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Autor: | Editorial:



75. Filemón. Sembrando la libertad


Pablo, prisionero en la propia casa que tiene alquilada en Roma, y donde recibe a tantos visitantes, un día queda sorprendido:

- ¿Cómo? ¿Así que tú vienes de Colosas? ntonces, conoces a mi amigo Filemón, ¿no es así?

El joven visitante tiembla de pies a cabeza.
- Sí, te conocí en su casa, y ahora vengo con mucho miedo. Me llamo Onésimo. Mi amo Filemón te quería mucho desde que tú le enseñaste tu nueva religión.

- ¿Onésimo? ¿Éste es el nombre que te puso tu amo? ¿Le eras de mucho provecho?... Pablo se da cuenta de lo que es este joven, pues los amos ponían el nombre a los esclavos según se presentaban por sus cualidades. Y Onésimo en griego significa “provechoso”.

- ¿Qué te pasa, pues, Onésimo? Explícamelo todo.

- Mira, Pablo, yo soy un esclavo, le robé a mi amo, me escapé de su casa y he venido huyendo hasta Roma. Mi amo ha debido dar parte a la policía, y seguro que me están buscando. Si caigo en sus manos, ya sabes lo que me espera: me marcarán en la frente con hierro rusiente la F de “fugitivo”, y me condenarán de por vida a la rueda de molino o a trabajar en las minas, si es que no me matan con azotes o en la cruz.
Aunque mi amo a lo mejor no hará esto, porque desde que está en tu religión es muy bueno. Como en Colosas todos saben que estás preso en Roma, te he buscado y por eso vengo.

Pablo adivina toda la tragedia del joven esclavo, ¡y qué le toca hacer! Pues, ayudarlo. Y lo va a hacer con enorme amor y con eficacia sorprendente. Le bastan unas pocas líneas, una carta breve, pues se lee de un tirón en dos o tres minutos.

Esta carta es un escrito genial, y se ha dicho de ella que es “una obra artística de discreción y cortesía…; el principio de la declaración de los derechos del hombre…; una carta con la cual no resiste comparación ningún documento humano de la antigüedad”.

Ante todo, Pablo le dice al esclavo fugitivo:

- Tú te vas a quedar conmigo como si fueras un esclavo mío. Me atiendes en las cosas que puedas, y el pretoriano que me custodia a mí, pensando que eres mi esclavo, no va a sospechar de ti nada. Con Epafras que está aquí en Roma, tan amigo de Filemón tu amo, miraremos de arreglar tu situación.

Así se convino y así se hizo. Pero, ¿qué ocurrió? Pues, lo que tenía que ocurrir.
El joven esclavo, ladrón y fugitivo, no era ningún tonto, servía muy bien a Pablo y, sobre todo, le escuchaba veces y más veces hablar de Jesús con los muchos visitantes que acudían allí. Hasta que el esclavo ladrón y fugitivo, pregunta resuelto:

- Pablo, ¿puedo ser yo también cristiano?...
Por delicadeza, y por respeto a su libertad, nada le había dicho Pablo, el cual esperaba que la fruta cayera del árbol madura por su propio peso.

Ahora Pablo no puede con su alegría. Por el nuevo cristiano, y porque tiene en su mano la solución del problema. “¡Lo he engendrado en las cadenas!”, escribirá gozosamente Pablo a Filemón.

Como estaba Títico para partir hacia Colosas, al mismo tiempo que llevaba a las Iglesias del Asia las dos cartas a los Colosenses y a los Efesios, oye el parecer de Epafras:

- Sí, este es el momento mejor. Devuelve el esclavo a Filemón, que no va a tener más remedio que recibirlo como hermano cristiano.

Al hablar así, Epafras ya había leído la carta, tan breve como densa, que Pablo había escrito toda entera de su puño y letra a Filemón, y que comenzaba cargada de psicología:

“Pablo, prisionero de Cristo Jesús”.

Filemón era rico, con casa magnífica, que servía para iglesia, hacienda grande y muchos esclavos. Pero era sobre todo un cristiano caritativo, de gran corazón, cuya bondad era reconocida por todos, de modo que Pablo puede escribirle con toda verdad:

“Tengo noticia de tu caridad y de tu fe para con el Señor Jesús y para con todos los santos, de modo que la participación de tu fe es eficiente”.

No te quedas en buenas palabras, sino que sabes actuar la fe con el amor. “Por eso tuve gran alegría y consuelo a causa de tu caridad, por el alivio que los corazones de los santos han recibido de ti, hermano querido”.

Cada palabra que viene va a ser una cuña en el corazón de Filemón, el cual no va a poder resistir:
“Aunque tengo en Cristo bastante libertad para mandarte lo que conviene, prefiero más bien rogarte en bien de la caridad, yo, este Pablo ya anciano y ahora preso por Cristo”.

Podemos meternos en la mente de Filemón:
-¡A ver por dónde se va a descolgar este Pablo! ¡A ver qué me querrá pedir!...

Y vino, naturalmente, la petición menos esperada:

- Te ruego a favor de mi hijo, a quien engendré cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora muy útil para ti y para mí.

Y añade con palabras conmovedoras:

“Te devuelvo a este hijo, que es mi propio corazón. Yo quería detenerlo conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas que llevo por el Evangelio. “Pero, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta acción tuya no fuera forzada sino voluntaria”.

Filemón estaba vencido del todo. ¿Qué remedio le quedaba? Aunque Pablo no ha acabado, pues falta la última estocada:

“Te escribo confiado, seguro que harás más de lo que te pido”.

¡Vaya elegancia la de Pablo para pedir al amo que no retenga más al esclavo, sino que le dé la libertad!... Era lo último que podía pedir. “¡Sí, hermano, hazme este favor, y alivia este mi corazón en Cristo!...

¿Qué ha significado en la Iglesia y en el mundo esta acción de Pablo y de Filemón, cristiano tan ejemplar. La mayor plaga social que se ha conocido en la historia, la esclavitud en el Imperio Romano, con esta carta quedó herida de muerte.

Ni Pablo, ni la Iglesia, ni nadie podía levantar a los esclavos en una revolución armada, al estilo de nuestros guerrilleros en las montañas. Hubiera sido una catástrofe para todos, empezando por los mismos esclavos.

La Iglesia, desde Pablo, empezó por vivir la libertad y la igualdad entre sus hijos.
Había muchos amos y matronas cristianos que dejaban libres a sus esclavos. Los cargos de la Iglesia, hasta el de Papa, eran ocupados lo mismo por el noble Cornelio que por el esclavo Sixto.

Si los historiadores hurgan buscando la raíz de la libertad que hoy impera en el mundo, llegarán hasta Jesucristo. Y darán con el caso especial de un pobre esclavo que topó con un ejemplar dueño cristiano, llamado Filemón, el cual estaba leyendo, con mano temblorosa y emoción que le ahogaba el pecho, una carta enviada desde Roma por un preso llamado Pablo…



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