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Autor: | Editorial:



Tranquilos tiempos de guerra
Domingo 22 de Sep. de 2002.


Hola, amigos:

Los viajes del Papa han tenido un descanso; la cumbre de Johannesburgo quedó atrás; el aniversario del ataque a Nueva York ya pasó. Finalmente hemos vuelto a nuestros tranquilos tiempos de guerra.


Preartículo (algo breve):

Sí, guerras entre naciones y guerras internas a las naciones. Guerras que se procura terminar, pero que no terminan; y guerras que aún no comienzan, pero que ya quisiéramos iniciar. Que no se condene la guerra; que no se critique la guerra; lo mejor es dejar que la guerra simple y tranquilamente fluya. ¡Nada más aburrido que la paz! ... Danos hoy, Señor, la guerra nuestra de cada día... Uno de los títulos de Cristo es el de “Príncipe de la Paz” (cfr. Isaías 9, 5). ¡Pero no! ¡No! “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19, 14). No queremos la paz... ¡Amamos la guerra! ¿Hasta cuándo podremos comenzar otra? Por favor, no nos hagan esperar...

De no ser por la ironía... el párrafo anterior sería blasfemo. Para terminar con las guerras de los países subdesarrollados bastaría con dejar de venderles armas. Pero eso no conviene a la economía de los países fabricantes de armas. ¿Quién puede creer en los intentos pacificadores de estos últimos países, si siguen vendiéndoles armas a los países en pugna? ¡Sólo un ingenuo! Apenas recomienzan los diálogos de paz y... ¡otro atentado! No sería de extrañar que dichos atentados fueran pagados por los fabricantes de armas, de quienes poco se habla y a quienes poco se critica. El afán de lucro lleva a todo eso.

Hace apenas unos meses los medios de comunicación dieron a conocer la escandalosa noticia de que los directores de una funeraria, a fin de tener mayor clientela, sobornaban a los médicos de una clínica cercana para que dejaran morir a algunos de sus pacientes. El amor al dinero no es compatible con el amor al prójimo: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6, 24).

Lo que necesita el mundo es amor; lo han dicho desde Cristo hasta los Beatles. Pero los responsables del mundo no lo quieren oír; y el amor no se logrará en la humanidad a menos que la veamos como una gran familia, donde los países ricos sean como los hermanos mayores, y los pobres como los menores; lo he repetido en varios de mis artículos, y creo que no puedo excederme.

Conforme a esa analogía, muchos países en guerra son como hermanos menores que se pelean; y los países que les venden armas son como hermanos mayores que, en vez de separarlos y llevarlos a hacer las paces, les dan puñales a cambio de lo ahorrado en sus alcancías. Se trata de algo verdaderamente criminal e infame.


Cuerpo del artículo:
Veamos el asunto desde un punto de vista menos trascendente; menos dramático, dirían algunos, tratando de suavizar el muy actual tema de la guerra. En la cumbre de Río de Janeiro, en 1992, se sostuvo el siguiente principio:

    Los seres humanos son el centro del interés del desarrollo sostenible. Tienen derecho a una vida sana y productiva en armonía con la naturaleza.

En consonancia con ese principio, podemos decir que la persona, dada su dignidad y derechos, es el centro del interés de todo desarrollo humano, ya se le llame tecnología, economía, civilización, cultura o de cualquier otra forma.

La economía es una gran empresa
La economía de un mundo globalizado es como una gran empresa, cuyos clientes son las personas humanas, cuyos dueños y directores son los países ricos y las instituciones financieras internacionales, y cuyo producto es la riqueza expresada en forma de dinero. Sin lugar a dudas, en esa gran empresa el cliente ―la persona humana― debería ser lo primero.

Todos conocemos la importancia de este principio, pues todos hemos padecido el maltrato debido a su falta de reconocimiento y aplicación, como en las innumerables ocasiones en que hemos tenido que someternos a los caprichosos procedimientos de sistemas obsoletos e inoperantes en aras de la comodidad y del beneficio de los directores y dueños de esas empresas; basten como ejemplo los diarios millones de horas-hombre desperdiciadas haciendo cola.

Pues bien, si en esa gran “empresa” que es la economía globalizada el cliente ―la persona humana― no es lo primero, se debe a la corrupción de sus directores y dueños, que son los países ricos y las instituciones financieras internacionales. Ellos dejan que mil de sus clientes ―personas humanas― mueran cada hora sólo de hambre. Esta cifra equivale a cerca de 9 millones de personas al año (1,000 x 24 x 365 = 8’760,000); cifra mayor que la de la población actual de Guadalajara, México, ciudad en la que vivo.

Es como si esta ciudad fuera sitiada durante todo el año 2002 por los directores y dueños de la economía mundial, de modo que toda su población muriera de hambre hacia finales del año, digamos... ¡como regalo de Navidad! Y luego, terminado el año, esos mismos líderes mundiales buscaran otra ciudad fuertemente poblada para sitiarla en el año 2003, y otra en el 2004, y así hasta el año 2015, cuando las ciudades sitiadas ya sólo serían de 4 millones de habitantes, si llegaran a cumplirse las vagas metas logradas en Johannesburgo.

Yo recibo muchas críticas por hacer estas analogías, por decir cosas tan duras. Pero a esas mismas personas no les parecen tan duras las acciones de los responsables de los hechos. ¿Qué son más duras, las palabras o las obras? ¿Qué es más duro, que yo te mate ―o te deje morir― o que alguien diga que te maté? ¿Quién es más brutal, el criminal o el testigo? Cada vez se hace más necesario señalar estos atroces crímenes. Pero, ¡no!, mejor no digas nada, no vaya a ser que te nieguen algún crédito bancario.

Guerra, economía y capitalismo
Hoy las cosas empeoran debido a que hoy la guerra está estrechamente relacionada con la economía, y no sólo con la política; es decir, está relacionada con el afán de riquezas, y no sólo con el afán de poder. La guerra es hoy, más que nunca, un fabuloso negocio para los fabricantes de armas y para las naciones en que viven esos fabricantes, si es que no son las naciones mismas las que fabrican y venden las armas.

Y esta horrible realidad no se debe tanto a gente malvada, sino a un sistema esencialmente materialista e inoperante, que es el capitalismo; pero mientras que nos atrevemos a criticar y atacar a las personas, no nos atrevemos a criticar y cuestionar seriamente el sistema. Hoy ya no hace falta que los agresores y opresores vean los rostros de la gente que sufre y que muere; hoy basta con tomar las “debidas” decisiones frente al monitor de una computadora.

Hoy la guerra está estrechamente ligada al capitalismo. Hoy la guerra es justificada por el capitalismo, al igual que la pobreza y la contaminación ambiental, tan sólo por motivos económicos. El capitalismo en el fondo sostiene, solapadamente, que las personas importan menos que la economía y el dinero; por eso eufemísticamente busca la forma de no hablar de personas maltratadas o muertas, sino de razonables porcentajes de bajas (casualties). Así es como camina hoy esta pobre humanidad, esta humanidad amada.

Ya los medios nada dicen de la cumbre de Johannesburgo; ya pasó, ya no es noticia, además de que en ella no se lograron compromisos concretos a plazos fijos, porque fueron bloqueados debido a intereses económicos. Quizá dentro de 10 años se haga otra cumbre, y ahí relean lo que se dijo en ésta y hagan comentarios lamentando no haber hecho lo deseado, y entonces digan que ellos sí lo harán. Y años más tarde habrá otra cumbre, y así sucesivamente. Entre cumbre y cumbre mueren de hambre unos 90 millones de seres humanos, cifra poco inferior a la de la población de todo México, mi país.

Como al sistema capitalista las personas le importan menos que el dinero y la economía, se resiste a escuchar la gran verdad de que la violencia genera violencia, por lo que las guerras generan más guerras; y como también se siente grande y poderoso, tampoco quiere entender esta otra gran verdad: No hay enemigo pequeño. A esto se debe que la paz no pueda ser construida sobre la guerra, ni sobre ningún tipo de violencia. Así lo prueba la historia de la humanidad, con todas sus guerras y todas sus venganzas.

Violencia, venganza, perdón y paz
La persona a quien le hayan matado a un ser querido guardará rencor ―a menos que perdone― y buscará la forma de vengarse, o de saldar las cuentas, o de clamar que se haga “justicia” precisamente con la pena de muerte. Y esa nueva muerte será la de alguien amado por otras personas, que también guardarán rencor ―a menos que perdonen― y buscarán la forma de vengarse, o de saldar las cuentas, o de clamar que se haga “justicia” precisamente con la pena de muerte. Y así sucesivamente...

Por eso la violencia sólo termina cuando alguien decide romper la cadena de ese círculo vicioso, sea porque realmente perdona o porque al menos procura perdonar tratando de ver el perdón como la forma menos dolorosa de romper la cadena a fin de que ya no haya más muertes. En esa cadena de muertes nuestros enemigos nos matan a otro ser querido, y nosotros decidimos ya no responder con la violencia, para lograr romper la cadena. Pero nuestros enemigos pueden matarnos todavía a otro ser querido más, y a otro, y a otro, para soportar lo cual hace falta el perdón auténtico. Y si nosotros respondemos otra vez con la violencia, la cadena cobrará nueva “vida”.

Si queremos la paz, debemos ir con nuestros enemigos a decirles que ya no responderemos con la violencia, aunque los últimos muertos hayan sido de los nuestros, y a ofrecerles la paz pidiéndoles que ellos también rompan con la cadena de venganza y muerte. La cadena de muertes se alimenta de esta tremenda y rebelde pregunta: ¿Por qué los últimos muertos han de ser de los nuestros? La respuesta es sencilla: porque ésa es la única forma de lograr la paz verdadera, la paz duradera.

Paz y cristianismo
Aquí se puede apreciar que la paz está estrechamente relacionada con la disposición al perdón y al martirio; sólo los mártires la han logrado. Y esta disposición sólo se logra cuando la muerte de nuestros enemigos nos duele tanto como la de los nuestros, es decir, cuando el amor se hace universal, incluyendo también el amor a los enemigos. Y aquí se puede apreciar que la paz verdadera ―ésa que el mundo no puede dar (cfr. Juan 14, 27)― está estrechamente relacionada con el cristianismo y con Cristo mismo, Príncipe de la Paz.

Es verdaderamente notable que personas que se dicen cristianas, y que además de tener estudios tienen una buena posición, insistan en la ilusoria pretensión de lograr la paz verdadera, duradera, desde una posición exclusivamente intra-mundana; y que también ―colmo de los colmos― pretendan lograrla mediante la violencia y la guerra.

Sus pretensiones son ilusorias porque se hacen la ilusión de que con la guerra lograrán acabar con todos sus enemigos, como si éstos no tuvieran parientes y amigos ―potenciales futuros enemigos―, o de que todos esos parientes y amigos son también enemigos, a los que puedan matar. En el engreimiento de su poder, también se hacen la ilusión de que para ellos no se cumple que no hay enemigo pequeño.

Para atacar, basta hacerlo en un solo momento y en un solo flanco; mientras que, para defenderse, hay que lograrlo en todos los momentos y en todos los flancos. Se hacen, pues, la ilusión de que podrán estar permanentemente a la defensiva en todos los flancos. La realidad es muy distinta; pasado un tiempo bajarán la guardia, se descuidarán, y entonces volverán a ser vulnerables; y así será para siempre. Serán gente que viva en la continua angustia; angustia por lo demás muy merecida, por el simple hecho de haberse negado a perdonar, de haberse negado a amar, aun a sus enemigos.

El cristianismo es exigente, muy exigente, y sin él no puede haber paz auténtica: ni paz externa ni paz interna. Cristo nos ofrece su paz, pero ―¡pero!― si se la despreciamos tendremos que atenernos a las consecuencias, porque muy claramente nos advierte que con Él no hay posiciones intermedias: “El que no está conmigo está contra mí” (Mateo 12, 30).
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