Autor: Sebastián Rodríguez | Fuente: Catholic.net ¡Católicos, llegó la Cuaresma!
Es tiempo para que la persona analice su vida y se de cuenta que todavía hay algo que puede cambiar para ser mejor y poder vivir más cerca de Jesucristo
¡Católicos, llegó la Cuaresma!
Sabia es la frase “el tiempo pasa volando”. Quizás muchos
todavía piensan en lo bien que lo pasamos en la
Navidad y no se han dado cuenta de que ya
hemos cambiado por segunda vez de tiempo litúrgico. Después de
Navidad hemos tenido siete semanas de tiempo ordinario y ya
hemos entrado, con el Miércoles de Ceniza, a la Cuaresma
que dura 40 días o 5 semanas y 5 días.
La Iglesia nos ayuda a
aprovechar los tiempos litúrgicos de una manera especial buscando que
nos preparemos para una fiesta venidera. La Cuaresma, en concreto,
nos invita a prepararnos para la fiesta de la Resurrección
de Jesucristo, esencial para nuestra fe: Jesús no está muerto,
sino que ha resucitado. Pero para esto tenemos que pasar
antes por la Semana Santa donde recordamos el sufrimiento y
el amor de Cristo por cada uno de nosotros al
aceptar ser flagelado, muerto y sepultado para la salvación del
hombre.
Es por esto
que se dice de la Cuaresma que es el tiempo
que tenemos para prepararnos para poder contemplar y meditar mejor
sobre los misterios de la Pasión de Jesús. Es tiempo
de conversión, y no se entienda esta palabra sólo sobre
la acción de pasar de una religión a otra (también
puede ser), sino como una invitación a los católicos que
están un poco alejados para que vuelvan a estar con
Cristo.
Así, todos
podemos tener momentos de conversión en nuestra vida. Es tiempo
para que la persona analice su vida y se de
cuenta que todavía hay algo que puede cambiar para ser
mejor y poder vivir más cerca de Jesucristo. De ahí
deben salir propósitos para mejorar y un sentimiento de querer
volver a empezar a través del arrepentimiento de nuestros pecados
en la Confesión.
En
este tiempo, el sacerdote viste el color morado que significa
luto y penitencia. Las lecturas de la Santa Misa nos
invitan a la conversión. La Iglesia nos manda a hacer
penitencias, a vivir el ayuno y la abstinencia en los
días marcados. Se recomienda un mayor tiempo de reflexión y
oración, y para hacer pequeñas o grandes obras de caridad.
En muchos lugares aún se sigue teniendo la bonita e
importante tradición de tener calendarios de Cuaresma en sus casas
y poder así cumplir un propósito diario para prepararse mejor.
En fin, muchas cosas nos ayudan a tener presente que
estamos en Cuaresma, pero muy bien sabemos que a pesar
de ello nos es fácil desconcentrarnos con otras cosas, buenas
o malas, y olvidar su sentido.
Unas palabras sobre el ayuno y la abstinencia. Seguramente
pocos han tenido el Código de Derecho Canónico en sus
manos. Por mi parte sólo desde hace poco descubrí la
maravilla que él contiene. Se trata de un libro que
recoge las normas jurídicas que regulan la organización de la
Iglesia Católica, su jerarquía, los derechos y obligaciones de sus
fieles, los sacramentos y las sanciones que se establecen por
la violación de estas normas. El código vigente fue promulgado
por el beato Juan Pablo II en 1983.
Sin desviarnos del tema, el código
habla de la abstinencia y del ayuno. El canon 1251
dice que “todos los viernes [del año], a no ser
que coincidan con alguna solemnidad, debe guardarse la abstinencia de
carne, o de otro elemento que haya determinado la Conferencia
Episcopal; ayuno y abstinencia se guardará el miércoles de Ceniza
y el Viernes santo”. Sobre lo primero, abstinencia (no comer
carne) todos los viernes del año, es algo que deberíamos
recuperar como Iglesia Católica. El significado de ese sacrificio nos
ayuda a recordar la Pasión de Cristo y a hacer
obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros
pecados.
El código
también da algunas explicaciones más precisas. El canon 1252 nos
dice que la abstinencia obliga a los que hayan cumplido
14 años de edad. El ayuno obliga a los mayores
de edad (18 años) hasta que hayan cumplido 59 años.
El canon 1245 recuerda que por causa justa y según
las prescripciones del Obispo diocesano, el párroco puede dispensar a
sus fieles de estas obligaciones en algunas situaciones particulares.
Aprovechemos esta Cuaresma centrados en prepararnos mejor para la pasión,
muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
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