Autor: | Editorial:
El profesor Don Manuel
El profesor de biología, Don Manuel, tuvo que ver con el accidente. Él es uno de los más veteranos del colegio. Tiene cincuenta años, diez de ellos dando clases a los alumnos de secundaria. Es alto y delgado, de cara afilada, pelo cano, ojos negros (como dos escarabajos) y bigote delgado. Viste siempre el mismo traje, la misma corbata: verde con puntitos rojos. Es escrupulosamente puntual, fuma mucho y tiene mal genio. Suele decir a los alumnos:
¡Yo explico una vez! ¡Si no entiendes no es mi culpa! ¡Toma lo que puedas! ¡No repito!
Y comenzaba a explicar la materia, como si le pagasen por la cantidad de palabras dichas. Además, gastaba gis a toneladas.
Javier y sus amigos, que eran sus alumnos, se vieron involucrados también en el accidente. Javier tenía trece años, como la mayoría de sus compañeros. Ni él ni sus amigos veían justo que el profesor soltara el rollo a toda velocidad y casi siempre les suspendiera en el examen. Además, el humo del cigarro les impedía ver bien el pizarrón y no les gustaba el olor, ni su bigote, ni su traje, ni su corbata y menos su puntualidad. Si no tuviera mal genio quizá no lo verían así.
Como ya estaban hartos del profesor Manuel y de los cigarrillos y de todo lo demás, se reunieron en El Cuartel (una vieja casa rodante). Javier ocupó la silla menos rota y los demás se sentaron alrededor de La Mesa Redonda.
Javier dijo Felipe, ¿por qué no hacemos estallar los neumáticos de su coche?
Javier pensó un momento y le contestó amablemente:
Porque lo estaciona en la gran avenida y es muy transitada. Además, a lo mejor le daríamos la oportunidad de cambiar sus neumáticos viejos, pues tiene asegurado el coche.
Todos meditaban en silencio.
¡Le pondremos una tachuela en la silla! propuso el más voluminoso y más simpático, que solían llamar el Sapito.
Javier meneando la cabeza balbuceó, sin dejar de mirar al centro de la mesa:
El profesor da la clase de pie. Nunca se sienta.
El Sapito, un poco avergonzado, se encogió de hombros y cerró los ojos para pensar. Expusieron muchos planes y proyectos, pero fueron rechazados uno a uno por falta de realismo. Al final habló Julián, el Einstein (porque no acertaba una en matemáticas):
¡Ya lo tengo! Propongo que le pongamos gasolina en la papelera. Y cuando tire la colilla del cigarro se lleve un buen susto. Verán cómo se le quita el vicio.
Todos escuchaban sin pestañear. No acababan de creer que al Einstein se le pudiera ocurrir tan ingenioso plan. Volvieron la vista hacia Javier. Sencillamente asintió moviendo la cabeza y sonrió. Todos clamaron entusiasmados y felicitaban al Einstein.
¡Bien, Einstein! ¡Qué buena idea!
¡El susto que se va a llevar!
Así aprenderá la lección. Y el salón dejará de apestar a rayos.


