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Autor: | Editorial:



89. ¡Perfectos! Nada de medianías. El crecimiento en Cristo


¿Sabemos cómo San Pablo quiere al cristiano? Eso de “niños grandes”, como decimos despectivamente nosotros, no le entra a Pablo en la cabeza. Al cristiano lo quiere adulto, en pleno desarrollo, hasta ser un tipo completo, con la misma talla de Jesucristo.

Empezamos hoy con un texto magnífico de la carta a los Efesios, en el que Pablo nos presenta a Cristo disponiendo muy bien las cosas en su Iglesia. Y grita el Apóstol:
“Lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de un hombre perfecto, a la plena madurez en Cristo”..

¿Y esto, para qué?...

“Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error.

¿Y cómo se consigue ideal semejante?

“Practicando la verdad en el amor, crezcamos en todo hasta llegar a ser como aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef 4,12-15).

Aquí Pablo habla de dos clases de cristianos. Unos son perfectos, mejor dicho, trabajan tanto por ser perfectos, que van creciendo siempre por la fe, por el amor, por su esfuerzo y contando con la gracia de Dios, hasta que llegan a un desarrollo pleno, asemejados en todo a Cristo Jesús el Señor. ¡Qué elogio el de estos cristianos, hombres y mujeres de belleza sin igual!...

Al hablarnos Pablo de esta manera, nos da ocasión para decir algo de la perfección cristiana tal como la entendía él. Esa perfección es el empeño por un crecimiento tal en la fe y el amor, que al fin se consigue una semejanza completa con el mismo Jesucristo.

No significan otra cosa las palabras que Pablo nos acaba de decir:
- plena madurez en Cristo,
- por un conocimiento cada vez mayor del Señor,
- vivido por un amor ardiente que crece sin entibiarse nunca.

“Crezcamos por todo en Cristo” (Ef 4,15). Aquí está fuerza mayor de todo lo que nos dice San Pablo, confirmado por él con palabras inolvidables:

“Para mí el vivir es Cristo” (Flp 1,20), “de manera que ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)

Por eso, porque Pablo lo siente y lo vive, tiene autoridad para pedirnos: “Tengan ustedes los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5)

Si analizamos estos textos de Pablo, adivinamos que él mismo se pudo preguntar muchas veces como un examen de conciencia:
¿Qué pienso? Lo mismo que Jesús.
¿Qué quiero, qué deseo? Lo mismo que Jesús.
¿Qué amo, y cómo amo? Lo que amaba Jesús y como lo amaba Jesús.
¿Qué hago? Lo mismo que haría Jesús.
¿Cómo rezo, cómo trabajo, cómo cumplo mis deberes? Igual que Jesús.
¿Cuál es el motor de mi vida? Jesús, y nadie más.
¿Qué pasos doy en mi vida? Los que daría Jesús.
¿Cómo sufro, al llegar el dolor? Como sufrió Jesús.
Hasta que mi corazón no sea el mismo Corazón de Cristo, no habré llegado a la perfección de Cristo en mí.

Así pudo preguntarse y examinarse Pablo, sacando para sí la conclusión que dictaba a sus discípulos:

“Permanezcan perfectos en la voluntad de Dios” (Col 4,12), decía a los de Colosas.
Y les añadía a los de Roma:

“Transfórmense de manera que cumplan la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Ro 12,2)

Era como decirles:

- Si queremos ser perfectos, yo como ustedes, lo conseguimos plenamente al cumplir la voluntad de Dios en todo, como la cumplía el Señor Jesús.
Entonces Dios Padre, Jesús y nosotros, vendremos a ser una sola cosa y poseer la perfección a que Dios nos llama.

Este modo de hablar es el que emplea Pablo con Timoteo:
Así el hombre de Dios y la mujer cristiana se encuentran perfectos y preparados para toda obra buena” (2Tm 3,17)

Tenemos en nuestros días a la Madre Teresa. ¿Cómo pudo realizar tales prodigios entre los más pobres y ser la admiración del mundo? Porque amaba con el mismo corazón de Cristo, según su frase famosa a las Misioneras de la caridad: “Nuestro compromiso no es con los pobres, sino con Cristo”.

Así pudo amar a los pobres como los ama el mismo Jesús y hacer por ellos lo que sólo Jesús hubiera hecho.

Cuando San Pablo habla dos o tres veces de los cristianos “niños” se refiere a la debilidad de su fe. No conocen lo suficientemente a Cristo, y de aquí vienen sus dudas, su estancamiento, su ningún progreso en la perfección cristina.

Pablo no los desprecia, pero les dice con cierto cariño:

“Sean niños en malicia, pero maduros por su mentalidad”, por sus criterios (1Co 14,20)
Por eso encarga a los evangelizadores, que se dedican a robustecer la fe en las Iglesias:
“Anunciamos a Cristo, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,28).

La fe en Cristo Jesús va acompañada de un amor ardiente. Esto, por supuesto. Pablo sigue con sus frases atrevidas, y dice de sí mismo que él ama “con las mismas entrañas de Cristo” (Flp 1,8)
Si esto era verdad, entendemos toda la vida de Pablo. Al tener el mismo corazón de Cristo, ¿con qué corazón iba a amar y de qué manera iba a amar?...

Pablo tiene unas palabras arrebatadoras.
Aludiendo a su conversión, dice que Jesucristo le miró, se tiró detrás de él, y le alcanzó. Atrapado por Cristo que se le puso delante, ahora es Pablo quien se tira detrás del Señor en una carrera frenética, y nos confiesa:
“No es que lo haya conseguido a estas horas o que ya sea yo perfecto, sino que sigo en mi carrera hasta alcanzar a Cristo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Flp 3,12)

Dios no deja a nadie solo en esta tarea de llegar a la perfección en Cristo Jesús. Pues le asegura Pablo:
“Quien empezó en ustedes la buena obra la irá perfeccionando hasta el Día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)

Ante la medianía y la pobreza espiritual que hoy padece gran parte del mundo, la Iglesia puede ofrecer en muchos de sus hijos un gran ideal: ¡Perfectos como Jesucristo, el Hombre dechado de toda perfección!

¿Quién gana en belleza al hombre y a la mujer que se han desarrollado plenamente en Cristo Jesús?... ¡Nadie! No hay hombre o mujer más cabales.



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