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101. Timoteo, ¡ven!... Un testamento de Pablo


Tenemos en la mano la última carta de Pablo, un grito de angustia y un testamento espiritual a su hijo más querido: Timoteo, a quien había dejado en Éfeso.

Está por acabar el año 66, pues leemos en las últimas líneas:
-Timoteo, ¡ven!... Junto con los libros de las Escrituras, especialmente los pergaminos, tráeme el abrigo que dejé en Tróade, y date prisa en llegar antes de que se eche encima el invierno (4,13 y 21)

¿Qué ha ocurrido entre las cartas anteriores a Timoteo y Tito y esta última?... Pablo podía estar por Oriente, quizá en Tróade, cuando le detuvo sin más la policía romana:
-¡Éste es el jefe cristiano que estamos buscando!...
Ya no dicen “judío”, sino “cristiano”, porque los pretorianos saben distinguir bien desde la persecución desatada por Nerón.

Si Pablo cayó en manos de la policía por el Oriente, fue llevado prisionero de nuevo a Roma después de una breve prisión en Éfeso, capital de la provincia de Asia..
Pero también pudo viajar a Roma por su cuenta a finales del año 66, y trabajar de nuevo en la Urbe, con mucha prudencia aunque se viera libre.

Quizá a este tiempo se refiere el recuerdo de su casa en la orilla izquierda del Tíber, por la Arénula, junto a la Régola.
Es muy incierto cuanto se refiere a este último año.
Pero, preso en Oriente y traído a Roma, o detenido en la misma Urbe, Pablo fue internado en la cárcel del Tulliano, llamada después popularmente la Mamertina.

Durante la primera prisión, Pablo estaba en custodia libre, en casa propia alquilada, con un soldado que lo guardaba, pero con libertad de movimientos.
Ahora, no. Ahora se hallaba atado con cadenas a una columna, sin poderse mover casi, condenado a una inacción completa.
No tiene consigo más que a Lucas, el querido y fiel Lucas, que le visita todo lo que puede. Pablo le va dictando a ratos esta carta, que para nosotros es un tesoro inapreciable, cargada de hondos sentimientos, y con enseñanzas inolvidables..

La carta comienza con desahogos muy naturales.
-¡Timoteo, mi hijo querido! Tengo deseos de verte, para que me llenes de alegría.
Ahora me tienes aquí, soportando estos sufrimientos, pero no me avergüenzo, porque estoy seguro de que Jesucristo guarda íntegra mi fe hasta aquel último día de su manifestación gloriosa (1,12)
Haz tú lo mismo. ¡Conserva la fe mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros!

Onesíforo ha sido igual que tú. Me reconfortó muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas. Además de los servicios que me prestó en Éfeso y que tú sabes, apenas llegó a Roma me buscó hasta dar conmigo. ¡Dios lo bendiga! (1,13-18)

Ante esta amistad cariñosa y la fe tan bien conservada de Timoteo, Pablo sabe lo que es el desamor, la traición de amigos y hasta la apostasía de la fe. Aquí se queja amargamente:
-Ya sabes tú que todos de Asia me han abandonado, y entre ellos Figelo y Hermógenes. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal.

Después de estos desahogos primeros, aparece el Pablo de siempre, el luchador incansable, ahora agotado pero no rendido:
-Timoteo, soporta las fatigas conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Porque yo he peleado el buen combate. He sido el soldado de Cristo que debía ser. Él es mi jefe, y sólo a Él quiero agradarle; por eso, no me enredo en negocios de este mundo. Jesucristo, su Evangelio…, y lo demás no da conmigo. (2,3-4; 4,7)

Pasa después a otra comparación muy suya:
-Lo mismo que el atleta ─que no recibe la corona si no se ha portado según el reglamento─, yo he cubierto siempre fielmente la carrera hacia la meta. Y ahora no me queda sino la corona que me entregará el Señor como justo Juez (2,5 y 4,7-8)

Otra comparación también muy querida:
-El labrador que trabaja es el primero que tiene derecho a percibir los frutos. Si cada uno recibirá su salario según su trabajo, yo lo espero, porque somos colaboradores de Dios en ese su campo que son los creyentes. He arado y he trillado con esperanza de recibir mi parte, que me toca ya ahora (2,6; 1Co 3,8-9 y 9,10)
¿Verdad, Timoteo, que me entiendes?... (2,7)

Y vienen después esas palabras de Pablo que tantas veces se nos repiten:
-Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos; por él estoy yo sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada (2,8-9)
¡Qué riqueza la de este consejo y la de esta afirmación!
Con Jesucristo el resucitado siempre en la mente, ¡qué poco se tiembla en la vida!...

A continuación, un recuerdo familiar de Pablo para Timoteo, con otra exhortación que se nos repite sin cesar y que tenemos siempre en los labios:
-Tú, hijo mío, persevera en la fe, teniendo presentes a las que te lo enseñaron, tu abuela Loide y tu madre Eunice, pues desde niño conoces las sagradas Escrituras, las cuales te dan la sabiduría que te lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús (3,14-15)

Es imponderable este elogio de la abuelita, de la madre y de Timoteo, el hijo y nieto.
Timoteo fue Timoteo porque la abuela Loide y la madre Eunice formaron a su nieto e hijo en la piedad más honda con el amor a las Sagradas Escrituras.

Pablo aprovecha eso de las Escrituras para escribir a continuación otras palabras inolvidables:
-Toda Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia o santidad; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (4,16-17)
Entre el ejemplo de Loide y Eunice, el discípulo aprovechado Timoteo, y el maestro incomparable Pablo, se nos mete bien adentro el amor a la sagrada Biblia, tesoro singular del cristiano…

Pablo, detenido en la cárcel y enfrentado a la muerte, no se abate, y canta resignado y triunfante a la vez:
-Estoy a punto de ser inmolado en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. (4,6-7)
Sentimos envidia del valiente y estamos orgullosos de nuestro héroe.

Esto es Pablo. El testamento que escribió a Timoteo nos lo legó a todos nosotros.
Vale la pena ser cristiano. Vale la pena luchar por Jesucristo.
La vida entonces tiene sentido, ya que está toda entera al servicio de un ideal.
E ideal más alto que Jesucristo no existe, porque no puede existir…



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