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Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: . Pido perdón
Cuando los clásicos de la antigüedad afirmaron que “errar es humano”, no necesitaron agudas argumentaciones para demostrarlo. Tampoco hoy nos haría falta recurrir a ellas.
Pido perdón
Cuando los clásicos de la antigüedad afirmaron que
“errar es humano”, no necesitaron agudas argumentaciones para demostrarlo. Tampoco
hoy nos haría falta recurrir a ellas. Ahora como entonces
sigue siendo lo más propio del hombre equivocarse. Todos cometemos
errores. Y además, con frecuencia; y no pocas veces bastante
gruesos.
Lo que no es tan común -ni antes ni
ahora- es que los hombres se percaten de sus propios
fallos y los reconozcan como tales. Y aún menos común
que se arrepientan de los mismos. Pero lo realmente extraordinario
es que pidan perdón y enmienden su conducta. Eso ya
nos va pareciendo de gente fuera de lo normal. Y
sin embargo, yo creo que todo lo anterior es tan
humano como el “meter la pata” de vez en cuando;
y por tanto, debería ser igual de frecuente.
Gracias a
Dios, no falta gente en nuestros días que nos da
la sorpresa también en esto de pedir perdón y enmendar
su comportamiento. Y, en algunas ocasiones, de manera asombrosa.
Me
voy a referir ahora al testimonio de una de esas
personas que a todos nos recuerdan algo que fácilmente olvidamos:
que es de almas grandes reconocer los propios yerros y
luchar por no volver a cometelos. Es el testimonio de
una joven, publicado en la revista Famiglia Cristiana hace unos
días, y del que vale la pena reproducir aquí algunos
fragmentos:
“Soy una joven mujer de 29 años. Y hace
un año y medio hice un aborto. Desde entonces mi
hijo vive dentro de mí. Cometí un gran error y
ya no puedo volver atrás. Ahora sé que aquello que
entonces me parecía imposible, no lo era. Es más, era
superable: bastaba tener más confianza en mí, en la vida,
en Dios. Pido perdón a Dios, a la comunidad cristiana...
y a mi hijo... “Por mi parte, ahora sé qué
es la vida y qué es el pecado. Rezaré y
espero que también vosotros rezaréis por mí... y por mi
niño nunca nacido, un ángel de la guarda.” (Firmado: Francesca).
Ante la sinceridad y humildad de esta mujer, he recordado
con especial conmoción las ya conmoventes palabras que Juan Pablo
II, en la Evangelium Vitae, dirige a todas las mujeres
que han recurrido al aborto:
“La Iglesia conoce cuántos condicionamientos
pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de
que en muchos casos se ha tratado de una decisión
dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha
cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue
y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis
vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes
bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si
aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza
al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para
ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de
la reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido
y podréis pedir perdón también a vuestro hijo, que ahora
vive en el Señor”.
Cómo me gustaría que tanto el
testimonio de Francesca como la reflexión del Papa, cayesen hoy
como un bálsamo en el alma de todas aquellas que
han tenido la desgracia de cometer el error de abortar
a su hijo. Cómo quisiera que experimentasen la paz y
el consuelo profundos de saber que nada está perdido, que
Dios las acoge con los brazos abiertos de la misericordia
y el perdón.
Cómo desearía hacer sentir a Francesca y
con ella a las que se encuentren su situación, que
así como Dios las perdona, lo hacemos nosotros; lo hace
la Iglesia y, sin duda también su hijo que ya
vive en el Señor.
Si tienes alguna consulta utiliza este
enlace para escribirle al autor P. Marcelino de
Andrés
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