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74. Trivialidades de la vida. La virtud cristiana

¿Podemos engañarnos al leer a San Pablo?...
A estas horas estamos acostumbrados a contemplar a Pablo como un ser excepcional, casi como un fenómeno extraterrestre, por tantas cosas de su vida legendaria y por unas doctrinas tan elevadas que nos dejan pasmados.

Si pensáramos así, estaríamos muy equivocados, ciertamente. Pablo, el de las grandes alturas, era un hombre que tenía muy asentados los pies en tierra. Sabía que la vida del cristiano es la normal de todo hombre. Lo único que Pablo quería es que el cristiano fuera extraordinario en lo ordinario de cada día.

Algunos textos de sus cartas son desconcertantes, precisamente por lo sencillo que enseñan y piden.
Pablo nos puede preguntar: ¿Cómo quieren conseguir el Reino de Dios? ¡Es tan fácil!
“Ya sea que coman, que beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31)
“Porque el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pues quien sirve así a Cristo se hace agradable a Dios y es aprobado por los hombres” (Ro 14,17-18).
“Por lo mismo, estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén siempre alegres” (Flp 4,4)

Cualquiera que lea estas normas de proceder, podría decirse: ¿A eso se reduce todo?... Pues, sí. Esto es la vida cristiana. Y esto era Pablo, aunque parezca lo contrario. Tanto es así, que se atreve a decir repetidamente:

“Les ruego que sean mis imitadores…, como yo lo soy de Cristo”.
“Porque ya saben cómo deben imitarnos, pues estando entre ustedes no vivimos desordenadamente” (1Co 4,16; 11,1. 2Ts 3,7)

Pablo es capaz de dar semejantes consejos porque tiene conciencia de proceder igual que hacía el Señor Jesús, el Hombre dechado de toda perfección, “el primer caballero del mundo”, como ha sido atinadamente definido.

Modernamente, en cualquier sistema de educación, se le da mucha importancia a la formación en las virtudes humanas, como son la educación, la sinceridad, el culto a la verdad, el sentido de justicia, el respeto a los demás. Eso está magnífico. Por eso, si se quiere tener al cristiano convertido en un santo o una santa, lo mejor es empezar por hacer de él todo un caballero o toda una dama. La gracia de Dios trabaja magníficamente sobre los valores humanos.

Pensando en esto, Pablo tiene un consejo a sus queridos Filipenses que pasa como de lo más fino salido de su pluma, y que se repite tantas veces:

“Tengan en sumo aprecio todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo lo que signifique virtud o valor.
“Pongan por obra todo cuanto han aprendido y recibido y oído de mí. De este modo, el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4,8-9)

San Pablo, que quiere a los cristianos verlos convertidos en los mejores hombres y en las mujeres más bellas y queridas, sigue dando normas tan simples como prácticas.
“Detesten el mal y apéguense al bien”, “siendo sensatos para todo lo bueno y cautos ante cualquier cosa mala” (Ro 12,9; 16,19)

Y concretiza su pegunta: ¿Quieren hacer siempre el bien y que nunca les domine el mal? Les doy una norma muy sencilla, cara a Dios y cara a los hombres:

“Manténganse fervorosos, sirviendo al Señor; perseveren en la oración; compartan sus bienes con los demás; alégrense con los que están alegres, y acompañen en su dolor a los que lloran” (Ro 12,11-15)
Y en las dificultades, no tengan miedo:
“Manténganse firmes en la fe, ¡sean hombres!, muéstrense firmes” (1Co 16,13)

¿Nos damos cuenta? Todo lo que dicta Pablo son prácticamente virtudes humanas, pero que la gracia y el amor elevan a las alturas de Dios. Como nos ha dicho antes San Pablo, esto era la vida de Jesús, el que ahora se propone como el modelo supremo, y del que Pablo es un gran imitador.

Jesucristo es el tipo de toda perfección, y Dios Padre, dice Pablo, lo ofrece a la Iglesia como el espejo en quien mirarse, lo mismo cara al cielo que cara a la vida humana en la tierra:

“Dios predestinó de antemano a todos los que eligió a salir conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8,29)

Este ideal se ha vivido siempre en la Iglesia con grandes ilusiones y ha producido figuras de santidad excelsas.
Por ejemplo, un Vicente de Paúl, que antes de realizar cualquier cosa, hasta la más simple, se preguntaba:

- ¿Qué haría aquí y ahora Cristo, si estuviera en mi lugar?... Naturalmente, Vicente de Paúl salió un retrato maravilloso de Jesucristo.

Esto es lo que significa esa expresión tan repetida por Pablo: “Revestirse de Cristo”, como cuando escribe a los de Galacia: “Todos cuantos se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo” (Gal 3,27)

Los primeros cristianos sabían muy bien esto de Pablo y se comparaban con los filósofos griegos o romanos, que solían vestirse de toga apropiada a su profesión.
Un escritor cristiano de entonces, lo expresaba con palabras que se han hecho clásicas en la Iglesia:

“Nosotros demostramos nuestra sabiduría cristiana no por la toga ni otro hábito, sino por nuestra fe y doctrina; no peroramos cosas elocuentes, sino que las vivimos” (Minucio Félix)

Hoy Pablo se nos ha puesto a nuestra altura. Se ha quedado en lo trivial de la vida. Pero nos ha dicho, y lo hemos entendido muy bien, que el cristiano es un hombre como los demás, que hace las cosas de los demás, pero que vive y hace todo de manera diferente que los demás. bPorque todo lo hace igual que Jesucristo, y ahí está lo extraordinario de la vida ordinaria del segador de Jesucristo…


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