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Autor: | Editorial:



Conversiones

El lunes siguiente al accidente, todos esperaban en silencio al profesor Manuel en un salón normal, pues el laboratorio necesitaba una buena reparación. El profesor entró tranquilamente, sin correr, algo raro en él. Vestía un traje nuevo y otra corbata, ahora amarilla con barras grises. Sobre sus cabellos chamuscados se adivinaba un peluquín. No sólo había cambiado en el exterior.


—Gracias, hijitos —decía secándose las lágrimas con los dedos—, ustedes me salvaron la vida arriesgando la suya.

Desde ese día se mostró muy agradecido con Javier y sus amigos. Todos pasaron los exámenes con buenos promedios. Ya respondía amablemente a las dudas que les surgían en la clase. Nadie lo volvió a ver fumar jamás. Se ganó el cariño de todo el curso. Al fin del año era el profesor más querido del colegio. Y no porque regalara las notas, sino porque enseñaba con amor y porque era justo. Me parece que el incendio le calentó su corazón, congelado por el pasar de los años.

Alrededor de “La Mesa Redonda” (que ya sólo tenía tres patas y media por culpa del “Sapito”) Javier y sus amigos ya no planeaban travesuras ni venganzas. En algunas se proponían regalos sorpresas para el profesor Manuel. El “Sapito” fue obligado por todos a pedir perdón a la señora Anita y a pagarle el sándwich. Ella le dio un beso y un refresco por su sinceridad. Decidieron nunca más utilizar gasolina ni jugar con fuego. Habían tenido mucha buena suerte en salir sin quemaduras.

Este fue el accidente que acabó con el corazón de hielo del profesor y con el laboratorio nuevo. Escribo esto mientras el director revisa los daños con un ingeniero. ¡Quién se lo iba a imaginar! Ni sospeché en lo más mínimo del “Sapito”. Lo hizo muy bien. ¡Ah!, precisamente pasa por aquí el “Sapito”. Le voy a felicitar:

—“Sapito”, ven aquí. ¡No corras!...


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