tribuno:

-¿Me permites decirte una palabra?

- ¿Cómo? ¿Es que tú sabes el griego? ¿No eres tú el egipcio que días pasados armó aquella revuelta con cuatro mil terroristas, y que tuvo que huir al desierto después de haber perdido cuatrocientos muertos y doscientos capturados?

Pablo habla con una gran tranquilidad:

- No, yo no soy ningún guerrillero. “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad importante”. ¿Me permite hablar al pueblo?

El tribuno se da cuenta de que Pablo no es un cualquiera, y se lo autoriza. Las escaleras de la Torre Antonia eran un buen púlpito, y Pablo empezó a hablar:

- Hermanos y padres, escuchen la defensa que hago ante ustedes. Se hace un silencio sepulcral cuando todos sienten que les habla en arameo:

- Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres.

Con estas palabras pareciera que Pablo desarmaba al auditorio, entre el que se oye decir:

- ¿Cómo podemos ir contra un judío semejante?... Este Pablo, un discípulo nada menos que de Gamaliel… Este Pablo, un doctor de la Ley... Este Pablo, hasta un perseguidor de los cristianos, esa secta maldita…

Piensan así, porque Pablo les aseguraba:

- Yo perseguía a muerte a los seguidores de Jesús, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguarlo el sumo sacerdote y el consejo de ancianos.

Pablo pasó a narrar la aparición del Señor ante las puertas de Damasco, y todos escuchaban en medio de un silencio impresionante, hasta que llegó a las palabras tan comprometedoras:

- El Señor me dijo: Y ahora, ¿qué esperas? Marcha, porque quiero enviarte lejos, a los gentiles.

Aquí volvió a reanudarse el griterío infernal:

- ¡Quiten a ése de ahí, pues no merece vivir! ¡Que muera ese judío renegado!...

Cualquiera diría que estamos narrando una novela. Y no, estamos con la historia más verídica que nos narran los Hechos de los Apóstoles.

Nos falta acabar la aventura de Jerusalén, para ir después hasta Cesarea, donde Pablo va a pasar preso los dos años que vienen, y donde nosotros le vamos a acompañar con nuestra admiración, pasmados de su fortaleza y de su amor a Jesucristo.


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