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| ¿ Liberalización de la droga? |
La drogadicción es un fenómeno que se difunde cada vez
más. Plantea graves problemas psicológicos, sociales, espirituales y morales. En
esta nota, deseamos abordar la cuestión principalmente desde el punto
de vista del individuo y de su familia, porque no
olvidamos que “en el centro de la drogadicción se encuentra
el hombre, sujeto único e irrepetible, con su interioridad y
su personalidad específica”[1].
La drogadicción ha pasado, en el decurso de
algunos decenios, de un uso relativamente limitado, reservado a una
clase social acomodada e indulgente con respecto a sí misma,
a ser un fenómeno de masas, que afecta ante todo
a los jóvenes, destruyendo vidas, incumpliendo muchas promesas, y que
ningún país hasta hoy ha logrado reducir y ni siquiera
frenar. “Gran número de los que consumen droga son jóvenes,
y la edad en que se comienza es cada vez
menor”[2]. Niños y adolescentes no dan importancia al uso de
la droga incluso en las escuelas, y sus educadores se
sienten impotentes. La droga pone en peligro el futuro mismo
de nuestras sociedades. Por este motivo, nuestra preocupación se orienta
sobre todo a los jóvenes -adolescentes y adultos- porque ellos
son hoy las primeras víctimas de la droga.
Cuando se aducen
argumentos en favor o en contra de los proyectos de
ley para la legalización de las drogas “ligeras” es preciso
evitar las simplificaciones y las generalizaciones, y sobre todo la
politización de una cuestión que es profundamente humana y ética.
Algunos sostienen que el recurso moderado a algunos productos, clasificados
entre las “drogas”, no implicaría ni dependencia bioquímica ni efectos
secundarios sobre el organismo.
Otros dicen que sería mejor conocer y
acompañar a los drogadictos, en vez de dejarlos en la
ilegalidad, tanto para poder prestarles ayuda como para proteger a
la sociedad. Sobre esa base, se argumenta en favor de
la legalización de la droga.
La ciencia y la técnica siempre
han tratado de sacar provecho de las sustancias químicas para
favorecer la curación de las patologías, para mejorar las condiciones
de vida y para incrementar el placer de la convivencia.
Los usuarios han constatado que algunas de esas sustancias proporcionan
una sensación placentera, eufórica, ansiolítica, sedante, estimulante o alucinógena. Tales
“drogas” crean, al mismo tiempo, pérdidas de la atención y
una alteración del sentido de la realidad. El consumo de
tales sustancias favorece, primero, el aislamiento y, luego, la dependencia,
con el paso a productos cada vez más fuertes. En
algunos casos el producto crea una dependencia tan grande que
el adicto sólo vive para conseguirlo.
Los efectos varían según las
diversas drogas, y no se puede distinguir claramente, en el
ámbito farmacológico, una clase de “drogas ligeras” y una clase
de “drogas duras”. Los factores decisivos en esta materia son
la cantidad consumida, el modo de asimilación y las eventuales
asociaciones[3]. Además, todos los días llegan al mercado nuevas drogas,
con nuevos efectos y nuevos interrogantes. Por último, se debería
ensanchar razonablemente el ámbito de la drogadicción a muchas sustancias
(ansiolíticas, sedantes, antidepresivas, estiimulantes) que no son consideradas “drogas”, incluidos
el tabaco y el alcohol[4]. En efecto, el problema no
se plantea simplemente en términos bioquímicos.
Lo que importa no es
tanto la droga cuanto los interrogantes humanos, psicológicos y existenciales,
implicados en esas conductas. Con demasiada frecuencia no se quiere
comprender eso y se olvida que la raíz de la
drogadicción no estriba en el producto, sino en la persona
que llega a sentir su necesidad. Los productos pueden ser
diversos, pero las razones básicas siguen siendo las mismas. Por
este motivo, la distinción entre “drogas duras” y “drogas ligeras”
lleva a un callejón sin salida.
Recurrir a la droga es
síntoma de un “malestar” profundo. Como afirma el Consejo Pontificio
para la Familia: “La droga no entra en la vida
de una persona de forma repentina, sino como una semilla
que arraiga en un terreno preparado durante largo tiempo”[5].
Tras estos
fenómenos hay una solicitud de ayuda por parte del individuo,
que permanece solo, con su vida; no sólo siente un
deseo de reconocimiento y de valoración, sino también de amor.
Por eso, ante todo es preciso remontarse a la raíz
del fenómeno, si se quiere intervenir de modo eficaz en
las consecuencias personales y sociales que provoca el uso de
la droga.
El problema, efectivamente, no estriba en la droga, sino
en la enfermedad del espíritu que lleva a la droga,
como recuerda el Papa Juan Pablo II: “Es preciso reconocer
que se da un nexo entre la patología mortal causada
por el abuso de drogas y una patología del espíritu,
que lleva a la persona a huir de sí misma
y a buscar placeres ilusorios, escapando de la realidad, hasta
tal punto que se pierde totalmente el sentido de la
existencia personal”[6].
En la drogadicción juvenil, estos problemas humanos son primordiales.
El joven que se deja llevar por la tentación de
la droga tiene una personalidad frágil, inmadura, poco estructurado, y
eso guarda relación directa con la educación que no ha
recibido. La mayoría de los especialistas en ciencias humanas sostiene,
desde hace bastantes años, que los jóvenes se ven abandonados
por la sociedad, que no se les atiende ni respeta,
y que el ambiente no les proporciona todos los elementos
sociales, culturales y religiosos necesarios para desarrollar su personalidad.
Nos encontramos
en un mundo en que al niño se le abandona
demasiado pronto a sí mismo. Se espera que despierte su
libertad y que se vuelva autónomo, mientras que, al mismo
tiempo, se le hace frágil a largo plazo, porque no
se le da la posibilidad de apoyarse en los adultos
y en la sociedad para poder madurar. Al faltarles ese
apoyo básico, muchos niños llegan al umbral de la adolescencia
sin una verdadera unificación o una estructura interior. Como reacción,
frente a un mundo que parece vacío, considerando su futuro
inmediato, algunos intentan, a pesar de todo, sentirse vivos. Buscan
puntos de apoyo y cultivan diversas relaciones de dependencia con
otros, con varios productos o con comportamientos peligrosos.
Los padres de
estos jóvenes se sienten, lógicamente, preocupados y a menudo buscan
ayuda cuando se enfrentan a lo que les parece un
problema grave que, como mínimo, pone en tela de juicio
la maduración psíquica, ética y espiritual de sus hijos. Un
niño, al igual que un adolescente, no tiene el sentido
de los límites, especialmente en un mundo en el que
se sostiene la idea de que todo es posible y
que cada uno puede hacer lo que quiera. Los padres
tratan de enseñar a sus hijos lo que se puede
hacer y lo que no se ha de hacer, lo
que está bien y lo que está mal. Con frecuencia
tienen la impresión de que su actitud educativa queda debilitada
e incluso devaluada por las ideas y las imágenes que
circulan en la sociedad. En consecuencia, los padres se sienten a
menudo derrotados ante sus hijos, vencidos por algo que, lamentablemente,
les parece más fuerte que ellos en el ámbito de
los medios de comunicación social. Están inquietos porque no se
sienten apoyados por la sociedad. No quieren que sus hijos
se droguen, mientras otros se empeñan por lograr que se
legalice la venta y el uso de productos que favorecen
la drogadicción. Ante esta escalada de discursos favorables a la legalización,
es preciso plantearse los verdaderos interrogantes. Se han hecho muchos
intentos en ese sentido y todos han resultado fracasos. ¿Se
sabe de verdad por qué convendría legalizar la libre circulación
de las drogas? ¿Se quiere también, realmente, seguir luchando contra
la droga o ya se ha arrojado la toalla? ¿Se
cede a la facilidad y a la demagogia o se
trata seriamente de prevenir? ¿Es aceptable crear una subclase de
seres humanos vivos, en un nivel infrahumano, como se ve,
por desgracia, en las ciudades donde la droga se vende
libremente? ¿Se ha tenido suficientemente en cuenta lo que los
expertos no dejan de decir desde hace muchos años, esto
es, que la drogadicción no depende de la droga, sino
de lo que lleva a un individuo o drogarse? ¿Se
ha olvidado que, para vivir, cada uno debe poder responder
a algunos interrogantes esenciales de la existencia? ¿La legalización del
producto no servirá, más bien, para reforzar ese olvido?
Dado que
la drogadicción juvenil depende de una debilidad de nuestro sistema
educativo, no se ve cómo la legalización de estos productos
puede favorecer un mejor control de los mismos por parte
de los jóvenes y, sobre todo, cómo les puede ayudar
a comprender lo que buscan a través de estas sustancias.
La legalización de las drogas conlleva el riesgo de efectos
opuestos a los que se buscan. En efecto, se admite
fácilmente que lo que es legal es normal y, por
tanto, moral. Cuando se legaliza la droga, lo que queda
liberalizado no es el producto; lo que se convalida son
las razones que llevan a consumir ese producto. Ahora bien,
nadie puede discutir que drogarse es un mal. La droga,
adquirida ilegalmente o distribuida por el Estado, siempre contribuye a
la destrucción del hombre.
Por lo demás, desde el momento en
que la ley reconociera este comportamiento como normal, podríamos preguntarnos
cómo actuarían las autoridades públicas para afrontar el deber de
educación y de curación de las personas ante los riesgos
que esa legislación implicaría. Estamos ante una nueva contradicción del
mundo actual, que quita importancia a ese fenómeno y trata,
luego, de solucionar sus consecuencias negativas.
También se deben considerar las
aplicaciones sociales de esa legalización. ¿Se examinarán sin miedo el
desarrollo de la criminalidad, de las enfermedades relacionadas con la
dependencia, y el aumento de los accidentes de circulación, que
derivarán del fácil acceso a las drogas? ¿Se puede confiar
profesionalmente en personas drogadictas? ¿Se les debe garantizar la seguridad
de su empleo? Además, ¿el Estado tiene realmente los medios
económicos y de personal para afrontar el incremento del problema
sanitario que conllevaría inevitablemente la liberalización de la droga? Frente a
estos interrogantes, el Estado tiene ante todo el deber de
velar por el bien común. Éste exige que proteja los
derechos, la estabilidad y la unidad de la familia. La
droga, al destruir al joven, destruye la familia, tanto la
actual como la del futuro. Ahora bien, si esta célula
vital y primordial de la sociedad se encuentra amenazada, es
el conjunto de la sociedad el que sufre. Por lo
demás, como subraya el Consejo Pontificio para la Familia, la
drogadicción es, en parte, la razón de la debilitación de
la familia, de la rotura de los hogares[7]: “La experiencia
de los que trabajan con especial competencia en el mundo
de la drogadicción (...) confirma de modo unánime que el
modelo de la familia fundada en el amor auténtico: único,
fiel, indisoluble de los cónyuges (... ), sigue siendo punto
de referencia prioritario en el que se ha de insistir
en toda acción de prevención, recuperación y reactivación de la
vitalidad del individuo”[8].
Asegurando así el bien común, el Estado tiene
también como tarea velar por el bienestar de los ciudadanos.
La ayuda del Estado a los ciudadanos debe responder al
principio de la equidad y de ¡a subsidiariedad, es decir,
ante todo debe proteger, aunque sólo sea contra sí mismo,
al más débil y pobre de la sociedad. Por tanto,
no tiene el derecho de incumplir si¡ deber de defensa
frente a los que aún no han tenido acceso a
la madurez y que son víctimas potenciales de la droga.
Además, si el Estado adopta o mantiene una postura coherente
y valiente con respecto a la droga, combatiéndola sea cual
sea su naturaleza, esta actitud ayudará también a la lucha
contra los abusos del alcohol y del tabaco.
La Iglesia quiere
recordar las aplicaciones de este fenómeno. Subraya el hecho de
que, en la perspectiva de una legalización de la venta
y del uso de los productos que favorecen la drogadicción, lo
que esta en juego es el destino de las personas.
Algunos acortarán su vida, mientras que otros, tal vez sin
caer en la dependencia propiamente dicha, echarán a perder sus
años juveniles sin desarrollar realmente sus potencialidades. No se debe
hacer experiencia a costa de la gente. El comportamiento que
lleva a la drogadicción no tiene ninguna posibilidad de corregirse
si los productos que refuerzan ese comportamiento mismo son puestos
a la venta libremente. Al contrario, como ha dicho el Santo
Padre[9], “se ha probado concretamente la posibilidad de recuperación y
redención de la pesada esclavitud” de la droga con métodos basados
en la acogida, la valoración, la educación en la libertad,
el amor, “y es significativo que esto se haya conseguido
con métodos que excluyen rigurosamente cualquier concesión de drogas, legales
o ilegales”, sea que se trate de la droga misma
o de un sucedáneo. Y el Papa Juan Pablo II añadía:
“La droga no se vence con la droga”. Se pueden tomar
diversas actitudes ante el problema de la droga, y todas
tienen su justificación. Sin embargo, a una política de simple
“limitación” o “reducción” de los daños, admitiendo como un hecho
de civilización que una parte de la población se drogue
y vaya hacia su perdición, ¿no sería preferible optar por
una política de verdadera prevención, encaminada a construir o a
reconstruir una “cultura de la vida” en esta “marginación” de
nuestra civilización de la eficacia?
Notas
[1] Consejo Pontificio para la Familia,
De la desesperación a la esperanza, familia y drogradicción, 1992,
1, Librería Editora Vaticana, p.6. [2] Ib. [3] Cf. Comité consultatif national
d’ethique pour les sciences de la vie et de la
santé (Paris), Avis n. 43, 23 de noviembre de 1994,
Rapport sur les toxicomanies, p.13. [4] El Santo Padre Juan Pablo
II ha subrayado la diferencia entre toxicomanía y alcoholismo con
estas palabras: “Existe, ciertamente una clara diferencia entre el recurso
a la droga y el recurso al alcohol: en efecto,
mientras que un moderado uso de este último como bebida
no choca con prohibiciones morales y sólo su abuso es
condenable; el drogarse, por el contrario, siempre es ilícito, porque
implica una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y
actuar como personas libres” (Discurso a la VI Conferencia internacional
de pastoral sanitaria, 23 de noviembre de 1991, n.4: L’Osservatore
Romano, edición en lengua española, 29 de noviembre de 1991,
p.10). [5] Consejo Pontificio para la Familia, op. Cit., p.8. [6] Mensaje
del Santo Padre al doctor Giorgio Giacomelli, subsecretario general, director
ejecutivo del programa internacional de las Naciones Unidas para el
control de las drogas, con ocasión de la Jornada Internacional
contra el Abuso y el Tráfico ilícito de Drogas (26
de junio de 1996): L’Osservatore Romano, edición en lengua española,
5 de julio de 1996, p.6. [7] El drogadicto proviene frecuentamente
de una familia que no sabe reaccionar ante el estrés
por ser inestable e incompleta, o por estar dividida. Consejo
Pontifico para la Familia, op. Cit., I, b. [8] Ib. [9] Discurso
a los participantes en el VIII Congreso Mundial de las
Comunicaciones Terapéuticas, Castelgandolfo, 7 de septiembre de 1984, n.3: L’Osservatore
Romano, edición en lengua española, 9 de diciembre de 1984,
p.17. |
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