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Autor: | Editorial:



81. Ceñidos por el amor. El principio, el medio y el fin

¿Quieren entretenerse ustedes contando las veces que San Pablo usa en sus cartas la palabra amor?... Les aseguro que van a tener para un buen rato. Nadie en la Biblia, quizá ni el mismo Juan, ha hablado del amor como Pablo, ni tantas veces ni de manera tan profunda.

Empecemos por preguntar:

- En San Pablo, ¿quién es el que ama?

¿Dios a nosotros?...
¿Nosotros a Dios?...
¿Nosotros, los cristianos, unos a otros?...
¿Es el mismo amor el de Dios que el nuestro, o son diversos amores?...
Parecen cuestiones indiferentes, pero son interesantes y hasta importantes.

Digamos desde el principio que para San Pablo no hay más que UN SOLO AMOR. Dios nos ama con su propio amor, con su Espíritu Santo, que es el Amor de Dios en el seno de la Trinidad, como expresa Pablo al despedir a los de Corinto:
“El amor de Dios, con la comunión del Espíritu Santo, está con ustedes” (2Co 13,13)

Dios nos da su Espíritu Santo, y entonces el amor de Dios inunda todo nuestro ser, ya que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

Con el amor de Dios en nuestros corazones, somos capaces de amar a Dios, el cual hace que todo concurra para nuestra salvación: “Dios dirige todas las cosas para bien de los que aman a Dios” (Ro 8,28)

El amor en concreto a la Persona de Jesucristo nace de este amor que nos ha invadido, como sigue preguntando Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro 8,35).

Con este amor de Dios, nos amamos a nosotros mismos sobrenaturalmente, sin egoísmos, de modo que el cristiano jamás puede merecer el baldón que el apóstol echa en cara a los paganos de su tiempo: “desamorados”, “sin afecto” (Ro 1,31)

Con el amor de Dios dentro, y sin egoísmos, el cristiano es capaz de amar a todos y todo.
Pues Pablo señala a Dios, casi atrevidamente, como el maestro de nuestro amor, a ese Dios que ama a todas sus criaturas y no aborrece nada de lo que ha salido de sus manos:

“Ustedes han aprendido de Dios a amarse los unos a los otros (1Ts. 4,9)

De este modo -continúa Pablo- nada les va a costar lo que les digo y mando:

“Ámense unos a otros con amor de hermanos” (Ro 12,10)

El amor que en cualquier hombre o mujer es puramente natural, en el cristiano se convierte en amor sobrenatural.

Ponemos el ejemplo de dos esposos paganos que se aman con cariño. Dios se complace en su amor. Dios los bendice. Pero al no tener -es lo que suponemos nosotros- la vida de la Gracia, su amor es meramente natural, aunque honesto y digno.

Suponemos ahora otra cosa. Si los dos esposos son cristianos, su amor es plenamente divino, porque se aman con amor de Dios, como pide Pablo: “Mujeres, amen a sus maridos”. “Maridos, amen a sus mujeres, igual que Cristo ama a su Iglesia” (Tt 2,4. Ef 5,21)

En esto radica la diferencia de la caridad y la filantropía.
La filantropía -que hoy se practica mucho y hace obras muy hermosas en favor de los demás-, es ciertamente honesta; está bien; merece elogio; es una obra humana digna de alabanza.
Pero no tiene nada de sobrenatural, porque no procede del amor de Dios, de la caridad.
La filantropía es muy diferente del amor cristiano.

San Pablo lo dice de manera categórica, y por duro que parezca: “Aunque yo reparta a los demás todos mis bienes, si no tengo caridad, de nada me aprovecha” (1Co 13,3)

Filantropía y amor son ante Dios como dos flores hermosas: la caridad es flor natural llena de vida divina, mientras que la otra es flor artificial, preciosa, pero carente de la vida de Dios.

Total: que con el mismo amor con que Dios nos ama y que ha derramado en nuestros corazones, con ese mismo amor amamos todo y a todos: a Dios, a los hermanos, a la creación entera.
Dios ama todo lo que ha creado, y nuestro amor se extiende a todo lo que llega el amor del mismo Dios.

Vienen entonces las consecuencias que nos dicta el mismo San Pablo, el cual no se queda nunca sólo en teorías, sino que siempre desciende a la práctica de la vida.

Y así nos dice:
“Ante todo y sobre todo, tengan amor, que es el broche de toda perfección” (Col 3,14).
El amor es el ceñidor que da elegancia a toda la persona. Es el lazo de seda y oro que une en un ramo precioso las flores de todas las virtudes.

El que ama, llega fácilmente a la cumbre de la perfección cristiana. Se nos pueden dar muchas normas sobre la oración a Dios, sobre el dominio propio, sobre la entrega generosa a los hermanos.

Todo estará muy bien, todo será magnífico, pero Pablo seguirá diciendo: Sobre todas las virtudes, incluso la fe y la esperanza, que nos unen directamente a Dios, “sobre todas ellas está la caridad”, está el amor (1Co 13,13)


Pablo dicta entonces unas palabras tan profundas como sencillas:

“Caminen siempre en el amor” (Ef 5,2)
Lo cual es como decir:
-Desde la mañana hasta la noche, el amor les ha de acompañar en todos sus pasos.

Y no hace falta que se suban a las nubes. Pues, les digo más aún:
“Sea que coman, sea que beban, sea que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios”, por amor de Dios (1Co 10,31)

Pareciera que Pablo estuviese bromeando:
- ¡Háganme caso! ¡Miren las obras grandiosas que les encargo: comer, beber, dormir!…
Y les aseguro que van a ser santos y santas como cuando rezan, y asisten al culto, y trabajan, y cumplen con sus deberes propios, y hacen caridad o se entregan al apostolado.

A este lenguaje podemos traducir todo lo que sobre el amor nos escribió Pablo, el cual sabía muy bien lo que se decía. Eso de que nos hacemos ricos para la eternidad comiendo y bebiendo y durmiendo, no se nos hubiera ocurrido a nosotros por nada…

Amor, ¡bendito el Amor que viene de Dios, nos lleva a Dios, y nos hace llegar con el corazón a todos los hombres, hermanos nuestros, y a todas las criaturas, obras de Dios!... Si a la tarde de la vida nos han de examinar del amor, ¡que obtengamos un merecido sobresaliente!…


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