Menu




Autor: | Editorial:



El susto

El plan quedó programado para el viernes. Ese día, Javier y sus amigos se reunieron en la cafetería al inicio del primer descanso. Ocuparon la mesa del fondo, donde la vieja lámpara fluorescente estaba agonizando como una luciérnaga herida.

—Julián —le preguntó Javier en voz baja—, ¿has traído la gasolina?

Julián, el “Einstein”, sonrió maléficamente. Introdujo lentamente la mano en su abrigo y extrajo una botella de cristal llena de líquido verde. Al momento le dijo Javier muy alarmado:

—¡Guarda eso!

En ese momento pasé por la cafetería, al lado de Javier y sus amigos. Me saludaron muy cortésmente. Me sorprendió su amabilidad, pues raramente lo hacían. Todo parecía sospechoso, pero pasé de largo.

Julián extrajo una botella de cristal llena...

Yo estaba muy complacido, porque, a pesar de ser viernes, los chicos se estaban portando bien. Cuando sonó el timbre todos se dirigieron a sus clases. El curso de Javier, al laboratorio nuevo. Clase con Don Manuel. El “Sapito” me entretuvo en la cafetería. Alegaba que la señora Anita no le había dado el sándwich y que ya se lo había pagado. Ella lo negaba, pero al ver tan convencido al “Sapito”, llegó a dudar.

Mientras tanto, Javier y sus amigos se acomodaban en el laboratorio. Julián se sentó en el lugar más próximo al cesto de papeles y Javier, hasta el fondo, junto a las vitrinas llenas de frascos etiquetados. Desde ahí dominaba bien la situación. Se acomodaron todos los alumnos rumoreando. A los pocos segundos llegó el profesor, corriendo —como siempre— y despeinado. La corbata al hombro, le daba palmaditas en la espalda. Miraba su reloj: once y media con cero segundos. Parecía que había corrido los doscientos metros con obstáculos. Dejó su maletín sobre el escritorio y dijo, mientras se aflojaba la corbata:

—¡Saquen los cuadernos! La lección de hoy... será sobre la célula.

No era capaz de aguantarse las ganas de fumar ni en el laboratorio. Se fijó que no hubiera ningún prefecto cerca.

—La célula es el elemento fundamental... —decía, mientras dibujaba una célula, que más bien parecía un huevo frito—.

Javier pasó un bolígrafo a Julián con una nota en el capuchón: “Pon ya la gasolina... pero poca. Yo lo distraigo”.

—¡Profesor —gritó Javier—, se está derramando este ácido!

Efectivamente, era ácido nítrico y quemaba las baldosas.

—¡No toquéis nada! —apremiaba el profesor, acercándose a grandes pasos—. Es muy peligroso.

Javier guiñó el ojo. “Einstein” se levantó muy nervioso y vertió todo el frasco. El profesor neutralizó el ácido con agua y jabón, mientras, explicaba que él era experto en emergencias y que había trabajado en la Cruz Roja y no sé qué más historias. Volvió todo ufano al pizarrón. Por suerte para Javier y su pandilla, el olor de la gasolina se confundió con el del ácido.

El profesor retomó su cigarrillo que había dejado en la ventana. Aspiró lo que le quedaba. Se acercó a la papelera para tirar la colilla humeante. La mayoría de la clase no sospechaba nada. Para ellos se trataba de un día y de una clase normal. Sin embargo, Javier y sus amigos concentraban su atención en cada movimiento del profesor. Vieron cómo se detuvo a unos pasos para probar puntería. Vieron volar la colilla hacia la papelera. La boca redonda de latón se la tragó. Mal le supo aquel bocado y escupió con estrépito fuego, papeles y humo hasta el techo. La puerta, que estaba emparejada, azotó.

Vibraron los cristales y temblaron las ventanas. Al profesor, iluminado por la serpiente de fuego, se le cayó el gis de la mano y se le crisparon los pelos. Lanzó un grito ahogado y se desplomó como muerto. Javier y sus amigos se tapaban los oídos con ambas manos y palidecieron.

No salió bien. Javier había dicho: “Pero poca”. Sabía que el techo falso prendía rápidamente. Así fue. En unos segundos tenían fuego sobre sus cabezas, todo el techo ardía y comenzaban a caer trozos encendidos sobre las bancas. Pasada la primera impresión, reaccionaron y salieron en desbandada. Dejaron la cortesía para otros momentos y pasaron por encima del profesor.

En la cafetería, el “Sapito” se conformaba, ¡por fin!, con un sándwich de jamón york y queso, después de haber discutido largamente y cambiado cinco veces el contenido. Yo salí de la cafetería muy apenado con doña Anita.
Al cruzar la puerta choqué de frente con Don Juan, el guardia, que entraba corriendo. Caímos al suelo los dos. Chocamos muy fuerte. Estuve unos segundos aturdido. Vi a Don Juan que se incorporaba para ayudarme:

—¡Perdóneme, licenciado! Precisamente venía a decirle que... —tomó aire y continuó—: ¡Qqqqque hay fuego en el laboratorio!


Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!