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Autor: | Editorial:



Los héroes

Salimos disparados. Cuando llegamos, todos los chicos estaban fuera y el fuego había llegado a las vitrinas que contenían ácidos y otros productos inflamables. El incendio era incontrolable.

La llamas, como fantasmas infernales, estallaban botellas, estrellaban los cristales, trepaban por las paredes, devoraban la madera. Javier y varios del grupo arrastraron fuera al profesor, todavía inconsciente. Todos los alumnos los rodearon llenos de admiración. Eran los héroes del día. Habían salvado al profesor de las llamas.

—¿Se encuentra bien? —les pregunté—.

—Está todavía inconsciente —me contestó Javier—.

—Traigan agua para reanimarle —dije mientras le tomaba el pulso—.

Llegó Felipe con una cubeta llena de agua. Se arrimó y la vertió a chorro en la cara del profesor. Funcionó. Don Manuel tosía humo negro. Nos miraba con los ojos espantados. Después de todo no le había ido tan mal. Se chamuscó un poco el pelo. Se quemó otro tanto el traje. Pero estaba a salvo. “Casi me muero por un cigarrito”, pensó.

Terminado el susto, a Javier y a sus amigos se les desaceleró el tambor cardíaco. Gracias a Dios aquello no terminó en tragedia. Suspendí las clases por el accidente.

Saliendo del colegio, se reunieron alrededor de “La Mesa Redonda”. Miraron por la ventana: aún subía una espiral de humo negro desde el laboratorio hasta las nubes. Los bomberos dominaban el fuego y, en cuestión de minutos, lo extinguirían por completo.
Pasado el peligro, se rieron mucho. Narraban una y otra vez el susto del profesor al ver salir la llamarada de la papelera.

El “Sapito” les contaba, con toda su gracia, cómo me había entretenido en la cafetería, obteniendo un desayuno gratis. Colgaron la corbata del profesor con un clavo en la pared. Era un buen trofeo. Javier se la había quitado para que “respirara mejor”.

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