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Autor: | Editorial:



¿Estamos perdiendo la batalla del SIDA?

Domingo 8 de diciembre de 2002.


Hola, amigos:

Este año cayeron en dos domingos consecutivos, días del Señor, el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA y la fiesta de la Inmaculada Concepción.


Preartículo (algo breve)


Imaginemos que todas las personas ―incluso las propensas o las que ya fueron curadas― pudieran prevenir el cáncer con seguridad, todo tipo de cáncer, sólo con dejar de robar y, además, a la hora de asearse tener el cuidado de no usar jabones que hayan sido usados por otros.

Sin duda la inmensa mayoría de las personas aceptaría con gusto cumplir estas sencillas normas a fin de prevenirse con seguridad del cáncer, aunque se trate de una enfermedad curable en muchos casos. Y los médicos, hospitales, universidades, gobiernos y medios de comunicación promoverían estos sencillos cuidados a fin de combatir tan terrible enfermedad.

¿Por qué no sucede algo semejante en el caso del SIDA? De hecho el SIDA es peor que el cáncer, tanto por ser incurable como por arrastrar un vergonzoso estigma. Para las personas no infectadas basta con hacer un uso moral de la sexualidad y, además, exigir un equipo nuevo cada vez que vayan a ser inyectadas. ¿Por qué en este caso los médicos, hospitales, universidades, gobiernos y medios de comunicación no promueven estos sencillos cuidados a fin de combatir tan terrible enfermedad?

A diferencia del cáncer, no hay personas que hayan sido curadas del SIDA y que estén con la incertidumbre y la angustia de volver a contraer la enfermedad; la razón está en el simple hecho de que el SIDA es incurable. El SIDA puede contraerse por contagio materno en los primeros meses de vida, por contacto sanguíneo ―como en las inyecciones y en las transfusiones― y por contacto sexual.

Por esto, aparte de los niños que nacen ya infectados, las personas principalmente expuestas al contagio son los hemofílicos y todos los que requieren transfusiones de sangre, los drogadictos y los que viven una sexualidad promiscua, inmoral, o viven en pareja con alguien que vive una sexualidad promiscua.

Basta, pues, para prevenir el SIDA, con tener unos cuidados en lo referente a las inyecciones y transfusiones, y con vivir moralmente en el campo de lo sexual. ¿Por qué, entonces, no prevenirlo? ¿Por qué los gobiernos y las instituciones no promueven que se lancen las debidas campañas preventivas por todos los medios posibles?

La respuesta, por increíble que parezca, es que a los responsables de los gobiernos y las instituciones les da vergüenza hablar de moral; y más, pedir que se viva moralmente; y mucho más, que tal petición se refiera a la sexualidad... “Free choice!”. Les resulta preferible dejar que mueran millones de personas, con el riesgo de que mueran también sus propios hijos y demás familiares.

¿Cómo romper con esta situación? Pues... ante la propia impotencia... pidiéndoselo a la Virgen, a la Inmaculada, y también a San José, en el rezo diario del Rosario; y ya que cada año su fiesta cae una semana después del Día Mundial de la Lucha contra el SIDA, pidiéndoles también por el buen logro de los propósitos alcanzados en ese día.


Cuerpo del artículo

En esta ocasión el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi A. Annan, en su mensaje del Día Mundial de la Lucha contra el SIDA, de 1° de diciembre de 2002, mencionaba cómo esta epidemia se ha convertido en una terrible carga para millones de personas, familias y comunidades de todo el mundo; y cómo para aliviarla es necesario mejorar la atención de la salud, facilitar el acceso al tratamiento, adoptar medidas de prevención más enérgicas, promover la eficacia de los servicios sociales y apoyar a los más vulnerables, especialmente a los huérfanos. Decía concretamente lo siguiente:

    Pero hay otra carga terrible que impone el SIDA y que cada uno de nosotros puede contribuir a aliviar: la carga del estigma que lleva consigo la infección con el VIH.

    El estigma puede ser tan dañino como el propio virus. La soledad y el desamparo que genera son causa de profundo dolor para quienes padecen sus efectos. También a todos debería dolernos, porque constituye una afrenta a nuestra condición humana común.

    Hay personas a las que, por tener el SIDA, se les niegan derechos básicos como la alimentación o la vivienda, o que son despedidas de un empleo que están en perfectas condiciones de ejercer. A veces son rechazadas por su comunidad o, en los casos más trágicos, por su propia familia.


El muro del silencio

Las Naciones Unidas y todas las autoridades civiles y sanitarias destacan el hecho de que el temor al estigma del SIDA lleva a guardar un silencio que equivale a la muerte, pues cohíbe el debate público y desalienta a las personas para averiguar si están infectadas. Puede incluso llevar a algunas personas ―una madre que amamanta a su hijo, o una persona que mantiene relaciones sexuales sin informar a su pareja de que puede estar infectada― a correr el riesgo de transmitir el virus con tal de que no se sospeche que exista la posibilidad de que hayan contraído la infección.

Pero hay esperanzas ―nos dicen―, pues se realizan muchas actividades a fin de resquebrajar el muro de estigma y silencio. En todos los continentes los dirigentes hablan públicamente sobre el tema. En los tribunales se defienden los derechos de las personas infectadas. En los lugares de trabajo, en las escuelas, en los medios de difusión y en los programas de educación para jóvenes se contribuye a que las nuevas generaciones estén mejor preparadas para vivir en un mundo afectado por esta epidemia. Los Estados se han comprometido a promulgar y hacer cumplir leyes que prohíban la discriminación.

    Sin embargo ―señala Kofi A. Annan―, por más leyes y reglamentos que se adopten, no hay arma más potente contra el estigma y el silencio que la voz de la población mundial que habla abiertamente sobre el SIDA. Con el lema "Vive y deja vivir", la campaña mundial contra el SIDA de este año nos exhorta a hacer todo lo posible para que todas las personas, tengan o no el VIH, puedan ejercer sus derechos y vivir con dignidad. En este Día Mundial de la Lucha contra el SIDA, propongámonos sustituir el estigma por el apoyo, el miedo por la esperanza, el silencio por la solidaridad. Actuemos con la conciencia de que esa tarea comienza con cada uno de nosotros.

Todo eso está muy bien, hay que hacerlo, pero es realmente increíble que las autoridades mundiales digan y pidan, por todos los medios de comunicación, que se rompa la barrera de silencio alrededor del estigma del SIDA ―difundido principalmente por el libertinaje sexual―, mientras que deliberadamente callan el único remedio verdaderamente eficaz contra esta mortal epidemia: vivir moralmente en el ámbito de la sexualidad, evitando las relaciones sexuales extramatrimoniales y siéndole fiel al propio cónyuge.

Este tipo de silencio precisamente, temático e hipócritamente concertado por las autoridades mundiales, es quizá la principal causa de que el SIDA siga difundiéndose.


Hoy, como hace diez años

Viendo que a la fecha no hemos mejorado mucho al respecto, me viene a la memoria algo que leí hace unos diez años: "Es claro que estamos perdiendo la batalla. Tenemos una clase de drogas que frena el SIDA por dos o tres años, y luego la gente va y se muere", dijo Mark Harrington, un miembro del New York City-based Treatment Action Group. Así lo narraba la revista Time del 3 de agosto de 1992 en su artículo titulado Invincible AIDS, que en su portada roja y negra declaraba: Losing the Battle (Perdiendo la Batalla).

En aquel entonces yo pensaba, y sigo pensando hoy: ¡Oh, qué panorama tan desolador!, ¡qué enemigo tan cruel e implacable! Y podríamos decir también lo siguiente: ¡Qué derrotismo tan irracional y tan cobarde! Ahí tenemos la pusilánime actitud de los hombres minúsculos. No puedo dejar de evocar, por asociación de ideas, lo que Rousseau decía acerca de los niños malcriados. Decía que pocas cosas le molestaban tanto como un niño malcriado y caprichoso, a quien basta dejarlo solo para que se muera.

En el problema del SIDA hay dos niños malcriados: el SIDA y el hombre inmoral. El SIDA es un niño malcriado, porque basta dejarlo solo para que se muera. Basta dejarlo fuera del organismo, sin darle modo de entrar. ¡La batalla contra el SIDA es una batalla ganada! Y es una batalla ganada porque hay que querer arriesgarse a perderla a fin de lograr perderla, tanto a nivel personal, como familiar y social.

En efecto, sólo las personas irracionales, cobardes y pusilánimes, como los suicidas, pueden considerar a sus propias hojas de afeitar como enemigos invencibles e implacables. Tales personas no hacen sino atribuir a objetos inocuos sus propios defectos personales.

Obviamente, es posible que personas valiosas e inocentes mueran debido al uso irracional que los irresponsables hacen de las hojas de afeitar, y es necesario defenderlas; en la ciudad de México muchos taxistas han sido asaltados y heridos ―algunos, muertos― con hojas de afeitar. Pero, ¿no sería más irracional aun sostener innumerables investigaciones destinadas a lograr que las hojas de afeitar no corten, mientras se silencia la educación del hombre en su buen uso y en el respeto por la vida?

El hombre inmoral también es un niño malcriado, porque ni sabe ni quiere aprender a usar moral y adecuadamente el maravilloso don de la sexualidad. Como todas las realidades de la naturaleza, la sexualidad también tiene una finalidad y una función propias, no sólo en beneficio del individuo, sino también del conjunto humano global.


Estamos ante un problema básicamente moral

El adecuado uso de la sexualidad es estudiado por diversas ciencias y disciplinas, principalmente por la Ética o Moral. Pero ese niño malcriado que es el hombre irresponsable no quiere saber nada de moralidad, porque se trata de algo que le estorba en la consecución de sus continuos caprichos. Y como a todo niño malcriado, también al hombre inmoral basta dejarlo solo para que se muera. Y eso es, precisamente, lo que está sucediendo con el SIDA: ¡el niño malcriado ―el hombre inmoral― se está muriendo! Y, lo que es peor, también está matando a otros, que son inocentes.

Pero no sólo es verdad que se está muriendo, sino que también es verdad que está siendo dejado solo, es decir, está siendo abandonado. ¿Por quién o por quiénes? Por quienes deberían educarlo, dado que es malcriado. Me refiero a todos los educadores, pero principalmente a los investigadores y gobernantes, a nivel mundial.

Los gobernantes son muy valientes para ganar guerras, para extender sus dominios, para inventar y construir armamentos cada vez más destructivos; pero les tiemblan las piernas ante la mínima posibilidad de hacer una declaración referente a la moralidad. Les sucede lo mismo que a todos los niños malcriados: les da vergüenza que sus amigotes vean que se portan bien o que procuran hacerlo. Tienen miedo de hablar de moralidad porque temen perder popularidad y, en consecuencia, perder también las próximas elecciones. No gobiernan para el bien del pueblo, sino para permanecer en el poder, aun a costa de la vida de la humanidad.

Yo no soy investigador de enfermedades virales. Soy filósofo. ¡Tengo poco qué perder! Y, desde mi posición de pensador, deseo enviar un mensaje de valor y de aliento a la humanidad ante la epidemia del SIDA. Fuera de los casos de víctimas inocentes, que parecen ser los menos, mi mensaje para los que aún no se han infectado es el siguiente:

Amigo, vive tranquilo, no temas al SIDA, porque tienes ganada la batalla. La victoria contra el SIDA es ésta:

  1. Exige un equipo nuevo para cada inyección.

  2. Llega casto al matrimonio o evita las relaciones sexuales extramatrimoniales en el futuro.

  3. Séle fiel a tu cónyuge.

En resumen: ¡vive moralmente! Sólo así lograrás protegerte a ti mismo y proteger a los tuyos. Y lograrás también mucho más que eso, porque serás un verdadero hombre o una verdadera mujer. Y si te sientes débil, acude a María, a la Inmaculada, a la siempre Virgen, a la pura por excelencia, y también a San José, rezando a diario el Rosario; Ellos te ayudarán a vencer en lo que tú, solo, no puedas.

Si todos obráramos así, el SIDA ―ese otro niño malcriado―, al dejarlo solo, moriría mundialmente en muy pocas generaciones. ¿Estamos perdiendo la batalla del SIDA? ¿Por qué?


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