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90. El Matrimonio cristiano. Un misterio grande.



Al leer la carta de Pablo a los Efesios nos quedamos sorprendidos cuando llegamos a un punto determinado. Quiere el Apóstol dar consejos sobre la vida cristiana, y, al hablar a los casados, se eleva a unas alturas teológicas y místicas sorprendentes (Ef 5,21-33)

Viene a decirles sin más:

-Esposos, ¿saben quiénes son ustedes? Son Cristo y su Iglesia. Porque Cristo los ha tomado como el signo viviente de lo que Cristo es y hace con su Iglesia.
¿Y quieren saber cómo se deben portar entre los dos? Miren a Cristo, miren a la Iglesia, y hagan ustedes exactamente lo mismo que Cristo y la Iglesia se hacen el uno con el otro.

Es curioso este modo de hablar. Para explicar lo que es Cristo y su Iglesia, Pablo recurre al matrimonio:

-¡Jesucristo se ha desposado con la Iglesia! La Iglesia y Jesucristo son dos enamorados, y se quieren tanto y se dan con tanto amor el uno al otro, como dos esposos que se aman intensamente.

Ante este hecho, Pablo se dirige después al marido y a la mujer, para decirles:
-¿Quieren saber lo que tienen que hacer ustedes para que su matrimonio sea perfecto y sea feliz? No tienen más que mirar lo que le hace Cristo a su Iglesia y lo que la Iglesia le hace a Cristo. Hagan ustedes lo mismo, y no se van a equivocar.

Así, de una manera tan elevada y sublime, habla Pablo sobre el matrimonio, del que dice las palabras famosas:

“El matrimonio es un misterio grande, referido a Cristo y a su Iglesia”.
El matrimonio, es una estampa de Cristo y la Iglesia. Y Cristo y su Iglesia son el modelo del matrimonio cristiano.

Pablo se remonta al Antiguo Testamento y se encuentra con los amores de Dios e Israel, de los cuales dice Isaías:

“Como un joven se casa con su novia, así te desposa tu Creador; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo” (Is 6,5),

Llega el Nuevo Testamento, y el Apocalipsis ve a la Iglesia “como una novia engalanada para su esposo”, por el que está suspirando: “¡Ven!” (Ap 21,2; 22,17)

Viene ahora Pablo y, en esta carta a los de Éfeso, nos pinta unos trazos sublimes de esta realidad del desposorio de Cristo con su Iglesia:

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola con el baño del agua, para presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”.

Vale la pena pensar en estas expresiones de Pablo. Jesucristo, al venir al mundo, se buscó una novia para desposarse con ella. Esa novia no era otra que la humanidad. Pero, ¿cómo encontró a la humanidad?
Sumida en la mayor abyección. Pecadora a más no poder. No pasaba de ser la prostituta más repugnante. Y, sin embargo, Jesucristo se dijo:

-¡Con ésta, con ésta me he de desposar!

¿Y qué hace Jesucristo para convertir a esa novia tan abyecta en la mujer más preciosa?
Nada menos que entregarse por ella a la cruz. Con el detergente de su propia Sangre, Jesucristo lavó, purificó, embelleció a la humanidad caída de tal manera, que la convirtió en una novia resplandeciente de hermosura, hasta poder exclamar enajenado:

-¡Qué belleza la de esta Novia mía!

Jesús aplica su Sangre purificadora a cada alma con el Bautismo. La limpia, dice Pablo, “con el baño del agua”, que elimina todo pecado, toda mancha.

Los lectores de Pablo entendieron perfectamente la comparación. En Grecia y Asia Menor lavaban a la novia, con ritos particulares, en las aguas de ríos o fuentes especiales, y así limpia la adornaban y embellecían después para presentarla al novio, que la recibía al verla deslumbrante de hermosura.

Pablo agarra la comparación, y, considerándose responsable de la Iglesia por él fundada, dice a los de Corinto:

“Tengo celos de ustedes con celos de Dios, pues los tengo desposados con un solo marido para presentarlos como casta virgen a Cristo” (2Co 11,2)

Ante esta realidad tan sublime del desposorio de Cristo con su Iglesia, viene ahora San Pablo a exponernos toda su teología del matrimonio en un párrafo inolvidable.

Se dirige primero a los casados, a los que ensalza y a la vez les advierte:

“El marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo…. Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... Quien ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; sino que la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia”…

¡Hay que ver lo que Pablo pide a los maridos, para ser imitadores de lo que Cristo hizo y sigue haciendo por su Iglesia!... Siguiendo estas pautas de Pablo, el hombre con su machismo se convierte en el caballero más galán…

Pablo se vuelve después a las casadas, les muestra su condición, y les pide tantos heroísmos como a los maridos:

“Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”.

La tan traía y tan llevada liberación femenina, tan deseada y tan legítima, tiene dentro del matrimonio unos límites infranqueables, los mismos que la Iglesia, ¡tan libre!, tiene con su Esposo Jesucristo.

Vemos así cómo Pablo presenta la moral matrimonial, y se limita a decir:

-Mujer, respeta y sométete a tu marido, siguiendo el ejemplo de la Iglesia, siempre obediente a Jesucristo. Mira en tu marido a Cristo, y qué fácil te será complacerle en todo.
-Marido, vuélcate en amor a tu mujer. Hasta que llegues a morir por ella como Cristo murió por su Iglesia, tienes mucho que recorrer en tu entrega a tu mujer querida.

Pablo ve en cada acto de los esposos ─desde la intimidad amorosa hasta el más pequeño servicio mutuo─, un misterio sacramental del amor de Cristo con su Iglesia.
No grita Pablo contra el machismo del hombre ni contra las impertinencias de la mujer. A los dos los considera unas personas llenas de dignidad y de santidad cristiana.

Comparando Pablo el matrimonio con el celibato abrazado por el Reino de los cielos, dice a los de Corinto que cada cristiano tiene su propio regalo de Dios (1Co 7,7)
Es de admirar el celibato, ciertamente; pero el matrimonio cristiano es también regalo grande, ¡y tan grande!, del Señor…





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