Menu




Autor: | Editorial:



77. Cristo en Colosenses. Grandezas y compromiso

Pablo, en su prisión libre de Roma, a la vez que predica a todos los que vienen a visitarle, tiene tiempo de pensar, de estudiar, de escribir. Y es en estos días, probablemente el año 63, cuando redacta la carta a los de Colosas, cargada de enseñanzas sublimes sobre Jesucristo.

Empezamos por preguntar: En esta carta, ¿quién es Jesucristo para Pablo? Y su prisionero de Roma responde con elocuencia sin igual:

“Cristo es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: todo fue creado por él y para él. “Él existe con anterioridad a todo, y todo se mantiene en él” (Col 1,13-17)

Escuchando esto, caemos sin más de rodillas ante Jesucristo. Antes de ser Hombre, nacido de María la Virgen, ya era Dios eterno. En Él se miraba complacido el Padre. En Él veía reflejada la creación entera, y el Padre le decía entusiasmado:

-¡Vamos, Hijo! Hagamos todo eso. Todo lo harás conmigo, y todo será después para ti.
Tú estarás en el centro de todo, y todo se mantendrá por ti, que lo sostendrás con tu poder, tan grande como el mío. Aunque te hagas hombre, Tú estarás sobre todas las cosas visibles, y dominarás también la multitud incontable de los ángeles, que se rendirán a tus pies.

No significa otra cosa todo eso que nos ha dicho Pablo:

Después de mirar a Jesucristo en su divinidad, en lo que era desde toda la eternidad, lo mira como Hombre, como el Hijo de María, como el Hermano nuestro, y se desata en alabanzas imponderables, la primera de las cuales es lo máximo que se puede decir y se ha dicho de Jesucristo:
“En él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9)
Jesucristo, ese Hombre, es también Dios.
Ante esto, ya no nos va a extrañar nada todo lo que se nos diga de Jesús, el Señor.

Si Jesucristo, Hombre verdadero, es también Dios, ¿quién tan grande como Él? ¿De dónde va a proceder para los hombres la vida sino de Jesucristo, el cual es la Vida infinita de Dios encarnada?

¿Quién va a enseñar a los hombres la verdad, sino Jesucristo que es la Luz de Dios?

¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas?

Al mirar Pablo a Jesús como Hombre, lo ve como Redentor, y nos dice de Él esas palabras que ya hemos citado más de una vez:

“Jesucristo es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia.
“Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que Él sea el primero en todo.
“Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud,
“y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, los seres de la tierra y de los cielos” ¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas?
(Col 1,18-20)

¿Qué significa para Jesucristo el ser Cabeza de la Iglesia? No es un título honorífico. Es algo que compromete a Jesucristo a mirar a la Iglesia como se mira a Sí mismo.

Desde el momento que Jesucristo redimió a todos los hombres y mujeres con su Sangre derramada en la Cruz, y formó con ellos la familia de Dios, Él se constituyó en Cabeza de su Iglesia y tiene que cuidar de ella como de verdadero cuerpo suyo.

Jesucristo unifica a su Iglesia haciendo que sea UNA Iglesia sola. Cuando Pablo se enteró de que los de Corinto habían metido divisiones en su comunidad, les escribió aquella carta con gritos de trueno:

“Me he enterado de que existen discordias entre ustedes. ¿Es que está dividido Cristo?”(1Co 1,11-13)

Efectivamente, dividir a la Iglesia es para Pablo como partir por mitad al mismo Jesucristo, el cual nunca se expresó diciendo “Mis iglesias”, sino “Mi Iglesia”.

A su Iglesia, Jesucristo la vivifica, la llena de la Vida de Dios, esa Vida de la cual está Él lleno a rebosar. Con los Sacramentos, especialmente con la Eucaristía, Jesucristo nutre a todos y cada uno de los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, con una plenitud tal de Vida divina que no podemos ni imaginar.

Jesucristo con su Sangre purificó a su Iglesia, hasta dejarla radiante de hermosura, como Esposa suya queridísima.
Y la sigue limpiando de tantas impurezas contraídas por sus miembros, hasta que llegue día en que la Iglesia, consumada en su perfección, no tendrá una mancha que afee su linda faz.

Jesucristo ha hecho a su Iglesia una familia de hermanos, y por su Sangre está clamando para todo el mundo la paz, el amor, en una fraternidad irrompible.

Todo eso nos ha dicho Pablo con esas palabras tan densas, con las cuales, nos dice, pretende “dar a conocer la riqueza del misterio de Cristo…y la esperanza de la gloria…, a fin de presentarnos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,27-28)

A continuación de lo que hemos leído y escuchado, hay en esta carta unas palabras misteriosas que se convierten para todos en un compromiso, cuando Pablo dice de sí mismo:

“Me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24)

¿Qué ha leído siempre la Iglesia en estas palabras, que resultan un compromiso, a la par que misteriosas?

Jesucristo con la Cruz pagó de una vez y para siempre por todos los pecados del mundo.

Con esa Sangre divina hay más que suficiente para redimir mil mundos más que hubiera.

Sin embargo, Dios solicita la colaboración de todos los cristianos. Jesucristo ha querido unir a los miembros de su Cuerpo Místico a su Pasión redentora. Y los sufrimientos del cristiano ─el trabajo, una enfermedad, todo lo que signifique cruz─, Jesucristo lo asume, lo une a su propio sacrificio, y continúa con toda su Iglesia la obra de la salvación.

Jesucristo el Hijo del Dios eterno…, Jesucristo el Redentor…, Jesucristo en su Iglesia…
¡Qué grandezas descubre Pablo en Cristo Jesús!
Cuanto más se piensa en ellas, tanto más profundo se hace el Misterio. Pero tanto más también se acrecienta nuestro amor al Divino Redentor.



Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!